Ven, te invito un café. Lo que llaman tregua es violencia estructural con otro nombre, y quiero que miremos juntos cómo se arma el montaje.
Tú, que te detuviste aquí. En medio de todo lo que hoy reclamaba tus ojos, elegiste quedarte un momento en esta página. No lo doy por sentado. Sé lo que cuesta hoy detenerse, y sé que podrías estar en cualquier otro lugar. Por eso, antes de nada, quiero agradecerte que estés.
Ven, siéntate un momento a mi lado. Quiero mostrarte algo, y no quiero mostrártelo desde lejos, con la distancia fría de quien informa. Quiero que lo miremos juntos, tú y yo, del mismo lado de la ventana. Hace unos días Médicos Sin Fronteras publicó una denuncia que parece sencilla y no lo es. Dice que, a nueve meses del alto el fuego en Gaza, lo que llamamos tregua no es una tregua. Es, con todas sus letras, violencia estructural con otro nombre. No desmantela los mecanismos de la violencia; normaliza el desprecio por la vida palestina.
Sé que la frase suena a jerga. Dame tu confianza un rato y verás que no lo es: es una de las llaves más precisas que tenemos para entender lo que está pasando. ¿Te atreves a mirar más allá de la palabra conmigo? Porque toda la trampa, vas a verlo con tus propios ojos, está en la palabra.
Empecemos por algo que quizá tú ya sospechas, aunque todavía no lo hayas puesto en voz alta. Si dejaron de disparar, ¿por qué siguen muriendo? Quédate con esa pregunta. Es tuya y es de sentido común, y sin embargo debajo de ella hay medio siglo de pensamiento que nos va a permitir responderla juntos, sin mentirnos. Déjame presentarte a quien nos va a acompañar en este viaje.
Johan Galtung fue un sociólogo y matemático noruego, nacido en 1930 y fallecido en 2024, a quien se suele llamar el padre de los estudios sobre la paz. En 1959 fundó en Oslo el primer instituto del mundo dedicado a investigar la paz de manera científica, y unos años después la primera revista académica del campo. Su ruptura decisiva fue contra una idea que parece obvia: la de que la paz es simplemente la ausencia de guerra. Galtung demostró que eso es apenas la mitad. Lo llamó paz negativa: que las armas callen. Y frente a ella puso la paz positiva: que las estructuras que reparten la vida y la muerte dejen de matar.
Detente aquí conmigo un segundo, porque en esta bisagra vive todo lo demás. Si un alto el fuego silencia las armas pero deja intactos los mecanismos que siguen quitando vidas, entonces hemos alcanzado la paz negativa sin haber tocado la violencia. Eso, exactamente eso, es lo que Médicos Sin Fronteras está diciendo. El fuego calló y la muerte no.
Ahora bien, ¿de qué violencia hablamos si nadie está disparando? Aquí Galtung nos da la herramienta más filosa. En 1969 propuso una definición de violencia que hoy nos parece natural y en su momento fue una revolución: hay violencia siempre que a un ser humano se le impide realizar aquello que potencialmente podría ser, cuando esa distancia entre lo posible y lo real era evitable. La violencia, entonces, no es solo el golpe. Es la brecha evitable entre la vida que alguien podría tener y la que se le permite tener (Galtung, 1969).
Piénsalo con el ejemplo que él mismo daba. Si alguien moría de tuberculosis en el siglo XVIII, era una tragedia, no una violencia, porque no había cura. Si alguien muere hoy de tuberculosis, habiendo cura y medios para llevarla, eso ya no es destino: es violencia. Alguien, o algo, se interpuso entre esa persona y la vida que era posible.
Con esta definición en la mano, mira de nuevo Gaza. Médicos Sin Fronteras documenta que, desde que se anunció el alto el fuego el 10 de octubre de 2025, han sido asesinados 1.185 palestinos y heridos 3.816. La organización lo traduce a una imagen que no te vas a poder sacar de encima: aproximadamente un palestino muerto o herido cada hora y veinte minutos, durante nueve meses seguidos (Médicos Sin Fronteras, 2026). Según UNICEF, más de 265 de esos muertos eran niños (UNICEF, 2026). ¿Es esto ausencia de guerra? Lo es, en el sentido más pobre y más cínico del término. Las armas oficialmente callaron. Y la brecha evitable entre la vida posible y la muerte real se sigue ensanchando cada ochenta minutos.
Y ahora que tenemos la cifra, quiero que dejes por un momento la cifra y mires. Mira, fíjate, así, hacia allá. ¿La ves? Esa niñita que viene del campamento de refugiados. Es la tercera vez que la veo pasar hoy. Trae unos zapatitos que le quedan grandes, unas chanclas enormes, y ese recipiente vacío entre las manos. Está esperando el agua. Dijeron que hoy pasaría el camión aljibe. Muchos vienen y se van, se asoman, esperan, se marchan, y el camión no llega. Pero ella me llamó la atención justamente por eso, por lo grande que le quedan esas chanclas, y porque aun así parece una experta saltando con ellas entre los escombros, como si el mundo roto que le tocó fuera el único suelo que ha conocido.
