Este no es otro comentario geopolítico sobre el Ártico. Es una propuesta de paz visionaria, capaz de preservar la región de la rivalidad militarizada y del deterioro ecológico. Una hoja de ruta hacia la seguridad compartida, el desarrollo sostenible y la dignidad humana — en beneficio de Groenlandia, del Ártico y, en última instancia, de todos nosotros.
Por Jan Oberg — director de TFF
I. Cuatro principios para una nueva visión del Ártico
El Ártico es a menudo presentado como un frío escenario de rivalidad. Es decir, un lugar donde las grandes potencias ponen a prueba su determinación o coerción. Pero esta cosmovisión es anticuada, poco imaginativa y, en última instancia, contraproducente. El Ártico no es un vacío que esperando a ser militarizado. Es una región viva, un estabilizador climático y un hogar cultural cuyo futuro moldeará el destino de la Humanidad. Si partimos de esa comprensión, es posible un orden ártico mucho más racional, uno que sea pacífico, cooperativo y centrado en las personas que realmente viven allí.
Esta visión se asienta sobre cuatro principios prácticos. Ninguno de ellos es utópico. Todos están basados en el sentido común, la dignidad humana y el pensamiento estratégico a largo plazo.
1. Los Groenlandeses deben estar en el centro de cualquier visión sobre el Ártico
Groenlandia no es un premio estratégico; es una sociedad con su propia civilización, sus propios sistemas de conocimiento y su propio derecho a moldear el futuro de la región. Cualquier modelo de gobernanza ártica que margine a los groenlandeses está condenado al fracaso. Su conocimiento ecológico, su continuidad cultural y su experiencia vivida del hielo los convierten en socios indispensables para cualquier futuro sostenible. Esto no es ingenuo, es la única base realista para una gobernanza ártica legítima.
El empoderamiento se convierte en la forma más efectiva de legitimidad.
2. La cooperación reduce la necesidad de militarización — y ahorra enormes recursos
La militarización en el Ártico no es una señal de fortaleza; es un síntoma de desconfianza. Rusia, con diferencia la costa ártica más extensa, es un actor indispensable. China, aunque no es un estado ártico, es una presencia científica y económica global cuya participación en la región es inevitable. Estados Unidos, los países nórdicos, Canadá y otros, todos tienen intereses legítimos. Pero la legitimidad no puede basarse en la rivalidad. Los intereses no implican intimidación y la influencia no sólo deber entenderse por militarización. Existen enfoques más inteligentes.
Los destructores con capacidad para el hielo, los submarinos nucleares, las bases fortificadas y los sistemas de vigilancia por satélite se encuentran entre los activos militares más caros de la Tierra. Cada corona, dólar, rublo o yuan gastado en la militarización del Ártico es dinero que no se destina a la adaptación climática, a la educación, la salud, las energías renovables o el bienestar de las comunidades árticas. Cuando los estados comparten datos, coordinan políticas y construyen instituciones conjuntas, la necesidad percibida de posturas militares disminuye naturalmente y también lo hacen los costes que éstas suponen. Señalar esto no es nada ingenuo, es una estrategia inteligente y sostenible.
La cooperación se convierte en la forma más efectiva y la más económica de desarme.
3. El uso sostenible de los recursos árticos debe beneficiar a la Humanidad, no solo a aquellos estados armados y poderosos
Los minerales, las pesquerías, las rutas marítimas y el conocimiento científico del Ártico tienen una importancia global. Tratarlos como botín para aquellos con las flotas más grandes no solo es injusto; es irracional. Un orden internacional civilizado utiliza los recursos sabiamente, protege los ecosistemas frágiles y distribuye los beneficios de manera justa. El desarrollo sostenible es una necesidad planetaria que, desde las políticas y el poder militar como único propósito, imposibilitan. En cambio, cuando se aborda el Ártico de manera cooperativa, puede servir a toda la humanidad, no solo a aquellos que pueden proyectar fuerza o coerción. Quienes ahora piensan —«¡Oh!, qué ingenuo», —no aportan ideas acerca de cómo prevenir de otra manera el colapso ecológico y el conflicto geopolítico.
La sostenibilidad se convierte en la forma más efectiva de prosperidad.
4. Las Naciones Unidas deben servir como Custodio de la Paz y la Administración Compartida
El Ártico es demasiado importante tanto ecológica, climática y culturalmente, como para ser gobernado por los intereses nacionales fragmentados de potencias grandes, pero no precisamente “grandiosas” en la práctica. Las Naciones Unidas, en cambio, proporcionan la legitimidad, continuidad y el marco normativo necesarios para anclar un orden pacífico en el Ártico. Una Zona de Paz y Sostenibilidad en el Ártico reconocida por la ONU incorporaría la desmilitarización, los derechos indígenas, la cooperación científica y el desarrollo sostenible en un marco global que trascienda las tensiones a corto plazo.
La administración compartida se convierte en la forma más efectiva de seguridad.
