{"id":2673272,"date":"2026-02-04T00:05:06","date_gmt":"2026-02-04T00:05:06","guid":{"rendered":"https:\/\/www.pressenza.com\/?p=2673272"},"modified":"2026-02-04T00:17:13","modified_gmt":"2026-02-04T00:17:13","slug":"la-convergencia-de-epstein-y-chomsky","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.pressenza.com\/es\/2026\/02\/la-convergencia-de-epstein-y-chomsky\/","title":{"rendered":"La convergencia de Epstein y Chomsky"},"content":{"rendered":"<blockquote><p><em>\u201cLos hombres se deciden antes por el mal que por el bien cuando tienen libertad para elegir\u201d<\/em>.\u00a0Nicol\u00e1s Maquiavelo, Discursos sobre la primera d\u00e9cada de Tito Livio, Libro I.<\/p>\n<p><em>\u201cEl que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea esclavo de todos\u201d.<\/em>\u00a0Jes\u00fas de Nazareth, Evangelio seg\u00fan San Marcos 10:43-44.<\/p><\/blockquote>\n<p>La desclasificaci\u00f3n judicial de archivos vinculados al caso Jeffrey Epstein ha sacudido a la opini\u00f3n p\u00fablica global no solo por la magnitud del abuso documentado, sino por la naturaleza del material liberado: denuncias, testimonios y correspondencia privada que permanecieron durante a\u00f1os bajo reserva y que hoy permiten observar, dentro de un mismo corpus, los extremos del poder contempor\u00e1neo. En esos documentos, las ni\u00f1as denuncian que Jeffrey Epstein organizaba subastas sexuales de menores en entornos de poder cerrados. Los testimonios describen pr\u00e1cticas de cosificaci\u00f3n extrema y relatan la evaluaci\u00f3n \u00edntima corporal directa de las menores a manos de Donald Trump, hoy el hombre m\u00e1s poderoso del mundo, antes de su asignaci\u00f3n a alguno de los oligarcas presentes. No se trata de un juicio en curso ni de una sentencia: son archivos desclasificados por orden judicial, que contienen denuncias incorporadas formalmente al expediente y cuya publicaci\u00f3n ha generado conmoci\u00f3n internacional por la crudeza de lo narrado y por los nombres asociados. Han sido miles de documentos y leerlos cuesta.<\/p>\n<p>Ese mismo archivo \u2014que expone el ejercicio m\u00e1s brutal del poder sobre cuerpos infantiles\u2014 contiene otro tipo de material, menos gr\u00e1fico pero decisivo para comprender c\u00f3mo ese poder fue sostenido y normalizado. Figuran all\u00ed cartas y correos electr\u00f3nicos de Noam Chomsky dirigidos a Jeffrey Epstein, escritos despu\u00e9s de que las denuncias de abuso sexual contra menores fueran p\u00fablicamente conocidas. En esa correspondencia, Chomsky expresa empat\u00eda con Epstein, le ofrece apoyo y le brinda consejos de manejo comunicacional para enfrentar la crisis. Las acusaciones son caracterizadas como \u201chisteria\u201d en torno al abuso de mujeres; se cuestiona la legitimidad de la denuncia p\u00fablica y se deslegitima el clima generado por el movimiento MeToo. El problema es tratado como reputacional y estrat\u00e9gico, sin referencia alguna a las v\u00edctimas ni a la investigaci\u00f3n period\u00edstica que expuso los hechos.<\/p>\n<p>La convivencia de estos materiales dentro de un mismo archivo judicial desclasificado impone una pregunta inc\u00f3moda. No se trata de establecer equivalencias morales entre quienes ejercen la violencia y quienes no la ejercen, sino de comprender una convergencia estructural: c\u00f3mo el poder desregulado produce, en un extremo, depredaci\u00f3n directa, y en otro, banalizaci\u00f3n ilustrada; c\u00f3mo la brutalidad y la normalizaci\u00f3n pueden coexistir y reforzarse sin que el sistema se detenga.<\/p>\n<p>Este ensayo se sit\u00faa en ese punto de contacto. No para dictar sentencias, sino para pensar qu\u00e9 revela esta convergencia sobre la naturaleza del poder cuando se emancipa de l\u00edmites y contrapesos; y por qu\u00e9, en ese contexto, incluso la lucidez cr\u00edtica corre el riesgo de convertirse en coartada. A partir de aqu\u00ed, la pregunta ya no es qui\u00e9nes son los monstruos, sino qu\u00e9 arquitectura permite que el da\u00f1o ocurra y que, durante tanto tiempo, no sea interrumpido.<\/p>\n<p>NOTA:\u00a0Los documentos desclasificados del caso Jeffrey Epstein incluyen denuncias, testimonios y materiales incorporados a expedientes oficiales. Su publicaci\u00f3n no constituye, por el momento, sentencias judiciales ni acusaciones formalizadas, ni implica validaci\u00f3n probatoria de su contenido, sino la liberaci\u00f3n de archivos que forman parte del caso y que dan cuenta del conjunto de denuncias recibidas por las autoridades.<\/p>\n<p><strong>El hecho humano antes de la teor\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>En 1974, en una galer\u00eda de N\u00e1poles, una mujer permaneci\u00f3 inm\u00f3vil durante seis horas. No habl\u00f3. No reaccion\u00f3. No se defendi\u00f3. No se movi\u00f3. Frente a ella, una mesa conten\u00eda setenta y dos objetos cuidadosamente dispuestos: una rosa, una pluma, perfume, pan; pero tambi\u00e9n tijeras, cuchillas, una cadena, un l\u00e1tigo. Entre ellos, una pistola cargada con una sola bala. Un cartel explicaba las reglas: el p\u00fablico pod\u00eda hacer con su cuerpo lo que quisiera. Ella asum\u00eda toda la responsabilidad.<\/p>\n<p>Durante la primera hora, casi nada ocurri\u00f3. Alguien le ofreci\u00f3 la rosa. Otro le acarici\u00f3 el cabello. Hubo risas nerviosas, gestos t\u00edmidos, una incomodidad flotante que delataba que, pese al cartel, a\u00fan se la percib\u00eda como una persona. El cuerpo segu\u00eda siendo sujeto.<\/p>\n<p>El punto de inflexi\u00f3n fue silencioso. No hubo anuncio ni ruptura visible. Simplemente, alguien comprendi\u00f3 que no habr\u00eda consecuencias. A partir de ah\u00ed, comenzaron los cortes: primero en la ropa, luego en la piel. Aparecieron marcas, peque\u00f1as heridas, sangre. Las manos dejaron de temblar. La violencia no irrumpi\u00f3 de golpe; se aprendi\u00f3. Se volvi\u00f3 progresiva, exploratoria, creativa.<\/p>\n<p>Con el paso de las horas, el da\u00f1o se desplaz\u00f3 del contacto f\u00edsico a la humillaci\u00f3n. El cuerpo ya no era una mujer inm\u00f3vil, sino una superficie disponible. Un hombre le apunt\u00f3 la pistola a la cabeza. Otro tom\u00f3 su mano y coloc\u00f3 su dedo en el gatillo. En ese instante, algunos espectadores intervinieron. No antes. No cuando la violencia crec\u00eda. Solo cuando la posibilidad de muerte se volvi\u00f3 expl\u00edcita.<\/p>\n<p>Cuando las seis horas terminaron, la mujer se movi\u00f3. Camin\u00f3 hacia el p\u00fablico. Recuper\u00f3 la condici\u00f3n de sujeto. Entonces ocurri\u00f3 algo revelador: quienes hab\u00edan participado, quienes hab\u00edan observado, quienes hab\u00edan callado, huyeron. Nadie quiso mirarla a los ojos. Nadie quiso reconocer lo que hab\u00eda hecho.