Cómo la mitad de la población adulta atraviesa la mitad de su vida —desde los cuarenta años— dentro de un proceso que sus propios facultativos no fueron formados para ver. Recordemos lo obvio: más de la mitad de los adultos son mujeres. Todas las mujeres.
Por Claudia Aranda, Montréal, Québec
Empezó por una crema. Lo que descubrí después me obligó a investigar por qué, durante cinco años y más, ningún médico —de ninguna especialidad— vio lo que me estaba pasando. Esta es la crónica de esa búsqueda y del vacío que encontré: un hueco en la formación médica que en Quebec tiene consecuencias precisas sobre cuerpos precisos, y una norma que solo reconoce un síntoma entre más de treinta.
I. La crema
Me la recetaron por una razón mecánica, casi administrativa. Estaba demasiado reseca para que pudieran hacerme un examen ginecológico; no había forma de introducir el espéculo. Estrógenos vaginales en crema, durante cuatro meses, y volver a intentar. Los usé sin esperar de ellos más que poder someterme, por fin, a ese estudio.
Lo que ocurrió después no me lo había anunciado nadie. A las pocas semanas empecé a sentirme distinta. Volvió el ánimo. Volvió la libido, que había dado por muerta. La autoestima mejoró, incluso cargando la obesidad que arrastro. Frente a mi psiquiatra dejé de estar irritada y a la defensiva: me sentía en calma, racional, ligera. Un día se lo dije, sorprendida yo misma: me siento más feliz desde que uso los estrógenos vaginales. No al revés. Fui yo, la paciente, quien informó al especialista de mi propia mejoría.
Esa sorpresa es la que me sentó a investigar. Y al investigar tropecé con una palabra que a mi edad no conocía: perimenopausia. No sabía qué era. No sabía que existía. No podía creer no haberla estudiado años antes, cuando quizás habría insistido, exigido, hasta dar con alguien que supiera. Pero esa incredulidad, con el tiempo, se transformó en otra cosa. Si yo, que me gano la vida investigando, que leo y sé buscar, había llegado hasta aquí sin saber qué le ocurría a mi propio cuerpo, entonces el silencio no era una falla mía. Era del tamaño de la mitad de la humanidad.
II. La consulta
Llegué preparada. Había estudiado todo lo que pude, había consultado incluso con especialistas, llevaba en el teléfono un resumen ordenado de mi historia clínica. Iba ilusionada. Esta vez, pensé, me van a diagnosticar bien y por fin van a terminar mis dolores.
Fue hace pocas semanas, en el Consultorio de Medicina Familiar de un hospital de Montreal. En francés, que no es mi lengua materna, le dije a la médica que traía un resumen en el celular. Me respondió que tenía media hora para atenderme y que no había tiempo para eso. Que eligiera un solo dolor. Uno.
Elegí lo que podía matarme esa misma mañana: los mareos, el sodio que se me desploma —una vez me desmayé en la cafetería del hospital—, el dedo que perdí. Recibí órdenes de exámenes, una derivación al cirujano plástico por el dedo, un lugar en la lista de cirugía bariátrica. El sistema se activó, eficiente, para cada fragmento por separado. Y en algún momento de esa media hora, cuando insistí, me dijo la frase que resume estos cinco años mejor que cualquier estadística:
A mí no me importa nada tu capsulitis, y si no tienes calores no hay estrógenos.
No escribo para acusar a una persona. La escribo porque esa frase no es un exabrupto individual: es la traducción exacta, en voz alta, de una norma. En Quebec, salvo excepciones, no se atiende por menopausia. Se atiende por calores. El resto —el dolor articular, la depresión, la sequedad que quita el deseo, el hombro que se congela— queda fuera del marco, repartido entre especialistas que miran cada uno su pedazo y ninguno el conjunto.
III. Las tres etapas: qué es cada cosa
Buena parte de la confusión empieza porque se usa una sola palabra, menopausia, para nombrar tres cosas distintas. La imprecisión no es inocente: quien no distingue las etapas no puede tratar cada una como corresponde.
