Esta pregunta puede resultar desde obvia hasta ingenua, pero debiera conocerse algo más la historia cubana para comprender que, no solo los cubanos están impulsados a despedir a su líder por su grandeza, que lo es, sino que tienen recuerdos trágicos con los restos de muchos de sus importantes héroes y ello les marca en su imaginario colectivo. En 1873, el general independentista Ignacio Agramonte y Loynaz, que capitaneaba las fuerzas de toda la provincia de Camagüey, tras morir en combate, fue capturado por las fuerzas españolas, incinerado y sus cenizas esparcidas al viento. En 1895, José Martí, héroe nacional de Cuba, tras caer en combate, corrió la misma suerte, al ser ocupado su cadáver por los realistas, no pudiendo las tropas cubanas rendirle honor. Su cuerpo no fue humillado y tuvo digna sepultura pues el oficial Ximénez de Sandoval, quien lo captura, era, al igual que él, masón.

El Lugarteniente General Antonio Maceo, segundo hombre de la revolución anticolonial de 1895, fue vejado y macheteado, por sus contrarios, tras caer en un enfrentamiento con las tropas ocupantes ibéricas. El rescate de su cuerpo produjo la muerte de varios de sus ayudantes, entre ellos, el joven Francisco Gómez Toro, que también sufrió el mismo trato.

En 1933, tras la llegada de los restos mortales de Julio Antonio Mella, líder juvenil y comunista cubano asesinado en México por la dictadura de Gerardo Machado, el entonces jefe del ejército y posterior golpista, Fulgencio Batista, ordenó el ametrallamiento a su velorio. Las cenizas estuvieron guardadas clandestinamente, junto a su mascarilla, hasta que en la década de los años cincuenta se pudieron enterrar en un lugar público.

Antonio Guiteras, que enfrentó también la dictadura del general Machado y posteriormente a Batista, después de caer combatiendo en El Morrillo, Matanzas -1935- , fue enterrado en el cementerio de la misma ciudad, pero un compañero de ideas en 1937, temiendo que lo ultrajaran los militares de derecha, exhumará los restos de manera secreta y no los devolverá hasta 1970. Para 1959 –con solo once meses de la revolución triunfante-, Camilo Cienfuegos, el comandante rebelde más querido por el pueblo después de Fidel, y tanto como el Che, desaparece, a raíz de una tormenta tropical, en la avioneta que lo traía desde Camagüey, después de impedir un golpe militar.

A su vez, el Che Guevara, al ser asesinado el 9 de octubre de 1967 por el ejército boliviano, fue sepultado de manera oculta, para evitar que le rindieran homenaje, dejando entonces a una nación que no pudo hacer honras a los cuerpos de dos de sus figuras más grandes. No pudo ser rescatado hasta 1997.

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Todo ello ha calado en la conciencia colectiva, y en parte explica cómo, después de haber asistido a un acto de masas que se extendió por cinco horas, los habaneros, después de descansar donde pudiesen –algunos pernoctaron en la misma Plaza de la Revolución-, se dirigieran a esperar que las cenizas de su Comandante en Jefe saliera del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y le despidieran en las calles hasta que salió de la ciudad, rumbo al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

Por demás, vale decir, que La Habana, junto a Pinar del Río, será una de las pocas ciudades de importancia del país, que no podrán desfilar ante quien les dirigió por más de 50 años, algo que incrementó la asistencia en la mañana de hoy. A esta hora, el armón de cedro donde reposa Fidel Castro Ruz, que viaja por la isla -siguiendo la misma ruta que empleó el Ejército Rebelde para llegar a La Habana en 1959, pero a la inversa, -, se encuentra en la provincia de Matanzas, saliendo del municipio Cárdenas y en la noche de hoy, hará un alto hasta el siguiente día en la ciudad de Santa Clara, centro de la isla.