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s, en Estados Unidos, un grupo de estudiantes universitarios acept\u00f3 participar en un experimento psicol\u00f3gico. Se les asignaron roles al azar: guardias y prisioneros. El entorno simulaba una c\u00e1rcel. No hab\u00eda castigos reales, ni antecedentes de violencia entre los participantes. En pocos d\u00edas, los guardias comenzaron a humillar, a degradar, a abusar. Los prisioneros internalizaron la sumisi\u00f3n, la verg\u00fcenza, el miedo. El experimento tuvo que ser interrumpido antes de lo previsto por el riesgo f\u00edsico y psicol\u00f3gico que hab\u00eda generado.<\/p>\n<p>Ninguno de los participantes hab\u00eda llegado con la intenci\u00f3n de da\u00f1ar. Ninguno se pensaba a s\u00ed mismo como cruel. Sin embargo, en ambos casos, personas ordinarias, bajo condiciones espec\u00edficas, cruzaron l\u00edmites que probablemente habr\u00edan condenado en abstracto.<\/p>\n<p>Estos hechos no hablan de sadismo excepcional ni de monstruos singulares. Hablan de algo m\u00e1s inquietante: de lo que ocurre cuando la responsabilidad se suspende, cuando el otro deja de ser sujeto, cuando la estructura autoriza.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed no hay todav\u00eda culpables ni teor\u00edas. Solo una constataci\u00f3n inc\u00f3moda: la violencia no siempre irrumpe desde el odio. A veces emerge desde el permiso.<\/p>\n<p><strong>Cuando el mal no necesita odio<\/strong><\/p>\n<p>Para comprender lo ocurrido en esos espacios \u2014la galer\u00eda, la c\u00e1rcel simulada\u2014 resulta insuficiente recurrir a la figura cl\u00e1sica del monstruo. No hay en esas escenas un odio expl\u00edcito, una pulsi\u00f3n destructiva desatada, una ideolog\u00eda violenta declarada. Lo que aparece es algo m\u00e1s opaco y, precisamente por ello, m\u00e1s peligroso.<\/p>\n<p>Hannah Arendt lo formul\u00f3 con una lucidez que sigue incomodando: el mal moderno no siempre se presenta como transgresi\u00f3n consciente, sino como normalidad administrativa. No grita, no se exalta, no se vive a s\u00ed mismo como mal. Se ejecuta.<\/p>\n<p>La llamada banalidad del mal no alude a la insignificancia de los actos, sino a la suspensi\u00f3n del juicio moral. Al hecho de que individuos corrientes, insertos en una estructura que distribuye roles, responsabilidades y permisos, dejen de pensar \u00e9ticamente lo que hacen. No porque ignoren la diferencia entre el bien y el mal, sino porque esa diferencia deja de ser relevante dentro del marco que los contiene.<\/p>\n<p>En este sentido, los experimentos relatados no son anomal\u00edas psicol\u00f3gicas, sino escenas arendtianas en estado puro. El p\u00fablico que corta la ropa, hiere la piel o apunta un arma no se percibe a s\u00ed mismo como criminal. Los guardias que humillan a los prisioneros no se viven como s\u00e1dicos. Act\u00faan dentro de un sistema que los autoriza, que diluye la responsabilidad individual y que transforma al otro en funci\u00f3n.<\/p>\n<p>Arendt insist\u00eda en que el mal radical del siglo XX no fue obra de demonios, sino de hombres incapaces \u2014o no dispuestos\u2014 a pensar desde el lugar del otro. No se trata de ignorancia, sino de una forma de ceguera moral inducida por la estructura. Cuando el marco institucional legitima la acci\u00f3n, el juicio personal se retrae.<\/p>\n<p>Lo inquietante es que esta l\u00f3gica no requiere Estados totalitarios ni reg\u00edmenes expl\u00edcitamente criminales. Basta con un dispositivo que suspenda la responsabilidad, que declare al otro objeto, enemigo, cifra o experimento. Basta con que el da\u00f1o sea administrable.<\/p>\n<p>En la galer\u00eda, el cartel cumpl\u00eda esa funci\u00f3n. En la c\u00e1rcel simulada, lo hac\u00eda el rol. En ambos casos, el resultado fue el mismo: la progresiva deshumanizaci\u00f3n del otro y la normalizaci\u00f3n del da\u00f1o.<\/p>\n<p>Arendt no exculpa. Pero desplaza la pregunta. No se trata \u00fanicamente de qui\u00e9n hace el mal, sino de c\u00f3mo se construyen sistemas en los que el mal puede ejecutarse sin que nadie se sienta autor.<\/p>\n<p>Este desplazamiento es decisivo, porque impide refugiarse en explicaciones tranquilizadoras. Si el mal fuera siempre obra de monstruos identificables, bastar\u00eda con aislarlos. Pero si emerge de la obediencia, del permiso y de la renuncia al juicio, entonces la pregunta se vuelve m\u00e1s inc\u00f3moda: \u00bfqu\u00e9 condiciones hacen posible que personas comunes crucen l\u00edmites que, en abstracto, condenan? Con esta lente, los hechos iniciales dejan de ser episodios extremos y comienzan a perfilar un patr\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>Las preguntas que emergen cuando el permiso existe<\/strong><\/p>\n<p>Si aceptamos, con Arendt, que el mal puede instalarse sin odio y sin monstruos, entonces los hechos relatados dejan de ser episodios extremos y se convierten en s\u00edntomas. No de una patolog\u00eda individual, sino de una fragilidad humana estructural. A partir de ah\u00ed, las preguntas ya no pueden formularse en t\u00e9rminos morales simples. No basta con preguntar qui\u00e9n hizo da\u00f1o. Hay que interrogar el marco que lo volvi\u00f3 posible.<\/p>\n<p>La primera pregunta es inc\u00f3moda por su sencillez: \u00bfqu\u00e9 ocurre cuando la responsabilidad desaparece? En la galer\u00eda, el cartel suspend\u00eda toda consecuencia. En la c\u00e1rcel simulada, el rol absorb\u00eda la culpa. En ambos casos, la acci\u00f3n quedaba desligada del yo moral. No era \u201cyo quien hac\u00eda\u201d, sino \u201clo que se pod\u00eda hacer\u201d. La responsabilidad no se neg\u00f3: se disolvi\u00f3.<\/p>\n<p>La segunda pregunta es a\u00fan m\u00e1s inquietante: \u00bfpor qu\u00e9 el da\u00f1o no solo aparece, sino que escala? En ninguno de los experimentos la violencia surge de inmediato. Comienza con gestos menores, casi banales. Un corte en la ropa. Una orden humillante. Un comentario. La progresi\u00f3n es clave. El da\u00f1o se normaliza paso a paso, como si el sistema ense\u00f1ara hasta d\u00f3nde se puede avanzar. No hay ruptura \u00e9tica brusca; hay adaptaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esto conduce a una tercera pregunta: \u00bfen qu\u00e9 momento el otro deja de ser sujeto? No cuando se lo nombra enemigo, ni siquiera cuando se lo hiere por primera vez. El quiebre ocurre antes, cuando el otro se vuelve funcional al dispositivo. Cuando su dolor deja de ser un l\u00edmite y pasa a ser un dato. Un cuerpo inm\u00f3vil. Un prisionero numerado. Un objeto disponible. La deshumanizaci\u00f3n no necesita odio; necesita utilidad.<\/p>\n<p>La cuarta pregunta toca una zona particularmente perturbadora: \u00bfqu\u00e9 papel juega el placer? No un placer expl\u00edcito, necesariamente sexual o s\u00e1dico, sino algo m\u00e1s difuso: la sensaci\u00f3n de poder, de transgresi\u00f3n autorizada, de dominio sin costo. En la performance, la violencia se volvi\u00f3 creativa. En la c\u00e1rcel, se volvi\u00f3 rutinaria. En ambos casos, el ejercicio del poder produjo una forma de gratificaci\u00f3n que no estaba prevista, pero que el sistema permiti\u00f3.