Un ataque aéreo israelí en el sur de Gaza durante la noche del 5 al 6 de febrero dejó al menos 24 palestinos muertos. Entre ellos se encontraba un paramédico de la Media Luna Roja Palestina, alcanzado mientras evacuaba heridos. La matanza vuelve a colocar en el centro una advertencia esencial: la normalización de estos crímenes es una forma de complicidad.

Durante la noche del 5 al 6 de febrero de 2026, aviones israelíes bombardearon zonas del sur de la Franja de Gaza, principalmente en el área de Jan Yunis. De acuerdo con fuentes oficiales palestinas, los ataques alcanzaron sectores residenciales y áreas donde se encontraban personas desplazadas, provocando la muerte de al menos 24 palestinos, la mayoría civiles.

El Ministerio de Salud de Gaza confirmó que entre las víctimas fatales se cuentan hombres, mujeres y niños, así como personal de emergencia que acudía a socorrer a los heridos tras los primeros impactos. Las autoridades palestinas denunciaron que los bombardeos se produjeron en un contexto de alto el fuego formalmente vigente y calificaron el ataque como una violación grave del derecho internacional humanitario.

Entre los muertos se encuentra Hussein Hassan Hussein Al Samiri, paramédico de la Media Luna Roja Palestina. Al Samiri fue alcanzado mientras trasladaba heridos hacia un hospital de campaña. Vestía uniforme médico, se desplazaba en un vehículo de emergencia claramente identificado y cumplía funciones humanitarias protegidas por los Convenios de Ginebra. Murió haciendo aquello para lo que se había formado: salvar vidas en medio del caos.

La Media Luna Roja Palestina confirmó oficialmente su fallecimiento y expresó que el ataque ocurrió mientras los equipos médicos respondían a múltiples llamados de auxilio. La organización subrayó que sus trabajadores operan bajo condiciones extremas y reiteró que el personal sanitario no puede convertirse en objetivo militar sin que ello constituya un crimen de guerra.

Junto a Al Samiri murieron otras 23 personas. No eran combatientes en un frente de batalla. Eran familias, desplazados, civiles atrapados en una franja sometida a bombardeos recurrentes. Sus nombres, como ocurre con demasiada frecuencia, corren el riesgo de diluirse en cifras si no se los recuerda como lo que eran: vidas humanas concretas, truncadas en una sola noche.

Desde Gaza, las autoridades sanitarias señalaron que los hospitales y puestos de emergencia recibieron los cuerpos y a numerosos heridos en condiciones de extrema precariedad, con recursos limitados y bajo el temor constante de nuevos ataques. La muerte de civiles y de personal médico en una misma operación refuerza, según los responsables palestinos, la denuncia de un uso desproporcionado de la fuerza en zonas densamente pobladas.

Organismos humanitarios han advertido que la repetición de estos ataques está erosionando uno de los últimos límites éticos de la guerra: la protección de quienes no combaten y de quienes se dedican a aliviar el sufrimiento. Cuando un paramédico muere junto a las personas que intentaba rescatar, el mensaje que se envía es devastador: nadie está a salvo, ni siquiera quienes encarnan la neutralidad humanitaria.

La historia de Hussein Hassan Hussein Al Samiri no puede separarse de la de las otras 23 víctimas de esa noche. Juntas componen un retrato crudo de la realidad en Gaza, donde la muerte se ha vuelto tan frecuente que amenaza con perder su capacidad de indignar. Ese es, quizás, el mayor peligro.

No debemos acostumbrarnos jamás. No a la muerte de civiles. No al asesinato de personal sanitario. No a que veinticuatro vidas apagadas en una noche se conviertan en una nota más del flujo informativo. Nombrarlos, contarlos y exigir responsabilidades no es un gesto retórico: es una obligación moral frente a crímenes que, si se normalizan, terminan por vaciar de sentido la propia idea de humanidad.