El humanismo mexicano, presentado como el corazón ético del proyecto político de la Cuarta Transformación, aspira a convertirse en una referencia moral más allá de nuestras fronteras: la propia presidenta Claudia Sheinbaum ha declarado que México sigue siendo «la esperanza del mundo» gracias a su visión humanista.

por Renata Wimer

Fundado en la dignidad humana, la justicia social y la solidaridad con los más vulnerables, se propone como una alternativa frente a la lógica individualista y deshumanizante del modelo neoliberal. Pero su legado, si no se expresa de forma íntegra frente a los retos del presente, podría convertirse en un discurso plenamente vacío.

Frente a la realidad en Palestina, donde una cultura entera está siendo aniquilada ante los ojos del mundo, resulta inevitable preguntarse si una filosofía política como esta es verdaderamente capaz de ser un ejemplo de coherencia ética. Su responsabilidad histórica hoy está puesta a prueba más que nunca.

A pesar de que en los últimos años hemos contemplado la masacre sistemática de un pueblo entero, las respuestas de los gobiernos progresistas han sido absolutamente insuficientes, cuando no vergonzosas. En el Encuentro Internacional de Progresistas celebrado en Barcelona en abril de 2026, donde se reunieron líderes de izquierda, se habló de democracia, paz internacional y justicia social, pero resultó profundamente decepcionante la ausencia de propuestas concretas y urgentes frente a la destrucción en Gaza como podrían ser la creación de corredores humanitarios conjuntos, sanciones económicas contundentes al Estado de Israel y acciones diplomáticas y legales capaces de enfrentar los crímenes de guerra, la impunidad obscena y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y al derecho internacional.

Mientras el progresismo internacional continúa limitado a declaraciones y acciones mínimas, es la sociedad civil la que actúa. Integrantes de organizaciones como la Flotilla Global Sumud arriesgan la vida para romper el cerco humanitario y defender a la población palestina del abandono absoluto. Colectivos y movimientos globales como el BDS, presentes en decenas de países, trabajan con enormes esfuerzos para desactivar el tejido financiero que compone la estructura extremadamente violenta en la Palestina ocupada.

Mientras los gobiernos guardan silencio, la ciudadanía del mundo, al menos, resiste, reclama y alza la voz denunciando el horror que quisieran convertir en cotidianidad. Al mismo tiempo, crece en distintos países una preocupante persecución contra quienes alzan la voz para exigir el fin del genocidio y el respeto al derecho internacional.

Cada vez son más los activistas que enfrentan detenciones, agresiones físicas, procesos judiciales y campañas de difamación por defender los derechos del pueblo palestino. Bajo acusaciones de antisemitismo o de apoyo al terrorismo, se pretende criminalizar la solidaridad y deslegitimar cualquier exigencia de justicia. Cuando denunciar un genocidio comienza a tener un costo personal tan alto, la humanidad entera debería preguntarse qué clase de mundo está dispuesta a aceptar.

En este contexto global, México reconoció al Estado palestino desde 2011, pero ese reconocimiento pierde sentido cuando no se traduce en acciones reales. Nuestro país ha sostenido una tradición internacionalista de la que podemos enorgullecernos: el apoyo a la República española, el asilo a perseguidos políticos durante las dictaduras latinoamericanas, la condena al apartheid sudafricano y la firme solidaridad con Cuba, incluso frente a las presiones y amenazas del poder norteamericano.

Por eso es tan doloroso y desconcertante que esa misma valentía no exista hoy frente al pueblo palestino. La Doctrina Estrada, formulada en 1930 por el canciller Genaro Estrada, ha sido uno de los principios fundamentales de la política exterior mexicana. Establece que México no debe pronunciarse sobre la legitimidad de los gobiernos extranjeros ni intervenir en sus asuntos internos, como una forma de proteger la soberanía de los pueblos.

Sin embargo, cuando se trata de una catástrofe de esta magnitud, la no intervención se convierte en una forma de indiferencia humana. Hay momentos en la historia en que el silencio no es neutralidad. Lo que ocurre hoy en Gaza es la gran herida moral de nuestro tiempo.

Décadas de un tejido atroz que entrelaza de un modo cruel el peor horizonte vuelto realidad: un régimen de ocupación que ha durado más de 78 años, unido a una limpieza étnica incesante, desplazamientos forzados y un sistema de segregación racial que, según ha declarado Mandla Mandela, nieto del líder sudafricano, es incluso peor que el propio régimen del apartheid en Sudáfrica.

A pesar de los señalamientos reiterados de violaciones al derecho internacional, el genocidio se sigue perpetuando frente a nuestros ojos y por tanto la tibieza del progresismo internacional no solo es insuficiente sino que aniquila su propia dignidad y traiciona su compromiso histórico. Porque el verdadero peligro no es solo la violencia, sino la indiferencia que la vuelve costumbre.

