Lo que Trump 2.0 pretende es liderar una reforma integral de la civilización occidental con el objetivo de construir un incipiente Estado-civilización que, una vez restaurada su fuerza colectiva, pueda ejercerla sin restricciones para forzar a los rivales emergentes a subordinarse y así restaurar la unipolaridad.

Marco Rubio, una de las figuras más poderosas de Estados Unidos por su doble condición de secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, pronunció el pasado fin de semana un discurso histórico en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que expuso el nuevo orden mundial que proyecta Trump 2.0. Sus palabras reflejan los lineamientos de la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y la llamada “Doctrina Trump”, marcos que este análisis revisa, contextualiza e interpreta.

Rubio arremetió contra la idea de que el “fin de la historia” hubiera llegado, tras la Vieja Guerra Fría, según la cual las democracias liberales se expandirían por todo el planeta y el denominado “orden internacional basado en reglas” sustituiría a los intereses nacionales. Criticó con especial dureza la deslocalización industrial hacia adversarios y competidores, la cesión de soberanía a instituciones internacionales, el “autoempobrecimiento para apaciguar a un culto climático” y la migración masiva. Admitió que esas decisiones fueron errores y afirmó que Washington busca corregirlos.

Rubio afirmó que Trump 2.0 se propone reconstruir y restaurar la civilización occidental, incluso actuando en solitario si Europa no acompaña. Aunque expresó su preferencia por hacerlo junto al continente del que surgió Estados Unidos, dejó claro que Washington no considera esa cooperación imprescindible. En un pasaje de fuerte carga retórica, exaltó la grandeza de la civilización compartida y sostuvo que su “reanimación” insuflará nuevo ímpetu a las fuerzas armadas. Acto seguido, delineó el programa de Trump 2.0,  de reindustrialización, fin de la migración masiva y reconfiguración de la gobernanza global, transformaciones que aseguró producirán dividendos concretos para las mayorías occidentales.

Lejos del aislacionismo que algunos auguran, el proyecto estadounidense aspira, en palabras de Rubio, a optimizar su red global de alianzas, aunque bajo un reparto de cargas “más equitativo”. Restaurar el orgullo por la civilización occidental figura también entre las prioridades de política exterior de Trump 2.0. En este esquema de orden mundial se perciben ecos de las teorías civilizacionales de Samuel Huntington y Alexander Dugin, centradas en la identidad como factor decisivo en la dinámica internacional.

Como cabía esperar, el concepto de excepcionalismo estadounidense impregna el discurso. Rubio afirmó que su país actuará en solitario si es preciso para restaurar la civilización occidental y describió la supuesta “decadencia terminal” de Occidente, tras la Segunda Guerra Mundial, como una “elección”. Esta formulación sugiere que Washington no considera inevitable la multipolaridad, entendida aquí como el ascenso de otros Estados-civilización capaces de equilibrar al incipiente bloque occidental que Trump 2.0 pretende articular.

De esa premisa se desprende así mismo otra acerca del auge de nuevos polos de poder, ya sean países, bloques o Estados-civilización, que considera consecuencia de políticas occidentales contraproducentes, más debidas al impulso propio de esos actores. Tal afirmación resulta discutible. Aunque es cierto que la distensión sino-estadounidense impulsada por Nixon durante la Vieja Guerra Fría facilitó el capital que contribuyó al ascenso de China, fue el Partido Comunista chino quien dirigió ese proceso para salvaguardar la soberanía nacional y transformar al país en una superpotencia económica.

En esencia, Trump 2.0 buscaría encabezar reformas profundas en la civilización occidental para consolidar un naciente Estado-civilización que, tras recuperar su vigor colectivo, pudiera emplearlo sin restricciones para imponer su primacía y restaurar la unipolaridad. Estados Unidos ha cosechado algunos éxitos de política exterior en el último año, pero ello no garantiza que logre reformar Occidente, convertirlo en un Estado-civilización ni, mucho menos, reconfigurar el orden mundial bajo su control.

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