Mientras buena parte del debate internacional sigue interpretando el presente con categorías heredadas de la Guerra Fría o del orden unipolar posterior a 1991, una transformación mucho más profunda reorganiza silenciosamente la estructura del sistema internacional. Este trabajo propone una lectura policéntrica del momento histórico: no una sucesión de guerras regionales y crisis aisladas, sino la convergencia de procesos económicos, tecnológicos, filosóficos, militares y civilizacionales que anuncian la transición hacia un nuevo orden mundial. A partir de fuentes primarias occidentales y orientales —planificación estratégica china, organismos internacionales y de derechos humanos, pensamiento geopolítico contemporáneo, economía política de la tecnología—, esta investigación sostiene que la disputa actual no enfrenta únicamente a Estados: enfrenta proyectos distintos de organización del poder, del conocimiento, de la producción y, eventualmente, de la propia inteligencia.
Resumen
Existe una tendencia persistente a explicar el presente mediante acontecimientos. Una guerra. Una elección. Una crisis financiera. Una pandemia. Pero los grandes cambios históricos rara vez se producen por acumulación de acontecimientos: ocurren cuando cambia el sistema que los conecta.
La hipótesis central de esta investigación sostiene que la humanidad atraviesa uno de esos momentos. El orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado después del colapso soviético está dejando de ser el marco organizador del planeta. Lo que emerge en su lugar todavía no tiene nombre definitivo, pero ya exhibe rasgos identificables: el desplazamiento del centro económico mundial hacia Asia; el debilitamiento relativo de la hegemonía occidental; la militarización del bloque atlántico hasta niveles sin precedente desde la Guerra Fría; la consolidación de China como civilización-Estado de planificación a largo plazo; la irrupción de la inteligencia artificial como infraestructura civilizatoria; y la crisis terminal de legitimidad de las instituciones nacidas en 1945 — instituciones capaces hoy de documentar un genocidio en tiempo real y, simultáneamente, incapaces de detenerlo.
La investigación rechaza tratar estos fenómenos como procesos independientes. La economía política del rearme europeo, la infraestructura euroasiática, el genocidio en Gaza, la guerra reabierta en el Líbano, los ataques contra Irán de 2026 y el empantanamiento de Ucrania serán comprendidos como expresiones distintas de una misma transición histórica, examinadas mediante un enfoque deliberadamente policéntrico: ningún actor será usado como medida universal del resto. Para ello, el trabajo dialoga de manera permanente con cuatro pensadores chinos contemporáneos —Wang Huning, Yan Xuetong, Zhao Tingyang y Qin Yaqing— y con la documentación de los órganos internacionales de derechos humanos, en particular el corpus de la Relatora Especial Francesca Albanese.
La conclusión que el recorrido irá construyendo es que la verdadera disputa del siglo XXI ya no gira solo en torno a territorios, recursos o mercados. Gira en torno a la capacidad de hacer circular el mundo — y de decidir quién queda detenido cuando las rutas se cierran.
Introducción
Toda época cree vivir acontecimientos extraordinarios. Pocas generaciones comprenden que lo que verdaderamente está cambiando no son los acontecimientos, sino el sistema completo que les otorga significado. Los titulares diarios transmiten la impresión de un planeta sumido en el caos: Ucrania, Gaza, Líbano, Taiwán, Irán, aranceles, inteligencia artificial, BRICS, OTAN, semiconductores. Cada fenómeno parece reclamar su propio espacio analítico y producir especialistas dedicados exclusivamente a ese fragmento de la realidad. Esa fragmentación es, precisamente, uno de los principales obstáculos para comprender el momento histórico, porque la realidad no ocurre por compartimentos. Las guerras modifican el comercio; el comercio reorganiza la industria; la industria redefine la tecnología; la tecnología transforma el poder militar; el poder militar altera la diplomacia; la diplomacia condiciona el derecho internacional; el derecho modifica la legitimidad política; la legitimidad determina la estabilidad económica; y la economía termina financiando las capacidades científicas que volverán a transformar la guerra. Todo forma parte del mismo sistema.
Durante buena parte del siglo XX, el centro de gravedad del análisis internacional estuvo fijado por la experiencia histórica de Occidente. Incluso cuando los estudios se referían a Asia, África o América Latina, la pregunta seguía siendo occidental: ¿cómo afectan estos procesos al orden construido por Europa y liderado después por Estados Unidos? Esa estructura intelectual sigue dominando la producción académica, periodística y estratégica. Cuando China aparece, lo hace como “el desafío chino”. Cuando Rusia actúa, se habla de “la amenaza rusa”. Cuando los BRICS se expanden, se interpretan como “cuestionamiento del orden liberal”. Hasta el concepto de multipolaridad suele formularse desde una premisa implícita: la existencia previa de un centro cuya pérdida de predominio necesita ser explicada.
Esta investigación parte de una sospecha distinta. Quizás el problema no sea únicamente que el mundo esté cambiando; Quizás también estén quedando obsoletas las categorías intelectuales con que intentamos comprenderlo. La geopolítica contemporánea sigue usando, muchas veces sin advertirlo, conceptos nacidos para interpretar la Guerra Fría o la expansión liberal posterior a 1991. Pero esos conceptos describen con creciente dificultad un escenario donde China planifica su desarrollo con horizontes de décadas, donde India emerge como potencia tecnológica y demográfica, donde África adquiere peso estratégico por sus minerales críticos y su crecimiento poblacional, donde el Sur Global comienza a crecer colectivamente, donde las rutas ferroviarias euroasiáticas redibujan la geografía económica, donde la inteligencia artificial reorganiza a la vez la producción, la guerra, la educación y la administración pública, y donde organismos creados hace más de ochenta años enfrentan cuestionamientos que provienen, incluso, de algunos de sus principales fundadores. No estamos asistiendo únicamente a un cambio de actores. Estamos asistiendo al reemplazo progresivo del escenario completo.
Esta investigación no pretende responder quién ganará la competencia entre Estados Unidos y China, ni demostrar la superioridad de un modelo político sobre otro. Su es más ambicioso y, al mismo tiempo, más elemental: comprender cuál es la lógica profunda que conecta procesos aparentemente inconexos, y por qué buena parte del pensamiento estratégico contemporáneo sigue describiendo el presente con categorías que pertenecen al pasado. Para responder esa pregunta habrá que abandonar una práctica habitual de los estudios internacionales: tomar una sola tradición intelectual como punto de partida. El pensamiento estratégico occidental es una herramienta extraordinariamente poderosa para comprender el ascenso del capitalismo, la formación del Estado moderno, la expansión colonial, las guerras mundiales y el orden atlántico. Pero resulta insuficiente para interpretar una civilización que nunca planea su desarrollo bajo esos supuestos. Comprender China exige leer a China — no solamente sus estadísticas, sino sus conceptos, sus categorías históricas, su filosofía política, su forma de comprender el tiempo, su idea del orden, su relación entre armonía y conflicto.
Por eso este trabajo dialogará de manera permanente con cuatro de los pensadores chinos más influyentes del presente: Wang Huning, arquitecto intelectual de buena parte de la doctrina política contemporánea china; Yan Xuetong, creador de una teoría del liderazgo internacional basada en el realismo moral; Zhao Tingyang, cuya reinterpretación del concepto Tianxia propone una arquitectura alternativa del orden mundial; y Qin Yaqing, autor de una teoría relacional de las relaciones internacionales profundamente distinta del individualismo predominante en el pensamiento occidental. No aparecerán como un capítulo especializado sobre China: serán interlocutores permanentes, en diálogo continuo con autores occidentales, organismos internacionales y las decisiones estratégicas de las grandes potencias.
Porque el propósito último de esta investigación no consiste en sustituir una narrativa occidental por una narrativa oriental. Consiste en comprender cómo distintas civilizaciones están imaginando, simultáneamente, el mundo que viene. Y en comprender que esa disputa ya no se libra solamente sobre territorios, mercados o recursos naturales: se libra sobre el significado mismo del progreso, del orden, del conocimiento y —por primera vez en la historia de la humanidad— sobre las futuras formas de inteligencia que convivirán con nuestra civilización.
CAPÍTULO I. CUANDO LOS MAPAS MENTALES DEJAN DE EXPLICAR EL MUNDO
“No existe nada más peligroso que seguir utilizando un mapa correcto para un territorio que ya no existe”. (La frase no pertenece a ningún autor: resumen el principio metodológico de esta investigación.)
