En su raíz, la agresión a Irán es inseparable de la cuestión de Palestina

Gran parte del debate en torno a la actual guerra contra Irán se centra en su posible resultado para Estados Unidos. Una de las preguntas más frecuentes es si Washington sufrirá otra pérdida de prestigio en Oriente Próximo. Pero esta es la pregunta equivocada. Incluso si la guerra genera caos y termina perjudicando a EE.UU. y Europa, tal como ya lo hicieran las intervenciones anteriores en Irak, Libia y Siria, la cuestión más importante es qué beneficio obtiene Israel, el promotor e iniciador de la guerra. Después de todo, el Primer Ministro Benjamin Netanyahu ha dicho que había estado planeando esta guerra durante 40 años.

La razón de todo ello es la posición de principios que Irán mantiene respecto a la justicia para los palestinos y su causa. Ese compromiso trasciende las divisiones religiosas. Irán es predominantemente chií, mientras que los palestinos son predominantemente suníes. Los iraníes y sus aliados en Líbano y Yemen están dispuestos a morir como mártires, y muchos ya han muerto por ataques conjuntos israelíes y estadounidenses. Sin embargo, el anhelo de justicia ha demostrado ser profundo y resiliente.

Irán sigue siendo el principal bastión de la resistencia a Israel. No solo denuncia el régimen de apartheid de Israel y el genocidio en Gaza, sino que también apoya a grupos de resistencia armada como Hezbolá y Hamás. En contraste, casi todos los gobiernos de la región se oponen a la ocupación y opresión de Palestina por parte de Israel solo declarativamente, mientras que cooperan con Israel en la práctica.

Turquía es un punto de tránsito importante para el petróleo y el gas suministrados a Israel. Egipto ha ayudado a Israel a aislar Gaza y matar de hambre a sus habitantes. Durante el último acto de agresión israelí contra Irán en 2025, las defensas aéreas jordanas y saudíes protegieron a Israel de los misiles iraníes entrantes. Los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán formalizaron relaciones con Israel a través de los Acuerdos de Abraham de 2020. Elbit Systems, un contratista de defensa israelí, representa el 12 por ciento de las importaciones totales de armas de Marruecos, y otros regímenes árabes compran abierta o tácitamente armas y equipos de vigilancia israelíes. Este patrón se observa en muchos otros países, particularmente en Occidente.

Sin hacer mención a su propio arsenal nuclear, Israel lleva años haciendo sonar la alarma sobre la supuesta amenaza inminente de un arma nuclear iraní. Exhibiendo gráficos como prueba, Netanyahu ha sostenido durante décadas que Irán está a solo unas semanas de fabricar la bomba. Estas afirmaciones reiteradas no han hecho sino reforzar las conclusiones de los profesionales de inteligencia de Estados Unidos y de otros países: que Teherán no estaba buscando desarrollar tales armas. Sin embargo, estas acusaciones infundadas han sido invocadas por Donald Trump y por otros dirigentes, como el primer ministro canadiense Mark Carney, que han expresado su apoyo a una guerra contra Irán. Este síntoma de la desmodernización política de Occidente —el abandono del debate basado en evidencias en favor de afirmaciones viscerales— también se manifiesta en la actual campaña de militarización, justificada por supuestas amenazas de China y Rusia.

Las apelaciones en boca de Israel a los Derechos humanos de los iraníes no son más que retórica vacía. En realidad, su objetivo es fragmentar, debilitar y desarmar a Irán, eliminando a la República Islámica como el último gran Estado que se opone a Israel en la región. Israel planea que Irán acepte una tutela israelí y Occidental, representada por figuras como Reza Pahlavi, el hijo mayor del último Sha de Irán, o cualquier otra figura pública válida. Pero el objetivo principal es eliminar la última defensa de los derechos palestinos y volver disfuncional al Estado iraní.

La causa fundamental de la agresión militar contra Irán es, por lo tanto, la cuestión de Palestina. Todas las guerras de Israel se han librado para perpetuar la naturaleza sionista del estado. Es decir, para resistir la idea de igualdad para todos los habitantes de la tierra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. En otras palabras, el sionismo es la causa principal de la violencia en la región.

La ideología del sionismo está consagrada en una de las Leyes Básicas de Israel, que funcionan como su Constitución. Es oficialmente un estado sionista y se describe a sí mismo como «el estado-nación del pueblo judío». Esto incluye a los judíos que viven fuera de Israel, independientemente de su actitud hacia el estado sionista, ya sean éstos entusiastas partidarios, opositores, o indiferentes. Esto, efectivamente, toma como rehenes a los judíos de todo el mundo, volviéndolos vulnerables al oprobio e incluso a la violencia de aquellos que se sienten horrorizados por las acciones israelíes (o del Estado de Israel).

