El viernes 15 de marzo, millones y millones de estudiantes, en decenas de miles de escuelas de todo el mundo, harán huelga y llenarán las calles de marchas. También se les unirán muchos otros ciudadanos que comparten su enojo y sus metas. La cólera es de los que ven el futuro robado por la inercia y la complicidad de las clases dominantes de todos los países del mundo, y especialmente por los «señores de la Tierra»: los que gestionan la economía y las finanzas a expensas de nuestro planeta y los que viven en él. El objetivo es situar la lucha contra el cambio climático en el centro de la agenda de todos los centros de poder, desde los gobiernos nacionales hasta las instituciones internacionales, desde los municipios hasta las asociaciones empresariales, desde los sindicatos hasta las llamadas «fuerzas políticas».

Este es el objetivo que, por ahora, en pocos meses, ha empujado a miles de jóvenes a abandonar las clases para responder al llamamiento lanzado por Greta Thunberg, la estudiante sueca que, al decidir salir a la calle en lugar de ir a la escuela todos los viernes, para dar la voz de alarma, ha empezado a despertar muchas conciencias: empujarlas a salvaguardar unas condiciones de vida y convivencia decentes, las cuales ya no son sólo, como se repite en las jaculatorias oficiales, para las «generaciones futuras». No. Son ya para la generación que enfrenta la vida ahora y que ha comprendido que con nuestra ignorancia e inercia le estamos preparando un verdadero infierno, por el cual muchos ya han sido tragados: de otra forma no se explicarían los orígenes y el alcance de las migraciones en curso -que ahora es el único problema que preocupa a los gobiernos y a las fuerzas políticas de todo el mundo- si no se entiende que se trata de un efecto, no de una causa.

Nunca un choque generacional ha sido tan radical. Si este movimiento de jóvenes sigue creciendo en tamaño, radicalidad y capacidad para articularse en programas e iniciativas, como es justo y probable que lo sea, será, y no las fuerzas políticas «de oposición», que siguen agitando acrónimos, personajes y programas para invertir y revertir las tendencias existentes, aparentemente irresistibles, que están sumiendo al mundo en un abismo de nacionalismo, racismo, cinismo, ignorancia y resignación. Una deriva que no puede ser contrarrestada sólo a nivel nacional, ni siquiera a nivel europeo, sino que necesita a todo el mundo como escenario: lo que está conquistando el movimiento puesto en marcha por Greta Thunberg. Por ahora, este «inicio» no tiene todavía un programa que no sea la mera denuncia. Una queja que tiene resultados precisos en aquellos, sobre todo científicos, pero también «militantes»
ambientales (no todos; ni siquiera la mayoría) que llevan décadas trabajando para que la gravedad del problema sea comprendida por los gobiernos, los medios de comunicación, los empresarios, los gestores y, sobre todo, por una parte de la «opinión pública», a la que se puede llegar a través de los canales asociativos, porque la mayoría de los ciudadanos, gracias a una verdadera traición de los responsables de la información, se han visto empujados a ignorarla, a subestimarla y a olvidarla. Pero si las causas y la dinámica del cambio climático son claras y accesibles para cualquiera que quiera conocerlas, las respuestas que hay que dar siguen estando envueltas en la niebla.

Porque no sólo hay que abandonar lo antes posible todos los combustibles fósiles y pasar a las fuentes renovables. Ese cambio de rumbo -explicó Naomi Klein en su libro Una revolución nos salvará– requiere un desplazamiento radical del poder de los actuales centros de mando a las comunidades, en todas las principales áreas de producción y gestión de la tierra. Formas de autogobierno que aún deben construirse o reconstituirse en gran medida, una democratización de todas las instituciones, no sólo públicas, sino también privadas: empresas, corporaciones, finanzas, al menos las que superan un determinado umbral de tamaño. Por esta razón, es inútil esperar la economía verde y considerar la conversión ecológica como un negocio. Si fuera, o pudiera ser, ya habría ocurrido.

El problema es el «¿cómo?» ¿Cómo traducir en programas, proyectos, realizaciones y gestión democrática las indicaciones que se derivan de la demostrada insostenibilidad de la forma actual de conducir tanto los asuntos económicos como los gubernamentales? Aquí, con la encomiable excepción de unos pocos técnicos que lo intentan y de un gran número de asociaciones y comités que han desarrollado experiencias ejemplares, especialmente en el campo de la agricultura y la alimentación, todavía queda mucho trabajo por hacer. Pero a partir de hoy podemos tratar de hacerlo, de manera concreta, aquí y ahora, en una estrecha confrontación con las generaciones más jóvenes que han comprendido la importancia del problema. Esto da una medida de la distancia de la «política», tanto del gobierno como de la oposición, con respecto a los problemas que el nacimiento de este movimiento pone en la agenda. ¿Qué tiene que ver esta insurgencia con la alineación compacta de partidos, periodistas, industriales, sindicatos, ministros y bagholders (inversionistas que mantienen una acción o bono que tiene poco o ningún valor) que, al revés de Greta Thunberg, han seguido a las siete madaminas de Turín para explicarnos que el futuro de la nación, del «desarrollo», del medio ambiente, del bienestar, depende del túnel del Tav (tren de alta velocidad) Turín-Lyon (que quizá entre en funcionamiento dentro de quince años, o quizá nunca)?  ¿Hay algo que pueda mostrar mejor que esta caída en un delirio colectivo la distancia que separa la agenda de las nuevas generaciones, y su urgencia, de la necedad de las viejas? ¿Aquellas que arrastran a todos y todo hacia el abismo ambiental, haciéndolo sin embargo preceder o acompañar de un abismo no menos devastador de identitarismo y racismo, aunque mal disfrazados?

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Traducido del italiano por María Cristina Sánchez