La ceguera de los vencedores
Toda potencia dominante desarrolla una ilusión recurrente: confundir el orden que construyó con el orden natural del mundo. Le ocurrió al Imperio Romano, le ocurrió al Británico, y le ocurrió a Estados Unidos después de 1991. El derrumbe de la Unión Soviética fue interpretado en Occidente no solo como una victoria geopolítica, sino como la confirmación definitiva de que el capitalismo liberal, la democracia representativa y la globalización dirigida por Estados Unidos constituían el destino inevitable de la humanidad. Francis Fukuyama sintetizó esa sensación al hablar del “fin de la historia”, y más allá de las críticas posteriores, la tesis capturaba un estado psicológico colectivo: no que dejarían de existir guerras, sino que ya no existirían modelos alternativos con capacidad real de disputar la organización del sistema mundial. La democracia liberal sería perfeccionada, los mercados se integrarían al planeta, las instituciones multilaterales consolidarían un orden basado en reglas, la tecnología aceleraría la convergencia. La expansión de Internet parecía confirmarlo; China ingresó a la Organización Mundial del Comercio; Rusia participó en los foros económicos occidentales; las cadenas globales de producción alcanzaron una complejidad sin precedentes. Todo parecía indicar que la historia caminaba en una sola dirección.
Bajo esa superficie, sin embargo, ocurriría algo distinto. Occidente suponía que la apertura económica produciría inevitablemente apertura política. China suponía exactamente lo contrario: que la apertura económica podía usarse para fortalecer las capacidades nacionales. Occidente creyó estar exportando capitalismo. China entendió que había tiempo importante: tiempo para aprender, para industrializarse, para formar científicos, para construir universidades e infraestructura, para absorber tecnología, para acumular capital. Mientras Washington imaginaba una convergencia ideológica, Beijing ejecutaba una convergencia tecnológica. No eran el mismo proyecto. Simplemente usaban el mismo escenario.
Dos concepciones del tiempo
Aquí aparece la primera diferencia filosófica profunda. Occidente piensa políticamente en ciclos cortos: elecciones, presupuestos anuales, mandatos presidenciales, resultados trimestrales, rentabilidad inmediata. China piensa de otra manera: no porque ignore el corto plazo, sino porque el corto plazo está siempre subordinado a una trayectoria más extensa.
El XV Plan Quinquenal solo puede comprenderse como el quinto minuto de una conversación que comenzó hace décadas. No existe como documento aislado: es un tramo operativo dentro de una planificación acumulativa, donde cada plan prepara las condiciones del siguiente. La lógica no consiste en improvisar; consiste en construir continuidad. Muchos analistas occidentales estudian cada plan como si fuera una política nueva; Desde Beijing ocurre lo contrario: cada plan es una corrección incremental sobre una trayectoria ya definida. No se cambia el destino. Se ajusta el camino. Este modo de pensar tiene consecuencias geopolíticas enormes. Mientras muchas democracias modifican sus prioridades nacionales cada cuatro o cinco años, China puede sostener políticas industriales durante veinte o treinta: ferrocarriles, educación superior, semiconductores, redes eléctricas, industria aeroespacial, computación cuántica, inteligencia artificial. Eso no garantiza el éxito, pero otorga una extraordinaria en proyectos cuya maduración exige décadas. Occidente suele preguntarse qué hará China en los próximos cinco años. La pregunta china probablemente sea otra: qué lugar ocupará China dentro de treinta, y qué debe hacerse hoy para llegar allí. Son temporalidades distintas — y una diferencia de temporalidad termina produciendo diferencias de estrategia.
Wang Huning y la civilización-Estado
Ningún autor ayuda mejor a comprender esta continuidad que Wang Huning. Fuera de China su nombre sigue siendo relativamente desconocido; Sin embargo, es probablemente el intelectual político más influyente del siglo XXI. Ha trabajado con Jiang Zemin, con Hu Jintao y con Xi Jinping: tres liderazgos, tres etapas, tres generaciones políticas — y Wang permanece. El dato ya es una pista. Mientras en muchas democracias los grandes intelectuales cambian junto con los gobiernos, Wang representa una continuidad doctrinaria. No es un asesor: es uno de los arquitectos conceptuales del Estado contemporáneo chino.
Tras recorrer universidades, ciudades y centros políticos estadounidenses a fines de los años ochenta, Wang quedó impresionado por la enorme capacidad científica y tecnológica del país. Pero observar algo más: una sociedad extraordinariamente innovadora y, al mismo tiempo, crecientemente fragmentada. Décadas después, esa intuición adquiere una importancia extraordinaria. Para Wang, una civilización no sobrevive únicamente gracias a su economía: necesita cohesión, identidad, continuidad, una narrativa común. Mientras buena parte del pensamiento liberal considera que la sociedad surge desde los individuos, Wang invierte el pensamiento: la fortaleza colectiva es la condición que hace posible el desarrollo individual. No es solo una diferencia política. Es una diferencia antropológica — y atraviesa todo el proyecto chino contemporáneo. Occidente suele interpretar el fortalecimiento del Estado chino como un obstáculo para el desarrollo; China entiende exactamente lo contrario: un Estado fuerte es el instrumento que sostiene el desarrollo durante generaciones. Esa divergencia explica buena parte de los malentendidos entre ambos mundos.
El error occidental sobre China
Durante años predominó una aplicación sencilla: a medida que China se enriqueciera, terminaría pareciéndose políticamente a Occidente. No ocurrió, y no ocurrió porque la hipótesis partía de un supuesto equivocado: confusión de modernización con occidentalización. China se modernizó —industrializó, urbanizó, digitalizó, electrificó, educó, investigó, construyó— pero no occidentalizó su arquitectura política. El error consistió en asumir que ambas transformaciones eran inseparables. La historia demuestra que no lo son.
Aquí aparece una cuestión metodológica esencial para esta investigación. No se trata de determinar cuál modelo es superior, sino de comprender que ambos parten de supuestos distintos sobre cómo se organiza una sociedad. Mientras Occidente coloca al individuo como unidad analítica inicial, China tiende a pensar primero el sistema: el individuo existe, pero dentro de una estructura más amplia: la familia, la comunidad, el Estado, la civilización. La diferencia alcanza incluso a la inteligencia artificial. Occidente pregunta cómo proteger la libertad individual frente a la IA; China pregunta cómo integrar la IA al desarrollo colectivo. No son respuestas distintas: son preguntas distintas. Y las preguntas determinan las respuestas posibles.
El mundo no cambió en 2022
Hay otra idea que conviene desmontar desde el comienzo. Muchos análisis sitúan el inicio del nuevo mundo en la invasión rusa de Ucrania; otros en la pandemia, en la llegada de Trump, en la crisis financiera de 2008. Todos identifican momentos importantes; Ninguno explica el proceso completo.
El cambio comenzó mucho antes. Probablemente cuando China decidió que la apertura económica serviría para fortalecer las capacidades nacionales y no para disolverlas. probablemente cuando Occidente trasladó su capacidad manufacturera hacia Asia creyendo que conservaría indefinidamente el monopolio del conocimiento. Probablemente cuando Internet dejó de ser una red académica para convertirse en infraestructura económica, y cuando la producción se fragmentó en cientos de etapas distribuidas por el planeta. El nuevo mundo no nació con una guerra: la guerra se hizo visible un proceso que llevaba décadas desarrollándose.
El matiz es fundamental. Porque si la transformación comenzó mucho antes, tampoco terminará cuando termine la guerra de Ucrania. Lo que está cambiando no depende de una batalla: depende de una redistribución mucho más profunda de capacidades industriales, científicas, energéticas y tecnológicas. Y esa redistribución comenzará incluso si mañana desaparecieran todos los conflictos armados.
CAPÍTULO II. EL MUNDO YA NO GIRA SOBRE EL ATLÁNTICO
“No existe un orden internacional sin una idea del mundo que lo sostenga.”
El centro no es un lugar: es una capacidad
Hay una imagen profundamente arraigada en el pensamiento occidental: el mundo posee un centro. Durante siglos ese centro fue Europa; después de 1945 comenzó a desplazarse hacia Estados Unidos; Tras la desaparición de la Unión Soviética, el sistema pareció transformarse definitivamente en un orden organizado alrededor de una única potencia. Pero esa imagen contiene un problema: confunde geografía con estructura.
El centro del mundo nunca ha sido un punto del mapa. Ha sido la región capaz de concentrar simultáneamente cinco capacidades fundamentales: producción, conocimiento, finanzas, poder militar y la facultad de definir las reglas que los demás aceptan. Cuando una región deja de reunir esas cinco condiciones, el centro comienza a desplazarse — aunque los mapas sigan dibujándose igual.
