Resulta sencillamente asombroso cómo se están presentando y justificando los ataques por parte de Israel y Estados Unidos contra Irán.

Nos alimentan con el mismo conjunto de excusas en un bucle sin fin: proliferación nuclear, amenazas a la seguridad regional, la corrupción del régimen iraní, el fracaso de la diplomacia, las necesidades políticas personales de Trump o Netanyahu, e incluso la distracción de otros escándalos. El guion se recicla en cada Canal, cada Medio, cada formato. Ya sea etiquetado como de izquierdas o de derechas, ya sea en Medios tradicionales o las Redes sociales, la narrativa apenas cambia un ápice.

Incluso los líderes internacionales se han sumado a la normalización de la violencia. Canadá, Francia, el Reino Unido… todos ofrecen sus propias variaciones de la misma justificación. Sus comunicados hablan de «estabilidad regional» y «seguridad internacional», pero evitan pedir moderación o reconocer los riesgos catastróficos de una escalada del conflicto.

Es difícil no reflexionar sobre la profunda ironía histórica. Hace cuatro mil años, esta región produjo uno de los sistemas de justicia escritos más antiguos de la humanidad. El Código de Hammurabi articulaba leyes que regían la vida social, la responsabilidad y la moderación.

La situación actual es mucho más peligrosa que un solo gobierno o un solo líder. Esto no es el comportamiento irracional de un «loco», ni la desinformación occidental es un fenómeno exclusivamente trumpista. Lo que estamos presenciando es una continuación estratégica de un proyecto a largo plazo de preservar el dominio político y económico de Occidente, en un mundo que sometido a rápidos cambios.

El control de los flujos energéticos es central para esta estrategia. Las exportaciones de petróleo de Irán a China amenazan ese dominio de la misma manera que lo hicieron en su día los recursos de Venezuela. El control de la energía determina los precios del petróleo; los precios del petróleo, a su vez, moldean los costes de producción; los costes de producción determinan la competitividad en el Mercado. Esto no es ideología, es economía política básica.

Europa lo ha comprendido en carne propia. Las sanciones a Rusia tras la guerra en Ucrania han forzado a los países europeos a comprar energía estadounidense mucho más cara, debilitando con ello su propia competitividad industrial, mientras aumentaban su dependencia de EE.UU. El resultado no fue «seguridad», sino mayor subordinación estructural.

Esta misma lógica aparece también en las prohibiciones tecnológicas, las restricciones a la exportación, los aranceles y las sanciones. Se bloquea a las empresas chinas en los mercados occidentales bajo la bandera de la «seguridad nacional», mientras que las empresas occidentales se enfrentan a una exclusión recíproca.

La misma lógica se filtra en la política doméstica, donde somos testigos de retórica antiinmigrante, discurso islamofóbico, ataques a las Universidades, hostilidad hacia las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), más campañas contra las personas LGBTQ y trans. Estas no son batallas culturales aisladas, sino expresiones internas articuladas por el mismo Sistema que se defiende contra lo que se percibe como una pérdida de control.

Nadie puede predecir hasta dónde llegará la actual escalada en Oriente Medio, ni qué desestabilización desencadenará. Pero una cosa ya está clara: no estamos preparados para abordar las causas profundas de esta crisis, porque nos negamos a reconocer el Sistema completo que la produce.