Repensar nuestros valores morales: Una sociedad no basada en el trabajo

17.11.2020 - Flavio Del Santo

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Repensar nuestros valores morales: Una sociedad no basada en el trabajo

por Flavio Del Santo

 

En memoria de David Graeber (1961-2020) cuyo inoportuno deceso privó a la ideología anarquista contemporánea de uno de sus mejores pensadores.

 

  1. ¿Por qué trabajamos (y por qué deberíamos hacerlo)?

Hoy pasamos por una pandemia global que inevitablemente condiciona algunas de las estructuras de nuestra sociedad. Los lugares de encuentro social, político y cultural donde disfrutábamos del ocio se encuentran cerrados, mientras la mayor parte de la gente sigue desempeñando sus trabajos habituales, a menudo viendo como “malo” interrumpir su función asignada en la cadena de “producción” (entre comillas, porque en la actualidad solo una parte menor de los empleos pueden reclamar que son productivos). Deberíamos darnos cuenta de que la mayoría de nosotros vivimos con una percepción distorsionada de la función del trabajo, visto como algo necesario no solo para el mantenimiento práctico y el progreso de la sociedad, sino también y sobre todo, como un valor moral para cada individuo.

Esto no debe sorprendernos: el trabajo cumple una función de gran importancia tanto en la doctrina capitalista como en la ideología marxista (supuestamente desarrollada como una reacción al sistema de producción capitalista). Para el capitalismo el trabajo es el medio individual para tener éxito en un mercado competitivo por naturaleza, mientras que para el marxismo el trabajo crea las condiciones para la revolución, al reunir una “clase obrera”. La potencia del marxismo dependía del control por parte de los trabajadores de los medios de producción. Sin embargo, lo que parece haber dejado obsoleto al marxismo tradicional es el hecho de que una tremenda proporción de los trabajos productivos (entre un cincuenta y un sesenta por ciento [3]) han sido automatizados.

Se espera que en los próximos 20 años la cantidad de trabajadores con empleo se reduzca en una proporción estimada entre un tercio y la mitad de la cantidad total actual [1]. No habría que sorprenderse por esto: en 1930 John Maynard Keynes ya había predicho la “nueva enfermedad del […] desempleo tecnológico, es decir, desempleo causado por nuestro descubrimiento de medios de economizar el uso de mano de obra a un ritmo mayor a nuestras posibilidades de encontrarle nuevos usos.” [5] Sin embargo, Keynes pensaba con optimismo que “nos podemos […] proponer que el trabajo que todavía esté por hacer lo sea de la manera más compartida posible, en turnos de tres horas o quince horas”. Bertrand Russel también era de esta opinión, y observó (¡en 1935!) que “la técnica moderna ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de mano de obra necesaria para satisfacer las necesidades cotidianas de todos”. [9] Y el mismo Karl Marx había señalado explícitamente que la automatización llevaría a “la reducción general de la mano de obra hasta alcanzar un mínimo, que entonces podría destinarse al desarrollo artístico, científico, etc. de las personas en su tiempo libre, y con los medios creados, para beneficio de todas ellas” [6].

A medida que desaparecen los trabajos productivos, se da un fenómeno peculiar: contrariamente a lo que sugeriría la lógica, no redistribuimos los productos y las tareas por hacer, sino que aparecen nuevos trabajos para asegurarnos de que todos estén constantemente ocupados, sin importar la utilidad de sus quehaceres. David Graeber, fallecido este año, llamó a este fenómeno el ascenso de los trabajos de mierda: “Un trabajo de mierda es una forma de empleo remunerado que es tan completamente absurdo, innecesario o pernicioso que ni siquiera el propio empleado puede justificar s existencia” [3]. Por lo general, son trabajos de oficina que no necesariamente son malos ni humillantes per se, pero tan inútiles que llevan al trabajador hasta el agotamiento.

Detengámonos aquí para recapitular. Hoy en día tenemos la capacidad técnica para, con una escasa cantidad de trabajo, proveer el sustento primario de los seres humanos y, sin embargo, parte importante de la humanidad sufre de hambre. De hecho, la economía capitalista impune (y cruel) en que vivimos permite que la riqueza colectiva de las 26 personas más adineradas equivalga a la de los 3,8 mil millones más pobres”. Mientras tanto, nuestra sociedad crea nuevos “trabajos de mierda” en un intento desesperado de ponerse al día con el desempleo tecnológico y mantener a todos con empleo. Pero, ¿por qué el trabajo nos parece tan inevitable, aunque tengamos buenas razones para considerarlo innecesario? En palabras de Graeber,

claramente, la respuesta no es económica, sino moral y política. La clase gobernante ha llegado a la conclusión de que una población contenta y productiva con tiempo libre disponible es un peligro mortal. […] Y, por la otra parte, les resulta extraordinariamente conveniente la sensación de que el trabajo es un valor moral en sí mismo y que cualquiera que no esté dispuesto a entregarse a algún tipo de intensa disciplina de trabajo no es merecedor de nada.