<\/p>\n<p>Y entonces aparece la pregunta que incomoda a quienes prefieren creer en una frontera clara entre \u201cellos\u201d y \u201cnosotros\u201d: \u00bfqu\u00e9 garant\u00edas reales tenemos de no actuar de la misma forma? La tentaci\u00f3n es responder que depende de los valores personales, de la educaci\u00f3n, del car\u00e1cter. Pero los hechos erosionan esa seguridad. Personas comunes, sin antecedentes, sin discursos violentos, cruzaron l\u00edmites graves cuando la estructura lo permiti\u00f3.<\/p>\n<p>Estas preguntas no buscan absolver. Buscan desplazar el foco. Si el mal emerge cuando el permiso existe, entonces el problema no reside \u00fanicamente en la intenci\u00f3n individual, sino en la arquitectura que suspende el juicio, reparte roles y protege al ejecutor. El da\u00f1o no aparece pese al sistema, sino a trav\u00e9s de \u00e9l.<\/p>\n<p>A esta altura, el interrogante central ya no es psicol\u00f3gico en sentido estricto, sino pol\u00edtico y estructural: \u00bfqu\u00e9 tipo de poder produce estas condiciones? \u00bfQu\u00e9 formas de organizaci\u00f3n hacen posible que la violencia se ejerza sin que nadie se reconozca como responsable?<\/p>\n<p>Responder esto exige dar un paso m\u00e1s. Exige abandonar la comodidad de explicar el mal como desviaci\u00f3n individual y adentrarse en la relaci\u00f3n entre poder, personalidad y estructura. Ah\u00ed aparece una palabra que suele usarse mal y que conviene abordar con cuidado: psicopat\u00eda.<\/p>\n<p><strong>Psicopat\u00eda: la inteligencia al servicio del car\u00e1cter<\/strong><\/p>\n<p>La palabra psicopat\u00eda suele invocarse como insulto moral o como diagn\u00f3stico cl\u00ednico simplificado. En ambos casos, empobrece m\u00e1s de lo que aclara. Si se quiere pensar con rigor la relaci\u00f3n entre psicopat\u00eda y poder, es necesario despejar primero una confusi\u00f3n central: no existe una \u00fanica definici\u00f3n de psicopat\u00eda, ni un consenso absoluto sobre sus l\u00edmites.<\/p>\n<p>En el campo cl\u00ednico, la psicopat\u00eda no se reduce a la violencia ni al crimen. Tampoco equivale autom\u00e1ticamente a locura, sino m\u00e1s bien a anomal\u00eda. Y por el contrario, muchos psic\u00f3patas son plenamente funcionales, socialmente adaptados y cognitivamente competentes. De hecho, uno de los rasgos que m\u00e1s desconcierta es precisamente ese: la coexistencia de una inteligencia instrumental elevada con una profunda pobreza emocional.<\/p>\n<p>Una definici\u00f3n particularmente fecunda para pensar el poder entiende la psicopat\u00eda no como una patolog\u00eda aislada, sino como una configuraci\u00f3n de la personalidad en la que la inteligencia se pone al servicio del car\u00e1cter, y el car\u00e1cter est\u00e1 dominado por ciertos rasgos llevados al extremo. No se trata de un d\u00e9ficit cognitivo, sino de estructura y, para algunos tipos de psicopat\u00edas socialmente conflictivas en extremo, de una orientaci\u00f3n moral espec\u00edfica.<\/p>\n<p>Entre esos rasgos aparecen con frecuencia la baja empat\u00eda, la incapacidad de sentir culpa, la tendencia a instrumentalizar a otros, la facilidad para mentir sin angustia, el encanto superficial y una notable tolerancia al riesgo moral. Ninguno de ellos, tomado de forma aislada, es necesariamente patol\u00f3gico. El problema surge cuando se combinan, se refuerzan y operan sin contrapesos.<\/p>\n<p>Desde esta perspectiva, la psicopat\u00eda no implica una ruptura con la racionalidad, sino una forma particular de racionalidad. El psic\u00f3pata comprende las reglas, pero no las internaliza \u00e9ticamente. Entiende el da\u00f1o, pero no lo registra como l\u00edmite. Puede anticipar consecuencias, pero solo en t\u00e9rminos estrat\u00e9gicos, no morales. La inteligencia no modera el impulso; lo optimiza.<\/p>\n<p>Esto explica por qu\u00e9 muchos psic\u00f3patas no fracasan socialmente, sino que prosperan. En determinados entornos \u2014competitivos, jer\u00e1rquicos, desregulados\u2014 ciertos rasgos psicop\u00e1ticos no solo no penalizan, sino que resultan funcionales. La frialdad se confunde con liderazgo. La ausencia de culpa con determinaci\u00f3n. La manipulaci\u00f3n con carisma. La crueldad con eficiencia.<\/p>\n<p>Sin embargo, conviene introducir aqu\u00ed una distinci\u00f3n crucial. La psicopat\u00eda cl\u00ednica es estad\u00edsticamente minoritaria. No gobierna el mundo. Si as\u00ed fuera, los sistemas colapsar\u00edan con rapidez. La mayor\u00eda de quienes ejercen poder no son psic\u00f3patas en sentido estricto. Y, sin embargo, muchos sistemas producen comportamientos funcionalmente psicop\u00e1ticos.<\/p>\n<p>El poder prolongado, ejercido sin controles efectivos, tiende a erosionar la empat\u00eda incluso en sujetos que no presentan rasgos psicop\u00e1ticos de base. La impunidad act\u00faa como acelerador. La deshumanizaci\u00f3n estructural hace el resto. Lo que en el psic\u00f3pata es rasgo, en el poderoso com\u00fan puede volverse h\u00e1bito.<\/p>\n<p>Vale aclarar que estamos aludiendo a personalidades psicop\u00e1ticas que provocan m\u00e1s da\u00f1o social que tal vez otras formas de personalidades con rasgos extremos que no lo hacen. En cualquier caso, hablamos de personalidades anormales, en t\u00e9rminos estad\u00edsticos, no necesariamente patolog\u00edas.<\/p>\n<p>En este punto, la pregunta deja de ser cu\u00e1ntos psic\u00f3patas llegan al poder y se desplaza hacia algo m\u00e1s perturbador: qu\u00e9 tipo de poder selecciona, recompensa o amplifica comportamientos que, fuera de ese contexto, ser\u00edan considerados inaceptables. El problema ya no es cl\u00ednico, sino pol\u00edtico.<\/p>\n<p>La psicopat\u00eda, entendida como inteligencia sin freno moral, ofrece una clave para comprender ciertas trayectorias individuales. Pero no explica por s\u00ed sola los grandes desastres \u00e9ticos de la modernidad. Para eso hay que mirar m\u00e1s arriba: a las estructuras que convierten la falta de empat\u00eda en ventaja competitiva y la ausencia de culpa en virtud funcional.<\/p>\n<p>Con esta distinci\u00f3n en mente, el v\u00ednculo entre psicopat\u00eda y poder se vuelve menos tranquilizador. No porque todos los poderosos sean psic\u00f3patas, sino porque demasiados sistemas permiten \u2014y a veces exigen\u2014 que se act\u00fae como si lo fueran.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed el an\u00e1lisis deja definitivamente el terreno cl\u00ednico y entra en otro plano. Ya no se trata de personalidades en abstracto ni de experimentos acotados, sino de una realidad donde estos mecanismos operan sin simulaci\u00f3n ni met\u00e1fora. Donde el permiso no es art\u00edstico ni acad\u00e9mico, sino social, jur\u00eddico y econ\u00f3mico. Donde el experimento no dura horas ni d\u00edas, sino a\u00f1os.<\/p>\n<p>Ah\u00ed aparece Epstein.<\/p>\n<p><strong>Psic\u00f3patas al poder<\/strong><\/p>\n<p>El hecho de que determinadas personalidades con rasgos psicop\u00e1ticos aparezcan de manera recurrente en las altas esferas del poder no responde a una conspiraci\u00f3n ni a una anomal\u00eda estad\u00edstica inexplicable. Responde a un fen\u00f3meno de selecci\u00f3n estructural. No es que el sistema est\u00e9 invadido por psic\u00f3patas; es que ciertos sistemas premian los rasgos que caracterizan a este tipo de personalidades.