Un número creciente de israelíes cree que los palestinos, incluidos aquellos que evitaron la expulsión en 1948 y ahora son ciudadanos israelíes, no tienen lugar en el país. Diversos ministros miembros del Gobierno actual están promoviendo activamente la limpieza étnica mediante la privación, el exilio forzado o el genocidio. La tragedia de Gaza es la encarnación más convincente de la ideología sionista.

El Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, ha admitido que el ataque de su país fue desencadenado por el ataque ya planeado por Israel contra Irán. Washington creyó que el ataque israelí provocaría represalias contra los activos estadounidenses en la región, por lo que lanzó su propia «operación preventiva». Esta explicación es significativa. Da claramente a entender que Israel recibió luz verde, para comenzar a bombardear Irán, en el momento que estimara oportuno. Esto puede sorprender fuera de EE.UU., dado que gran parte del armamento avanzado de Israel es de fabricación estadounidense y su despliegue a semejante escala requeriría coordinación logística y operativa con Washington (funcional). La admisión de Rubio ha reavivado un viejo argumento entre críticos tanto de la derecha como de la izquierda: que las acciones de Estados Unidos en Oriente Próximo han estado guiadas en gran medida por prioridades estratégicas israelíes, antes que por los propios intereses estadounidenses. Por lo tanto, importa poco si las guerras estadounidenses en la región benefician a EE.UU. económica, militar o políticamente. Tampoco importa el precio que los estadounidenses han pagado en sangre y dinero. La verdadera cuestión, o interés, es si Israel se ha beneficiado de ellas.

Se podría argumentar que Israel ha sido el único beneficiario de las aventuras fallidas de Estados Unidos en Oriente Próximo. La invasión de Irak en 2003 eliminó a Sadam Husein y su Partido Baaz, anulando así a Irak como una potencia militar regional de peso. La guerra civil siria, alimentada y prolongada por la intervención de la CIA y sus homólogos europeos, ha debilitado severamente a otro histórico adversario de Israel. Por su parte, la intervención de la OTAN en Libia provocó el colapso de un Gobierno funcional que llevaba mucho tiempo respaldando la resistencia palestina. En todos estos casos, son Estados que se habían opuesto al despojo de los palestinos por parte de Israel, y que contaban con la capacidad de actuar con independencia, que emergieron de estos conflictos provocados infinitamente más débiles de lo que eran.

Estas acciones lideradas por EE.UU. implementan ideas establecidas en un documento de política de 1996 titulado «A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm» (“Una Ruptura Limpia: Una Nueva Estrategia para Asegurar el Reino”). Este documento fue preparado para el entrante Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu por un grupo de estudio liderado por el estratega neoconservador estadounidense Richard Perle, quien más tarde se convirtió en presidente de la Junta de Política de Defensa. Otros miembros del grupo incluían a Douglas Feith, quien más tarde se convertiría en subsecretario de defensa de EE.UU. y a menudo se le considera el arquitecto de la Guerra de Irak de 2003, así como David Wurmser, quien pasaría a servir como asesor para Oriente Próximo de Dick Cheney y John Bolton. El informe proponía una nueva estrategia regional para Israel, mucho más ambiciosa. Este documento, producido por personas del entorno de Washington a menudo llamados ‘primero Israel’, fue publicado, lo que significa que sus ideas son cuestión con cierto “registro público”, y no simples conjeturas.

Israel ha sabido ser a la vez constante en sus objetivos y flexible a la hora de movilizar el apoyo de las grandes potencias. Al comienzo de la existencia del Estado, dependió del respaldo político y las armas soviéticas. Stalin buscaba debilitar a Gran Bretaña en Asia Occidental y esperaba, aunque en vano, que la retórica socialista de Israel lo convirtiera en un aliado de la URSS en la región. Israel más tarde se congració con Gran Bretaña y Francia, cuando estos se aferraban desesperadamente a sus imperios coloniales ya decadentes. Sin embargo, fue en Washington donde halló su respaldo más firme y duradero.

