Estados Unidos está restaurando su hegemonía unipolar sobre el hemisferio occidental, empezando por su «cuarto de hemisferio», porque no existen frenos ni contrapesos que lo impidan.
A principios de marzo, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, habló sobre la «Gran Norteamérica», una región que —según explicó— incluye «todas las naciones y territorios soberanos al norte del Ecuador, desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana». Añadió que «ese es nuestro perímetro de seguridad inmediato en este gran vecindario que todos compartimos. Cada uno de esos países limita con el Atlántico Norte o con el Pacífico Norte». En términos geopolíticos, es descarnadamente explícito, por lo que también es comprensible que genere temores entre algunos de los países que lo integran.
La llamada «Escuela Rusa del Multipolarismo» sostiene que las Grandes Potencias y las Potencias Regionales —especialmente los llamados «Estados civilización», aquellos que han dejado un legado sociopolítico duradero sobre otros durante siglos— desempeñan el papel principal en la transición sistémica global. La esfera de Rusia es el antiguo espacio soviético (su «extranjero cercano»); la de India es todo el sur de Asia; y la de Estados Unidos es la «Gran Norteamérica». Otras potencias civilizacionales —como China en el Sudeste Asiático y el Pacífico Occidental, o Francia en África Occidental— cuentan también con sus propias macro-regiones de influencia continental (*).
Esta distribución es natural, pero también lo es que algunos países dentro de esas esferas sientan miedo ante un mayor protagonismo de las potencias líderes en sus regiones. Ese temor puede deberse tanto a razones históricas como a motivos políticos contemporáneos, que a veces son explotados por demagogos o por terceras potencias con intereses propios. Volviendo a los ejemplos anteriores: los países bálticos odian a Rusia; Pakistán siente lo mismo hacia India (y Bangladés Gran Norteamérica); y algo similar ocurre con muchos mexicanos y latinoamericanos respecto a Estados Unidos.
Rusia no puede resolver directamente las amenazas que emanan de los países bálticos debido a la pertenencia de estos a la OTAN. India tampoco puede neutralizar por completo las amenazas provenientes de Pakistán porque este último es una potencia nuclear. En cambio, Estados Unidos sí puede resolver —o al menos así lo percibe su liderazgo, o incluso simplemente lo afirma— aquellas amenazas a su seguridad que considera originadas en su «cuadrante hemisférico». Da igual si uno está de acuerdo o no con las evaluaciones de Washington; lo relevante es que ninguno de los países de la «Gran Norteamérica» posee armas nucleares ni tiene pactos de defensa mutua con potencias nucleares.
Esa vulnerabilidad, que en la práctica no tiene visos de corregirse, es la que envalentona a la administración de Trump 2.0 para reconfigurar unilateralmente la geopolítica de la «Gran Norteamérica» en su propio beneficio. Dos pruebas recientes lo demuestran: la audaz captura de Maduro —una operación que no oculta su intención de cambiar el régimen— y el bloqueo de facto (aunque no aplicado de manera estricta) contra Cuba, con fines de lo que podríamos llamar un «ajuste de régimen»: es decir, forzar un cambio político sin necesidad de una invasión abierta. No es descartable que pronto intente subordinar aún más a México, aunque aún no está claro qué medios emplearía para lograrlo. La conclusión es clara: las únicas restricciones que limitan el comportamiento de Estados Unidos son las que él mismo se impone. No hay ningún contrapeso externo.
El efecto demostración de la captura de Maduro y del bloqueo de facto a Cuba podría llevar, paradójicamente, a que muchos países de la región opten por subordinarse voluntariamente a Estados Unidos (lo que en teoría de las relaciones internacionales se conoce como bandwagoning [**]), en lugar de intentar equilibrar su poder y arriesgarse a sufrir la ira de Trump 2.0. En ese escenario, la influencia de potencias extrahemisféricas como China y Rusia quedaría reducida a su mínima expresión. En contrapartida, es probable que se intensifique la coordinación estrecha con Estados Unidos para enfrentar amenazas como la inmigración ilegal y los cárteles. El resultado final sería el fortalecimiento de una «Fortaleza América» que funcione como la esfera de influencia casi exclusiva de Estados Unidos.
Volviendo a la introducción: todo esto es perfectamente sensato desde la perspectiva de Washington, independientemente de la opinión que a cada cual le merezca. Y también es comprensible que genere miedo en algunos países de la región. Estados Unidos está restaurando su hegemonía unipolar sobre el hemisferio occidental, empezando por su propio «cuarto de hemisferio», porque sencillamente no existen frenos ni contrapesos que lo impidan. Rusia, India y otras potencias similares luchan por hacer lo mismo dentro de sus respectivas esferas de influencia, y en buena medida se lo impide el hecho de que Estados Unidos utiliza a los adversarios de esas potencias como armas para contenerlas. Lo que para Washington es un juego de poder sin cortapisas, para Moscú o Nueva Delhi es un tablero lleno de trampas colocadas por el propio hegemón.
N.d.T.:
(*) Para mejor comprensión del lector, se sustituye la generalización que el autor resume en la expresión latina “et al”, y se amplía en una frase explícita para señalar la existencia de otras esferas geográficas análogas, no mencionadas, pero que son coherentes con la «Escuela Rusa del Multipolarismo» que él mismo autor invoca.
(**) En este caso «Optar por alinearse con Estados Unidos en lugar de oponérsele —una estrategia conocida en relaciones internacionales como «bandwagoning», es decir, subirse al carro del más fuerte para sobrevivir o sacar ventaja—»