<\/p>\n<p>En contextos de competencia intensa, alta jerarquizaci\u00f3n y escasos contrapesos, la ausencia de empat\u00eda no constituye un d\u00e9ficit, sino una ventaja adaptativa. La capacidad de tomar decisiones sin experimentar culpa, de instrumentalizar personas sin conflicto interno y de asumir riesgos morales elevados permite avanzar all\u00ed donde otros se detienen. La frialdad emocional se traduce en eficiencia. La falta de escr\u00fapulos, en audacia. La manipulaci\u00f3n, en habilidad pol\u00edtica.<\/p>\n<p>A esto se suma un elemento clave: las personalidades psicop\u00e1ticas suelen manejar con soltura el lenguaje del carisma y la simulaci\u00f3n. No porque crean en los valores que proclaman, sino porque los entienden como herramientas. Pueden encarnar discursos \u00e9ticos, filantr\u00f3picos o reformistas sin experimentarlos internamente. Esa plasticidad les permite moverse con \u00e9xito en entornos donde la imagen p\u00fablica y la persuasi\u00f3n son centrales.<\/p>\n<p>Otro factor decisivo es la tolerancia a la disociaci\u00f3n. Mientras muchas personas experimentan un costo ps\u00edquico al sostener contradicciones profundas entre lo que hacen y lo que dicen, las personalidades psicop\u00e1ticas pueden operar sin esa fricci\u00f3n. Esto las vuelve especialmente aptas para navegar estructuras donde el da\u00f1o est\u00e1 fragmentado, diluido o externalizado. Pueden participar de sistemas destructivos sin vivirse a s\u00ed mismas como responsables.<\/p>\n<p>No menos importante es la forma en que el poder protege a quienes mejor se adaptan a sus l\u00f3gicas internas. A medida que estas personalidades ascienden, tienden a rodearse de perfiles complementarios: t\u00e9cnicos eficientes, ejecutores obedientes, figuras respetables que aportan legitimidad simb\u00f3lica. El resultado es una burbuja de impunidad progresiva en la que los comportamientos m\u00e1s da\u00f1inos quedan amortiguados por la distancia, el prestigio o la complejidad del sistema.<\/p>\n<p>Conviene subrayar, una vez m\u00e1s, que esto no implica que la mayor\u00eda de quienes ocupan posiciones de poder sean psic\u00f3patas. Implica algo distinto y m\u00e1s perturbador: que los sistemas de poder mal regulados tienden a filtrar hacia arriba a quienes presentan menos frenos emp\u00e1ticos y mayor disposici\u00f3n a instrumentalizar al otro. El ascenso no se produce pese a esos rasgos, sino gracias a ellos. Este mecanismo explica por qu\u00e9, cuando el poder se concentra y se vuelve opaco, ciertas trayectorias individuales se repiten con inquietante regularidad. No porque la humanidad est\u00e9 poblada de monstruos, sino porque algunos rasgos anormales en t\u00e9rminos estad\u00edsticos resultan funcionales a estructuras que han dejado de premiar el l\u00edmite.<\/p>\n<p>Definido todo esto es cuando el cuadro se completa: Epstein no aparece como una aberraci\u00f3n inexplicable, ni Chomsky como una simple decepci\u00f3n personal, sino como figuras situadas en distintos puntos de un mismo sistema que selecciona, tolera y protege determinados comportamientos. El primero ejerce el da\u00f1o; el segundo no lo frena. Ambos son inteligibles solo si se entiende qu\u00e9 tipo de poder los hace posibles.<\/p>\n<p><strong>\u00bfPor qu\u00e9 desde Oriente a Occidente la perversi\u00f3n que permite el poder redunda en lo mismo: ni\u00f1os y ni\u00f1as?<\/strong><\/p>\n<p>A estas alturas de los acontecimientos, los cuales, me atrever\u00eda a decir que tienen a media humanidad con n\u00e1useas, creo que es una pregunta brutalmente l\u00facida, y no tiene una respuesta c\u00f3moda, pero s\u00ed tiene una explicaci\u00f3n estructural, que atraviesa culturas, religiones y sistemas pol\u00edticos. La raz\u00f3n por la que, de Oriente a Occidente, la perversi\u00f3n habilitada por el poder recurre una y otra vez a ni\u00f1os, ni\u00f1as y adolescentes, no es cultural ni anecd\u00f3tica. Es antropol\u00f3gica, pol\u00edtica y simb\u00f3lica.<\/p>\n<p>1. El poder absoluto busca lo absolutamente vulnerable<\/p>\n<p>Ni\u00f1os y ni\u00f1as concentran todas las condiciones que el poder perverso necesita: dependencia total; ausencia de poder pol\u00edtico, econ\u00f3mico y simb\u00f3lico; dificultad para nombrar el da\u00f1o; credibilidad social fr\u00e1gil; cuerpos disponibles sin reciprocidad. Desde la l\u00f3gica del poder desviado, no son solo v\u00edctimas \u201cf\u00e1ciles\u201d: son v\u00edctimas perfectas. No pueden negociar. No pueden denunciar con eficacia. No pueden vengarse. No pueden disputar el relato. Eso es transversal a todas las culturas humanas.<\/p>\n<p>2. No es solo sexo: es dominaci\u00f3n total<\/p>\n<p>Aqu\u00ed hay un error frecuente \u2014y peligroso\u2014: creer que esto es \u201cperversi\u00f3n sexual\u201d. No lo es principalmente. En el n\u00facleo, se trata de dominaci\u00f3n absoluta, y el cuerpo infantil representa el punto m\u00e1ximo de esa dominaci\u00f3n porque: no hay consentimiento posible; no hay simetr\u00eda imaginable; no hay resistencia equiparable; el acto no afirma deseo: afirma omnipotencia. Por eso aparece una y otra vez all\u00ed donde el poder pierde todo l\u00edmite: en cortes imperiales, aristocracias decadentes, cleros cerrados, oligarqu\u00edas financieras, castas pol\u00edticas, redes criminales, Estados fallidos y Estados demasiado fuertes. Cambian los discursos. No cambia la l\u00f3gica.<\/p>\n<p>3. El ni\u00f1o como territorio simb\u00f3lico<\/p>\n<p>Hay algo a\u00fan m\u00e1s profundo. El ni\u00f1o no es solo un cuerpo vulnerable. Es s\u00edmbolo de futuro, continuidad y humanidad. Cuando el poder corrompido invade ese cuerpo, no solo viola a una persona: viola la promesa misma de la comunidad. Por eso estos actos suelen coexistir con: desprecio por la ley, nihilismo moral, cinismo extremo, sensaci\u00f3n de estar \u201cpor encima de todo\u201d. El mensaje impl\u00edcito es: no hay l\u00edmite que no pueda cruzar. Eso explica por qu\u00e9 estos abusos aparecen tanto en contextos ultrarreligiosos como ultrasecularizados: el punto com\u00fan no es la creencia, es la impunidad.<\/p>\n<p>4. Universalidad del patr\u00f3n, no de la cultura<\/p>\n<p>No es que todas las culturas \u201cproduzcan lo mismo\u201d. Es que toda concentraci\u00f3n extrema de poder sin control termina produciendo zonas de abuso absoluto. Y esas zonas tienden a fijarse en: cuerpos sin voz, cuerpos sin derechos, cuerpos sin retorno. Ni\u00f1os y ni\u00f1as est\u00e1n en el centro de esa intersecci\u00f3n. No porque sean \u201cdeseados\u201d en abstracto, sino porque representan el punto cero de la defensa.<\/p>\n<p>5. Epstein como ejemplo moderno, no excepci\u00f3n hist\u00f3rica<\/p>\n<p>Epstein no invent\u00f3 nada. Lo que hizo fue reproducir en versi\u00f3n contempor\u00e1nea una l\u00f3gica antigua: elites cerradas, espacios opacos, v\u00edctimas estructuralmente silenciadas, redes de protecci\u00f3n mutua. La novedad no est\u00e1 en el crimen, est\u00e1 en la escala, la log\u00edstica y la sofisticaci\u00f3n. Jets privados en lugar de palacios. Fundaciones en lugar de templos. Abogados en lugar de sacerdotes. El objeto es el mismo.