La historia económica enseña que esos desplazamientos ocurren lentamente y solo después se vuelven evidentes. Fernand Braudel comprobará que las economías-mundo nunca permanecen inmóviles; Giovanni Arrighi desarrolló esa intuición mostrando cómo los grandes ciclos de acumulación pasan de una potencia a otra a lo largo de la historia del capitalismo. Sus obras permiten comprender que las transiciones hegemónicas son procesos de varias décadas, sin acontecimientos puntuales.
Conviene fijar desde ahora la posición de este libro dentro de esa conversación. La literatura estadounidense dominante ha encuadrado la transición como colisión: Graham Allison popularizó la «trampa de Tucídides» —la supuesta tendencia estructural a la guerra cuando una potencia emergente amenaza a una establecida (Allison, 2017)—, y John Mearsheimer sostiene que el ascenso chino no puede ser pacífico porque la lógica anárquica del sistema obliga a toda gran potencia a buscar la hegemonía regional (Mearsheimer, 2001). Este trabajo discute ambos encuadres en su premisa compartida: los dos miden la transición con el reloj de las transiciones europeas, como si la única gramática posible del ascenso fuera de la que producen las guerras occidentales. La perspectiva de Arrighi resulta aquí más fértil: en su último gran trabajo anticipó precisamente la posibilidad de una transición centrada en Asia oriental que siguiera una vía de mercado y acumulación antes que de conquista militar (Arrighi, 2007). Los capítulos que siguen someterán esa hipótesis a prueba — sin darla por demostrada, pero sin aceptar tampoco que la trampa griega sea el destino obligatorio del siglo chino.
La dirigencia china, por lo demás, la fórmula sin rodeos: Xi Jinping viene repitiendo desde 2017 que el mundo atraviesa “cambios no vistos en un siglo” —una fórmula que la prensa occidental suele citar como retórica y que es, en realidad, una tesis de periodización histórica. Este trabajo adopta esa perspectiva temporal. No estudiaremos una crisis. Estudiaremos una transición.
China no es un “desafío”: es una reorganización
Gran parte de la literatura estratégica estadounidense usa una expresión recurrente: the China Challenge, el desafío chino. La formulación parece inocente y no lo es, porque toda formulación presupone un punto de observación. Si China constituye un “desafío”, ¿desafío para quién? La expresión solo tiene sentido si se toma como referencia el orden liderado por Estados Unidos. Desde Beijing, la pregunta es otra: China no se define oficialmente como desafío para nadie; se presenta como un proyecto nacional de modernización cuyo objetivo es construir —según la fórmula reiterada por su dirigencia durante años— un país socialista moderno, fuerte, próspero, democrático, culturalmente avanzado, armonioso y bello. No corresponde aceptar sin crítica ninguna de las dos narrativas. Corresponde comprender que responden a racionalidades diferentes.
Aquí reaparece Wang Huning, y conviene precisar su lugar. En Occidente suele describírselo como ideólogo del Partido; la caracterización es demasiado estrecha. Wang piensa en escalas históricas, y su preocupación permanente gira alrededor de una pregunta que prácticamente no existe en la tradición estadounidense: ¿cómo evitar que una civilización de más de cinco mil años pierda continuidad durante la modernización? Estados Unidos nació ya dentro de la modernidad; China debía modernizar una civilización anterior al Estado moderno europeo. Por eso Wang insiste en combinar apertura con continuidad institucional, innovación con estabilidad, modernización con cohesión cultural. Su diagnóstico juvenil sobre Estados Unidos —esa potencia tecnológica formidable atravesada por una fragmentación social creciente, que el capítulo anterior presentó— no fue una nota de viaje: fue el programa negativo de todo su pensamiento posterior. Más que copiar el modelo estadounidense, China debía aprender de sus fortalezas evitando reproducir lo que Wang leyó como sus debilidades estructurales. Aquí comienza a separarse el camino chino del occidental.
El tiempo como recurso estratégico
Uno de los errores más frecuentes consiste en interpretar los planos quinquenales como programas administrativos comparables a los planos nacionales de desarrollo de otros gobiernos. No lo son: funcionan como instrumentos operativos dentro de una planificación mucho más extensa. El XV Plan Quinquenal (2026-2030) debe leerse junto con las metas hacia 2035 y con los objetivos definidos para mediados del siglo. No existe aislado. Es una estación, no el viaje.
La consecuencia práctica es visible en cada sector que hoy sostiene el peso económico chino: la red ferroviaria de alta velocidad, la electrificación, la expansión universitaria, la industria naval, los vehículos eléctricos, los centros de datos, la inteligencia artificial. Ninguno nació durante un único quinquenio; todos son acumulaciones sucesivas, con rectificaciones incorporadas en cada etapa pero sin abandonar el horizonte general. Occidente suele observar el resultado. China suele planificar la trayectoria.
Yan Xuetong: el poder no basta
Si Wang Huning ayuda a comprender la continuidad del Estado chino, Yan Xuetong permite entender cómo Beijing interpreta el liderazgo internacional. Yan es uno de los internacionalistas más influyentes de Asia, y su propuesta —el realismo moral— es una discusión directa con el realismo clásico estadounidense. Autores como Hans Morgenthau o John Mearsheimer colocando el poder material en el centro del sistema internacional; Yan acepta la importancia del poder, pero introduce un elemento adicional: el liderazgo político. Las grandes potencias pueden acumular recursos militares y económicos extraordinarios y aun así fracasar, si no generan la legitimidad suficiente para atraer aliados duraderos.
En Ancient Chinese Thought, Modern Chinese Power (2011), Yan recupera para ello una distinción de la filosofía política china clásica: la diferencia entre la autoridad humana —wangdao, el liderazgo que otros siguen porque lo consideran moralmente confiable— y la mera hegemonía —badao, el dominio que se sostiene en la capacidad de obligar. Su argumento recuerda parcialmente el “poder blando” de Joseph Nye, pero difiere en lo decisivo: no se trata de proyectar una imagen atractiva, sino de ejercer un liderazgo que otros actores perciben como moralmente superiores. Esto no significa que China ya posea ese liderazgo; significa que una parte importante de su pensamiento estratégico considera insuficiente explicar la política internacional solo mediante capacidades militares.
La idea adquiere enorme relevancia al observar el comportamiento reciente del sistema. Muchos países del Sur Global mantienen relaciones simultáneas con Washington, Beijing, Moscú, Bruselas y Nueva Delhi — no por ambigüedad, sino para maximizar la autonomía: no desean sustituir una dependencia por otra. Desde esa perspectiva, la competencia entre Estados Unidos y China ya no consiste únicamente en fabricar más portaaviones o más semiconductores. Consiste en demostrar qué proyecto resulta más estable, más previsible y más beneficioso para terceros.
El error de mirar solamente los ejércitos.
Hay una consecuencia metodológica más. Durante gran parte del siglo XX la geopolítica se explicó mediante fronteras, bases militares y equilibrio nuclear. Todo eso sigue siendo relevante, pero ya no es suficiente. El verdadero mapa estratégico del siglo XXI incluye también puertos, ferrocarriles, cables submarinos, centros de datos, redes eléctricas, constelaciones satelitales, minerales críticos, semiconductores, corredores logísticos, plantas de baterías e infraestructura de inteligencia artificial. El poder ya no puede medirse solo por la cantidad de tanques: debe medirse por la capacidad de mantener funcionando una economía altamente compleja.
China comprendió temprano esa transformación. Por eso resulta insuficiente describir la Franja y la Ruta únicamente como un proyecto de infraestructura: es también una reorganización logística del comercio mundial, donde cada puerto financiado, cada corredor ferroviario, cada gasoducto y cada cable de fibra óptica constituye una reducción potencial de vulnerabilidades estratégicas. Mientras numerosos análisis occidentales interpretan esa infraestructura como instrumento de influencia política, Beijing la presenta como condición material del desarrollo compartido. Esta investigación no aceptará automáticamente ninguna de las dos versiones: analizará caso por caso, porque una infraestructura puede beneficiar simultáneamente al receptor y al financiador. La geopolítica rara vez funciona en suma cero.
Una pregunta incómoda
Llegados a este punto conviene formular una pregunta que rara vez aparece en los debates públicos occidentales: si China hubiera intentado construir su ascenso mediante campañas militares comparables a las grandes intervenciones estadounidenses de las últimas décadas, ¿habría alcanzado su posición económica actual? probablemente no. Su expansión ha descansado, sobre todo, en producción industrial, comercio, infraestructura, financiación, educación e inversión. Eso no significa ausencia de intereses estratégicos, ni de coerción, ni de conflictos. Significa que la principal herramienta de expansión china ha sido económica antes que militar.