La perimenopausia es la transición. Comienza por lo general entre los cuarenta y los cuarenta y cuatro años, aunque puede empezar antes, y se caracteriza por ciclos menstruales que se vuelven irregulares —cambia la duración del ciclo, la del flujo, la cantidad del sangrado— mientras aparecen los primeros síntomas. En el cuerpo, la hormona folículoestimulante empieza a elevarse y caen los marcadores de reserva ovárica. Es la etapa clave y la más ignorada, porque la mujer todavía sangra: para el criterio que solo reconoce la ausencia de menstruación, aquí «no pasa nada», cuando en realidad está ocurriendo casi todo.
La menopausia no es una etapa sino una fecha. Es un punto único, que además se diagnostica hacia atrás: se confirma cuando han pasado doce meses consecutivos sin menstruar, sin otra causa que lo explique. La edad promedio ronda los cincuenta y uno.
La posmenopausia es todo lo que viene después de esa fecha. Se subdivide en una etapa temprana, de los primeros años, con síntomas vasomotores frecuentes y variabilidad hormonal alta, y una tardía, en la que pasan a primer plano los riesgos de largo plazo como la osteoporosis y la enfermedad cardiovascular.
Cuando la menopausia ocurre entre los cuarenta y los cuarenta y cuatro se habla de menopausia temprana; cuando ocurre antes de los cuarenta, de insuficiencia ovárica prematura. Esta estadificación sigue el sistema internacional conocido como STRAW+10. Conviene decir con todas sus letras algo que la estadificación deja claro: estas etapas describen el fin de la función reproductiva, no el envejecimiento. Son cosas distintas. El envejecimiento es un continuo que corre desde el nacimiento; la menopausia es un evento endocrino acotado que ocurre en plena adultez. Confundirlos es el primer error, y es un error con consecuencias clínicas.
IV. La perimenopausia temprana: cuando el cuerpo cambia y la regla aún viene
Hay un silencio dentro del silencio, y es el que rodea a las mujeres que empiezan a sentir cambios en sus treinta y tantos o principios de los cuarenta, cuando la menstruación todavía es regular o apenas comienza a alterarse. La creencia generalizada es que si aún sangras, no puede estar pasando nada hormonal. Esa creencia es falsa y tiene consecuencias.
La perimenopausia puede comenzar en la mitad o al final de los treinta, aunque la edad media de inicio ronde los cuarenta y cinco. Los primeros signos suelen ser cambios en el ciclo menstrual: periodos que se acortan o alargan, sangrados más abundantes o más ligeros, ciclos que se vuelven impredecibles. Pero el ciclo es solo la punta del iceberg. La caída de progesterona —la primera en descender, porque la ovulación se vuelve irregular— desencadena síntomas que nada tienen que ver con la regla: insomnio, ansiedad, irritabilidad, cambios de humor, niebla mental. El estrógeno, por su parte, empieza a fluctuar de forma errática, y con él se desajustan la termorregulación, el estado de ánimo, la calidad del sueño y la integridad de las articulaciones. Una mujer de treinta y ocho años que duerme mal, está irritable, tiene la piel seca y las articulaciones doloridas, y además sus ciclos se han vuelto irregulares, no es una mujer «estresada» o «ansiosa»: es una mujer en perimenopausia. Pero como sigue sangrando, nadie mira las hormonas. Se la deriva al psicólogo, al reumatólogo, al fisiatra. Se le recetan ansiolíticos, antiinflamatorios, pastillas para dormir. Lo que no se le receta, porque no se piensa en ello, es la única intervención que podría abordar la raíz del problema: la hormona que está empezando a faltar.
V. Por qué el cuerpo cambia sin estrógenos
Aquí está el nudo que explica todo lo demás, y que desmonta el prejuicio de raíz. La menopausia no llega porque el cuerpo «se gaste». Llega porque la reserva de folículos ováricos —fijada en número desde la vida fetal, es decir, finita desde antes de nacer— se agota. Al agotarse, los ovarios dejan de producir estrógenos en cantidad suficiente. No es el envejecimiento el que apaga los ovarios: es el agotamiento de una reserva contada el que dispara la caída hormonal.