Crecemos convencidos de que el trabajo, una actividad que implica un esfuerzo físico o mental, no solo es necesario para la sociedad sino un garante del orden y la disciplina, un valor moral fundamental en sí mismo. Gini y Sullivan sostienen que “para la mayoría de nosotros, trabajar es una actividad completamente no discrecional, un hecho irreductible de la existencia del que no se puede escapar. Si bien a muchos no les agradan sus empleos específicos, desean trabajar porque saben en cierto nivel que el trabajo cumple un rol crucial […] en la formación del carácter humano” [2].

De hecho, una reacción típica a la propuesta de reducir drásticamente la cantidad de horas de trabajo es que las personas sin talentos especiales caerían en una suerte de ocio decadente, mientras que la rutina impuesta por el trabajo evita que la gente se deprima y le enseña el rigor y la disciplina que mantiene unida a la sociedad. Sin embargo, esto no necesariamente es así. Como un ejemplo provocativo, ya hay una especie en este planeta que ha pasado por este tipo de problema. Durante miles de años los caballos han ejercido una enorme variedad de tareas, desde servir de medio de transporte y comunicación a trabajar en granjas y participar en batallas. ¿Qué hacen hoy los caballos? Bueno, se supone que descansan. En palabras del filósofo alemán Peter Sloterdijk: «hoy existen casi tantos caballos como en los siglos dieciocho o diecinueve, pero todos han sido reasignados. Casi todos son caballos de recreo… quedan muy pocos caballos destinados al trabajo. ¿No resulta extraño que en la sociedad actual solo sean los caballos quienes han logrado la emancipación?” [10]

Volviendo a los seres humanos, creo que podríamos ser felices y productivos incluso si desapareciera la estructura laboral tal como la conocemos hoy. Es más, una serie de estudios estadísticos realizados desde la década de 1950 ha mostrado que la mayoría de las personas manifiestan estar dispuestas a trabajar –quizás de un modo más estimulante- incluso si se les liberara de esa obligación. El 80% de los encuestados respondió positivamente a la pregunta “Si heredara suficiente dinero como para vivir con comodidad sin trabajar, ¿lo haría de todos modos? [7]. Desde entonces se han llevado a cabo estudios similares a intervalos regulares, siempre con respuestas parecidas [2].

Más aún, cabe observar que el ocio parece ser no solo deseable sino también necesario para el desarrollo de una cultura. Si dirigimos la mirada al pasado, una gran cantidad de inventos y descubrimientos científicos revolucionarios, así como obras literarias y artísticas, se han producido por el “aburrimiento” de quienes podían disfrutar de tiempo libre (principalmente miembros de la nobleza y los sacerdotes). Sin embargo, estos avances se produjeron a expensas de un inmenso número de hombres y mujeres a quienes se dijo que su papel en este mundo era trabajar duro. Volvemos a citar a Russel:

El ocio es esencial para la civilización y en tiempos pasados el ocio para unos pocos solo era posible por el trabajo de muchos. Sus obras fueron valiosas no porque el trabajo sea bueno, sino porque el ocio también lo es. [9]

Imaginemos lo que toda una población podría hacer si tuviera el tiempo y la educación para disfrutar del ocio.

 

 

  1. ¿Una sociedad sin trabajo?

 

Tras haber considerado algunos argumentos interesantes para revolucionar la manera en que vemos el trabajo, deseo abordar algunas de las concepciones alternativas del trabajo:

(1) Trabajos instrumentales (o libertad a tiempo parcial). Una manera de pensar el trabajo es verlo como un mero instrumento que nos permite disfrutar del tiempo libre restante. Se podría resumir en la frase: “No me gusta lo que hago, pero me permite hacer lo que me gusta” [2]. Esto describe la situación actual más común, pero, por supuesto, dado el problema del desempleo tecnológico, requiere de un suministro continuo de “trabajos de mierda” para mantener a la gente trabajando sin ninguna necesidad práctica. Por ello, parece deseable una solución más inteligente.

(2) Trabajos necesarios (o libertad la mayor parte del tiempo). Una mejora a lo anterior sería seguir manteniendo una tensión entre tiempo libre y trabajo, pero reducir drásticamente la cantidad de horas destinadas a este último. Esta reducción se puede lograr estimando la cantidad del trabajo necesario que quede por hacer para luego dividir la carga de trabajo entre la gente (de manera justa). El resultado sería una infelicidad parcial debido a los trabajos posiblemente no estimulantes, pero se ampliaría la cantidad de tiempo libre lo bastante como para asegurar la satisfacción social.