Esta diferencia será fundamental cuando analicemos las rutas, la economía política del rearme occidental y la militarización del Atlántico Norte. Porque una de las hipótesis centrales de esta investigación es precisamente esta: mientras una parte del bloque atlántico reorganiza su economía alrededor de la seguridad y la defensa, China sigue intentando reorganizar la economía mundial alrededor de la producción, la logística y la conectividad. No porque sea altruista, sino porque ese modelo es coherente con la estructura sobre la cual construyó su poder.
CAPÍTULO III. DOS PROYECTOS DE CIVILIZACIÓN
“La pregunta decisiva ya no es quién tiene más poder, sino qué tipo de orden considera legítimo ejercer.”
Cuando el mundo deja de tener un solo lenguaje
Durante aproximadamente tres décadas, gran parte de la literatura sobre relaciones internacionales afirmó que existía un lenguaje prácticamente universal para hablar del orden mundial: democracia liberal, mercado, globalización, gobernanza, Estado de derecho, instituciones multilaterales, derechos humanos. Estos conceptos siguen siendo esenciales, pero dejaron de ser suficientes para describir la totalidad del sistema internacional. No porque hayan perdido validez, sino porque dejaron de ser los únicos marcos desde los cuales se piensa el mundo. La observación exige una enorme prudencia metodológica. No significa que todos los modelos sean equivalentes, ni relativizar principios universales. Significa reconocer que distintas civilizaciones organizan de manera diferente la relación entre individuo, comunidad, Estado, historia y poder. Mientras Occidente desarrollaba el Estado moderno desde una tradición que privilegiaba la autonomía del individuo frente al poder político, China desarrolló una continuidad histórica donde el Estado aparece como garantía de estabilidad civilizatoria. Son genealogías distintas — y toda genealogía produce categorías distintas. Por eso, intentar comprender el pensamiento estratégico chino usando exclusivamente conceptos nacidos en Europa entre los siglos XVII y XIX conduce, muchas veces, a errores de interpretación. No porque esos conceptos sean incorrectos, sino porque fueron construidos para responder preguntas diferentes.
Zhao Tingyang y la idea de Tianxia
Si Wang Huning representa la reflexión sobre la continuidad del Estado y Yan Xuetong la discusión sobre el liderazgo, Zhao Tingyang introduce una pregunta más radical: ¿y si el problema del orden mundial no fuera únicamente quién ocupa la hegemonía, sino el concepto mismo de orden internacional?
Zhao recupera un antiguo concepto chino: Tianxia, que suele traducirse como “todo bajo el cielo”. La traducción literal puede inducir un error: no se refiere a un territorio inmenso, sino a una forma de pensar el mundo. En la tradición política occidental moderna, el punto de partida es el Estado soberano: primero existen los Estados, después de establecer relaciones, finalmente construirán instituciones internacionales. En Tianxia el razonamiento aparece invertido: primero existe el mundo, y después las comunidades políticas encuentran su lugar dentro de él. La diferencia parece filosófica; en realidad es profundamente geopolítica, porque modifica la pregunta fundamental. Occidente pregunta cómo pueden coexistir Estados soberanos. Zhao pregunta cómo puede existir un mundo políticamente estable si cada Estado actúa únicamente según su propio interés. No se trata de aceptar automáticamente su respuesta. Se trata de comprender que la pregunta es distinta — y una pregunta distinta reorganiza completamente el campo de discusión.
El concepto, hay que decirlo, no circula sin resistencia — y este libro no ocultará a sus críticos. William Callahan formuló tempranamente la objeción más seria: el Tianxia, sostiene, no sería un universalismo posthegemónico sino una nueva hegemonía con vestimenta cosmopolita — una jerarquía sinocéntrica que se presenta como orden de todos precisamente porque su centro se declara invisible (Callahan, 2008). La crítica es poderosa: el Tianxia histórico fue, en efecto, un sistema tributario con Beijing en la cúspide, y proyectarlo como arquitectura futura sin examinar esa genealogía equivale a disfrazar de inclusión lo que fue subordinación ritualizada. Zhao responde que su propuesta es una reinvención filosófica y no una restauración imperial; pero la carga de la prueba, como veremos cuando analizamos la Franja y la Ruta, recae sobre la práctica: la pregunta de si puede existir una china roja sin centralidad china no es un ataque occidental al concepto — es el examen que el propio concepto debe aprobar.
¿Es posible un orden sin enemigos permanentes?
Aquí Zhao se separa incluso de buena parte del realismo clásico. En muchas escuelas occidentales, el conflicto aparece como condición prácticamente inevitable del sistema internacional: la competencia es la regla, la cooperación la excepción. Zhao intenta invertir esa lógica. Su tesis, desarrollada en All Under Heaven (2021), sostiene que un orden estable no puede construirse simplemente equilibrando enemigos: debe producir relaciones donde los actores encuentren más beneficios permaneciendo dentro del sistema que destruyéndolo. La implicancia es enorme, porque desplaza el foco desde el equilibrio militar hacia la arquitectura institucional. No basta con impedir guerras. Hay que
construir un orden donde la guerra resulta cada vez más irracional.
Y aquí aparece una coincidencia notable con la estrategia económica china contemporánea. El enorme desarrollo de infraestructura internacional —ferrocarriles, puertos, corredores energéticos, redes digitales— puede interpretarse no solamente como expansión comercial, sino como una forma de aumentar el costo económico del conflicto. Mientras mayor sea la interdependencia material, más costosa resulta una ruptura generalizada. Esto no elimina las guerras. Pero modifica los incentivos.
El comercio como arquitectura de paz… y de poder
Existe una frase repetida innumerables veces desde el liberalismo económico: los países que comercian entre sí no se hacen la guerra. La historia demuestra que la afirmación es demasiado optimista —las potencias han comerciado incluso mientras combatían—, pero contiene una intuición parcialmente correcta: la interdependencia modifica el cálculo estratégico.
Conviene entonces introducir una idea que atravesará toda esta investigación. China no necesita un mundo pacífico porque sea filosóficamente pacifista. Necesita un mundo relativamente estable porque su arquitectura económica depende de cadenas internacionales extremadamente complejas: cada guerra importante introduce incertidumbre sobre seguros marítimos, transporte, puertos, energía, financiamiento, materias primas y mercados de consumidores. Esto no significa que China renuncie a la fuerza cuando considera afectados intereses que juzga esenciales. Significa otra cosa: su modelo de expansión obtiene mayores beneficios de un planeta conectado que de un planeta destruido. El verdadero poder chino no descansa únicamente en producir mercancías. Descansa en mantenerlas circulando.
Qin Yaqing y las relaciones como poder
Hasta ahora hemos hablado del Estado, del liderazgo, del orden mundial. Qin Yaqing presenta el último desplazamiento conceptual y el más sutil. Buena parte de la teoría occidental imagina primeros actores independientes y luego estudia las relaciones entre ellos; Qin propone invertir el razonamiento: las relaciones no son consecuencia de los actores — también contribuyen a producirlos. En su formulación más citada, las relaciones crean las identidades de los actores (Qin, 2018).
Parece una discusión filosófica. Observe un ejemplo: Taiwán. Numerosos análisis occidentales lo presentan como un problema territorial. Desde la perspectiva de Qin, la pregunta sería otra: ¿qué tipo de relación histórica, económica, cultural y política producen simultáneamente cooperación e identidad compartida, pero también conflicto? La relación deja de ser un simple vínculo: pasa a formar parte de la realidad misma.
Este enfoque ayuda enormemente a comprender por qué tantos países del Sur Global mantienen relaciones simultáneas con Estados Unidos, China, Rusia, Europa, India y los países del Golfo. No necesariamente porque sean ambiguos, sino porque consideran que la riqueza de las relaciones es, en sí misma, un recurso estratégico. La autonomía ya no consiste en aislarse. Consiste en evitar depender exclusivamente de un solo centro. Volveremos sobre esta teoría una y otra vez a lo largo del libro —en la infraestructura, en Europa, en América Latina—, porque es probablemente la herramienta más fértil de todo el instrumental chino contemporáneo.
Aquí comienza a cambiar nuestra pregunta
Hasta este punto podría parecer que escribimos un capítulo sobre filosofía política china. No es así: estamos modificando deliberadamente la herramienta con la cual analizaremos el resto del libro. Porque si seguimos usando únicamente categorías occidentales, terminaremos describiendo a China como una anomalía permanente — y eso impediría comprender el verdadero fenómeno histórico.
