(…) Ante la burocracia somos todos extranjeros, (…) la burocracia es, en esencia (y en eso radica su utilidad), un código ajeno.” César Aira (1949)

por Luis Miguel Fernández López 

Si miramos atrás en la historia, que es siempre un ejercicio muy recomendable, podemos comprobar con meridiana claridad que todos los grandes imperios y civilizaciones de la humanidad, pasados, presentes y futuros, tienen una característica común, a saber, una administración del estado muy bien organizada, o lo que es lo mismo, una burocracia centralizada. A partir del surgimiento de las civilizaciones urbanas y de la invención de la escritura en Mesopotamia alrededor del año 3500 a.C. las ciudades-estado primero y luego todos los estados, reinos e imperios surgidos en Asia a lo largo de la Antigüedad, desde el asirio, pasando por el babilonio hasta culminar en el persa, crearon administraciones muy eficaces que fueron fundamentales para poder recaudar tributos de manera eficiente, y después poder gastar ese dinero en financiar un potente ejército con el cual seguir expandiéndose o defender los territorios ya conquistados, además de las infraestructuras necesarias para que ese ejército pudiera moverse lo más rápidamente posible a lo largo y ancho del propio estado y de esta forma sofocar rebeliones internas o impedir agresiones exteriores. Al mismo tiempo, los tributos recaudados permitían también financiar infraestructuras civiles en las ciudades y en el campo, y a la propia corte, que administraba todo el estado y donde se ponían por escrito leyes, normas y ordenes ejecutivas, lo cual les confería valor para de esta forma poder ser aplicadas de forma efectiva en todo el territorio estatal, porque conviene recordar que jurídicamente lo que no está fijado por escrito no tiene validez. Las pequeñas, cuasi minúsculas, “polis” griegas fueron un prodigio de eficiente gestión administrativa, lo cual les permitió financiar y construir maravillas de arquitectura civil y religiosa y expandirse por gran parte del Mediterráneo. Los sucesores de Alejandro Magno que se repartieron su efímero imperio establecieron administraciones centralizadas muy eficientes. Y poco después una nueva potencia surgida en el Mediterráneo occidental, Roma, no hizo más que perfeccionar este modelo de organización que la llevó a dominar casi todo el mundo conocido durante varios siglos. Porque las magníficas y victoriosas legiones romanas debían ser creadas y financiadas de alguna forma, y todo eso se logró mediante un ejército de burócratas, que hacían que todo eso fuera posible recaudando impuestos, reclutando nuevos soldados, repartiendo el presupuesto estatal para que fueran construidos calzadas, ciudades, acueductos y puentes, y además pudieran ser mantenidos en buen estado para que pudiesen ser utilizados sin importar el paso del tiempo. Durante la etapa imperial se profesionalizó el funcionariado, dotándole de un sueldo fijo, una estricta jerarquía y algunos privilegios, para que, de esta forma, mantuvieran su fidelidad al emperador.

Fue a partir del siglo III de nuestra era cuando la crisis del sistema de producción esclavista, agravada por la falta de conquistas, que siempre habían proporcionado la necesaria obra de mano esclava, terminó desembocando en una seria crisis de las finanzas del estado imperial romano. El estado aumentó los impuestos para poder seguir manteniendo la formidable maquinaria burocrática que había asegurado que el imperio pudiera defenderse de sus enemigos exteriores y al mismo tiempo facilitado el crecimiento económico interno. La egoísta reacción de los ricos magnates fue algo que hemos visto muchas veces a lo largo de la historia; huida de las ciudades, que pronto quedaron semiabandonadas, y formación de grandes latifundios a costa de los arruinados pequeños agricultores, donde construyeron enormes “villas” completamente autónomas. De esta forma, y todo por no pagar impuestos, destruyeron la clásica civilización urbana romana y debilitaron de tal forma al estado, que este no pudo oponer apenas resistencia a los bárbaros germanos que amenazaban el “limes” del Rin y el Danubio. Sin embargo, este proceso solo se dio en la parte occidental del imperio, la parte oriental mantuvo la estructura urbana intacta, la administración centralizada y el potencial económico, sobreviviendo mil años a su homónimo occidental.

