Mientras Francia apuesta por la intimidación nuclear, España puede consolidar un liderazgo moral firmando el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares

Vivimos un momento crítico. El reciente ataque a Irán no solo agrava la inestabilidad en Oriente Próximo, sino que vuelve a recordarnos una verdad incómoda: la guerra nunca ofrece soluciones sostenibles. Cada escalada militar abre un ciclo de violencia que siempre recae sobre los más vulnerables y quienes menos responsabilidad tienen. Esta guerra ilegal, por intereses, al igual que otros conflictos similares en la historia reciente, obvia la pregunta esencial: ¿qué ocurre al día siguiente?. Por eso, desde una perspectiva ética, humanitaria y de seguridad global, es imprescindible ser contundentes en el rechazo de esta deriva bélica.

En este contexto, la decisión del Gobierno de España de denegar a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para sus ataques contra Irán constituye un gesto político de enorme relevancia. Al exigir el respeto estricto de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional, España está demostrando que la coherencia entre discurso, principios y acción no solo es posible, sino necesaria. Y ahora, quizás, más necesaria que nunca.

La deriva nuclearista de Francia: una amenaza para el multilateralismo

Mientras España refuerza su compromiso con la legalidad internacional, Francia avanza en la dirección opuesta. El presidente Emmanuel Macron ha anunciado un aumento del arsenal nuclear francés y el despliegue temporal de aviones con capacidad nuclear en ocho países europeos, bajo una estrategia de “disuasión avanzada”. Su afirmación de que “para ser libres, hay que ser temidos” manifiesta una visión del mundo profundamente problemática.

Esta lógica del miedo y la intimidación no solo es peligrosa: es incompatible con el multilateralismo, el Estado de derecho y la seguridad humana. La doctrina francesa contempla incluso la posibilidad de un “ataque nuclear de advertencia” si un agresor malinterpreta sus intereses vitales. Es decir, romper el tabú nuclear y, de forma expresa, usar la amenaza nuclear como mecanismo pedagógico, ya no contra un ataque nuclear, sino contra uno convencional. Es decir, si la disuasión nuclear fracasa y es atacada, Francia recurriría a un ataque nuclear para “restablecer la disuasión”.

La disuasión nuclear se sustenta en una premisa sombría: que la naturaleza humana es intrínsecamente violenta y que solo la posibilidad de una destrucción masiva evita los conflictos. La historia, sin embargo, demuestra lo contrario. La militarización extrema no genera estabilidad, sino desconfianza, escalada y, finalmente, guerra. Lejos de proteger al mundo, las armas nucleares han envenenado las relaciones internacionales y envalentonado agresiones bajo el paraguas de la impunidad.

España y el “rearme moral”: una alternativa necesaria

Frente a esta visión, España está trazando un camino distinto. Un camino basado en la diplomacia preventiva, el fortalecimiento del derecho internacional y la cooperación para la paz. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, el presidente Pedro Sánchez rechazó explícitamente la disuasión nuclear, calificándola de estrategia costosa, arriesgada y, en última instancia, incompatible con una noción moderna de seguridad. “No es una garantía—advirtió— sino una ruleta”.

Su propuesta de un “rearme moral” no es retórica vacía. Es una invitación a redefinir la seguridad desde la empatía, la humanidad compartida y la fortaleza institucional. No basta con denunciar los riesgos de las armas nucleares; es necesario cuestionar también la lógica que las justifica.

El paso decisivo: la firma del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares

Si España quiere consolidar este liderazgo ético y político, debe dar el paso que falta: adherirse al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), como ya lo han hecho 99 países.

El TPAN es una herramienta legal y moral que busca un cambio normativo: permite estigmatizar las armas nucleares, despojarlas de prestigio y avanzar hacia su abolición, tal como ocurrió con las armas químicas y biológicas, o incluso con la esclavitud. Firmarlo alinearía la política de seguridad española con sus valores democráticos y con su compromiso declarado con el multilateralismo.

Un faro en tiempos de riesgo existencial

El Reloj del Apocalipsis marca hoy 85 segundos hasta la medianoche, el mayor riesgo de aniquilación humana de la historia. En este escenario, España puede —y debe— convertirse en un referente internacional. No porque sea una potencia militar, sino porque puede demostrar que la paz y la libertad no se sostienen en el miedo, como lo declara Francia, sino en la justicia, la cooperación y la humanidad.

La oportunidad está sobre la mesa. La pregunta es si tendremos el coraje político y moral para aprovecharla.

Firmar la petición

El artículo original se puede leer aquí