<\/p>\n<p>6. La frase que nadie quiere aceptar<\/p>\n<p>La raz\u00f3n por la que esto se repite no es que la humanidad \u201csea mala\u201d. Es algo peor: cuando el poder deja de reconocer l\u00edmites, el cuerpo infantil se convierte en el \u00faltimo territorio donde demostrar que ya no existen. Por eso aparece siempre ah\u00ed. Por eso duele tanto. Por eso cuesta tanto enfrentarlo. Y por eso, mientras no se toquen las arquitecturas del poder, Epstein \u2014con otro nombre, en otra lengua, bajo otro dios\u2014, seguir\u00e1 ocurriendo.<\/p>\n<p><strong>Antropolog\u00eda del Poder: Cuando la asimetr\u00eda se vuelve principio<\/strong><\/p>\n<p>Desde una perspectiva antropol\u00f3gica, el poder no es, en primer lugar, una instituci\u00f3n ni un cargo. Es una relaci\u00f3n asim\u00e9trica. Aparece all\u00ed donde uno puede decidir sobre la vida, el cuerpo, el tiempo o el destino de otro sin reciprocidad efectiva. Todas las sociedades humanas han desarrollado formas de gestionar esa asimetr\u00eda: rituales, leyes, tab\u00faes, prohibiciones, narrativas sagradas. El problema no es la existencia del poder, sino su desregulaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En las sociedades tradicionales, incluso las m\u00e1s jer\u00e1rquicas, el poder sol\u00eda estar rodeado de l\u00edmites simb\u00f3licos. El rey estaba sujeto a los dioses. El jefe deb\u00eda proteger al clan. El sacerdote respond\u00eda a un orden trascendente. La violencia no desaparec\u00eda, pero estaba contenida por marcos que recordaban que el poder no era absoluto. Cuando esos l\u00edmites se romp\u00edan, el abuso no se interpretaba como simple exceso, sino como profanaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La modernidad introduce una mutaci\u00f3n decisiva. El poder se racionaliza, se administra, se tecnifica. Ya no necesita legitimarse simb\u00f3licamente en cada acto; basta con que funcione. La autoridad se vuelve procedural. El da\u00f1o puede ejecutarse sin dramatismo, sin ritual, sin relato \u00e9pico. Basta con que sea eficiente. Desde el punto de vista antropol\u00f3gico, esto tiene una consecuencia profunda: el l\u00edmite deja de ser sagrado y pasa a ser contingente.<\/p>\n<p>Cuando el poder se emancipa de toda referencia externa \u2014divina, comunitaria, moral\u2014 y solo responde a s\u00ed mismo, aparece una forma espec\u00edfica de perversi\u00f3n. No necesariamente violenta en lo inmediato, pero s\u00ed radical en su l\u00f3gica. El otro deja de ser semejante y pasa a ser recurso. La vida se vuelve administrable. El cuerpo, disponible.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed la antropolog\u00eda del poder converge con lo que los experimentos y Arendt ya hab\u00edan mostrado: no hace falta odio ni ideolog\u00eda extrema. Basta con una asimetr\u00eda total sin freno. En ese contexto, el abuso no es una desviaci\u00f3n, sino una posibilidad latente.<\/p>\n<p>Porque desde un punto de vista antropol\u00f3gico, representan el grado m\u00e1ximo de asimetr\u00eda posible. No solo carecen de poder material o pol\u00edtico; carecen tambi\u00e9n de estatuto simb\u00f3lico pleno. Son humanos en formaci\u00f3n, sujetos a tutela, definidos por otros. En todas las culturas, el ni\u00f1o ocupa una zona ambigua: protegido en el discurso, pero vulnerable en la pr\u00e1ctica.<\/p>\n<p>Cuando el poder se pervierte, busca el punto donde la asimetr\u00eda es absoluta. No por azar, sino por coherencia interna. El abuso sobre cuerpos infantiles no es una anomal\u00eda cultural, sino una consecuencia extrema de una relaci\u00f3n de poder sin l\u00edmites. Es all\u00ed donde el dominio se vuelve total, porque no encuentra resistencia ni equivalencia posible.<\/p>\n<p>Desde esta mirada, la recurrencia hist\u00f3rica del abuso infantil en contextos de poder no revela una pulsi\u00f3n sexual universal, sino algo m\u00e1s inquietante: la necesidad antropol\u00f3gica del poder desbordado de demostrarse ilimitado. No basta con mandar, decidir o poseer. Hay un punto en el que el poder quiere probar que no existe frontera alguna que no pueda cruzar. El cuerpo del ni\u00f1o se convierte entonces en el \u00faltimo umbral.<\/p>\n<p>Este patr\u00f3n atraviesa imperios antiguos, aristocracias decadentes, jerarqu\u00edas religiosas, Estados modernos y oligarqu\u00edas financieras. Cambian los lenguajes, los dioses, las justificaciones. No cambia la estructura. All\u00ed donde la asimetr\u00eda se absolutiza y el control desaparece, el abuso tiende a desplazarse hacia los cuerpos m\u00e1s desprotegidos.<\/p>\n<p>La antropolog\u00eda del poder obliga, as\u00ed, a abandonar explicaciones tranquilizadoras. No se trata de culturas \u201cm\u00e1s perversas\u201d que otras, ni de \u00e9pocas particularmente degeneradas. Se trata de una constante humana activada bajo condiciones espec\u00edficas. El problema no es el deseo, sino la asimetr\u00eda sin l\u00edmite. No es la sexualidad, sino el dominio.<\/p>\n<p>Desde aqu\u00ed, Epstein deja definitivamente de ser un individuo aberrante para convertirse en un fen\u00f3meno inteligible. No como excepci\u00f3n, sino como expresi\u00f3n contempor\u00e1nea de una l\u00f3gica antigua, actualizada con los recursos del capitalismo global, la opacidad financiera y la sacralizaci\u00f3n del prestigio.<\/p>\n<p>El poder, cuando no reconoce un afuera que lo limite, tiende a volver sobre aquello que la humanidad declara m\u00e1s intocable. No porque lo ignore, sino precisamente porque lo sabe. La transgresi\u00f3n m\u00e1xima no es un accidente. Es una afirmaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Y ese es el punto m\u00e1s dif\u00edcil de asumir: no estamos ante un fallo moral aislado, sino ante una verdad antropol\u00f3gica inc\u00f3moda sobre el poder humano cuando deja de ser contenido.<\/p>\n<p>Pero no todo el mundo habr\u00eda agredido a la artista y violentar\u00eda un ni\u00f1o o adolescente. Y ese matiz es fundamental. Si no lo decimos con claridad, el an\u00e1lisis se vuelve injusto\u2026 y falso. Pues que no todo el mundo habr\u00eda agredido a la artista ni violentar\u00eda a un ni\u00f1o o adolescente no contradice nada de lo anterior. Al contrario: lo afina.<\/p>\n<p>Lo que muestran los experimentos, Arendt y la antropolog\u00eda del poder no es que \u201ctodos somos iguales\u201d, sino algo m\u00e1s preciso y m\u00e1s exigente: no todos reaccionan igual ante el permiso, pero el permiso desplaza los umbrales morales de muchos. Hay al menos cuatro puntos clave aqu\u00ed:<\/p>\n<p>Primero: existe una diversidad real de frenos internos. Las personas no llegan a una situaci\u00f3n de poder con la misma estructura ps\u00edquica, el mismo historial, la misma capacidad emp\u00e1tica ni el mismo v\u00ednculo con el l\u00edmite. Hay quienes, incluso bajo autorizaci\u00f3n expl\u00edcita, no cruzan ciertos umbrales. Algunos se retiran. Otros intervienen. Otros se paralizan. Eso importa, y mucho. Si todos fueran igualmente violentables por el poder, no estar\u00edamos hablando de fragilidad humana, sino de determinismo. Y no lo es.