La pregunta ya no debe ser por qué China no terminó pareciéndose a Occidente. La pregunta correcta es otra: ¿por qué Occidente dio por inevitable que todas las civilizaciones terminarían organizándose según sus propias categorías históricas? El cambio metodológico es decisivo, porque libera la investigación de una premisa invisible: la idea de que existe una única trayectoria legítima hacia la modernidad. No. Existen modernidades distintas. Algunos priorizan mercados, otras industrias; algunos individuos privilegiados, otras continuidad institucional; algunas piensan en ciclos electorales, otras en generaciones. Y todas interactúan simultáneamente dentro del mismo sistema internacional.
Una advertencia necesaria
Llegados aquí debo introducir una advertencia que acompañará toda la investigación: comprender no significa adherir; Explicar no significa justificar. Analizar la racionalidad estratégica china no equivale a convertirla en verdad universal, del mismo modo que analizar la racionalidad occidental no implica asumirla como descripción objetiva del mundo. Este libro no busca construir una nueva ortodoxia. Intenta mostrar cómo diferentes proyectos civilizacionales interpretan el mismo planeta desde presupuestos profundamente distintos.
Y precisamente por eso comenzarán a aparecer zonas de fricción. Porque esos proyectos no compiten solamente por mercados: compiten por definir qué significa desarrollo, qué significa legitimidad, qué significa seguridad, qué significa soberanía y, cada vez más, qué significa inteligencia. Hasta aquí hemos observado cómo China piensa el orden. En el próximo capítulo estudiaremos cómo Occidente responde a la pérdida progresiva de centralidad — y allí aparecerá un elemento que suele permanecer oculto detrás del discurso de la seguridad: la economía política del miedo.
CAPÍTULO IV. LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL MIEDO
La amenaza como presupuesto, la guerra como mercado y Europa como territorio de rearme
Una guerra puede ser real y su narrativa, al mismo tiempo, ser industrialmente rentable.
La guerra de Ucrania es real. Lo son sus muertos, sus mutilados, sus desplazados, las ciudades destruidas, los territorios ocupados y las familias separadas. También es real la invasión rusa iniciada en febrero de 2022 y el riesgo que representa para los países de su entorno inmediato. Reconocerlo no obliga, sin embargo, a aceptar sin examen la narrativa según la cual Rusia prepara inevitablemente una ofensiva contra el conjunto de Europa, y las sociedades europeas deben organizar durante décadas su economía, su infraestructura y su vida civil alrededor de esa hipótesis. Aquí comienza la tarea que el periodismo no puede delegar en los gobiernos ni en los mandos militares: separar el hecho bélico de la explotación política, presupuestaria y financiera de ese hecho. Una guerra puede tener causas concretas y, simultáneamente, generar actores interesados en prolongar su interpretación más expansiva. Puede comenzar por razones territoriales, históricas o de seguridad, y terminar convertida en argumento para programas industriales que la exceden. Puede ser una tragedia humana y, para otros, una oportunidad de mercado. La existencia de una amenaza no demuestra que todas las medidas adoptadas en su nombre sean necesarias, ni que la magnitud asignada a esa amenaza sea objetiva, ni mucho menos que los beneficiarios económicos de la respuesta militar sean observadores neutrales de la realidad.
La pregunta, entonces, no es si Rusia representa un peligro. La pregunta rigurosa es otra: ¿qué peligro concreto representa, para qué países, en qué horizonte temporal, con qué capacidades demostradas y bajo qué condiciones políticas? Y enseguida: ¿quién cuantifica ese peligro?, ¿quién define la respuesta adecuada?, ¿quién recibe los contratos?, ¿quién financia el endeudamiento?, ¿quién transforma las decisiones públicas en productos de inversión?, ¿quién pierde recursos presupuestarios cuando la defensa se convierte en prioridad superior a todos los demás? Sin estas preguntas, el concepto de seguridad deja de funcionar como categoría analítica y se transforma en contraseña ideológica.
De la defensa de Ucrania a la preparación permanente de Europa
La decisión más reveladora no fue una transferencia específica de armas a Kiev. Fue la conversión de la preparación bélica en el horizonte económico europeo. En junio de 2025, los países de la OTAN acordaron encaminarse hacia un gasto equivalente al 5% de sus productos internos brutos para 2035: al menos 3,5% destinado a funciones militares centrales, y hasta 1,5% contabilizable en infraestructura crítica, resiliencia, redes, preparación civil e innovación vinculada a defensa (OTAN, 2025). La propia declaración de la cumbre justificó el salto caracterizando a Rusia como amenaza de largo plazo para la seguridad euroatlántica.
Detengámonos en la cifra. Cinco por ciento del PIB no es una corrección presupuestaria: es una reorientación del Estado histórico. Significa que salud, educación, vivienda, pensiones, adaptación climática y lucha contra la pobreza deberán convivir con un compromiso militar de magnitud extraordinaria, a menos que los gobiernos una vez sustanciales los impuestos, aumenten su deuda o recorten otras funciones. No basta con que un gobierno declare que no habrá sacrificios sociales: la economía política obliga a preguntar de dónde saldrá el dinero, porque el presupuesto no es una abstracción moral. Es una distribución concreta de recursos escasos. Por eso no estamos ante una política
exclusivamente militar. Estamos ante una decisión sobre el tipo de Estado que Europa pretende ser.
ReArm Europe: el nombre fue demasiado honesto
La Comisión Europea presentó en 2025 el programa inicialmente denominado ReArm Europe —luego integrado en el marco Readiness 2030—, cuyo objetivo declarado fue crear las condiciones para movilizar hasta 800.000 millones de euros adicionales en defensa durante los años siguientes; el instrumento SAFE añadió una capacidad de préstamos de 150.000 millones para adquisiciones militares conjuntas (Comisión Europea, 2025a, 2025b). Conviene escribir la cifra completa, porque las abreviaturas anestesian: 800.000.000.000 de euros.
¿Qué habría ocurrido si la Comisión hubiera propuesto movilizar esa cantidad para construir vivienda pública, eliminar la pobreza energética, rescatar los servicios de salud o reconstruir la industria civil? Probablemente se habría abierto una discusión interminable sobre disciplina fiscal, déficit, reglas de competencia e interferencia estatal. Pero cuando el destino es militar, las prohibiciones doctrinarias del neoliberalismo se vuelven negociables. El Estado que durante décadas afirmó no poder dirigir la economía descubre repentinamente que sí puede hacerlo: puede garantizar la demanda, conceder préstamos, relajar las reglas fiscales, subvencionar capacidad industrial, coordinar compras, anticipar contratos, reducir trámites, intervenir en cadenas de suministro y convertir sectores enteros en prioridades estratégicas.
La cuestión, entonces, no es si el Estado posee capacidad para planificar. La cuestión es para qué y para quién decide utilizarla. El rearme europeo demuestra que la planificación pública nunca desapareció: fue restringida selectivamente cuando podía desafiar intereses privados o redistribuir riqueza hacia abajo, y recuperada para la industria militar vuelve a presentarse como necesidad nacional.
Keynesianismo militar: cuando la guerra reemplaza a la política industrial
Europa llega a esta carrera en un momento de debilidad. Ha perdido participación relativa en los sectores digitales decisivos; depende de plataformas estadounidenses, hardware asiático, energía importada y mercados exteriores; su industria automotriz enfrenta la ofensiva tecnológica china; el crecimiento es débil y las políticas de austeridad han erosionado la infraestructura y los servicios públicos. En ese contexto, el rearme ofrece algo que las élites europeas buscaban desde hacía años: una justificación políticamente poderosa para reactivar metalurgia, electrónica, aeronáutica, inteligencia artificial, ciberseguridad y producción energética. La defensa se convierte así en política industrial por otros medios.
No es necesario sostener que la guerra fue fabricada para vender armas; esa acusación, presentación sin evidencia, debilitaría la investigación. La tesis rigurosa es otra: la guerra abrió una oportunidad de reorganización industrial, y los actores beneficiados poseen razones materiales para impedir que la excepcionalidad se cierre. La diferencia es decisiva, porque no necesitamos demostrar una conspiración centralizada: basta estudiar la convergencia de incentivos. Los gobiernos necesitan mostrar determinación; los mandos militares, ampliar capacidades; las empresas, contratos previsibles; los accionistas, rentabilidad; los fondos, sectores de crecimiento; los centros de producción de escenarios de pensamiento de amenaza; los medios los convierten en atmósfera pública; y los partidos críticos son acusados de ingenio, debilidad o connivencia con el enemigo. Nadie necesita reunirse en una habitación secreta para que el sistema funcione. La estructura alinea comportamientos.
