El texto que escribo hoy es muy distinto de las decenas de artículos que he publicado en Pressenza.

Esta vez hablo de mí. Pero, a partir de mi experiencia personal, quiero igualmente extraer una reflexión que también puede considerarse política y social.

Empiezo contando que me puse a jugar con la llamada Inteligencia Artificial para ver qué dice de mí.

La llamamos así, aunque no deja de ser un invento humano que simplifica, refuerza, multiplica y acelera nuestras capacidades, exactamente igual que la primera piedra, toscamente tallada, que utilizó el ser humano.

Así que escribo mi nombre completo junto a algunas palabras: Ucrania, Rifondazione, paz… y me quedo asombrado por la velocidad y la cantidad de información que aparece.
Luego decido buscar algo más íntimo, más personal, y escribo: “Mauro Carlo Zanella depresión”.

Esto es lo que sale:

Mauro Carlo Zanella es maestro de primaria y colaborador del medio «Comune-info», conocido por haber compartido públicamente su experiencia personal con la depresión.

Su contribución sobre el tema se caracteriza por varios aspectos:

Testimonio directo: en mayo de 2014 publicó un artículo titulado ‘Sufro depresión’, en el que relata su experiencia desde el punto de vista de un educador, intentando romper el tabú que a menudo rodea la salud mental en el mundo del trabajo.

Compromiso social y cívico: además de escribir, Zanella participa activamente en el ámbito político y social. Recientemente (junio de 2025) estuvo presente en manifestaciones civiles en Roma, en Porta San Paolo, confirmando su compromiso con temas como la paz y la memoria histórica.

Actividad periodística: colabora habitualmente con medios de información independiente como Pressenza y Transform! Italia, donde aborda cuestiones que van desde la escuela hasta la crítica social. Su testimonio se cita a menudo como ejemplo de auto-narración terapéutica y de valentía al mostrar la propia vulnerabilidad en contextos profesionales.”

Más allá de que yo no soy conocido por nada, lo cierto es que en un instante la Inteligencia Artificial ha encontrado un viejo artículo que escribí como carta para “il Manifesto” y que luego publicó “Comune-info”, y que para bien sobre todo. Pero, … también en parte para mal porque tuvo una gran importancia en mi vida.

Dudo que hoy alguien lo recuerde, aunque en su momento lo leyó mucha gente, hasta el punto de que incluso periodistas de la radio pública RAI me hicieron una breve entrevista, intrigados por lo que había escrito.

¿Y qué ha cambiado desde entonces?

Ha llegado el reconocimiento oficial de mi fragilidad: un 67 % de discapacidad reconocido, según el artículo 3, apartado 3, de la Ley 104 italiana, la Normativa que regula «la asistencia a personas con discapacidad».

Para entendernos, con ese grado y en la escuela, si fuera un niño, los niños ya tienen derecho a un profesor de apoyo… y yo sigo siendo maestro de primaria.

Síndrome de apnea del sueño, es decir, que duermo con mascarilla, con CPAP (que significa Continuous Positive Airway Pressure, o presión positiva continua en la vía aérea). Es esencia, es una máquina que envía aire concentrado, con una ligera presión positiva, a través de una mascarilla mientras duermes. Para que la garganta no se cierre y respire mejor.

He preferido dejar de conducir para no poner en riesgo mi seguridad, ni la de los demás por un posible episodio de somnolencia; y cierta obesidad que va y viene; un temblor esencial hereditario y, ¡ay!, un diagnóstico certificado de trastorno bipolar.

Probablemente lo más difícil de reconocer para quien lo padece y, al mismo tiempo, más incapacitante que una “simple” depresión estacional o ciclotímica.

A mí mismo me llevó años aceptarlo y, por tanto, empezar a afrontarlo con paciencia y responsabilidad.

“La depresión ya pasó, estoy bien, incluso estupendamente. Ya no necesito medicación, por fin estoy curado. ¿Y ahora queréis convencerme de que también tengo que controlar mi euforia con fármacos? ¿Y por qué debería hacerlo, ahora que me siento tan feliz, tan lleno de energía?”

Ese es el razonamiento que a uno se brota. Pero es un razonamiento equivocado y puede ser peligroso, sobre todo para uno mismo. Se pierde la prudencia, se toman decisiones precipitadas, se cae en un optimismo ingenuo y excesivo, uno se mete en problemas… y así se prepara el terreno para una nueva caída, quizá todavía más profunda, en la depresión.

Después de años de tratamientos fallidos, por errores míos, pero también por culpa de psiquiatras arrogantes a los que acudí, finalmente encontré en el Centro de Salud Mental público (CSM) de mi distrito a un excelente psiquiatra.

Como es normal en el sistema sanitario público italiano, la atención es gratuita. Con una empatía competente, me recibe cada semana. Hablamos, me escucha de verdad y, si lo considera necesario, ajusta la terapia,  —“Probemos así y luego me cuentas cómo te va”. —No añado nada más, por ahora.

Todo esto acabará en la red y, con cualquier programa banal de Inteligencia Artificial, cualquiera podrá saber que estoy en tratamiento con un psiquiatra en el Centro de Salud Mental.

Por segunda vez en mi vida desafío el estigma social. Como hicieron hace décadas, por ejemplo, las personas gays y lesbianas, o quienes tuvieron el valor de contar que habían sufrido abusos.

Comunico para cambiar las cosas, alguien tiene que empezar a exponerse, a contar, a desafiar los prejuicios. La solidaridad compensará la desconfianza y la condena. O al menos ayudará a otros a sentirse menos solos y menos deprimidos.