Más de ochenta figuras del cine internacional, entre ellas Javier Bardem, Tilda Swinton y Adam McKay, interpelaron públicamente al Festival Internacional de Cine de Berlín por su silencio frente a Gaza. Su carta no es un gesto simbólico: es una acusación ética directa contra la indiferencia institucional en tiempos de crímenes masivos documentados por Naciones Unidas.
El 17 de febrero de 2026, en plena 76ª edición del Berlin International Film Festival, más de 80 cineastas y artistas —entre ellos Javier Bardem, Tilda Swinton y Adam McKay— firmaron una carta abierta que rompe el cómodo lenguaje diplomático del sector cultural. No hablaron de “preocupación”. No pidieron “diálogo”. Llamaron a las cosas por su nombre: genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra.
La carta acusa a la Berlinale de mantener un “silencio institucional” frente a lo que ocurre en Gaza y de censurar a artistas que han denunciado públicamente la ofensiva israelí. Y va más allá: sostiene que no tomar postura en un contexto de exterminio sistemático equivale a proteger al perpetrador de la rendición de cuentas.
Esta no es una afirmación aislada ni retórica. La Relatora Especial de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, ha documentado en sus informes patrones que, según su análisis jurídico, encajan en la definición de genocidio conforme a la Convención de 1948. Ha hablado de destrucción deliberada de condiciones de vida, de castigo colectivo, de desplazamientos forzados masivos y de un régimen que deshumaniza estructuralmente a la población palestina. No se trata de un eslogan activista: es una calificación que emerge del marco normativo de la propia Naciones Unidas.
En ese contexto, la tesis de los firmantes es clara: el silencio no es neutralidad. Es una forma de alineamiento.
La Berlinale, como festival financiado en gran parte por fondos públicos alemanes, no es una entidad privada sin responsabilidades políticas. Es una institución cultural con peso simbólico global. En el pasado ha emitido declaraciones firmes frente a la represión en Irán o la invasión rusa de Ucrania. ¿Por qué ahora invocar la supuesta “autonomía del arte frente a la política”? ¿Por qué el principio de no intervención aparece únicamente cuando el acusado es un aliado estratégico de Occidente?
La carta señala además un hecho inquietante: cineastas que en la edición anterior defendieron desde el escenario el derecho de los palestinos a la vida y la libertad habrían sido reprendidos por programadores del festival. Si el espacio cultural no puede albergar la denuncia de violaciones masivas de derechos humanos, ¿qué tipo de libertad artística se está defendiendo?
El argumento de que “el cine debe mantenerse fuera de la política” ignora una verdad histórica elemental: el arte siempre ha sido un campo de disputa moral. Desde el neorrealismo italiano hasta el cine latinoamericano de denuncia, pasando por las películas contra el apartheid sudafricano, el cine ha sido vehículo de memoria, resistencia y conciencia crítica. Pretender que el arte se mantenga aséptico ante la devastación de una población civil es, en sí mismo, un acto político.
Lo que plantean los firmantes no es que el festival adopte una ideología, sino que asuma un estándar mínimo de coherencia ética: afirmar el derecho de los palestinos a la vida, condenar los crímenes documentados por instancias internacionales y garantizar que los artistas puedan expresarse sin represalias.
En términos jurídicos, la complicidad no requiere empuñar un arma. Puede consistir en facilitar, legitimar o encubrir. En términos morales, puede consistir en mirar hacia otro lado. Cuando un festival cultural de alcance mundial elige el silencio frente a acusaciones fundadas de genocidio, el mensaje que envía no es de prudencia: es de normalización.
La carta del 17 de febrero no es un gesto aislado de celebridades. Es parte de una creciente fractura en el mundo cultural occidental, donde artistas, académicos y trabajadores del sector rechazan la doble vara con que se juzgan las violaciones de derechos humanos. Exigen coherencia: si el principio es universal, debe aplicarse sin excepción.
La pregunta que deja esta controversia es incómoda pero inevitable: ¿puede una institución cultural reclamar autoridad moral mientras evita pronunciarse ante la destrucción sistemática de un pueblo?
No tomar partido frente a un genocidio no es neutralidad. Es participación pasiva en su normalización. Y la historia, cuando juzga, no distingue entre quienes ejecutaron y quienes callaron.
Anexo
Párrafos sustanciales
Carta abierta a los organizadores del Festival Internacional de Cine de Berlín
17 de febrero de 2026
Escribimos como trabajadores del cine, todos nosotros participantes pasados y actuales de la Berlinale, que esperamos que las instituciones en nuestra industria se nieguen a ser cómplices de la terrible violencia que continúa librándose contra los palestinos.
Estamos consternados por el silencio institucional de la Berlinale sobre el genocidio de los palestinos en Gaza y por el papel clave del Estado alemán en facilitarlo.
Nos horroriza la participación de la Berlinale en la censura de artistas que se oponen al genocidio que Israel continúa perpetrando contra los palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en facilitarlo. Como ha afirmado el Instituto de Cine Palestino, el festival ha estado “vigilando a cineastas junto con un compromiso continuo de colaborar con la Policía Federal en sus investigaciones”.
El año pasado, cineastas que se pronunciaron a favor de la vida y la libertad de los palestinos desde el escenario de la Berlinale fueron reprendidos agresivamente por los programadores del festival.
Muchos festivales internacionales importantes han respaldado el boicot cultural al Israel de apartheid, con miles de profesionales del cine, incluidas importantes figuras de Hollywood, anunciando que no colaborarán con compañías e instituciones cinematográficas israelíes cómplices.
Sin embargo, hasta ahora la Berlinale no ha cumplido ni siquiera con las peticiones de que su comunidad emita una declaración que afirme el derecho de los palestinos a la vida, la dignidad y la libertad; condene el genocidio en curso de Israel contra los palestinos; y se comprometa a defender el derecho de los artistas a hablar sin restricciones en apoyo de los derechos humanos palestinos. Esto es lo mínimo que puede y debe hacer.
Instamos a la Berlinale a que cumpla con su deber moral y declare claramente su oposición al genocidio, los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra de Israel contra los palestinos, y a que ponga fin por completo a su participación en proteger a Israel frente a las críticas y las exigencias de rendición de cuentas.