Y esa caída no se queda en el aparato reproductor, porque el estrógeno nunca fue solo una hormona reproductiva. Sus receptores están repartidos por todo el cuerpo: en el hueso, el músculo, el cerebro, el sistema cardiovascular, la piel y el tracto urinario. El estrógeno participa en el mantenimiento de la densidad ósea, en la masa y la fuerza muscular, en la neurotransmisión y la regulación de la temperatura, en la función de los vasos sanguíneos y el perfil de los lípidos, en el grosor y la hidratación de la piel, en la integridad de las mucosas urinaria y vaginal.
De ahí que un solo déficit hormonal produzca síntomas en sistemas que parecen no tener relación entre sí. Cuando el estrógeno baja, el hueso pierde masa más rápido, el músculo se reduce, la termorregulación se desajusta y aparecen los sofocos, el ánimo y el sueño se alteran, la piel se adelgaza y se reseca, las mucosas se atrofian. No son enfermedades separadas que por mala suerte coinciden en la misma persona a la misma edad. Son las ramas de un mismo tronco. Este es el hecho fisiológico que la medicina compartimentada no está diseñada para ver: reparte las ramas entre especialistas distintos y nadie mira el tronco.
VI. El mapa de los síntomas
Se reconocen más de treinta síntomas asociados a la perimenopausia y la menopausia. Ordenarlos por sistema es lo que permite reconocerlos como un conjunto en lugar de como una colección de dolencias sueltas.
Los vasomotores —sofocos y sudores nocturnos— son los más conocidos y afectan a la mayoría de las mujeres; su duración media supera los cuatro años y en muchos casos se extiende más de una década. Son, además, el único síntoma que la norma quebequense reconoce sin discusión, lo cual dice mucho sobre lo que queda fuera.
Los genitourinarios —sequedad, dolor en las relaciones, urgencia urinaria, infecciones recurrentes— afectan a una proporción muy alta de mujeres posmenopáusicas y, a diferencia de los sofocos, no tienden a mejorar solos con el tiempo: se agravan.
Los musculoesqueléticos —dolores articulares y de espalda, rigidez, tendinopatías, hombro congelado— son el grupo que la literatura reciente empezó a nombrar como conjunto, y merecen un énfasis particular porque aparecen temprano, ya en la perimenopausia, alrededor de los cuarenta. Ese es precisamente el punto ciego dentro del punto ciego: llegan cuando la mujer todavía sangra, cuando para el criterio clínico corriente «aún no hay menopausia», y por eso casi nunca se atribuyen a lo hormonal. Se los manda al traumatólogo, al reumatólogo, al fisiatra, y se los trata como desgaste, mala postura o accidente aislado, años antes de que a alguien se le ocurra mirar el estrógeno.
A ellos se suman los del estado de ánimo, los cognitivos —la llamada niebla mental—, los del sueño, los metabólicos —cambios de peso, redistribución de la grasa, alteración de los lípidos, resistencia a la insulina— y los dermatológicos, incluida la caída del cabello. Algunos de estos grupos son consenso establecido; otros, como el musculoesquelético y buena parte de lo cognitivo, son evidencia emergente. Esa distinción hay que mantenerla, porque es lo que separa un texto riguroso de uno militante.
VII. Qué existe para tratarlo
Contra la idea de que «no hay nada que hacer» o de que «hay que aguantar», el arsenal terapéutico existe y está descrito en las guías vigentes. Pero conviene distinguir dos horizontes: el criterio que todavía predomina en la práctica común y el enfoque preventivo e integral que aplican los verdaderos especialistas, que es más ambicioso y llega antes.
La terapia hormonal es el tratamiento más eficaz para la mayoría de los síntomas. El tratamiento está indicado cuando los síntomas menopáusicos interfieren con el funcionamiento diario y la calidad de vida. Se administra como estrógeno solo, en mujeres sin útero, o como estrógeno combinado con un progestágeno, en mujeres que conservan el útero. Y la vía importa tanto como la molécula. La vía oral pasa primero por el hígado y se asocia a un riesgo algo mayor de trombosis. La vía transdérmica —parche o gel— evita ese primer paso hepático y tiene un perfil de riesgo trombótico más favorable. La vía vaginal local —cremas, óvulos, anillos— actúa sobre el tejido genitourinario prácticamente sin efectos sistémicos, y es el tratamiento de primera línea para la sequedad y el dolor. Es, precisamente, la crema con la que empieza mi historia.