Si estos cuatro principios son aceptados, dado que no son ni irreales ni ingenuos, entonces surge una nueva pregunta: ¿Cómo sería un sistema de gobernanza ártica si se construyera sobre la legitimidad, la cooperación, la sostenibilidad y la administración compartida? La respuesta es un plan para un Ártico desmilitarizado, gobernado conjuntamente, con base científica, protegido ecológicamente y centrado en las personas que lo llaman hogar.
II. Un plan práctico para un futuro pacífico en el Ártico
1. Un Ártico desmilitarizado: seguridad a través de la cooperación
Un Ártico pacífico comienza con el establecimiento de una Zona Desmilitarizada del Ártico. Entendido como una región donde los activos militares, las bases y los ejercicios militares se eliminen gradualmente y sean reemplazados por funciones civiles, científicas y humanitarias. Esto no disminuye la soberanía nacional; simplemente reconoce que las amenazas más apremiantes en el Ártico no son de naturaleza militar. El deshielo, el clima extremo, el colapso de los ecosistemas y las rutas marítimas impredecibles no pueden ser disuadidos por submarinos o aviones de combate.
Un Ártico desmilitarizado reduciría las tensiones entre las grandes potencias, previene accidentes y una escalada, y protegería ecosistemas frágiles. También liberaría enormes recursos financieros actualmente inmovilizados en sistemas militares preparados para el clima polar. La verificación se basaría en monitoreo satelital, datos abiertos e inspecciones periódicas, realizados (idealmente) bajo los auspicios de la ONU. El Ártico se convertiría en un símbolo de cómo es la seguridad cooperativa en el siglo XXI: no la ausencia de soberanía, sino la presencia de confianza.
La insistencia de EE.UU. en desarrollar su ‘Domo Dorado’ con Groenlandia como pieza vital para el control estadounidense de la zona, es en sí un gran factor desestabilizador. Porque claramente apunta a permitir que, desde esa ventaja, EE.UU. pueda destruir a Rusia o China y (espera poder) derribar los misiles de respuesta en un segundo ataque de cualquiera de ellos. Esto reduce el umbral para que desde EE.UU. se inicie una guerra nuclear, porque los responsables de la toma de decisiones creerán poder comenzar y ganar una guerra nuclear sin coste alguno. La solución a esta filosofía, basada en el terror, es un nuevo acuerdo entre EE.UU. y Rusia sobre la reducción y finalmente la abolición de las armas nucleares. No es militarizar aún más Groenlandia.
2. Una nueva arquitectura de gobernanza: el Consejo de Cooperación del Ártico
El Consejo Ártico, aunque valioso, ya no es suficiente. Nunca fue diseñado para manejar las tensiones geopolíticas actuales o la crisis climática acelerada. Un nuevo Consejo de Cooperación del Ártico se basaría en las fortalezas del Consejo existente, al tiempo que corregiría sus debilidades. Sería inclusivo, transparente y capaz de tomar decisiones vinculantes en áreas donde la cooperación es esencial.
Las autoridades groenlandesas y los pueblos indígenas serían co-decisores plenos. Los Estados árticos, los Estados observadores y las organizaciones científicas, participarían todos ellos en una estructura que utilice la votación por mayoría cualificada, mandatos claros y derechos de veto indígena en asuntos de impacto cultural y ecológicos. Su competencia incluiría la protección ambiental, la gestión sostenible de recursos, la regulación del transporte marítimo, la cooperación científica, la respuesta a emergencias y el manejo de conflictos para prevenir la violencia. Esto no es una autoridad supranacional; es un lugar donde los estados y los pueblos coordinan políticas entre sí, resuelven disputas y generan confianza.
3. Groenlandia como “Zona de Responsabilidad Especial”
Groenlandia es el corazón moral y estratégico del Ártico. Su pueblo ha soportado siglos de colonialismo, explotación estratégica y presión geopolítica. Un futuro pacífico para el Ártico debe incluir, por lo tanto, un Pacto de Asociación con Groenlandia, anclado en el sistema de la ONU, que garantice el pleno respeto a la autodeterminación groenlandesa y proteja a la isla de la diplomacia coercitiva. El Pacto aseguraría que Groenlandia conserve el acceso prioritario a los ingresos de los recursos locales y reciba una inversión sostenida en educación, salud, preservación cultural e infraestructura sostenible.
Groenlandia también albergaría un Centro de Paz ártico de la ONU. Un centro para la investigación, la diplomacia y el conocimiento indígena. Este enfoque reconoce que Groenlandia no es un objeto pasivo de interés internacional, sino un sujeto activo con aspiraciones propias.
4. Uso sostenible de los recursos: una alternativa civilizada a la rivalidad extractiva
Los recursos del Ártico deben utilizarse sabiamente, con moderación y en beneficio de todos. Esto requiere umbrales ecológicos estrictos, consentimiento indígena, evaluaciones de impacto transparentes y mecanismos de ingresos compartidos. Requiere corredores marítimos limpios, regulaciones de navegación lenta y la designación de grandes áreas protegidas. Llámense “Parques de Paz del Ártico”, que salvaguarden la biodiversidad y el patrimonio cultural. Este es el desarrollo responsable, el único tipo que tiene sentido en una región cuya salud ecológica afecta a todo el planeta.
