«El confederalismo democrático es el intento de crear democracia más allá del Estado, en una zona en la que el Estado significa violencia y abuso de poder. Por eso quieren acabar con el experimento kurdo». Reproducimos un extracto del artículo de Anna Irma Battino* publicado en Jacobin Italia, sobre la situación actual en Kobane y, en general, sobre las perspectivas del proceso político constituyente de la democracia confederal que lleva años llevando a cabo la población kurda en Rojava[accì].

Kobane vuelve a estar sitiada. No porque la historia se repita, sino porque el orden mundial no soporta las excepciones durante mucho tiempo. En enero de 2026, mientras los gobiernos y las instituciones occidentales hablan de «estabilización» de Siria y los mercados miran hacia los corredores energéticos del Levante, en el noreste del país se lucha por defender el legado de una revolución que se atrevió a cuestionar el Estado-nación, el patriarcado y la economía extractiva.

Las imágenes de la región no recuerdan aquellas de 2014, cuando Kobane se convirtió en símbolo mundial de la derrota del ISIS. Hoy muestran cárceles abandonadas, campos de detención sumidos en el caos, ciudades rodeadas sin revuelo mediático, municipios que distribuyen armas a la población civil. Es un asedio silencioso, posible tanto por la acción militar como por el olvido político internacional.

El 18 de enero de 2026, las fuerzas del Gobierno central sirio, junto con milicias vinculadas a Hayat Tahrir al-Sham (HTS), lanzaron una amplia ofensiva contra los territorios de la Administración Autónoma del Noreste de Siria (DAANES). No se trata solo de una operación militar: la presión va acompañada de una campaña diplomática y de una narrativa de «reunificación nacional», mientras que en Occidente el conflicto sigue siendo en gran medida invisible. El punto de inflexión llega a principios de enero, con las reuniones del 5 y 6 en París entre Siria e Israel bajo la supervisión de Estados Unidos. No se trataba solo de seguridad: en esas mismas horas toma forma una nueva estructura diplomática que margina a la Administración Autónoma y la presenta como un obstáculo para la «normalización» del país.

Con Damasco reintegrado entre los interlocutores internacionales reconocidos, Washington redefine el papel de las milicias kurdas, las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF): ya no son aliadas, sino una variable que hay que gestionar. La alianza anterior era táctica, vinculada a la guerra contra el ISIS en un contexto en el que el presidente sirio Assad estaba aislado y sin legitimidad internacional. Hoy ese capítulo está cerrado. Así lo aclaró el enviado especial para Siria, Tom Barrack, el 20 de enero de 2026: la «lógica» de la asociación con las SDF ha desaparecido, porque el nuevo Gobierno de Damasco ahora es capaz de asumir el control de las estructuras de seguridad y los centros de detención vinculados al ISIS. En otras palabras, lo que hasta ayer era una alianza indispensable, hoy se convierte en un problema que hay que gestionar.

Las consecuencias son inmediatas: los kurdos se ven empujados hacia una integración forzada en el Estado sirio, mientras que a Turquía se le deja espacio para atacar las estructuras políticas y militares de Rojava. Las negociaciones iniciadas en 2025 lo demuestran claramente, con todas las solicitudes de autonomía rechazadas y todos los posibles acuerdos frustrados. En vísperas de la ofensiva sobre Alepo, el diálogo parecía estar cerca de un acuerdo; al día siguiente comienzan tanto las negociaciones de seguridad en París como la operación militar.

Turquía e Israel actúan con objetivos diferentes, pero compatibles: Ankara apunta a un Estado centralizado que anule toda autonomía kurda; Israel prefiere una Siria fragmentada e incapaz de proyectar poder. En ambos casos, Rojava representa una anomalía que hay que eliminar.

[…] Rojava nunca ha sido un territorio pacificado. Siempre ha sido un laboratorio de conflicto social, donde la transformación avanzaba mediante compromisos inestables. Cuando el contexto internacional dejó de garantizar un mínimo margen de maniobra, esos compromisos se rompieron y la frágil arquitectura construida durante años de revolución se vio sometida a una dura prueba.

En este contexto debe leerse también la cuestión femenina, uno de los nudos más profundos y menos negociables del conflicto. Las Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ) no son un paréntesis simbólico, sino un instrumento concreto de transformación social. En torno a ellas se desarrolla un sistema de instituciones autónomas que influyen en las relaciones cotidianas de poder, desafiando las estructuras patriarcales arraigadas en la familia, la propiedad y la autoridad tribal.

Esta transformación representa una línea roja para el gobierno central, las milicias islamistas y los actores regionales, que no toleran ni reconocen la autonomía política, organizativa y militar de las mujeres. En las negociaciones con Damasco, la cuestión femenina sigue siendo un punto de fractura insalvable. La integración estatal significaría desmantelar todo el sistema construido en los últimos diez años.

 

* Periodista independiente con una gran pasión por el cine, pero que escribe sobre todo sobre justicia social, transfeminismo y política. Ha participado en varias marchas en Palestina, Brasil, México, Argentina y Kurdistán.