Pero, ¿qué hormonas exactamente y para qué sirve cada una? No todas las hormonas son iguales, y no todas se administran de la misma manera. La confusión en torno a la terapia hormonal empieza precisamente por no distinguir qué hace cada una.
El estrógeno es la hormona que más se asocia con los síntomas clásicos de la menopausia. Cuando se repone, mejora los sofocos y sudores nocturnos, la sequedad vaginal, la calidad del sueño, y ayuda a mantener la densidad ósea y la salud cardiovascular. Pero no todos los estrógenos son iguales: el estradiol (la forma más activa) se administra preferentemente por vía transdérmica (parche o gel) para evitar el primer paso hepático y el consiguiente riesgo trombótico. El estrógeno vaginal local (cremas, óvulos, anillos) actúa exclusivamente sobre el tejido genitourinario y es el tratamiento de primera línea para la sequedad y el dolor.
La progesterona (o sus análogos sintéticos, los progestágenos) es indispensable en mujeres que conservan el útero, porque protege el endometrio del estímulo continuo de los estrógenos, previniendo la hiperplasia y el cáncer de endometrio. Pero la progesterona no es solo un «escudo» para el útero: tiene efectos propios sobre el sistema nervioso. La progesterona micronizada (la forma «bioidéntica») tiene un efecto calmante sobre el sistema nervioso central, mejora el sueño y reduce la ansiedad. Muchas mujeres en perimenopausia, antes incluso de necesitar estrógenos, se benefician de un enfoque «primero la progesterona» para abordar el insomnio, la irritabilidad y los cambios de humor que aparecen cuando la ovulación se vuelve irregular.
La testosterona es la gran olvidada, y sin embargo desempeña un papel crucial en la salud de la mujer. A diferencia del estrógeno y la progesterona, que caen drásticamente en la menopausia, la testosterona disminuye de forma más gradual a partir de los cuarenta años. Pero su caída no es menos relevante: la testosterona es esencial para el deseo sexual, la energía, la función orgásmica y el mantenimiento de la masa muscular y ósea. En mujeres posmenopáusicas, la combinación de testosterona con estrógenos puede tener efectos beneficiosos sobre el deseo y la función sexual, y algunos estudios sugieren que también podría reducir el riesgo cardiovascular. Sin embargo, la testosterona no está aprobada para uso en mujeres en todos los países, y su prescripción requiere una evaluación cuidadosa de los riesgos y beneficios.
Aquí está el cambio de paradigma que la mayoría de la práctica aún no incorpora. Durante años, el criterio fue la llamada ventana de oportunidad: iniciar la terapia antes de los sesenta años o dentro de la década posterior a la menopausia. Ese criterio sigue figurando en las guías, y ya es más de lo que muchas pacientes reciben. Pero el enfoque de vanguardia lo ha superado: parte del principio simple de que, si lo que ocurre es que se agotan los óvulos y con ellos cae el estrógeno, la intervención debe empezar en la perimenopausia —cuando la mujer todavía sangra— y sostenerse, adaptada a cada persona, a lo largo de la vida adulta. No se trata de esperar a que el daño aparezca para tratarlo, sino de prevenirlo antes de que se instale. Varios consensos internacionales recientes apoyan esta visión: la Sociedad Europea de Endocrinología publicó en 2025 una guía de práctica clínica para la evaluación y el manejo de la menopausia y la perimenopausia; la Federación Asia-Pacífico de Menopausia publicó en 2024 un consenso que proporciona un algoritmo actualizado para el manejo de mujeres perimenopáusicas y menopáusicas; y en Francia, la Alta Autoridad de Salud confirmó en 2025 la place de la terapia hormonal de la menopausia como un tratamiento eficaz en diversas situaciones. La ciencia avanza. La práctica, no al mismo ritmo.
