En Kiev se han dado cita los familiares (esposas, hijos, hermanos, hermanas, abuelas y abuelos) de los soldados desaparecidos, de los que no se tienen noticias desde hace meses.
El gobierno ha conseguido que el Parlamento apruebe una ley que los da legalmente por fallecidos, pasando así página de un plumazo, de modo que quedan de hecho relegados al olvido o a un dolor y una memoria privados.
Miles de familiares llegados de todas partes de Ucrania piden que se retire dicha Ley. Quieren la verdad: o los cadáveres para darles un funeral y una digna sepultura, o la liberación y el regreso a casa si son prisioneros de los rusos.
Son casi exclusivamente mujeres, aparte de niños, adolescentes y algún anciano; todas llevan la bandera nacional con los colores azul y amarillo, el cielo y un campo de girasoles, con la imagen impresa de sus seres queridos —miles y miles de rostros— y sostienen una larguísima pancarta, con lemas repetidos en varios idiomas.
Piden el alto el fuego inmediato y negociaciones para alcanzar una paz justa.
Están en contra de la guerra, pero rechazan la humillación de una rendición o una capitulación; quieren el fin de la agresión y negociaciones reales que garanticen la independencia de Ucrania, por la que sus seres queridos han combatido.
Los coches que pasan hacen sonar el claxon en señal de solidaridad.