Este apoyo ha sido movilizado y organizado por un poderoso lobby compuesto por sionistas cristianos y judíos. Se trata de varios grupos cristianos estadounidenses —principalmente evangélicos, pentecostales y fundamentalistas—, junto con judíos. Es un hecho bien conocido y documentado en diversas fuentes, incluido el libro de 2007 de John Mearsheimer y Stephen Walt The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (“El Lobby de Israel y la Política Exterior de EE.UU.”). Durante la guerra actual, se ha informado de que sionistas cristianos evangélicos han estado adoctrinando a las tropas estadounidenses desplegadas, presentando el ataque a Irán como una guerra santa y un medio para precipitar la segunda venida de Cristo. Comandantes militares han invocado una retórica evangélica extremista sobre el ‘fin de los tiempos’ bíblico para justificar su participación en la guerra con Irán. Un comandante llegó a decir que ‘Jesús ha ungido al presidente Trump para que encienda la señal de fuego en Irán, provocando así el Armagedón y marcando Su retorno a la Tierra’.

Si bien el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, no ha respaldado explícitamente este tipo de propaganda, sus convicciones y las de muchos otros miembros de la Administración Trump, afines en su adscripción/militancia religiosa, sintonizan en lo sustancial con dicha narrativa.

Sin embargo, están apareciendo grietas en el anteriormente sólido apoyo a Israel en EE.UU. El genocidio en Gaza ha alejado a muchos judíos y cristianos estadounidenses. Por primera vez en la historia de las relaciones entre EE. UU. e Israel, más estadounidenses expresaron su apoyo a los palestinos que a los israelíes en 2026.

Sintiendo que este descontento podría eventualmente aflojar el control de Israel sobre la política exterior estadounidense, Netanyahu actuó rápidamente, visitando a Trump siete veces en menos de un año. Trump, sucumbiendo a esta presión, no tenía tiempo que perder. Con la Copa del Mundo programada para celebrarse en Estados Unidos de Norteamérica, en el verano y, más importante aún, las elecciones de medio término en noviembre (midterm elections), ordenó a las Fuerzas Estadounidenses unirse a Israel para atacar Irán el 28 de febrero, independientemente del consejo de sus asesores de inteligencia y militares.

Israel ha despreciado y violentado durante mucho tiempo y de manera abierta el Derecho internacional, utilizando sin ambages su superioridad militar y tecnológica contra sus vecinos. EE.UU., en cambio, solía al menos rendir pleitesía verbal al Derecho internacional. Ahora, sin embargo, Trump declara abiertamente que no lo necesita y que prefiere guiarse por su «propia moralidad». Su jefe adjunto de gabinete, Stephen Miller, explicó: «Vivimos en un mundo donde puedes hablar todo lo que quieras sobre finezas internacionales y todo eso…». Para añadir, a renglón seguido, que el mundo se rige «por la fortaleza, por la fuerza, por el poder. Esas son las leyes férreas del mundo».

Ahora, sin embargo, Trump declara abiertamente que no necesita ese Derecho y que prefiere guiarse por su «propia moralidad«. Su jefe adjunto de gabinete, Stephen Miller, explicó: «Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre delicadezas internacionales y todo eso». Y añadió que el mundo está «gobernado por la fortaleza, por la fuerza, por el poder. Esas son las leyes de hierro del mundo».

Muchos expertos, incluidos altos oficiales retirados estadounidenses y británicos, dudan de que EE. UU. logre sus objetivos en Irán y anticipan otro descalabro. Puede que acierten o puede que no. Pero lo que realmente importa a Netanyahu no es el éxito de las fuerzas armadas estadounidenses, sino la posibilidad de que Irán salga debilitado, sea cual sea el resultado final. Si esto no se materializa y el Régimen de apartheid de Israel se enfrenta a una amenaza existencial, aún tiene armas nucleares para usar como último recurso. Toda la charla sobre la «amenaza nuclear iraní» no debería ocultar el hecho de que dos potencias nucleares (Israel y EE.UU.) han atacado conjuntamente a un país no-nuclear.

Si la apuesta de Israel fracasa, su cultura política cínica y egocéntrica sugiere que usaría armas nucleares preferentemente antes que abandonar el sionismo y negociar una transformación política del régimen actual hacia un sistema más inclusivo. Israel elegiría antes obliterar Irán, un país de nada menos que 93 millones de personas, antes que aceptar la igualdad con los palestinos que ahora controla en Gaza y Cisjordania.

Si bien es importante evaluar las posibilidades de Estados Unidos de retener la hegemonía mundial a raíz de esta guerra, es imperativo prestar atención a los posibles resultados para Israel, el iniciador de la guerra. El estado sionista o «super-Esparta«, como Netanyahu caracterizó a Israel hace unos meses, es muy capaz de desatar una catástrofe humana sin precedentes que haría que el genocidio en Gaza pareciera insignificante en comparación. Como ha demostrado el genocidio en curso en Gaza, nadie se atreve a detener a Israel.