Y ese enfoque no es solo hormonal: es integral, y ahí está su verdadera potencia. La terapia hormonal focalizada y ajustada a cada paciente se acompaña de un programa preventivo que incluye fortalecimiento muscular con ejercicio localizado, seguimiento de la densidad ósea, trabajo de articulaciones y elongación, y una dieta rica en proteínas. Es exactamente lo que previene las capsulitis, las tendinopatías, las fracturas y la pérdida de masa muscular antes de que ocurran, en lugar de perseguirlas una a una cuando ya son crónicas. La lógica es preventiva, y por eso es también la más eficiente: a largo plazo evita una enorme cantidad de gasto médico dedicado hoy a tratar lesiones que nunca debieron llegar a producirse.
Conviene, aun así, ser honesta con lo que el componente hormonal hace y lo que no: mejora con buena evidencia los sofocos, los síntomas genitourinarios, las artralgias y el sueño; no es una solución para el aumento de peso ni revierte por sí solo el deterioro cognitivo. Para quienes no pueden o no quieren usar hormonas existen opciones no hormonales con evidencia, incluidos ciertos antidepresivos para los sofocos y, más recientemente, una nueva clase de fármaco —el fezolinetant, un antagonista del receptor de neuroquinina— aprobado en 2023 para los sofocos de moderados a graves.
Y hay un punto que merece subrayarse porque es donde más se equivoca la práctica por exceso de miedo: la diferencia entre contraindicaciones reales y percibidas. Reales son, por ejemplo, un cáncer de mama con receptores hormonales positivos, un sangrado sin diagnosticar, una enfermedad tromboembólica activa. Percibidas —es decir, no verdaderas— son cosas como el mero antecedente familiar de cáncer de mama, que no prohíbe el tratamiento sino que obliga a evaluarlo caso por caso. Muchas mujeres que sí eran candidatas quedaron sin tratamiento por temores que las guías actuales no respaldan.
VIII. Lo que dicen los que sí saben
Conviene detenerse en lo que la ciencia reciente afirma, porque el contraste con la práctica clínica es el corazón de este asunto. No estamos ante una laguna del conocimiento. El conocimiento existe, es reciente y es sólido. Lo que falla es su distribución.
En marzo de 2024, The Lancet publicó una serie de cuatro artículos sobre menopausia que reordenó el debate. El primero de ellos, «An empowerment model for managing menopause», de Hickey y colaboradores, propone un nuevo enfoque que va más allá del tratamiento de síntomas específicos para abarcar un modelo amplio de apoyo a las mujeres durante esta etapa vital, utilizando el modelo de empoderamiento de la Organización Mundial de la Salud. El segundo, «Optimising health after early menopause», de Mishra y colaboradores, aborda la menopausia temprana —entre los 40 y los 44 años— que afecta aproximadamente al 8% de las mujeres en países de altos ingresos y al 12% a nivel global. El tercero, dedicado a la salud mental durante la transición menopáusica, revisó doce estudios prospectivos y llegó a una conclusión matizada que conviene citar con precisión, porque protege el argumento de la exageración: no existe evidencia convincente de un aumento universal del riesgo de depresión mayor durante la transición. Pero sí hay subgrupos vulnerables, definidos por factores de riesgo relacionados con la menopausia —síntomas vasomotores severos o que alteran el sueño, transiciones prolongadas— y por factores psicosociales como los eventos vitales estresantes; el mayor riesgo se concentra en mujeres con antecedentes de depresión. Y hay una advertencia que atraviesa todo este texto como una espina: la atribución errónea de síntomas psiquiátricos a la menopausia, o el no reconocerlos a tiempo, retrasa diagnósticos y tratamientos efectivos.
Esa espina corta hacia los dos lados. Corta contra quien psiquiatriza de más —quien ve una personalidad enferma donde hay una biología en transición— y contra quien ignora lo hormonal por completo. Durante años recibí una y otra etiqueta que me ponían y me quitaban, con medicación tan fuerte que, en más de un período, me anuló la existencia. A nadie se le ocurrió a tiempo mirar el estrógeno.