La amenaza como activo financiero
El gasto militar mundial alcanzó los 2.887 billones de dólares en 2025, tras uno años consecutivos de crecimiento; Europa aumentó su desembolso 14% en un solo año —el ritmo más acelerado desde 1953— hasta 864.000 millones de dólares, y los miembros de la OTAN concentraron el 55% del gasto militar del planeta (SIPRI, 2026). Estas cifras no describen únicamente armas. Describen flujos de capital: cada decisión presupuestaria genera expectativas de ingresos futuros para fabricantes, empresas de software, constructoras, bancos, aseguradoras, proveedores de energía y fondos de inversión.
La guerra contemporánea ya no está organizada solo por el complejo militar-industrial que denunció Dwight Eisenhower en 1961. Aquel concepto sigue siendo válido, pero ya no alcanza: la estructura actual es militar, industrial, financiera, tecnológica, logística y comunicacional. Una empresa fabrica misiles; otros sensores desarrollan; otro controla la nube donde se procesan los datos; otra produce los chips; un banco estructura el financiamiento; un fondo adquiere participaciones; una aseguradora cubre instalaciones; un gobierno garantiza las compras; un organismo supranacional flexibiliza las normas; un medio transforma la operación económica en deber moral. La guerra se convierte en ecosistema.
BlackRock: ni fabricante de armas ni actor inocente
Conviene detenerse en BlackRock, y conviene hacerlo con precisión, porque la imprecisión regala el argumento. BlackRock no es una compañía armamentística ni propietaria directa de todas las empresas cuyas acciones aparecen en sus fondos: es un gigantesco gestor de activos que administra capital de fondos de pensiones, instituciones y millones de inversores, y sus participaciones suelen ejercerse en nombre de esos clientes. Esta precisión es indispensable para no caer en la caricatura. Pero corregir la caricatura no significa absolver la estructura.
BlackRock y otros gestores como Vanguard y State Street concentran una capacidad extraordinaria para canalizar capital, definir productos financieros, participar en votaciones corporativas y traducir transformaciones geopolíticas en oportunidades de inversión. Y BlackRock presenta abiertamente la defensa europea como tema de inversión: en su comunicación comercial ha asociado el incremento del gasto militar con oportunidades derivadas de la “fragmentación geopolítica” (BlackRock, 2025-2026). No hay nada secreto en ello. Precisamente por eso es importante.
Cuando la seguridad colectiva se convierte en producto financiero, se produce un conflicto estructural entre dos temporalidades: la paz necesita que la amenaza disminuya; la inversión temática puede obtener rentabilidad si el gasto asociado a la amenaza continúa. Esto no significa que un fondo desee una guerra abierta —la guerra total destruye activos, mercados y estabilidad—. Puede convenirle algo más administrable: una inseguridad prolongada, suficientemente grave para sostener presupuestos extraordinarios, pero no tan destructiva como para derrumbar el sistema financiero. La paz completa cierra contratos. La guerra total destruye los mercados. La tensión permanente puede ser el punto de máxima rentabilidad. ¿Y no es este, precisamente, el régimen político-emocional instalado en Europa? No hay una guerra declarada entre la OTAN y Rusia. No hay paz negociada. Una preparación indefinida.
Wang Huning: cuando la economía comienza a devorar el sistema de valores
Aquí reaparece Wang Huning, no como oráculo infalible sino como interlocutor. En America Against America, publicado en 1991 tras su recorrido por Estados Unidos, Wang logró una sociedad de enorme capacidad técnica y productiva atravesada por una contradicción: el mercado había dejado de ser solo un mecanismo económico y comenzaba a penetrar dimensiones que antes pertenecían a la comunidad, la educación, la cultura y la vida moral. Su pregunta más incisiva puede resumirse en una frase breve —según la traducción inglesa que circula de la obra, cuyo original chino no cuenta con traducción oficial completa—: “Si el sistema de valores colapsa, ¿cómo puede sostenerse el sistema social?” Si el sistema de valores colapsa, ¿cómo puede sostenerse el sistema social? (Wang, 1991).
La pregunta debe dirigirse ahora a la Europa militarizada. ¿Qué ocurre cuando la seguridad deja de ser un bien público y se convierte en categoría de inversión? ¿Qué ocurre cuando la percepción del enemigo determina la valorización bursátil? ¿Qué clase de deliberación democrática puede existir si cuestionar el volumen del rearme se presenta como una amenaza a la nación? ¿Puede una sociedad evaluar racionalmente el peligro cuando una parte creciente de su aparato económico depende de que el peligro sea percibido como duradero? Wang temía que la comercialización de toda la vida social terminara erosionando las condiciones culturales que sostenían al propio capitalismo estadounidense. Aplicado al presente, su razonamiento permite formular otras hipótesis: el capitalismo militarizado puede terminar necesitando la inseguridad que afirma combatir.
¿Cuánto de la amenaza es capacidad y cantidad es proyección?
La propaganda occidental describe a Rusia como una potencia preparada para avanzar sobre Europa; la propaganda rusa presenta a la OTAN como un cerco ofensivo que pretende destruirla. Ambas narrativas seleccionan hechos reales y los organizan para producir un sentido total.
Rusia ha demostrado voluntad de recurrir a la fuerza, capacidad nuclear, producción militar creciente y disposición a sostener enormes costos humanos y económicos: en 2025, su gasto militar alcanzó el 7,5% del PIB (SIPRI, 2026). Pero también ha demostrado limitaciones. Una potencia que lleva años intentando dominar completamente a Ucrania no se convierte automáticamente en fuerza capaz de conquistar la Unión Europea y enfrentarse simultáneamente a la OTAN.
Esta contradicción rara vez se examina: Rusia es presentada al mismo tiempo como un ejército debilitado que puede ser derrotado en Ucrania y como una máquina expansiva capaz de amenazar el continente entero. ¿Pueden ambas cosas ser ciertas? Solo parcialmente. Puede ser incapaz de ocupar Europa y, al mismo tiempo, capaz de causar daños inmensos: atacar infraestructura, ejercer coerción nuclear, desestabilizar fronteras, realizar operaciones cibernéticas, agredir a Estados más pequeños. Pero de esa posibilidad no se deduce automáticamente que cada país europeo debería alcanzar el 5% de gasto definido por la OTAN. La magnitud de la respuesta requiere una demostración propia. La amenaza no puede funcionar como check en blanco.
Yan Xuetong: el liderazgo que necesita producir enemigos es un liderazgo en declive
El realismo moral de Yan ofrece una herramienta útil para cuestionar la respuesta atlántica. Su teoría no niega la competencia ni el poder militar; Sostiene que la jerarquía internacional depende también de la calidad del liderazgo y de la capacidad de atraer adhesiones. Una potencia dirige cuando otros consideran racional acompañarla — no simplemente cuando puede obligarlos. Es la vieja distinción entre wangdao y badao que presentamos en el Capítulo II, aplicado al Atlántico.
Desde ese prisma, la presión estadounidense sobre Europa exhibe una paradoja. Washington exige mayores contribuciones, condiciona compromisos de seguridad, aplica aranceles a sus aliados, utiliza controles tecnológicos extraterritoriales y, al mismo tiempo, reclama el liderazgo del bloque. ¿Se trata de liderazgo o de subordinación administrada? Europa aumenta su gasto, pero buena parte de sus sistemas críticos dependen de tecnología, inteligencia, componentes o autorizaciones estadounidenses; Incluso cuando compra armamento europeo, opera dentro de los estándares definidos por la OTAN. La autonomía estratégica prometida puede terminar produciendo una dependencia más profunda. Yan obliga a preguntar: ¿una alianza se fortalece cuando sus miembros adquieren mayor capacidad propia, o cuando aumentan su dependencia del centro que organiza la amenaza? Si Europa gasta más pero no decide de manera autónoma cuándo, contra quién y bajo qué doctrina usar sus capacidades, no ha adquirido soberanía. Ha financiado su integración subordinada.
Europa como compradora, campo logístico y frontera
La militarización no se limita a comprar armas. El componente adicional del compromiso de la OTAN permite contabilizar infraestructura crítica, redes, preparación civil, resiliencia y capacidad industrial: carreteras, puentes, puertos, ferrocarriles, telecomunicaciones y sistemas energéticos deberán evaluarse también por su utilidad militar. El propio SIPRI advierte que, a medida que los Estados corren hacia las nuevas metas, las fronteras entre gasto militar y gasto “relacionado con defensa y seguridad” corren el riesgo de difuminarse, reduciendo la transparencia (SIPRI, 2026).