Los nuevos reinos germánicos que surgieron en Europa occidental a partir del siglo V mantuvieron estas estructuras socioeconómicas y por tanto fueron estados muy débiles, sin apenas capacidad de acción y por eso la mayoría desapareció en el curso de apenas dos siglos. Lo que en época de los romanos había sido competencia del estado, es decir, recaudar impuestos, construir infraestructuras, impartir justicia y defender el territorio, fue “privatizado” paulatinamente desde el siglo III y dio como resultado una profunda desestructuración del territorio, una enorme parcialidad de la justicia impartida por los nobles, a su vez dueños de la tierra, la desaparición del mantenimiento de las infraestructuras existentes y construcción de nueva obra pública y por supuesto la aparición de ejércitos privados al servicio del señor local de turno. La consecuencia más grave para la mayor parte de la población fue su caída en la dependencia y la pérdida de la libertad jurídica, dado que la mayoría de los campesinos, que representaban el 90% de la población, pasaron a ser siervos de la gleba y estar por tanto “atados” a la tierra que trabajaban para sus señores feudales. Para el progreso material y del pensamiento del género humano la Edad Media representó un enorme estancamiento, cuando no retroceso, que duró más de mil años.

Sin embargo, a partir del siglo XV las monarquías de Europa occidental comenzaron un proceso de centralización del estado que se reflejó en el establecimiento de una administración eficiente, la pérdida de poder de los señores feudales y la creación de un ejercito permanente. Todo este proceso favoreció la expansión europea por el mundo que ya fue prácticamente ininterrumpida hasta el siglo XX. Pero ese proceso expansivo, tanto en lo económico como en lo político, no hubiera podido producirse sin la continua mejora y ampliación de las estructuras burocráticas estatales. Ni los exploradores marítimos portugueses hubieran doblado el Cabo de Buena Esperanza hasta conseguir llegar a la India, ni Colón hubiera podido desembarcar en América sin el apoyo económico de las coronas portuguesa y castellana respectivamente. El crecimiento económico del siglo XVI en toda Europa no se hubiera producido sin la llegada masiva de metales preciosos provenientes de América, cuya extracción y transporte hacia el viejo continente fueron cuidadosamente ideados y planificados por los eficientes burócratas del reino de Castilla. Tampoco las compañías holandesas, las primeras creadas con accionistas, hubieran podido acaparar el comercio mundial de especias y esclavos africanos en el siglo XVII si el recién creado estado holandés no hubiera estado en condiciones de protegerlas tanto jurídica como militarmente. Es decir, ni el exitoso desarrollo económico europeo ni su expansión geográfica hubieran sido posibles sin la existencia de eficientes estructuras estatales y burocráticas, que aseguraron el continuo flujo de riqueza hacia los países europeos. Esa riqueza se convertiría en el capital acumulado primigenio que posibilitó el exitoso desarrollo de la revolución industrial en Gran Bretaña, lo cual convertiría al estado británico en la nueva potencia dominante hasta 1914. En el siglo XIX otros muchos estados emprenden el camino de la industrialización y modernización siguiendo el modelo inglés. Y de esta forma Alemania, Francia o Bélgica llevan a cabo sus propias revoluciones industriales y aumentan exponencialmente la riqueza de sus sociedades. El estado más exitoso de todos en el camino de la modernización industrial fue sin embargo un país extraeuropeo, los Estados Unidos, que después de la II Guerra Mundial se consolidó como la potencia hegemónica mundial en clara rivalidad con la Unión Soviética. Competición esta, la de la Guerra Fría, que ganaría, pero solo porque el estado norteamericano se convirtió en una máquina perfectamente engrasada, que gracias a los elevados impuestos a las grandes empresas y fortunas pudo no solo construir un gran ejército, sino proporcionar a su población un elevado nivel de vida, por ejemplo, construyendo grandes y modernas infraestructuras y así de esta forma apoyar decisivamente el continuo crecimiento económico. Pero a partir de 1980, con el triunfo de las tesis neoliberales en los círculos de Washington, el desmantelamiento paulatino de todo el aparato administrativo gubernamental que había llevado al país a altas cotas de desarrollo y a ganar la Guerra Fría y las continuas bajadas de impuestos a las grandes fortunas han convertido a los Estados Unidos en una potencia en decadencia y muy endeudada, que únicamente gracias al predominio del Dólar como moneda de referencia del comercio mundial se salva de  tener que declarar la bancarrota del estado. A esto hay que añadir la progresiva depauperación de la población que cada vez se siente más abandonada a su suerte. Una situación en parte comparable a la vivida en el Imperio Romano de Occidente durante los siglos de decadencia, y que puede acabar igual, aunque los bárbaros esta vez no están más allá del “limes”, sino en lujosos despachos dentro del propio imperio.