Y sí, eso que ves allá arriba, esos puntos que zumban y vuelan, son drones. Todos les temen. Nunca se sabe cuál de ellos será el mortal. Pero hay que arriesgarse igual, porque hay que ir por el agua, porque sin agua no se vive, y entonces se sale, se camina bajo el zumbido, se aguanta la respiración. Esa pequeña debería tener unos siete años. Pero se ve mucho menor. Se ve más pequeña de lo que es. Y eso, tú y yo lo sabemos ahora, tiene un nombre: es la desnutrición de la que habla Médicos Sin Fronteras. El cuerpo que no crece porque la estructura decidió que no creciera.
Sabes, ya me está doliendo el alma. Sé que a ti también. Si quieres, ve por un café; yo también lo necesito. También a mí me pesan los pasos cuando después cierro esta página y salgo a recorrer el mundo real, el de las calles tranquilas donde nadie mueve ninguna línea. Tómate ese momento. Respira. Yo te espero aquí. Porque lo que sigue no quiero que lo leas de prisa.
¿Ya? Ven, seguimos.
Aquí Galtung afina el instrumento, y este es el corazón de lo que quiero que veamos. Él distinguió dos formas de esa violencia. Una tiene un actor que puedes señalar con el dedo: alguien dispara, alguien golpea. La llamó violencia directa. La otra no tiene un sujeto visible que aprieta el gatillo; está inscrita en la estructura misma y se manifiesta como reparto desigual del poder y, por lo tanto, de las oportunidades de seguir vivo. Esa es la violencia estructural. No hay un verdugo identificable, y sin embargo la gente muere en la fecha que la estructura decide.
Y su rasgo más peligroso, presta atención a esto, es que al no tener rostro tiende a leerse como si fuera naturaleza. Como si las cosas simplemente fueran así. Cuando Médicos Sin Fronteras enumera el confinamiento de casi dos millones de personas a menos del treinta por ciento de la Franja, el bloqueo de la ayuda humanitaria convertida en moneda de negociación, la expulsión de las organizaciones internacionales a las que Israel retiró el registro —la propia MSF entre ellas—, la línea amarilla que se desplaza hacia el oeste cuando las fuerzas israelíes lo deciden, sin aviso y sin negociación, no está haciendo una lista de incidentes. Está describiendo una estructura. Una estructura que produce muertes evitables. Y una estructura que produce muertes evitables es, en el vocabulario exacto de Galtung, violencia, aunque en ese instante no caiga ninguna bomba.
Deja que la estructura te muestre su rostro más íntimo, porque los números pueden anestesiar y aquí no podemos permitírnoslo. Una madre le contó a los equipos de Médicos Sin Fronteras que su hijo de catorce años, con síndrome de Down, recibió cinco disparos de francotiradores israelíes cerca de la línea amarilla mientras jugaba junto a su casa. Ese día no había, en el lenguaje de los comunicados, ningún combate. Había un niño jugando. Había una línea que él no podía leer porque nadie la marcó, una línea que se mueve cuando otros lo deciden. Y había cinco disparos. Dime tú si eso es la paz. Dime tú qué nombre le pondrías si no tuvieras que cuidar las formas.
Ese niño es la violencia directa: el acto con su actor, su fecha, su hora. Pero la línea que lo expuso, la que se corre hacia el oeste sin negociación, esa es la estructura. Y falta todavía el tercer vértice, el que cierra el círculo y nos devuelve al principio, a la palabra.
En 1990 Galtung completó su triángulo. A la violencia directa y a la estructural sumó una tercera: la violencia cultural. Es esa capa de símbolos —el lenguaje, la ideología, la religión, la ciencia, los medios— que sirve para que las otras dos violencias parezcan correctas, o al menos no del todo incorrectas. Es la que hace que lo intolerable se vea aceptable. Galtung describió con precisión cómo opera: cambia el color moral de un acto, toma algo que en rojo se leería como crimen y lo repinta de verde, o al menos de un amarillo tolerable. Y hace algo más: vuelve opaca la realidad, de modo que ya no vemos el acto violento como violento. O directamente no lo vemos (Galtung, 1990).
Recolorear y opacar. Retén esas dos operaciones, porque son exactamente lo que hace la palabra alto el fuego.