Europa deja de ser solo un conjunto de sociedades: se convierte en teatro operativo. Los corredores civiles deben permitir el movimiento de tropas; los puertos, recibir material pesado; los puentes, soportar vehículos militares; los hospitales, incorporan escenarios de guerra; las redes digitales, integrarse a doctrinas de defensa. La transformación parece técnica, pero modifica la imaginación política: cuando cada infraestructura es reinterpretada como potencial activo militar, la guerra futura comienza a colonizar el presente. Todavía no ha ocurrido, pero ya organiza presupuestos, diseños urbanos y prioridades industriales. Esta es la forma más eficaz de una narrativa: no cuando convence a todos de una historia, sino cuando esa historia queda incorporada en cemento, deuda, contratos y leyes.
¿Quién se beneficia de una Europa que teme?
Estados Unidos obtiene varios beneficios simultáneos. Primero, obliga a los aliados a asumir una proporción mayor del costo del dispositivo militar occidental. Segundo, amplía los mercados para fabricantes estadounidenses y cadenas transatlánticas integradas. Tercero, limita la posibilidad de una arquitectura europea de seguridad separada de Washington. Cuarto, dificulta una relación económica autónoma entre Europa, Rusia y China. Quinto, consolida la idea de que la supervivencia europea depende de la protección estadounidense, incluso cuando la propia política estadounidense se vuelve menos previsible.
La paradoja es brutal: cuanto más cuestiona a Washington la confiabilidad de sus compromisos, más recursos destinan Europa a una alianza dirigida por Washington. La incertidumbre estadounidense no produce autonomía europea. Producir pánico europeo. Y el pánico acelera las compras.
China observa una autodestrucción estratégica
Desde Beijing, esta carrera tiene otra lectura. China necesita mercados capaces de consumir, rutas estables, puertos operativos, seguros razonables, energía disponible y cadenas de suministro previsibles. Una Europa empobrecida por el gasto militar, la energía cara y la pérdida de industria es un mercado menos atractivo, y una guerra continental sería catastrófica para el proyecto chino de conectividad euroasiática: la Franja y la Ruta presupone circulación; la economía de guerra presupone interrupción.
Esto no convierte a China en potencia moralmente desinteresada ni excluye la coerción en las zonas que consideran esenciales. Pero permite distinguir modelos de expansión. El poder chino ha crecido principalmente porque fabrica, financia, conecta y comercia; el estadounidense conserva una dimensión militar exterior sin equivalente chino en bases, alianzas y capacidad de proyección global. Por eso las grandes tensiones internacionales no producen incentivos simétricos: Estados Unidos puede obtener cohesión estratégica de la división del continente euroasiático; China obtiene mayor rentabilidad de su conectividad.
Qin Yaqing: rompe las relaciones para dominar a los actores
Recuérdese la tesis relacional presentada en el Capítulo III: las relaciones contribuyente a producir las identidades, los intereses y las posibilidades de los actores. Aplicada a Europa, la idea resulta iluminada. La Unión Europea no es independiente de sus relaciones con Estados Unidos, Rusia, China, África y el Mediterráneo: es producida por ellas. Si se rompe la relación energética con Rusia, cambia la estructura industrial europea. Si se restringe el comercio tecnológico con China, cambia su capacidad competitiva. Si se profundiza la dependencia militar de Estados Unidos, cambia su autonomía política. Si el Mediterráneo se convierte exclusivamente en frontera securitaria, cambia su relación con África y Oriente Próximo.
Por tanto, fragmentar las relaciones europeas no es un efecto secundario de la geopolítica. Puede ser una forma de reorganizar a Europa. La gran pregunta no es solamente qué territorios controlan una potencia. Es qué relaciones consigue impedir entre los demás.
La guerra como política contra la integración euroasiática
Durante décadas, uno de los escenarios más inquietantes para la estrategia estadounidense fue la aparición de una Eurasia capaz de combinar tecnología y capital europeos, energía y recursos rusos, industria y mercado chinos, población y servicios indios, puertos y corredores del Oriente Medio. Una integración semejante no requería alianza política formal: bastaba una red creciente de intercambios que redujera la centralidad estadounidense. La guerra de Ucrania produjo el efecto contrario. Rompió gran parte de la relación energética entre Europa y Rusia, militarizó la frontera oriental, aumentó la dependencia europea del gas natural licuado y de la seguridad estadounidense, obligó a revisar las inversiones y cadenas de suministro, y debilitó el espacio político para la autonomía europea. Esto no demuestra que Washington haya creado la guerra: demuestra que ha sabido explotar estratégicamente sus consecuencias. Una investigación seria debe distinguir la intención de resultado. No todo beneficio resultado prueba autoría. Pero todo beneficiario poderoso merece examen.
El miedo como forma de gobierno
La economía política del miedo no termina en los contratos: produce disciplina. Cuando una sociedad se considera al borde de una guerra, la crítica puede ser presentada como deslealtad; la información se somete a criterios de seguridad; la vigilancia se normaliza; los gastos secretos aumentan; los procedimientos de emergencia reemplazan la deliberación; las fronteras entre industria civil y militar se desdibujan; las políticas sociales quedan subordinadas a la resiliencia nacional; y el enemigo exterior reorganiza el conflicto interno.
Esta es una vieja tecnología política. Lo nuevo es su integración con mercados financieros, sistemas digitales y campañas algorítmicas de información. La amenaza ya no circula solamente en discursos presidenciales: circula en notificaciones, mapas interactivos, videos de drones, simulaciones, informes de inteligencia filtrados, índices bursátiles y productos financieros. El ciudadano recibe miedo. El inversionista recibe una oportunidad.
El punto que el informe no puede evitar
No podemos afirmar responsablemente que toda la política europea de defensa sea un fraude, ni que Rusia no represente una amenaza alguna, ni que cada inversión militar sea innecesaria. Pero sí podemos afirmar algo que los gobiernos rara vez permiten: la evaluación de la amenaza está siendo realizada dentro de un sistema cuyos actores institucionales y económicos se benefician cuando esa amenaza aumenta. Eso exige mayor escrutinio, no menor.
La defensa puede ser necesaria; el rearme ilimitado no se deduce de esa necesidad. La seguridad puede requerir capacidad militar; no exige convertir la sociedad entera en antesala de guerra. La existencia de Rusia no obliga a Europa a entregar su futuro fiscal al complejo militar-industrial-financiero. La protección de Ucrania no obliga a renunciar a la diplomacia. Y apoyar a las víctimas de una invasión no exige aceptar que la única paz legítima sea la definida por quienes obtienen rentabilidad de prolongar la confrontación.
La pregunta que queda abierta es la más incómoda: ¿Europa se está preparando para una guerra porque esa guerra es probable, o la probabilidad de la guerra aumenta porque Europa, Rusia y la OTAN están reorganizando progresivamente toda su existencia alrededor de ella? El siguiente capítulo deberá abandonar el mapa abstracto y entrar en la materialidad del poder: estrechos, puertos, ferrocarriles, oleoductos, cables submarinos y corredores continentales. Porque las guerras no se libran solamente por territorios. Se libran por la posibilidad de que las cosas continúen —o dejen de— circular.
CAPÍTULO V. EL PODER DE HACER CIRCULAR EL MUNDO
Ferrocarriles, puertos, robots, educación y espacio: la infraestructura material del desplazamiento hacia Asia
El poder no consiste solo en poseer: consiste en mover
Las guerras no se libran únicamente por territorios. Se libran por la posibilidad de que personas, mercancías, energía, información, capital y conocimiento continúen circulando. Un ejército sin combustible queda inmovilizado; una fábrica sin componentes se detiene; una economía sin puertos pierde mercados; una red digital sin electricidad desaparece. Un país que no controla ningún corredor estratégico puede conservar formalmente su soberanía y, aún así, depende materialmente de decisiones tomadas en otra parte.
Por eso el verdadero mapa del poder mundial no coincide con el mapa político. Está compuesto por vías férreas, terminales portuarias, canales, estrechos, oleoductos, gasoductos, cables submarinos, satélites, centros de datos, plataformas de pago y redes eléctricas. Es un mapa de flujos. Y en ese mapa China no aparece simplemente como una potencia que creció dentro del sistema construido por otros: aparece como el Estado que, durante las últimas décadas, desarrolló la capacidad más extensa para construir la infraestructura física sobre la cual ese sistema puede seguir funcionando.