<\/p>\n<p>Segundo: la mayor\u00eda no inicia la violencia, pero muchos la toleran. Este es un punto inc\u00f3modo pero central. En Rhythm 0, no todos hirieron. En Stanford, no todos abusaron. En Epstein, no todos tocaron. Pero: muchos miraron, muchos callaron, muchos justificaron, muchos minimizaron, muchos se beneficiaron indirectamente. El da\u00f1o sist\u00e9mico no requiere que todos sean agresores. Requiere que suficientes personas no act\u00faen como l\u00edmite. Ah\u00ed est\u00e1 la diferencia entre \u201cno todos violentar\u00edan\u201d y \u201cno todos impedir\u00edan\u201d.<\/p>\n<p>Tercero: hay una diferencia radical entre no hacer y no poder hacer. La mayor\u00eda de las personas no violentar\u00eda a un ni\u00f1o no solo por moral, sino porque: no tiene acceso, no tiene impunidad, no tiene redes de protecci\u00f3n, no tiene control del relato. El poder no solo autoriza el acto: crea la posibilidad material y simb\u00f3lica de que ocurra. Eso explica por qu\u00e9 el abuso se concentra arriba, no abajo. No porque abajo haya m\u00e1s virtud, sino porque abajo hay m\u00e1s l\u00edmites.<\/p>\n<p>Cuarto: la perversi\u00f3n del poder no implica universalidad, implica selecci\u00f3n. Los sistemas de poder no convierten a todos en verdugos. Seleccionan, elevan y protegen a quienes: tienen menos freno emp\u00e1tico, toleran mejor la cosificaci\u00f3n, manejan la disociaci\u00f3n sin colapsar, pueden da\u00f1ar sin desmoronarse subjetivamente. Esto conecta directamente con lo que ya dijimos sobre psicopat\u00eda subcl\u00ednica y rasgos extremos: no son la mayor\u00eda, pero son funcionales al sistema. Por eso aparecen una y otra vez en la c\u00faspide.<\/p>\n<p>Entonces, dicho con precisi\u00f3n: No, no todo el mundo habr\u00eda agredido a la artista. No, no todo el mundo violentar\u00eda a un ni\u00f1o. Pero el poder sin l\u00edmites no necesita a todos. Le basta con algunos que act\u00faen y muchos que no frenen. Y eso es lo verdaderamente inquietante. Porque el problema no es solo qui\u00e9n cruza el l\u00edmite, sino qu\u00e9 estructuras dejan de protegerlo. Ese es el punto donde el an\u00e1lisis deja de ser psicol\u00f3gico o moral y se vuelve, inevitablemente, pol\u00edtico.<\/p>\n<p><strong>Epstein y Chomsky como ejemplos diferenciados del mismo sistema<\/strong><\/p>\n<p>A la luz de lo anterior, el caso Epstein no puede leerse \u00fanicamente como el de un agresor individual, ni el de Chomsky como una simple \u201cca\u00edda moral\u201d aislada. Ambos ocupan lugares distintos en una misma arquitectura del poder. Justamente por eso resultan tan esclarecedores cuando se los pone en relaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Jeffrey Epstein encarna el agente activo del da\u00f1o. No solo cruz\u00f3 el l\u00edmite, sino que lo organiz\u00f3, lo sistematiz\u00f3 y lo volvi\u00f3 sostenible en el tiempo. Su conducta no fue epis\u00f3dica ni impulsiva. Fue reiterada, log\u00edstica, protegida y rentable. Para ello necesit\u00f3 algo m\u00e1s que perversi\u00f3n individual: necesit\u00f3 acceso a cuerpos vulnerables, redes de silencio, capital econ\u00f3mico, prestigio social y una impunidad estructural que no se improvisa.<\/p>\n<p>Epstein no actu\u00f3 solo ni en los m\u00e1rgenes. Oper\u00f3 en el coraz\u00f3n mismo de las \u00e9lites pol\u00edticas, financieras y culturales. Su poder no derivaba \u00fanicamente del dinero, sino de su capacidad para conectar mundos: academia, filantrop\u00eda, pol\u00edtica internacional, inteligencia, alta sociedad. En ese sentido, fue menos un depredador solitario que un nodo. Un punto de convergencia donde la asimetr\u00eda de poder se volv\u00eda absoluta para las v\u00edctimas e invisible para los protectores.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed encaja con precisi\u00f3n lo que ya hemos dicho: el sistema no necesita que todos violenten. Necesita que algunos lo hagan y que muchos no frenen. Epstein pertenece al primer grupo: quienes, por rasgos de personalidad, posici\u00f3n y oportunidad, ejercen la violencia directa. Pero su existencia prolongada solo es explicable por la conducta del segundo grupo.<\/p>\n<p>Es en ese segundo grupo donde aparece el caso de Noam Chomsky, y es aqu\u00ed donde el an\u00e1lisis exige especial rigor para no caer ni en el encubrimiento ni en el linchamiento.<\/p>\n<p>Chomsky no es Epstein. No hay evidencia de que haya ejercido violencia sexual ni de que haya participado en abusos. Confundir ambos planos ser\u00eda intelectualmente deshonesto. Sin embargo, su relaci\u00f3n con Epstein ilustra con claridad otro aspecto del patr\u00f3n: la suspensi\u00f3n del juicio \u00e9tico por prestigio, capital simb\u00f3lico y normalizaci\u00f3n del entorno.<\/p>\n<p>Chomsky representa al sujeto que no cruza el l\u00edmite del da\u00f1o directo, pero que tampoco act\u00faa como l\u00edmite frente a un sistema evidentemente corrupto. Su error no es criminal, sino estructural y moral. Consiste en haber aceptado la cercan\u00eda, la interlocuci\u00f3n y la banalizaci\u00f3n de un personaje cuyo poder solo era posible gracias a la explotaci\u00f3n sistem\u00e1tica de cuerpos vulnerables.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed opera exactamente lo que describ\u00edamos antes: no todo el mundo violentar\u00eda a un ni\u00f1o, pero muchos pueden mirar sin ver, o\u00edr sin escuchar, saber sin actuar cuando el entorno legitima el silencio. El prestigio funciona como anestesia moral. La brillantez intelectual no inmuniza contra la ceguera \u00e9tica; a veces la refuerza, porque provee argumentos para justificar la omisi\u00f3n.<\/p>\n<p>En este sentido, Chomsky no es una excepci\u00f3n vergonzosa dentro del mundo cr\u00edtico, sino un ejemplo dolorosamente humano de lo que ocurre cuando incluso quienes han dedicado su vida a denunciar el poder subestiman su proximidad cotidiana. No se trata de perversi\u00f3n, sino de una forma de banalidad: la confianza excesiva en la propia rectitud, la idea de que \u201cyo no soy ese tipo de persona\u201d, la delegaci\u00f3n impl\u00edcita del problema en otros.<\/p>\n<p>Epstein muestra lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin freno desde la acci\u00f3n directa. Chomsky muestra lo que ocurre cuando el poder se tolera sin suficiente freno desde la inacci\u00f3n. Ambos casos confirman la misma tesis: los sistemas de abuso no se sostienen solo por quienes da\u00f1an, sino por quienes no interrumpen.