Aquí déjame prestarte la lente con la que yo aprendí a leer el poder, la de los signos. Un término como alto el fuego no describe: presupone. En su gramática misma lleva inscrito un supuesto que quien lo dice no necesita enunciar y que quien lo escucha acepta sin discutir: que hubo fuego y que ese fuego cesó. Y ese es el lugar más eficaz del discurso del poder, porque lo que se presupone no se somete a prueba. Se cuela por debajo, en la zona que el lenguaje da por sentada. Cuando Médicos Sin Fronteras documenta 1.185 muertos en nueve meses, no está discutiendo una afirmación: está desmontando una presuposición. La de que el fuego, efectivamente, cesó.
Y hay un segundo movimiento, el que Roland Barthes llamó naturalización: la operación por la que el signo transforma la historia en naturaleza (Barthes, 1957/1999). Una decisión política —confinar a dos millones de personas al treinta por ciento de la Franja, mover una línea cuando conviene, plegar la ayuda a las fases de una negociación— se presenta, bajo el nombre alto el fuego, como un estado de cosas. Casi como un clima. Deja de leerse como algo que alguien hace y pasa a leerse como algo que simplemente es. Esto empalma con exactitud con lo que Galtung advertía sobre la violencia estructural: al no tener un rostro que apriete el gatillo, tiende a percibirse como parte del orden del mundo. Y la violencia cultural, a través del nombre, remata esa invisibilidad. No solo la estructura carece de verdugo visible: el símbolo que la envuelve la presenta como su contrario. La estructura mata y el nombre promete paz, y ambos se sostienen el uno al otro.
Y no creas que esto es exclusivo de Gaza, porque si lo fuera no te habría pedido que te sentaras. El eufemismo institucional es una técnica de gobierno tan vieja como el poder. Pacificación. Normalización. Operativo. Daños colaterales. Toda una familia de palabras cuya función no es informarte sino recolorear lo que ves. Alto el fuego pertenece a ese linaje. Una vez que aprendes a reconocerlo, ya no puedes dejar de verlo, y esa es justamente la libertad pequeña y peligrosa que quería compartir contigo.
Ahora ya tenemos el triángulo entero, y podemos mirarlo completo. La violencia directa es el ataque al funeral, el niño alcanzado cinco veces junto a su casa: el acto con actor y con hora. La violencia estructural es el sistema que produce muertes evitables sin necesidad de un ataque puntual: el bloqueo, el confinamiento, la expulsión de quienes prestan auxilio, la enfermedad dejada en las tiendas hacinadas. Y la violencia cultural es el nombre que toma ese sistema y lo hace pasar por su propia superación.
Por eso, cuando Médicos Sin Fronteras dice esto no es un alto el fuego, es violencia estructural con otro nombre, está haciendo el gesto exactamente inverso al de la violencia cultural. En lugar de recolorear, descolorea. En lugar de opacar, transparenta. Le retira al signo su función legitimadora y devuelve la estructura a la vista de todos. Y ahí, tú y yo lo vimos juntos, aparece la tesis que quería que alcanzáramos sin que yo tuviera que imponértela: retirar el eufemismo no es un adorno del oficio ni una pose del periodismo de paz. Es su acto político central. Es lo único que interrumpe la operación por la cual una estructura que sigue matando se lee como si fuera su final.
Y ahora, antes de que te levantes y vuelvas a lo tuyo, déjame darte un abrazo. Uno de verdad, con toda el alma, de los que se dan cuando dos personas miraron juntas algo difícil y no apartaron la vista.
Sabes, los que ya no están —y esos cientos de miles de niños que no alcanzaron a crecer, que no van a jugar de nuevo cerca de ninguna casa— nos tienen a ti y a mí. Nos tienen a nosotros y a un montón de gente más que, como tú ahora mismo, se detiene cada tanto en medio de todo para revivirlos un momento y devolverles lo único que todavía podemos darles: su dignidad, y la verdad de lo que les pasó, dicha por su nombre, sin recolorear, sin opacar.
Gracias por haberte quedado. Gracias por haber mirado conmigo. Ya somos dos que no se dejan engañar por la palabra. Y dos, créeme, ya son un comienzo.
Referencias
Barthes, R. (1999). Mitologías (H. Schmucler, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1957)
Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191. https://doi.org/10.1177/002234336900600301
Galtung, J. (1990). Cultural violence. Journal of Peace Research, 27(3), 291–305. https://doi.org/10.1177/0022343390027003005
Médicos Sin Fronteras. (2026, 28 de julio). Gaza: This is not a ceasefire. It is structural violence by another name. Doctors Without Borders. https://www.doctorswithoutborders.org/latest/gaza-not-ceasefire-it-structural-violence-another-name
UNICEF. (2026, 19 de junio). A child a day: The deadly illusion of Gaza’s ceasefire [Nota informativa para la prensa]. https://www.unicef.org/press-releases/geneva-palais-briefing-child-day-deadly-illusion-gazas-ceasefire