El segundo pilar es más nuevo y toca directamente el hueso. En octubre de 2024, la revista Climacteric publicó un artículo de Vonda J. Wright y colaboradores —de la University of Central Florida College of Medicine y la Duke University School of Medicine— titulado «The musculoskeletal syndrome of menopause». Los autores proponen un término para nombrar lo que hasta ahora se repartía entre traumatólogos, reumatólogos y fisiatras sin denominador común: el conjunto de signos y síntomas musculoesqueléticos asociados a la pérdida de estrógenos. Incluye artralgia, pérdida de masa muscular, pérdida de densidad ósea, progresión de la osteoartritis, aumento de lesiones de tendones y ligamentos, y capsulitis adhesiva, el llamado hombro congelado. Estiman que más del setenta por ciento de las mujeres de mediana edad experimentará síntomas musculoesqueléticos, y que una cuarta parte quedará discapacitada por ellos durante la transición de la perimenopausia a la posmenopausia.
Debe decirse con rigor: es un término emergente, en proceso de consolidación. Los autores lo proponen precisamente para mejorar el reconocimiento clínico de algo que hoy se diagnostica fragmentado o no se diagnostica. Pero que sea emergente no lo hace irrelevante; lo hace urgente. Porque describe, con nombre y estimación estadística, exactamente el cuadro que a mí me tuvo con capsulitis en ambos hombros, con un tendón seccionado en un dedo que terminé perdiendo, con meses sin poder levantarme de la cama por dolor de espalda. Cada uno de esos episodios fue tratado como un accidente aislado. Ninguno como lo que la literatura reciente sugiere que eran: manifestaciones de un mismo proceso.
El tercer pilar es el más establecido de todos, y es el que me devolvió algo. En 2014, un consenso de la International Society for the Study of Women’s Sexual Health y la North American Menopause Society —hoy The Menopause Society— acuñó el término síndrome genitourinario de la menopausia, en un artículo firmado por Portman y Gass. Reemplazó nombres antiguos y estigmatizantes como atrofia vulvovaginal. Nombra el conjunto de síntomas asociados a la caída de estrógenos que afecta a los genitales, la función sexual y el tracto urinario: sequedad, ardor, dolor, pérdida de deseo, infecciones recurrentes. Su tratamiento de primera línea —el estrógeno vaginal local, esa misma crema con la que empieza esta historia— tiene un perfil de seguridad y eficacia que es consenso establecido. Es barato, es seguro y llevaba décadas disponible. A mí me lo dieron cuando ya no podían meterme el espéculo, es decir, cuando el cuerpo ya había gritado. No para prevenir. Para desatascar un procedimiento.
IX. Por qué no lo vieron
La pregunta incómoda es cómo es posible que un conocimiento así de disponible no llegue a la consulta. La respuesta está en la formación.
La evidencia disponible sobre la brecha formativa es todavía escasa, y conviene tratarla con cautela. El estudio más citado es de Vesco y colaboradores, de 2024: diseñaron un currículo de menopausia para residentes de ginecología, medicina interna y medicina familiar en seis programas estadounidenses, con 200 residentes objetivo y 115 que completaron las evaluaciones. Antes de recibir esa formación, la proporción de respuestas correctas de los residentes en un test de conocimiento sobre menopausia era del sesenta coma ocho por ciento. Después de la formación subió al setenta y nueve coma uno por ciento. Es un solo estudio, con limitaciones metodológicas y de un solo país; no permite generalizar sin decirlo. Pero apunta en la dirección que cualquier mujer que haya peregrinado por consultas conoce en carne propia: los médicos que la atienden no fueron suficientemente formados en esto.
Sobre Quebec y Canadá específicamente, hay que ser honesta con lo que no existe. No se encuentran estudios publicados que midan cuánto espacio dedican al tema las facultades de medicina de la provincia —Montréal, McGill, Laval, Sherbrooke—, ni documentos del Collège des médecins du Québec o del marco de competencias del Royal College que detallen una formación específica en menopausia. Esa ausencia de literatura local es, en sí misma, un dato: no se ha estudiado el vacío porque el vacío no se percibe como problema. Existe, eso sí, actividad educativa voluntaria —la Canadian Menopause Society ofrece formación acreditada, con participación de especialistas quebequenses; la Société des obstétriciens et gynécologues du Canada mantiene guías clínicas y materiales de divulgación—. Pero se trata de formación continua opcional, a la que accede quien ya está interesado. No de un contenido garantizado en la base de la carrera. El resultado es una lotería: la paciente cae, al azar, en manos de alguien que se especializó por cuenta propia, o de alguien que repite lo que aprendió hace veinte años.
