De lo mío a lo humano

Por Dr. Rodrigo Díaz Bermúdez

Hoy estoy en Punta Cana visitando a mi nieto Amador, de apenas siete meses. Todos lo admiramos. Todos giramos alrededor de él. Y lo más curioso es que él parece saberlo: sonríe, reclama, mira y consigue que todos nos movamos en su pequeña órbita.

Mientras jugábamos con él en la piscina, pensé que quizá Amador necesita un hermanito. No solamente para tener compañía, sino para descubrir algo que todos necesitamos aprender: el otro.

El hijo único descubre lentamente que el mundo no le pertenece por completo cuando aparece un hermano. De pronto, mamá tiene que compartirla; papá también; los juguetes, la atención, los espacios. El pequeño universo del “yo” comienza a romperse y aparece una palabra nueva: nosotros.

Entonces pensé en algo que me inquieta: estamos construyendo un mundo lleno de hijos únicos sin serlo. Personas que viven como si fueran el centro del universo y han convertido “lo mío” en algo sagrado: mi opinión, mi partido, mi ideología, mi verdad, mi éxito, mi territorio, mi grupo, mi pantalla.

Quizá hemos vivido una extraña involución: fuimos de lo tribal y colectivo hacia lo individual, y ahora corremos el riesgo de pasar de lo humano a lo mío. Hemos aprendido a defender con enorme pasión aquello que consideramos nuestro, pero cada vez nos cuesta más reconocer aquello que pertenece a todos.

La tecnología ha llevado esto a extremos insospechados. Cada uno puede vivir dentro de una burbuja hecha a su medida, rodeado de información que confirma lo que piensa y de personas que se parecen a él. El otro comienza a parecer extraño, incómodo, innecesario.

Y aquí está lo verdaderamente peligroso: cuando lo mío se sacraliza, deja de ser simplemente un interés y se convierte en un absoluto. Ya no admite crítica, negociación ni límite. Mi verdad se vuelve intocable; mi grupo, incuestionable; mi partido, justificable; mi interés, superior al interés humano.

Lo mío sacralizado es terrorífico, porque cuando algo humano adquiere carácter sagrado, cualquier diferencia puede convertirse en una profanación y cualquier otro puede convertirse en enemigo.

La antigua pregunta de Caín sigue golpeándonos: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”. La pregunta no ha desaparecido; solamente ha cambiado de escenario. Hoy puede aparecer en la política, en el mercado, en las redes sociales, en las ideologías y hasta dentro de nuestras propias familias.

No se trata de dejar de tener algo mío. Se trata de no convertirlo en un dios.

Quizá por eso Amador necesita un hermanito. Porque algún día tendrá que descubrir que el mundo no gira alrededor de él. Y quizá nosotros también necesitamos recordar esa lección.

Mientras lo veía jugar en el agua, pensé que crecer no consiste en dejar de ser importante. Crecer consiste en descubrir que no somos los únicos importantes.

Necesitamos hacer el camino inverso: ir de lo mío a lo humano. Recuperar la capacidad de compartir, de escuchar, de reconocer al otro y de comprender que mi dignidad no disminuye porque exista otra dignidad junto a la mía.

Tal vez la gran enfermedad de nuestro tiempo sea esta: una humanidad llena de hijos únicos que todavía no ha aprendido a tener hermanos.