Y es que en el mundo desarrollado no fueron las grandes empresas fundadas desde el inicio de la Revolución Industrial las que transformaron la realidad e inauguraron el mundo en el que actualmente vivimos, sino que fueron las manos y las mentes de laboriosos trabajadores estatales los que diseñaron sistemas educativos para alfabetizar a toda la población, formar cuadros técnicos que dirigiesen las industrias y fomentar la aparición de una élite intelectual que contribuyese con sus ideas al progreso social. Fueron los ministerios y las administraciones estatales las que financiaron y racionalizaron las redes de infraestructuras de transporte iniciadas de forma caótica y mal planificada por la iniciativa privada, y de esta forma posibilitar la importación y exportación de bienes de consumo y la formación de mercados interiores. Y fueron los estados y la política los que idearon estrategias para solucionar la creciente conflictividad social originada por los abusos y la desigualdad inherentes al sistema capitalista mediante la creación de seguros médicos, sociales y jubilaciones. Y fueron los estados y las instituciones supranacionales creados por estos los que establecieron formas racionales de gobernanza mundial para impedir desastres como los provocados por las dos Guerras Mundiales.

Las administraciones tanto estatales como supranacionales, al contrario que las empresas privadas, donde la contratación es arbitraria, tienen un exigente proceso selectivo, para el que los candidatos deben prepararse durante años y durante el cual deben demostrar su valía e idoneidad para el cargo. Se trata por tanto de un auténtico proceso meritocrático. Las mentes más preclaras de un país trabajan en los diferentes ministerios o en las universidades públicas, o al menos así fue hasta hace poco. Y la gente mejor preparada de Europa trabaja en las instituciones europeas en Bruselas, Estrasburgo o Luxemburgo.

Y ahora, en pleno siglo XXI, tenemos que soportar como una serie de canallas, utilizando la lógica de esa ideología criminal conocida como neoliberalismo, están intentando destrozar la gran obra construida durante al menos los últimos cuatro siglos por el ser humano, es decir, los estados modernos, que nos han proporcionado la prosperidad y el bienestar del que disfrutamos. Es a través de este prisma como debemos entender las continuas, a la par que injustificadas, críticas al estado y su administración que como lluvia fina los medios propagandísticos y culturales neoliberales difunden ya desde los años 80 intentando que vaya calando poco a poco en la población y que en los últimos 10 se ha convertido ya en un gran aguacero, puesto que el nivel de propaganda es obsceno. Llaman caro e ineficiente al estado y a los servicios públicos, cuando no hay nada más ineficiente que una empresa privada con trabajadores explotados y estresados, y nada más caro que una empresa dirigida por empresarios cuya única intención es ganar la mayor cantidad de dinero posible con el menor esfuerzo propio y el máximo de los demás. Se quejan continuamente de los límites que les ponen los “burócratas de Bruselas”, cuando son estos servidores públicos, entre otros, los que defienden nuestros derechos de los abusos que perpetrarían las grandes multinacionales si no tuvieran enfrente las todavía poderosas maquinarias estatales para pararles los pies, tal y como sí que pueden hacer en los países en vías de desarrollo, donde estados mal financiados y por tanto corruptos, no tienen la fuerza necesaria para impedir los desmanes de las grandes empresas. No quieren pagar impuestos, pero sí que el estado defienda sus propiedades y beneficios sin contribuir a ello. Vaticinan desde hace más de cuatro décadas el colapso de las pensiones públicas, cuando lo único que quieren es quedarse con nuestro dinero ganado durante toda una vida de trabajo honrado para jugarse nuestros ahorros en el casino de las bolsas mundiales. Hablan continuamente de libertad, pero únicamente de la suya para explotarnos y apropiarse de los frutos de nuestro trabajo.

Y es que el objetivo último es la vuelta a eso que con tanto esfuerzo fuimos dejando atrás lentamente desde el siglo XV, la vuelta a estados sin fuerza alguna para imponer soberanía y legalidades, y que por tanto el poder esté en manos de un puñado de nuevos señores feudales que impongan su voluntad sin que nadie pueda oponerse a su arbitrariedad. Y por supuesto, que nosotros caigamos de nuevo en la dependencia y en la sumisión y trabajemos sin descanso ni libertad alguna para poder construir una vida mínimamente autónoma.

Así que defendamos con uñas y dientes nuestros derechos y libertades, ganados con gran esfuerzo y largas y furibundas luchas, y defendamos nuestros maravillosos estados de los ataques y del desmantelamiento que cuatro ridículos mercachifles y la turba ignorante e inconsciente que los apoya pretenden llevar a cabo, porque nos estamos jugando mucho en ello, nada más y nada menos, que el modelo civilizatorio desarrollado con gran éxito en los últimos siglos.

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