Y aquí importa nombrar la sombra larga de un malentendido histórico. En julio de 2002, el estudio Women’s Health Initiative, publicado en JAMA por Rossouw y colaboradores, siguió a más de dieciséis mil mujeres posmenopáusicas de 50 a 79 años y concluyó que, en su población, los riesgos de cierta terapia hormonal superaban los beneficios. Los riesgos absolutos adicionales por 10.000 mujeres-año fueron: 7 más de enfermedad coronaria, 8 más de ictus, 8 más de embolia pulmonar y 8 más de cánceres de mama invasivos. La interpretación que se difundió fue alarmista y generalizada, y provocó un desplome mundial en el uso de la terapia hormonal. Reanálisis posteriores matizaron el hallazgo: la población del estudio tenía una edad promedio de sesenta y tres años, y el balance de riesgo y beneficio es distinto —y en general favorable— para las mujeres que inician el tratamiento cerca del comienzo de la menopausia. El error de lectura de 2002 educó en el miedo a toda una generación de médicos. Muchos de los que hoy atienden aprendieron que las hormonas eran peligrosas, y no actualizaron. La consecuencia recae sobre las pacientes: no se prescribe lo que podría prevenir años de daño, por un temor que la ciencia ya corrigió.
X. El costo
Que esto se trate como un asunto menor, casi cosmético, choca con su escala. En Canadá, un informe de la Menopause Foundation of Canada con análisis económico de Deloitte, de 2024, estimó que los síntomas no tratados de la menopausia se traducen en unos quinientos cuarenta mil días de trabajo perdidos al año, equivalentes a doscientos treinta y siete millones de dólares canadienses en productividad para los empleadores, y en tres mil trescientos millones en ingresos que las mujeres dejan de percibir por reducir su jornada, bajar su salario o abandonar el empleo. El informe también señala que el 95% de las mujeres experimentará uno o más de los más de treinta síntomas de la menopausia; la mitad declara no haber estado preparada para esta etapa. Son estimaciones de una sola fuente y con supuestos metodológicos que no se detallan, y así conviene citarlas. Pero incluso tomadas con prudencia, dibujan una magnitud que ningún sistema sanitario debería tratar como marginal.
A ese costo agregado hay que sumarle el que no aparece en ningún informe: el de los procedimientos que sí se hacen. En mi propia media hora de consulta se generaron órdenes de exámenes, una derivación quirúrgica, una inscripción en lista de cirugía. El sistema gasta con generosidad persiguiendo cada síntoma por separado, mientras se niega a mirar la causa que los une. Es más caro tratar diez fragmentos que un proceso. Y sale infinitamente más caro cuando el fragmento no tratado a tiempo se vuelve una lesión crónica, un dolor permanente, un dedo perdido. Ahí está la otra cara de la lógica preventiva: lo que se ahorra no es solo dinero, es cuerpo.
XI. El punto ciego
Hay una forma de contar esta historia que la reduce a mala suerte, a una sucesión de médicos distraídos. No es eso. Lo que encontré, al final de la búsqueda, fue algo más difícil de nombrar: un punto ciego colectivo, un lugar donde convergen muchas personas que ejercen roles que exigen calificación, y que en este tema preciso no la tienen.