Tal vez los viejos fantasmas nunca desaparecieron del todo. Creíamos haber dejado atrás algunas de las páginas más oscuras del siglo XX como la deshumanización descarnada a través de una maquinaria de exterminio fríamente premeditada, pero no fue así. Ahora el mundo arropa esta realidad y los gobiernos permiten que se extienda debido a su cobardía moral que los tiene paralizados. Pero hoy más que nunca debemos reencontrar y revaluar las grandes tradiciones antifascistas, anticoloniales y antiapartheid de la historia para no permitir que se conviertan en simples referencias simbólicas.

La izquierda progresista no puede limitarse a administrar discursos humanistas mientras la barbarie se extiende frente a nuestros ojos. El mapa del horror es insoportable: más de 73,000 palestinos asesinados, sin contar los miles de cuerpos que todavía permanecen bajo los escombros y que no han podido ser recuperados ni contabilizados. Entre las víctimas registradas se encuentran más de 21,000 niños; familias enteras aniquiladas bajo los bombardeos; más de 263 periodistas asesinados, el período más letal para la prensa desde que existen registros, así como académicos, más de 1,600 trabajadores de salud y cientos de trabajadores humanitarios.

También Gaza representa hoy el mayor número de amputaciones pediátricas de la historia. Una hambruna utilizada como arma de guerra, el bloqueo sistemático de ayuda humanitaria, civiles masacrados mientras se abalanzan por un puñado de harina. Denuncias documentadas de militares israelíes que apuntan deliberadamente a la cabeza de niños. Declaraciones públicas de soldados que se enorgullecen de matar niños y bebés sin remordimiento. Más de 9,600 palestinos privados de su libertad en cárceles israelíes, casi la mitad sin ningún cargo ni proceso judicial, sometidos a torturas documentadas, inanición y violencia sexual sistemática, entre ellos personal médico cuyo único crimen fue negarse a abandonar a sus pacientes, como el Dr. Hussam Abu Safiya. Asimismo, cabe recalcar que desde octubre de 2023, Israel ha negado el acceso al Comité Internacional de la Cruz Roja a sus centros de detención, en flagrante violación del derecho internacional humanitario, lo que impide conocer la magnitud real de los crímenes cometidos. A esto se suma la aprobación en el Congreso israelí de una ley de pena de muerte por ahorcamiento dirigida a los palestinos.

Según la relatora especial de Naciones Unidas Francesca Albanese, Israel ha lanzado sobre Gaza el equivalente a siete bombas de Hiroshima, una destrucción sin precedentes en tan pequeño territorio. La destrucción sistemática de infraestructura, el ecocidio y la demolición de un patrimonio cultural milenario: la manifestación más clara de una limpieza étnica que busca borrar de la faz de la tierra a toda una cultura.

Para terminar de tejer este mapa de horror y crueldad, se han descubierto fosas comunes donde se encontraron cientos de personas, entre ellos niños hallados en los hospitales de Nasser y Al-Shifa. La mayoría aparecieron atados de manos y con sus tubos médicos aún conectados, lo que hace presumir que pudieron haber sido enterrados vivos. Las historias del horror continúan saliendo día a día, mostrando un rostro de la humanidad de modo escalofriante.

Este es el primer genocidio de la historia completamente televisado, y sin embargo la impunidad avanza sostenida por el silencio cómplice de prácticamente todos los gobiernos del mundo. Resulta moralmente vergonzoso que hasta ahora, a pesar de todas las denuncias y pruebas, ninguna persona haya sido procesada por estos crímenes de lesa humanidad, comenzando con Benjamin Netanyahu, quien pese a estar denunciado ante la Corte Penal Internacional se pasea por el mundo gracias a la complicidad aérea de países como Francia, Grecia e Italia, y al respaldo incondicional de su gran aliado macabro, EUA.

México ha dado pasos importantes: intervino formalmente ante la Corte Internacional de Justicia en el caso iniciado por Sudáfrica, reconoció al Estado palestino y la presidenta ha llegado a nombrar lo que ocurre como un genocidio. Sin embargo, esa palabra pronunciada en una conferencia de prensa no se ha traducido en consecuencias reales.

El humanismo mexicano no puede limitarse a gestos simbólicos mientras se mantiene un Tratado de Libre Comercio vigente con Israel desde el año 2000 y se conservan relaciones diplomáticas plenas con un Estado que está siendo procesado por genocidio ante la máxima instancia judicial internacional.

La coherencia entre los valores declarados y las acciones concretas es la única prueba real de cualquier proyecto ético. ¿Cuántos más horrores tenemos que presenciar para detener esto? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que esta violencia se extienda y se normalice en otros territorios del mundo, como ya ocurre en Líbano?

Si el humanismo mexicano aspira a convertirse en una auténtica referencia moral, entonces Gaza representa una de sus pruebas más decisivas. El humanismo no tiene sentido si no se proyecta hacia todos los seres humanos, porque en este momento decir «nunca más» significa «nunca más» para todas las poblaciones del mundo.

Todavía estamos a tiempo de actuar con dignidad y coraje. La historia no perdonará el silencio de quienes tuvieron el poder de actuar y eligieron no hacerlo. Gaza será la prueba decisiva de si el humanismo mexicano puede convertirse en un referente ético para estos tiempos oscuros.