por Irshad Ahmad Mughal

Si algo enseña la Historia, es que las guerras no se ganan solo con poderío militar. Se ganan con claridad de propósito, unidad de alianzas y convicción en la causa. En la actual confrontación que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán, esos tres elementos parecen cada vez más inconsistentes del lado estadounidense.

En el centro de este malestar estratégico se encuentra Donald Trump, un líder conocido por su retórica decidida y sus tácticas contundentes. Sin embargo, este conflicto se resiste a cualquier simplificación. No es una guerra convencional con líneas de batalla definidas; es, en cambio, una lucha prolongada marcada por la ambigüedad, la vacilación y los rendimientos decrecientes.

El episodio más reciente de esta crisis comenzó en 2018, cuando Washington se retiró del acuerdo nuclear con Irán y puso en marcha una cadena de agresiones en escalada. El asesinato de Qassem Soleimani en 2020 profundizó las hostilidades, acercando a ambas partes a una confrontación directa. Lo que siguió no fue una guerra decisiva, sino un prolongado conflicto en la sombra: ciberataques, enfrentamientos indirectos o «guerras proxy» y señales estratégicas sin resolución.

Ahora, años después, Estados Unidos se encuentra en una posición preocupante: muy involucrado, pero estratégicamente incierto.

El problema central no es la debilidad militar, sino la confusión conceptual. En los círculos de la política estadounidense e incluso en sus propias filas militares persiste una pregunta fundamental: ¿de quién es esta guerra? ¿Es una prioridad central para la seguridad nacional de Estados Unidos, o se trata principalmente de un conflicto impulsado por los imperativos regionales de Benjamin Netanyahu?

Semejante ambigüedad tiene consecuencias. Cuando el propósito de la guerra se vuelve confuso, la moral comienza a erosionarse. Los soldados combaten mejor cuando comprenden no solo su misión, sino también la necesidad que la justifica. Sin esa claridad, incluso el ejército más avanzado corre el riesgo de perder su ventaja psicológica.

A este desafío se suma la visible vacilación de los aliados de Estados Unidos. A diferencia de conflictos anteriores, en los que Washington construyó coaliciones sólidas, esta confrontación revela fracturas. Muchos socios son reacios a comprometerse plenamente, al considerar que la crisis es de alcance regional, no una urgencia global, y les puede afectar gravemente. El resultado es un cambio sutil pero significativo: Estados Unidos parece cada vez más solo.

En marcado contraste, la postura de Irán se define por su coherencia ideológica. Para Teherán, este no es un conflicto discrecional, sino una cuestión de supervivencia. Su liderazgo enmarca la lucha en términos existenciales, reforzando una narrativa que sostiene tanto el apoyo popular como la determinación militar. La historia sugiere que esa claridad, por controvertida que sea, puede ser una ventaja decisiva en conflictos prolongados.

Esta asimetría, entre la incertidumbre estadounidense y la convicción iraní, se halla en el corazón del actual desequilibrio estratégico.

La situación invita inevitablemente a la comparación con la guerra de Vietnam, donde Estados Unidos quedó atrapado en un conflicto que no podía ganar de manera decisiva ni del que podía salir fácilmente. Aunque los contextos difieren, la lección de fondo sigue siendo notablemente pertinente: las guerras sin objetivos claros ni respaldo unificado tienden a derivar hacia el estancamiento o una retirada total.

Hoy, Washington se enfrenta a un dilema similar. La escalada conlleva el riesgo de una guerra regional más amplia con consecuencias impredecibles. La retirada, por otro lado, corre el riesgo de ser interpretada como una derrota y debilidad. Este estancamiento estratégico explica la creciente percepción de frustración en el seno del liderazgo estadounidense.

Mientras tanto, el relativo silencio, o la casi desaparición de Benjamin Netanyahu de la escena global, añaden una sensación de incertidumbre, planteando interrogantes sobre la coordinación y la alineación a largo plazo entre los aliados.

La realidad más amplia es difícil de ignorar: el poder por sí solo no basta. Sin un propósito claramente definido, incluso las naciones más poderosas pueden verse estratégicamente a la deriva.

Si Estados Unidos quiere alterar la trayectoria de este conflicto, primero debe responder a una pregunta sencilla pero crítica: ¿»por qué / para que» está luchando? Hasta que esa pregunta no se resuelva, la presión por desvincularse no hará más que aumentar.

La Historia ha demostrado que salir de una guerra suele ser más difícil que entrar en ella. Cuanto más se demore la claridad, mayor será el costo de la retirada.

En ese sentido, el campo de batalla más decisivo puede no encontrarse en Oriente Próximo, sino dentro del propio Washington.


N.d.T.: El autor analiza esta guerra como hace un buen analista geopolítico. Es el modo de señalar la futilidad de esta guerra contra Irán, por carecer de declaración previa, de ganancia clara, cosa que implícitamente añade más pesar por las victimas y daños causados. Como bien señala el autor hay un sin sentido de trasfondo y eso es un mal comienzo para cualquier acción. Hasta ese punto llega el análisis «de la partida de ajedrez», pero sobre todo deberíamos estar pensando en las víctimas del tablero. Para algunos, la única lección que deja toda guerra es que nunca debió comenzar; aunque el hecho innegable es que lamentablemente comienzan. Redacción-España.