(3) Trabajos estimulantes (o identificación del trabajo con el tiempo libre).  Un conocido aforismo atribuido a Confucio dice: “Encuentra algo que disfrutes hacer y nunca más tendrás que trabajar un día en tu vida”. Según esta visión, se podría concebir un sistema en que se redistribuyeran los pocos trabajos prácticos que quedaran por hacer (y que la mayoría piense que son desagradables) y que el resto del tiempo uno pudiera hacer lo que realmente le guste. Esta visión es sostenida por quienes reconocen los problemas del sistema actual, pero siguen considerando el trabajo como un valor positivo (por ejemplo, para formar el carácter humano). Como tal, se podría reformar lentamente (como opuesto a revolucionar) el sistema de trabajo dando más espacio a las actividades estimulantes remuneradas. Por ejemplo, Gini y Sullivan plantean que: “Un buen trabajo es lo ideal, pero está claro que es difícil de encontrar. Tal vez la única solución disponible para la mayoría de nosotros sea encontrar y potenciar lo más posible lo bueno que haya en nuestro trabajo. Como personas debemos encontrar un trabajo que nos mejore, como sociedad debemos crear trabajos que mejoren a las personas”.[2] Sin embargo, una postura así tiende a limitar el tiempo libre real y empujarlo en dirección a su identificación con el trabajo placentero.

(4) Trabajos optativos (o introducción de una Renta Básica Universal). Una solución de la que son partidarios un vasto número de académicos, políticos y economistas [4] es la introducción de una Renta Básica Universal (RBU) que garantizaría incondicionalmente a todos los ciudadanos (y, es de esperar, en último término a todos los seres humanos) un sustento y tiempo libre simultáneamente. En el supuesto de que las máquinas pueden satisfacer nuestras necesidades básicas, sus productos (o la riqueza que se derive de ellos) se pueden redistribuir a todos los habitantes del mundo, llevando posiblemente a lo que ciertos activistas británicos han definido como un “comunismo de lujo completamente automatizado”. Esta parece hoy la manera más promisoria para lograr la separación deseada entre sustento y trabajo. Varias fuerzas políticas están dando pasos en dirección a la RBU y, de hecho, ha sido considerada por países enteros y agencias internacionales. Notablemente, en el informe de 2017 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de la ONU, se lee: “Quedan desafíos adicionales. Los recortes en los sistemas de protección social tanto en los países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo […] han aumentado el riesgo de caer en la pobreza”. Si bien se mantiene un tanto escéptico, plantea que “como una respuesta a estos desafíos, algunos académicos y autoridades han argumentado a favor de la necesidad de desvincular la protección social del empleo mediante la creación de un ingreso básico universal que provea un beneficio fijo incondicional […] que pueda eliminar la pobreza absoluta.” [4]

Sin embargo, habría que estar atentos a cómo se implementaría la RBU, ya que podría llevar a serios problemas políticos:

Problema 1: La RBU no es necesariamente socialista. Si bien se suele considerar que la RBU promueve una visión de izquierdas, habría que estar conscientes de que no necesariamente nos acerca a un sistema socialista. De hecho, incluso en un modelo de sociedad totalmente capitalista y conservador se puede introducir la RBU “para proveer un modesto estipendio como pretexto para eliminar del todo las prestaciones de bienestar estatales, como la educación y atención de salud gratuitas, y dejar que todo se regule por el mercado”. [3]

Problema 2: El fascismo de las máquinas. Un concepto crucial en el marxismo es que los trabajadores poseen los medios de producción. Esto implica que mediante la sindicalización y la herramienta que significa la huelga laboral, los trabajadores pueden reclamar poder y derechos contractuales. Sin embargo, una vez que la producción se lleve a cabo principalmente por máquinas y se introduzca una RBU, la gente estará a merced de quienes tengan el control (o la propiedad) de estas máquinas. Como tal, la RBU puede llevar a un “fascismo de las máquinas”, o más bien de sus dueños, que podrían decidir si otorgar un salario decente (en la forma de una renta básica) a todos o a una parte de la población, y bajo qué condiciones.

Problema 3: Oligarquía de trabajadores especializados. Supongo que en el futuro previsible no todos los trabajos serán sustituidos por máquinas. En particular, habrá trabajadores especializados a cargo de su mantenimiento y solo a ellos se aplicará la máxima marxista de que los trabajadores controlan los medios de producción. En consecuencia, deberíamos asegurarnos de que estos trabajadores no formen un grupo de presión poderoso, ya que serían los únicos capaces de detener la producción.

