EE.UU. quiere neutralizar de forma preventiva tantos medios como sea posible a través de los cuales China podría responder, asimétricamente, a este escenario de formas plausiblemente negables. Como por ejemplo, que su empresa, que controla instalaciones portuarias en ambos lados del canal, paralice el tránsito en caso de crisis.
El presidente panameño, José Raúl Mulino, declaró tras reunirse con el secretario de Estado, Marco Rubio, que el memorando de entendimiento de 2017 con China sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta no será renovado, y que incluso podría rescindir el acuerdo antes de lo previsto. Este giro en su postura vino precedido por la amenaza de Trump de que «va a pasar algo muy potente» si Panamá no neutraliza la influencia china sobre el canal, y por la posterior exposición detallada de Rubio sobre la percepción estadounidense de la amenaza.
La semana pasada, Rubio declaró a Megyn Kelly que la empresa con sede en Hong Kong que construyó instalaciones portuarias en ambos extremos del canal está bajo control del Gobierno chino y que, por tanto, podría llegar a paralizar el tránsito por esa vía como parte de la planificación de contingencia de Pekín ante una eventual crisis con Washington. Da igual si otros comparten o no este análisis; lo único que importa es que así es como la “Administración Trump 2.0” ve el tablero geopolítico y la razón por la que está coaccionando a Panamá a propósito del canal.
Esta observación anticipa inminentes tensiones militares entre Estados Unidos y China, ya que Washington no estaría dando estos pasos preventivos sin prever un posible empeoramiento de las relaciones bilaterales. Trump acaba de intensificar su ya célebre guerra comercial con China al imponer recientemente un arancel adicional del 10 %, pero esa medida por sí sola difícilmente conduciría a una crisis en toda regla. Es más bien su oposición a las reivindicaciones territoriales chinas sobre Taiwán y los mares Oriental y Meridional de China lo que podría desembocar en ella.
Por consiguiente, existen motivos para prever que EE.UU. responda con mayor contundencia a dichas reivindicaciones en un futuro próximo. En ese contexto, cobra relevancia estratégica asegurar el Canal de Panamá ante un futurible indeseado: que, si las tensiones escalaran, Pekín pudiera ordenar a su empresa allí presente la paralización del tránsito como forma de represalia asimétrica y plausiblemente negable. Un escenario de esta naturaleza podría dañar gravemente la economía estadounidense y, además, dificultar significativamente la capacidad de la Armada de EE.UU. para reforzar con rapidez su presencia en el Indo-Pacífico ante una crisis regional.
La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 del la primera Administración Trump ya declaraba a China como competidor estratégico de EE.UU. , por lo que es lógico que su segunda administración profundice en esa línea mediante una contención más muscular de China. Antes de eso, es imperativo que EE.UU. neutralice preventivamente tantos medios como sea posible a través de los cuales China podría responder asimétricamente de forma plausiblemente negable, siendo el escenario del Canal de Panamá una de las prioridades de la Segunda Administración Trump, por su importancia en la gran estrategia estadounidense.