<\/p>\n<p>Y aqu\u00ed conviene volver al punto central que formulamos tan claramente: no todo el mundo habr\u00eda agredido a la artista, no todo el mundo violentar\u00eda a un ni\u00f1o o adolescente. Eso es cierto. Pero tampoco todo el mundo habr\u00eda detenido el experimento, denunciado a Epstein a tiempo o roto p\u00fablicamente con su entorno. El da\u00f1o estructural no exige unanimidad. Exige masa cr\u00edtica de silencio. Por eso Epstein no es solo un nombre propio. Es un patr\u00f3n. Conviene recordar que ese patr\u00f3n necesita tanto de personalidades psicop\u00e1ticas que ejercen el da\u00f1o como de personalidades normales, incluso brillantes, que no lo impiden. No por maldad, sino por adaptaci\u00f3n, comodidad, ceguera o confianza indebida en que el sistema se corregir\u00e1 solo.<\/p>\n<p>Este es el punto donde el an\u00e1lisis deja de ser biogr\u00e1fico y se vuelve pol\u00edtico. Porque mientras las \u00e9lites \u2014econ\u00f3micas, intelectuales o morales\u2014 no se conciban a s\u00ed mismas como responsables de poner l\u00edmites, el sistema seguir\u00e1 produciendo Epsteins. Con otros nombres. En otros lugares. Bajo otros discursos. Y esa es, quiz\u00e1, la conclusi\u00f3n m\u00e1s dif\u00edcil de aceptar: no basta con no ser verdugo. En contextos de poder, no ser l\u00edmite tambi\u00e9n tiene consecuencias.<\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1ntos cient\u00edficos y acad\u00e9micos brillantes operaron en el marco del nazismo y en las esferas de poder sin ser unos psic\u00f3patas desalmados ni unos fan\u00e1ticos? \u00bfQu\u00e9 dir\u00eda Arendt de esto?<\/p>\n<p><strong>Excepcionalidad no equivale a perversi\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>Las personalidades psicop\u00e1ticas \u2014o con rasgos psicop\u00e1ticos\u2014 no agotan el universo de las personalidades excepcionales que convergen en esferas altas de poder. Hay otra categor\u00eda distinta, que no es patol\u00f3gica ni moralmente calificable de antemano: la anormalidad estad\u00edstica asociada a la excelencia extrema. Chomsky, como un gran l\u00edder religioso, un cient\u00edfico excepcional o un creador radical, no est\u00e1 dentro de la norma. No lo est\u00e1 en t\u00e9rminos cognitivos, productivos ni simb\u00f3licos. Su capacidad de abstracci\u00f3n, su persistencia intelectual, su densidad te\u00f3rica y su influencia lo colocan fuera de la media. Eso no es un juicio de valor: es un dato.<\/p>\n<p>Las \u00e9lites de poder \u2014en todas las \u00e9pocas\u2014 se componen en gran parte de sujetos que no son promedio. El poder tiende a atraer tanto a quienes carecen de frenos como a quienes poseen capacidades extraordinarias. El error frecuente consiste en confundir ambos tipos de excepcionalidad. Una personalidad excepcional puede: carecer de empat\u00eda y producir da\u00f1o, o poseer una \u00e9tica profunda y aun as\u00ed quedar atrapada en estructuras da\u00f1inas, o ser moralmente correcta en abstracto y fallar en el ejercicio concreto del l\u00edmite. La excepcionalidad no garantiza lucidez moral permanente. Tampoco la invalida.<\/p>\n<p><strong>Cient\u00edficos y acad\u00e9micos bajo el nazismo<\/strong><\/p>\n<p>Es la que Arendt se formul\u00f3, y que la separa tanto del moralismo f\u00e1cil como de la absoluci\u00f3n ingenua. Muchos cient\u00edficos, juristas, ingenieros, m\u00e9dicos y acad\u00e9micos brillantes: no eran fan\u00e1ticos, no eran s\u00e1dicos, no eran necesariamente antisemitas militantes, no se viv\u00edan a s\u00ed mismos como criminales. Operaron dentro del r\u00e9gimen nazi porque: su trabajo era t\u00e9cnicamente complejo, su funci\u00f3n estaba fragmentada, el da\u00f1o estaba mediado por procedimientos, y su identidad principal era profesional, no pol\u00edtica. Aqu\u00ed no hay psicopat\u00eda. Hay desplazamiento del juicio. El cient\u00edfico que optimiza un proceso, el jurista que afina una norma, el acad\u00e9mico que legitima un discurso, no siente que est\u00e9 matando. Siente que est\u00e1 cumpliendo una funci\u00f3n. Ese es el n\u00facleo del problema.<\/p>\n<p><strong>Qu\u00e9 dir\u00eda Arendt (y aqu\u00ed es importante ser fiel a ella)<\/strong><\/p>\n<p>Hannah Arendt no dir\u00eda que estos sujetos eran monstruos, ni perversos, ni psic\u00f3patas. Tampoco dir\u00eda que eran inocentes. Dir\u00eda algo m\u00e1s inc\u00f3modo. Dir\u00eda que pensaron mal.<\/p>\n<p>Para Arendt, el mal moderno no surge de una voluntad demon\u00edaca, sino de la incapacidad o renuncia a pensar desde el punto de vista del otro. Pensar, para ella, no es calcular ni razonar t\u00e9cnicamente. Es ejercer el juicio. Detenerse. Preguntarse si uno puede vivir consigo mismo despu\u00e9s de lo que hace.<\/p>\n<p>El cient\u00edfico brillante que opera en un r\u00e9gimen criminal sin ser fan\u00e1tico no falla por ignorancia ni por maldad, sino por suspensi\u00f3n del juicio moral en nombre de la funci\u00f3n. Se refugia en su rol. Se dice que no es asunto suyo. Que otros deciden. Que \u00e9l solo aporta conocimiento.<\/p>\n<p>Arendt fue muy clara en esto: la inteligencia, incluso la genialidad, no inmuniza contra el mal. A veces lo vuelve m\u00e1s eficaz. Y esto conecta directamente con Chomsky.<\/p>\n<p><strong>Chomsky desde Arendt<\/strong><\/p>\n<p>Arendt no ver\u00eda en Chomsky a un psic\u00f3pata ni a un perverso. Ver\u00eda a un intelectual excepcional que, en un punto concreto, subestim\u00f3 la exigencia del juicio frente a un entorno corrupto. No por deseo de da\u00f1ar. No por cinismo. Sino por algo m\u00e1s humano y m\u00e1s peligroso: la convicci\u00f3n de que su integridad intelectual bastaba como garant\u00eda moral. Para Arendt, ese es un error grave, pero no infamante. Es un error t\u00edpico de las \u00e9lites intelectuales, que confunden lucidez cr\u00edtica con inmunidad \u00e9tica. Ella dir\u00eda que el problema no es haber sido excepcional, ni haber estado cerca del poder, sino no haber interrumpido el pensamiento autom\u00e1tico que normaliza lo intolerable.<\/p>\n<p><strong>La distinci\u00f3n final (muy importante)<\/strong><\/p>\n<p>Entonces, para decirlo con precisi\u00f3n y sin moralina: Las personalidades psicop\u00e1ticas ascienden porque ciertos sistemas premian la ausencia de freno. Las personalidades excepcionales ascienden porque ciertos sistemas necesitan inteligencia, legitimidad y prestigio. El da\u00f1o sist\u00e9mico ocurre cuando ninguna de las dos ejerce el l\u00edmite. Epstein representa la excepcionalidad sin freno moral.<\/p>\n<p>Chomsky representa la excepcionalidad que no se reconoce como l\u00edmite necesario. Ambos caben en el an\u00e1lisis, pero no en la misma categor\u00eda. Y Arendt insistir\u00eda en esto: el problema no es ser excepcional, ni brillante, ni poderoso. El problema es dejar de pensar cuando m\u00e1s necesario es hacerlo. Eso es lo que vuelve esta reflexi\u00f3n tan inc\u00f3moda\u2026 y tan actual.<\/p>\n<p><strong>La convergencia como herida y como advertencia<\/strong><\/p>\n<p>Este ensayo no habr\u00eda podido escribirse sin una incomodidad persistente. No solo por la materia que aborda, sino por el gesto mismo de reunir dos nombres que, durante d\u00e9cadas, parecieron pertenecer a universos morales irreconciliables. Poner juntos a Chomsky y Epstein no es un ejercicio ret\u00f3rico provocador; es una operaci\u00f3n dolorosa. Y ese dolor no es accesorio: es parte del argumento.