El traumatólogo que trató mi dedo. Los psiquiatras que alrededor de mis cuarenta ensayaron conmigo diagnóstico tras diagnóstico —bipolaridad, trastorno de personalidad, depresión estructural, depresión reactiva— sin considerar nunca el estrógeno, hasta llegar aquí en Quebec a mi psiquiatra de los cincuenta, y espero que sea el último, quien es atento y humano, que me ha tratado con cuidado, y que aun así no tenía por qué mirar ahí, porque su formación no lo entrenó para eso. La médica de familia con su cronómetro y su único síntoma permitido. Y también, en el último eslabón, quien debía acompañarme en lo administrativo y lo emocional: mi intervenante. Le pedí varias veces que se detuviera durante un trámite que me desbordaba; no lo hizo, y esa presión desató una crisis que me dejó tres días sin poder salir de la cama. Perdí, por esa crisis, la cita con la ginecóloga. Cuando después le sugerí que repasáramos qué es el trastorno de estrés postraumático, que también padezco en un punto de mi vida en que se me ha juntado un cúmulo de padecimientos, me respondió que lo había estudiado en la universidad. Quizás lo estudió. Pero en el momento en que importaba, no supo, o no recordó, detenerse.
Ninguno de ellos actuó de mala fe. Ese es el punto, y es lo que lo hace grave. No se trata de villanos, sino de un diseño: una medicina compartimentada, incapaz por estructura de ver un proceso que atraviesa a la vez el aparato locomotor, el ánimo, la piel, el metabolismo y la vida sexual. Cada especialista mira su casilla. La menopausia no cabe en ninguna casilla porque las cruza todas. Y en Quebec, la norma que ordena atender solo los calores clausura de antemano la posibilidad de verla entera.
XII. Lo que la crema demostró
Termino donde empecé, porque la crema demostró algo que ordena todo lo demás. Si un tratamiento tan simple, tan barato y tan disponible pudo devolverme el ánimo, la libido y la calma en pocas semanas, entonces buena parte de lo que durante años se trató como enfermedad estructural, como carácter, como destino, tenía una causa que nadie miró. Mi propio cuerpo me dio la respuesta que el sistema me negó.
Lo grave es que el daño era evitable: el hombro congelado, el dolor de años, eran reconocibles y prevenibles con conocimiento que ya existía. Lo que fue evitable para mí todavía puede evitarse para las que vienen detrás. Ese es el sentido de escribir esto.
El remedio tiene un nombre que aprendí a subrayar durante esta búsqueda: atención calificada. No cualquiera. La correcta, la actualizada, la que existe y a la mayoría se le niega. Que haya tan pocos profesionales realmente formados en menopausia —que encontrar a uno sea, para la mitad de la población adulta, casi una cuestión de suerte— no es un accidente. Es una decisión que se toma, sin tomarla, cada vez que una facultad de medicina le dedica a este tema un margen, cada vez que una norma provincial reduce un proceso que dura la mitad de la vida a un solo síntoma tolerado.
Y aquí está mi punto ciego, el que no he logrado atravesar. La crema me devolvió una parte, y por otra vía encontré finalmente quien me trate el dolor del hombro y la espalda. Pero el tratamiento de reemplazo hormonal que la evidencia sugiere que necesito no me lo puede dar nadie de los que hoy me atienden. Mi psiquiatra no puede recetarlo. La ginecóloga no lo hará. El hospital al que acudí —el St. Mary’s de Montréal, el mismo en el que siempre me atiendo— no tiene una respuesta para mí, porque no tengo el único síntoma que la norma reconoce. Sigo, entonces, del lado de afuera de esa puerta, con un pie ya adentro gracias a una crema y a un dolor que por fin alguien atiende, pero sin el tratamiento de fondo que sí existe y que a mí se me sigue negando. La incertidumbre me carcome: no sé si en mi propio hospital me tratarán como merezco. Espero, con los dedos cruzados, que la próxima vez me toque una doctora más empática, alguien que mire más allá del síntoma único y vea a la persona entera. Porque yo ya no recuerdo qué se siente vivir sin dolor, y tengo una necesidad brutalmente intensa de volver a sentirme bien.
Escribo esto todavía con dolor en el hombro mientras tecleo. No lo escribo desde la salida, porque no he salido. A ratos he perido mi autonomía debido a las crisis de dolor. Lo escribo además desde el umbral, que es el único lugar honesto desde el cual puedo escribirlo. No escribo para contar que me salvé. Escribo para que la puerta que a mí me siguen cerrando deje de estar cerrada.
Referencias
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