5. La ONU como Custodio y completando la CONVEMAR
Las Naciones Unidas anclarían todo el sistema a través de un conjunto de nuevos instrumentos: un:
- Tratado de Desmilitarización del Ártico de la ONU,
- una Carta de Bienes Comunes del Ártico de la ONU,
- un Pacto de Asociación ONU-Groenlandia,
- una Convención de la ONU para Recursos Sostenibles en el Ártico, y
- un Acuerdo de la ONU sobre Movilidad y Conocimiento en el Ártico.
Estos instrumentos no reemplazarían la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR). Por el contrario, la completarían. La CONVEMAR proporciona la base legal para las zonas marítimas, los derechos de navegación y las reclamaciones de recursos. Pero no aborda la desmilitarización, los derechos indígenas, la gobernanza cooperativa o el desarrollo sostenible. El marco de la ONU propuesto aquí llenaría esos vacíos respetando y complementando plenamente los principios de la CONVEMAR. De esta manera, el Ártico se convierte no en un vacío legal, sino en una región donde se fortalece, clarifica y moderniza el derecho internacional.
III. Conclusión: un futuro ártico más racional, civilizado y visionario
El Ártico no está destinado a convertirse en un escenario militarizado de sospecha mútua y posturas estratégicas o defensivas. Ese camino nace, sencillamente, desde la pereza intelectual y la falta de imaginación. En cambio, lo que este plan o propuesta demuestra es que un futuro diferente para el Ártico no solo es posible, sino profundamente más racional. Es más rentable, más estabilizador, más respetuoso con las personas que viven allí y mucho más beneficioso para la humanidad que cualquier cosa concebida a través de la estrecha lente de la geopolítica transaccional.
Esta visión reconoce las realidades del siglo XXI. La vasta costa ártica de Rusia la hace indispensable. La presencia científica y económica de China la hace inevitable. Estados Unidos, los países nórdicos, Canadá y otros tienen todos intereses legítimos también.
Esto no es ingenuidad. Ingenuo es creer que más bases, más submarinos y más gestos de señalización estratégica puedan generar, por sí solos, paz, desarrollo y cooperación, precisamente lo que hoy necesitamos con urgencia. Ingenuo es suponer que el Ártico puede militarizarse sin consecuencias, o que la crisis climática pueda afrontarse mediante la disuasión.
Lo ingenuo es imaginar que el futuro puede asegurarse repitiendo los malos hábitos del pasado.
La política, en su mejor expresión, es el arte de imaginar lo que aún no existe y luego construir las instituciones que lo hagan realidad. Es la capacidad de incluir a otros en un horizonte compartido de desarrollo y seguridad. Es el coraje de decir: podemos hacerlo mejor que la rivalidad, mejor que el miedo, mejor que la lógica del más fuerte.
Este plan es una invitación a regresar a ese significado más profundo de la política. Una vuelta a la política con visión de futuro, responsabilidad y con el propósito común de pensar global y localmente, en lugar de solo nacionalmente.
No es casualidad que una propuesta tal surja de las tradiciones de la investigación para la paz y los estudios de futuro. Estos campos siempre han insistido en que la seguridad no es la ausencia de guerra, sino la presencia de cooperación para la realización de los potenciales de la sociedad. Que el futuro no está predeterminado, sino moldeado por elecciones; que la humanidad avanza cuando reemplaza la dominación por el diálogo y la competencia por la creatividad.
El Ártico, quizás más que cualquier otra región del planeta, exige este tipo de pensamiento. Un pensamiento riguroso y largo plazo, interdisciplinario y basado en el respeto por las realidades vividas de las comunidades locales. ¿De qué otra manera si no desarrollar la paz y la seguridad?
La pregunta no es si esta visión es demasiado ambiciosa. El Ártico y el mundo no pueden permitirse menos. Un Ártico militarizado ofrece solo inestabilidad, despilfarro de recursos y destrucción ecológica. Todas las ‘grandes’ potencias involucradas deben repensar y salir de su común caja militarista.
Un Ártico cooperativo, desmilitarizado y anclado en la ONU ofrece estabilidad, sostenibilidad y beneficios compartidos para todos. El Ártico representa una oportunidad extraordinaria para pensar de manera diferente y forjar un futuro más civilizado. Existen muchas alternativas (TAMA, por sus siglas en inglés), y esta propuesta no pretende ser la única. Pero la actual escalada de intimidación, orientada hacia una explotación extractiva sin visión, acompañada de proyección de poder militar y de la amenaza nuclear, no puede ser una de ellas.
El mundo necesita una nueva mirada, imágenes de un futuro mejor y pensamiento constructivo y creativo para hacerlo posible. TFF agradece sus ideas y visiones constructivas, porque no podemos avanzar hacia un lugar mejor y más deseable si conducimos con la mirada fija en el espejo retrovisor.