Hemos visto que la reducción del trabajo humano y la introducción de una RBU no llevan directamente a una sociedad más justa. Sin embargo, nos podríamos esforzar por promover una ideología –entendida como un conjunto de prioridades políticas y económicas- basada en un compromiso irrenunciable con los derechos humanos. Propiciar una nueva teoría política socialista no basada en el trabajo nos llevaría a proclamar con más fuerza todavía cuáles son los propósitos de la sociedad. Sostengo que la prioridad de nuestras actividades políticas debe ser garantizar derechos humanos fundamentales para todos. De hecho, debemos esforzarnos por construir una sociedad que tenga la solidez necesaria para resistir los principios autoritarios (como en el escenario del “fascismo de las máquinas”), incluso si se abandona el dogma marxista del control de los medios de producción por parte de los trabajadores. No me parece difícil de imaginar un programa político serio que no tema declarar los derechos humanos fundamentales como su prioridad política. Contamos con los medios para satisfacer las simples necesidades básicas de todos y, sin embargo, las declaraciones de derechos humanos (como la más famosa, de la ONU [11]) siguen siendo formalidades que básicamente nunca se consideran seriamente en los programas de los principales partidos políticos.

 

3. Conclusiones

 

En conclusión, el capitalismo, por su propia naturaleza, impulsa una visión pragmática hacia la riqueza ilimitada de (unas pocas) personas, incluso si esto puede ser perjudicial para la sociedad como un todo y, en último término, para el planeta en que vivimos. Por otra parte, la ideología marxista ha demostrado ser inadecuada para adaptarse a la fluidez moderna de la distribución del trabajo. Debemos propiciar una nueva teoría política de izquierdas que recupere la centralidad del ser humano, su felicidad y su dignidad como prioridad irrenunciable de la sociedad. Y toda forma de trabajo en la que se pueda pensar debería estar subordinada a esta visión.

Quiero finalizar este artículo con las esperanzadoras palabras finales de Russel. Sin embargo, es inevitable cierta amargura si vemos lo poco de este programa que se ha hecho realidad a casi cien años de ser formulado:

«En un mundo en que nadie esté obligado a trabajar más de cuatro horas al día, cada persona que tenga curiosidad científica podrá satisfacerla y cada pintor podrá pintar sin morirse de hambre […]

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios crispados, cansancio y acidez estomacal […] Pero las ventajas del ocio serán evidentes no solo en estos casos excepcionales. Los hombres y las mujeres comunes y corrientes, al tener la oportunidad de vivir una vida feliz, se volverán más amables y menos suspicaces hacia los demás. Se apagará el apetito bélico, en parte por este motivo y en parte porque implicaría un trabajo prolongado y duro para todos. De todas las cualidades morales el buen carácter es el que el mundo más necesita, y es el resultado de la comodidad y la seguridad, no de una vida de arduas luchas. Los modernos métodos de producción nos han dado la posibilidad de que todos disfrutemos de esa comodidad y seguridad, pero en lugar de ello hemos optado por el exceso de trabajo para algunos y la hambruna para otros.»

 

Reconocimientos

Quisiera agradecer a Veronika Baumann, Alexander Smith y Pierre Martin-Dussaud, y a los participantes de la THINK V Conferencia de Intercambio Interdisciplinar, por sus interesantes conversaciones y comentarios. La denominación “fascismo de las máquinas” pertenece a Filip Mistopoljac.

 

Referencias

[1] Bronzini, G. (2018). Il reddito di base e la metamorfosi del lavoro: Il dibattito internazionale ed europeo. Rivista del Diritto della Sicurezza Sociale, 4.
[2] Gini, A.R. and Sullivan, T. (1987). Work: The process and the person. Journal of Business Ethics, 6(8).
[3] Graeber, D. (2018). Bullshit Jobs. Simon and Schuster, United Kingdom.
[4] OIT. (2017). Informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de la ONU. https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—cabinet/documents/publication/wcms_591502.pdf.
[5] Keynes, J. M. (1930). Economic Possibilities for our Grandchildren. Essays in Persuasion. New York, W.W.Norton.
[6] Marx, K. (1857). Fragment on Machines. Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Penguin Classic, United Kingdom.
[7] Morse, N. and Weiss, R. (1966). The Function and the Meaning of Work. American Sociological Review, 20(2).
[8] OXFAM. (2019). Report of the anti-poverty international organization: Public good or private wealth? (January 2019).
[9] Russell, B. (1935). In Praise of Idleness. In praise of Idleness and other Essays. Taylor and Francis, Psychology Press, Abingdon (repr. 2004).
[10] Sloterdijk, P. (2016). Selected exaggerations: conversations and interviews 1993-2012. John Wiley & Sons.
[11] UN. (1948). Declaración universal de los derechos humanos. https://www.un.org/en/universal-declaration-human-rights/

 

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Categorías: Economía, Europa, Política
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