La entrevista entre Stephen Colbert y James Talarico no se emitió en la cadena de televisión CBS porque los abogados de la cadena advirtieron que podría infringir las normas de la FCC sobre emisiones políticas, en particular el requisito de igualdad de tiempo, que podría haber obligado a la cadena a proporcionar un tiempo de emisión equivalente a otros candidatos. En su lugar, la entrevista se publicó en YouTube, que no está sujeto a esas normas y, por lo tanto, permitió su emisión.
Tanto Colbert como Talarico describieron la decisión como una forma de censura, motivada por el temor a las sanciones de la FCC o a una presión política más amplia, que suprimía de hecho una conversación crítica en la televisión abierta. Fox News, por el contrario, no está regulada por el mismo marco de la FCC que se aplica a las cadenas de televisión como CBS, ABC o NBC, una distinción importante para comprender esta situación.
En cualquier caso, la entrevista superó los 8,2 millones de visitas en solo tres días, lo que pone de relieve la creciente realidad de las plataformas de medios alternativos que operan fuera del control directo del gobierno.
Sin embargo, el aspecto más importante de esta historia no es la censura en sí, sino la postura y el carácter de Talarico. Talarico, político estadounidense, seminarista presbiteriano y ex profesor de escuela pública, es miembro de la Cámara de Representantes de Texas desde 2018 y está considerado como una figura en ascenso entre los demócratas. En su conversación con Colbert, replanteó el cristianismo en torno a dos principios esenciales: el amor a Dios y el amor al prójimo. Señaló que muchos líderes cristianos fundamentalistas que se centran obsesivamente en el aborto y las cuestiones LGBTQ están, en la práctica, promoviendo agendas políticas, a menudo en torno a temas que no están explícitamente enraizados en la Biblia.
Si Estados Unidos está dispuesto a volver a esos principios fundamentales, puede que haya una oportunidad de superar su actual crisis existencial. Como humanista, replantearía este debate a través de la Regla de Oro —«Trata a los demás como quieres que te traten a ti»—, que se hace eco directamente de la ética del amor al prójimo.
El poder universal de la Regla de Oro reside en su apelación a la experiencia humana compartida, más que a cualquier cultura o sistema de creencias específico. Todas las personas comprenden el sufrimiento, la dignidad y el cuidado a través de la experiencia vivida, lo que hace que el principio sea inmediatamente identificable en todas las sociedades. Ofrece una orientación ética en lugar de una doctrina rígida, afirmando el valor igualitario de todos los seres humanos. Al invitarnos a medir nuestras acciones a través de la empatía y la reciprocidad, introduce una lógica no violenta en las relaciones humanas y proporciona una base sencilla pero poderosa para la justicia y la coexistencia pacífica.
La izquierda política actual, a pesar de su lenguaje y sus símbolos diferentes, a menudo opera sobre la misma plataforma ideológica que la derecha, reaccionando con la misma lógica de confrontación, exclusión y lucha por el poder, solo que meramente expresada a través de formatos diferentes. Ambos bandos se definen más por la oposición entre ellos que por un horizonte ético compartido, dejando poco espacio para una transformación genuina.
La Regla de Oro ofrece una salida a este punto muerto. Nos permite imaginar la construcción de una nueva orientación, no ideológica en sentido estricto, sino ética y humana. Tal movimiento podría formarse a través de una amplia coalición de comunidades religiosas, sindicatos, organizaciones sociales y locales, defensores de los derechos humanos, protectores del medio ambiente, empresas y defensores de los derechos de los trabajadores. Lo que los uniría no sería la identidad, el dogma o la lealtad a un partido, sino el compromiso compartido de tratar a los demás como uno desearía ser tratado.
La fuerza de la Regla de Oro reside precisamente en su capacidad para funcionar a través de la diversidad. No borra las diferencias culturales, espirituales o sociales, sino que proporciona un terreno común en el que esas diferencias pueden coexistir y cooperar. Aplicada de manera coherente en diversas culturas y realidades sociales, puede convertirse en un principio vivo, capaz de guiar la acción política, la práctica económica y la vida colectiva más allá de la agotada división entre izquierda y derecha.
A diferencia de ideales abstractos como «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», la Regla de Oro es algo que podemos practicar todos los días, en todas las situaciones. Nos reconecta con la realidad humana que tenemos ante nosotros y devuelve el sentido al momento presente. En un mundo fracturado, este sencillo principio puede ser la base más radical que tenemos para construir un futuro que merezca la pena compartir.













