Aung San Suu Kyi, la líder birmana premio Nobel de la Paz, posee algo que los generales jamás han tenido: la legitimidad del mandato que el pueblo le confirió para gobernar el país. Los generales, en cambio, nunca han sido elegidos y, a los ojos del pueblo, no tienen ninguna autoridad reconocida.
En su primer discurso político, el 26 de agosto de 1988, Aung San Suu Kyi calificó la insurrección popular iniciada aquel agosto como «la segunda lucha por la independencia».
Tenía cuarenta y tres años y ninguna experiencia política. Hasta pocas semanas antes vivía en Cambridge con su marido y sus dos hijos. Los líderes de la revuelta la habían empujado al centro de la lucha y le pidieron que, en virtud de su linaje como hija del héroe nacional de la independencia birmana, se pusiera al frente de la revolución. A partir de ese momento entró en política. Su mensaje político desde entonces ha sido desafiar con diligencia toda autoridad y todo orden injusto. Animaba a la gente a emprender una resistencia política no violenta.
Su objetivo político siempre ha sido claro y abiertamente declarado: derrocar al régimen dictatorial y establecer un orden democrático para garantizar la igualdad de derechos y dignidad en un Estado confederado. Gracias precisamente a la insurrección general de agosto de 1988, la conciencia de los ideales democráticos entre los birmanos ha aumentado de manera significativa desde entonces. Por esa razón, los generales la pusieron bajo arresto domiciliario ya el 20 de julio de 1989. Desde entonces han pasado más de treinta y cinco años, y veinte de ellos Aung San Suu Kyi los ha pasado bajo arresto domiciliario, cuando no directamente en prisión, como en estos últimos cinco años.
Por fin ha llegado la noticia que todos aguardábamos: esta noche la han liberado y la trasladaron a «una casa», previsiblemente bajo arresto domiciliario. Esperamos tener pronto noticias suyas.