<\/p>\n<p>La incomodidad surge porque el pensamiento cr\u00edtico tiende a organizar el mundo en categor\u00edas tranquilizadoras. Verdugos y denunciantes. Depredadores y defensores. Violencia y cr\u00edtica. La convergencia de estos dos nombres desarma esa geometr\u00eda moral simple y obliga a pensar en un terreno m\u00e1s \u00e1spero: el de las estructuras que permiten que el da\u00f1o ocurra no solo por acci\u00f3n directa, sino tambi\u00e9n por omisi\u00f3n, tolerancia y banalizaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Este texto no establece una equivalencia. Epstein y Chomsky no son lo mismo, no ocupan el mismo lugar ni tienen la misma responsabilidad. Confundirlos ser\u00eda intelectualmente deshonesto. Pero tampoco pueden pensarse como completamente inconexos. La convergencia que aqu\u00ed se analiza no es biogr\u00e1fica ni moral, sino estructural: ambos existen dentro de un mismo ecosistema de poder que selecciona, protege y normaliza comportamientos muy distintos, pero funcionales a su continuidad.<\/p>\n<p>Epstein encarna el ejercicio directo de la perversi\u00f3n del poder. La demostraci\u00f3n cruda de lo que ocurre cuando la asimetr\u00eda se vuelve absoluta y el cuerpo del otro queda reducido a territorio. Chomsky, en cambio, encarna un riesgo diferente y, en cierto sentido, m\u00e1s inquietante: el peligro de la lucidez que se conf\u00eda a s\u00ed misma, el de la inteligencia cr\u00edtica que supone que su trayectoria, su \u00e9tica y su historia bastan como garant\u00eda moral.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed emerge una advertencia central de este ensayo. Ser Chomsky \u2014o ser como Chomsky en t\u00e9rminos estructurales\u2014 no es un lugar de inmunidad. Es un lugar de riesgo. El riesgo de subestimar la responsabilidad concreta que acompa\u00f1a al prestigio, a la excepcionalidad intelectual y a la cercan\u00eda con las esferas donde el poder se concentra. El riesgo de creer que denunciar el sistema en abstracto exime de interrumpirlo en lo inmediato. El riesgo de delegar el l\u00edmite en otros, precisamente cuando la propia voz podr\u00eda haberlo encarnado.<\/p>\n<p>En un mundo donde el poder reclama, con renovada agresividad, sistemas cada vez m\u00e1s \u201clibertarios\u201d, desregulados y despojados de contrapesos, esta reflexi\u00f3n se vuelve urgente. La promesa de libertad sin regulaci\u00f3n suele presentarse como emancipaci\u00f3n, pero con frecuencia opera como desmantelamiento deliberado de los pocos l\u00edmites que a\u00fan conten\u00edan el abuso. All\u00ed donde desaparecen las estructuras responsables, el poder no se distribuye: se concentra. Y cuando se concentra, vuelve a producir las mismas zonas de impunidad que este ensayo ha intentado hacer visibles.<\/p>\n<p>La lecci\u00f3n no es c\u00ednica, pero s\u00ed severa. No basta con no ser verdugo. No basta con tener raz\u00f3n. No basta con una biograf\u00eda cr\u00edtica intachable. En contextos de poder desregulado, la lucidez intelectual deja de ser solo una virtud y se convierte en una obligaci\u00f3n pol\u00edtica. Pensar ya no es \u00fanicamente comprender, sino asumir la responsabilidad de contribuir a la construcci\u00f3n \u2014y defensa\u2014 de estructuras con l\u00edmites, contrapesos y rendici\u00f3n de cuentas. Desde esta perspectiva, la convergencia de Chomsky y Epstein funciona como advertencia hist\u00f3rica. No sobre la maldad inevitable del ser humano, sino sobre la fragilidad de la \u00e9tica cuando se conf\u00eda demasiado en la buena voluntad individual y demasiado poco en la arquitectura institucional. All\u00ed donde el poder se emancipa de todo freno, ni la genialidad ni la cr\u00edtica radical bastan para impedir el da\u00f1o.<\/p>\n<p>Tal vez el gesto m\u00e1s honesto sea no suavizar esa incomodidad. Mantenerla abierta. Porque lo que este ensayo sostiene, en \u00faltima instancia, no es que todo est\u00e9 perdido, sino algo m\u00e1s exigente: que la responsabilidad de poner l\u00edmites no es abstracta, ni delegable, ni autom\u00e1tica. Y que, en tiempos de desregulaci\u00f3n celebrada como libertad, renunciar a pensar el poder en t\u00e9rminos de estructuras responsables es, tambi\u00e9n, una forma de permitir que Epstein vuelva a ocurrir.<\/p>\n<p>Ese es el punto en el que este texto se cierra. No con una absoluci\u00f3n ni con una condena, sino con una advertencia dirigida, sobre todo, a quienes creen estar a salvo de ella.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>REFERENCIAS<\/p>\n<p>\u2013 U.S. Department of Justice. Epstein Files \u2013 DOJ Disclosures.<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.justice.gov\/epstein\/doj-disclosures\">https:\/\/www.justice.gov\/epstein\/doj-disclosures<\/a><\/p>\n<p>\u2013 U.S. Department of Justice. Epstein Files \u2013 Data Set 10, Document EFTA01660679.<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.justice.gov\/epstein\/files\/DataSet%2010\/EFTA01660679.pdf\">https:\/\/www.justice.gov\/epstein\/files\/DataSet%2010\/EFTA01660679.pdf<\/a><\/p>\n<p>\u2013 The Guardian.\u00a0Epstein files: Noam Chomsky advised Jeffrey Epstein to \u2018ignore\u2019 abuse allegations.<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.theguardian.com\/us-news\/2026\/feb\/03\/epstein-files-noam-chomsky\">https:\/\/www.theguardian.com\/us-news\/2026\/feb\/03\/epstein-files-noam-chomsky<\/a><\/p>\n<p>\u2013 The Nation.\u00a0What the Noam Chomsky\u2013Jeffrey Epstein Emails Tell Us.<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.thenation.com\/article\/society\/noam-chomsky-jeffrey-epstein-emails\/\">https:\/\/www.thenation.com\/article\/society\/noam-chomsky-jeffrey-epstein-emails\/<\/a><\/p>\n<p>\u2013 Miami Herald, Julie K. Brown.\u00a0Jeffrey Epstein Investigation.<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.miamiherald.com\/topics\/jeffrey-epstein\">https:\/\/www.miamiherald.com\/topics\/jeffrey-epstein<\/a><\/p>\n<p>\u2013 Arendt, Hannah.\u00a0Eichmann en Jerusal\u00e9n. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen \/ Penguin Random House.<\/p>\n<p>\u2013 Arendt, Hannah.\u00a0Responsabilidad y juicio. Paid\u00f3s.<\/p>\n<p>\u2013 Zimbardo, Philip.\u00a0The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil. Random House, 2007.<\/p>\n<p>\u2013 Abramovi\u0107, Marina.\u00a0Rhythm 0\u00a0(1974).<br \/>\n<a href=\"https:\/\/www.moma.org\/collection\/works\/163883\">https:\/\/www.moma.org\/collection\/works\/163883<\/a><\/p>\n<p>\u2013 Maquiavelo, Nicol\u00e1s.\u00a0Discursos sobre la primera d\u00e9cada de Tito Livio, Libro I.<\/p>\n<p>\u2013 Biblia.\u00a0Evangelio seg\u00fan San Marcos, 10:43\u201344.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u201cLos hombres se deciden antes por el mal que por el bien cuando tienen libertad para elegir\u201d.\u00a0Nicol\u00e1s Maquiavelo, Discursos sobre la primera d\u00e9cada de Tito Livio, Libro I. \u201cEl que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 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