Agrava la inestabilidad regional, pone en riesgo a los civiles y acelera la proliferación nuclear

El reciente y masivo ataque lanzado por Estados Unidos e Israel contra Irán marca un punto de inflexión alarmante para la estabilidad en Oriente Próximo y para el ya debilitado orden internacional.

Se presenta como una acción destinada a frenar un supuesto programa de armas nucleares iraní; sin embargo, según agencias internacionales —y según declaraciones previas del propio gobierno estadounidense— dicho programa no está activo en la actualidad. La narrativa oficial se desmorona y deja entrever una motivación más profunda: la búsqueda de un cambio de régimen.

Un golpe a la legalidad internacional y al multilateralismo

El uso unilateral de la fuerza al margen de la Carta de las Naciones Unidas erosiona las normas que sostienen la seguridad colectiva. El ataque evidencia un doble rasero difícil de ignorar: dos potencias nuclearmente armadas atacan a un Estado que no posee armas nucleares, justo cuando había negociaciones diplomáticas en curso para abordar las preocupaciones sobre su programa nuclear.

Este episodio en curso plantea una pregunta inquietante:

Si la fuerza militar puede imponerse sobre la diplomacia, ¿qué valor real conserva el diálogo?

Más allá de los discursos estratégicos, la tragedia central es humana

Esta escalada amenaza con desencadenar un conflicto regional de gran magnitud, poniendo en riesgo inmediato la vida de millones de personas. Las familias del Oriente Próximo vuelven a enfrentarse al terror de los bombardeos, al desplazamiento forzoso y a la incertidumbre permanente. Una vez más, las vidas civiles quedan subordinadas a las demostraciones de fuerza de los líderes mundiales y el derecho a vivir sin miedo se convierte en un ideal cada vez más lejano.

El espejismo de la seguridad y el impulso a la proliferación nuclear

La historia demuestra que la coerción y los ataques militares no frenan la proliferación nuclear; la aceleran. La doctrina de la disuasión nuclear —presentada como garante de estabilidad— es, en realidad, una amenaza perpetua que incentiva a otros Estados a buscar su propio arsenal para evitar ser vulnerables. La idea de que existen potencias “responsables” capaces de gestionar de forma segura el poder de la destrucción total es un mito que perpetúa la inseguridad global y aumenta el riesgo de un error de cálculo catastrófico.

La acción militar nunca será una solución sostenible para prevenir la proliferación. La única vía eficaz pasa por el fortalecimiento de los tratados internacionales y el rechazo explícito de la disuasión nuclear como estrategia de seguridad. En este sentido, el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) ofrece una hoja de ruta clara y multilateral para avanzar hacia la eliminación total de estas armas de destrucción masiva.

Debemos romper la complacencia ante el terror nuclear. La humanidad no puede seguir aceptando la existencia de arsenales capaces de destruirla. Ningún país debería poseer armas nucleares. La única forma de garantizar la seguridad global es convertir su mera existencia en un tabú moral, político y jurídico: algo inaceptable, intolerable y contrario a cualquier visión de futuro.