Este es uno de los cambios históricos menos comprendidos por el análisis occidental. Durante mucho tiempo se demostró que la superioridad correspondía a quien controlaba las reglas financieras, las instituciones multilaterales y los grandes mercados de consumo. Pero la globalización produjo una corrección brutal: quien fabrica, transporta, conecta, electrifica y mantiene adquiere una capacidad de decisión que no puede reducirse al tamaño de sus reservas monetarias ni al número de sus bases militares. China no solo produce una parte enorme de las mercancías del planeta. Está construyendo las rutas por las que circulan.
La red ferroviaria china no es un medio de transporte: es una forma de organizar el territorio
Al cierre del período del XIV Plan Quinquenal (2021-2025), la red ferroviaria china alcanzó los 165.000 kilómetros, de los cuales 50.400 corresponden a alta velocidad, un crecimiento de casi el 33% en el segmento de alta velocidad en apenas cinco años. La planificación oficial prevé unos 180.000 kilómetros de vías operativas hacia 2030, con aproximadamente 60.000 de alta velocidad, y la estrategia de largo plazo de 2021 proyecta 70.000 kilómetros de alta velocidad hacia 2035 (China State Railway Group, 2026).
Las cifras son tan grandes que pueden volverse abstracción; conviene traducirlas. China ha construido más kilómetros de ferrocarril de alta velocidad que el resto del mundo combinado — la red cubre el 97% de las ciudades con más de medio millón de habitantes. No se trata de unas pocas líneas emblemáticas entre ciudades ricas, sino de una malla territorial que conecta áreas metropolitanas, polos industriales, ciudades interiores, regiones agrícolas y zonas geográficamente difíciles. La infraestructura ferroviaria cumple al menos seis funciones simultáneas: reducir la distancia económica entre regiones, amplía los mercados laborales, permite distribuir industria hacia el interior sin aislarla de los puertos, reducir tiempos logísticos, favorece la integración política del territorio y produce conocimiento industrial exportable. No se construyó únicamente para transportar pasajeros. Se construyó para transformar el significado de la distancia. Una ciudad situada a mil kilómetros de la costa puede participar de un espacio económico común si está conectada mediante trenes rápidos, energía estable, telecomunicaciones y centros logísticos. Ese es el principio profundo de la infraestructura china: convertir el territorio en sistema.
El ritmo no se detiene. Solo en 2025, la inversión ferroviaria fija alcanzó 901.500 millones de yuanes —unos 129.000 millones de dólares— y entraron en servicio más de 3.100 kilómetros de líneas nuevas; para 2026, el operador estatal proyecta poner en operación más de 2.000 kilómetros adicionales dentro de los proyectos prioritarios del XV Plan Quinquenal (China State Railway Group, 2026). Mientras Europa discute durante años autorizaciones, competencias nacionales e impacto fiscal para cada gran corredor, China sigue construyendo sobre una red ya existente. El contraste no es producto de una diferencia cultural misteriosa: surgimiento de instituciones, capacidades industriales y prioridades políticas. China dispone de constructoras capaces de operar a escala enorme, fabricación nacional de material rodante, financiamiento estatal, planificación territorial, ingeniería acumulada, formación técnica y coordinación entre gobiernos locales y centrales. Europa posee algunas de las mejores empresas ferroviarias e ingenierías del mundo, pero carece de una autoridad política capaz de convertir esa excelencia fragmentaria en red continental. No es que Europa no sepa fabricar trenes. No logra decidir, financiar y ejecutar como sistema.
Qin Yaqing: las vías no conectan lugares preexistentes; nuevos lugares producen
La teoría relacional de Qin —presentada en el Capítulo III— ayuda a comprender por qué una línea ferroviaria es mucho más que una obra física. En la teoría internacional convencional se imagina que primero existen ciudades, países y economías plenamente constituidas, y después se construyen conexiones entre ellos. Qin invierte el razonamiento: las relaciones también producen a los actores. Una ciudad conectada a una red de alta velocidad no es la misma ciudad que antes de esa conexión: cambia su mercado, su suelo, sus empresas, sus universidades, su relación con la capital, su posición dentro de la división nacional del trabajo. La infraestructura no solo facilita las relaciones existentes. Crea posibilidades que antes no existían.
El principio se traslada a escala continental. Un puerto africano conectado por ferrocarril con regiones interiores modifica el valor económico de esas regiones; un corredor entre China y Asia Central altera la posición de países sin acceso marítimo; una ruta ferroviaria entre China y Europa crea una alternativa parcial al transporte oceánico; una conexión digital puede integrar una empresa local en cadenas antes inaccesibles. El poder de la infraestructura no reside únicamente en el objeto construido. Reside en las relaciones nuevas que el objeto hace posible.
La Franja y la Ruta: ni plan de caridad ni simple trampa
La Iniciativa de la Franja y la Ruta suele presentarse desde dos relatos incompatibles. La narrativa oficial china la define como cooperación, conectividad y desarrollo compartido; una parte del discurso occidental la presenta como mecanismo de endeudamiento destinado a colocar infraestructura crítica bajo influencia de Beijing. Ambas narrativas
contienen elementos verificables y simplificaciones interesadas.
La Franja y la Ruta no es una organización única, ni un tratado, ni un fondo homogéneo: es un marco político bajo el cual se agrupan acuerdos, créditos, corredores, puertos, ferrocarriles, redes energéticas, telecomunicaciones y proyectos sociales. Su carácter flexible es una fortaleza y una dificultad analítica: permite adaptar iniciativas a cada país, y permite también que proyectos muy distintos sean etiquetados retrospectivamente como parte de una misma estrategia. El análisis serio debe abandonar tanto la idealización como la demonización. No existe una sola experiencia de la Franja y la Ruta: hay proyectos que mejoraron la conectividad y obras sobredimensionadas, contratos opacos y empleo local, transferencias tecnológicas limitadas e infraestructura que los organismos occidentales no quisieron financiar, y países que usaron la competencia entre financieros para mejorar su margen de negociación.
Lo esencial es comprender su lógica sistémica: China procura construir redundancia. Si una ruta marítima se vuelve insegura, necesita rutas terrestres; si un estrecho puede estar bloqueado, necesita corredores alternativos; si depende de un puerto controlado por terceros, busca acceso a otros; si sus pagos internacionales pueden ser objeto de sanciones, desarrolla mecanismos complementarios. La Franja y la Ruta es, por tanto, una política de desarrollo, una estrategia comercial y un programa de reducción de vulnerabilidades — las tres cosas a la vez.
La Eurasia ferroviaria: no reemplaza al mar, pero cambia el cálculo
Los servicios ferroviarios China-Europa superaron acumuladamente los 100.000 viajes en 2024, y solo en 2025 realizaron unos 20.000 trayectos adicionales (China State Council Information Office, 2025; China State Railway Group, 2026). No transportan un volumen comparable al comercio marítimo —los barcos siguen siendo mucho más eficientes para contenedores masivos y materias primas—, pero ofrecen menores tiempos para mercancías de mayor valor y crean una logística alternativa entre Asia y Europa. Y la importancia estratégica de una ruta no se mide únicamente por el porcentaje de carga que transporta: se mide por lo que permite hacer cuando otra ruta falla.
La redundancia tiene valor. Durante la pandemia, los bloqueos portuarios y la escasez de contenedores demostraron que la eficiencia extrema puede producir fragilidad extrema: una cadena optimizada para operar sin reservas se derrumba cuando desaparece un solo nodo. China aprendió que la seguridad logística exige varias rutas, varios puertos, inventarios, proveedores alternativos y capacidad para reorganizar rápidamente la producción. Europa, en cambio, llevó durante décadas la lógica del justo a tiempo hasta convertirla en dependencia estratégica. El problema no fue el comercio. Fue confundir eficiencia de corto plazo con seguridad de largo plazo.
Zhao Tingyang: ¿puede la infraestructura convertirse en adversario en participante?
Zhao propone que un orden sostenible no debería limitarse a contener enemigos: debería transformar la relación de manera que permanecer dentro del sistema resulte más ventajoso que destruirlo. La infraestructura china parece materializar parcialmente esa intuición: un país integrado en una red de comercio, energía, transporte y producción.
Tiene algo que perder si el sistema colapsa.
Pero aquí aparece la primera objeción, y este libro no la esquivará: la interdependencia no elimina el poder — puede redistribuirlo. Una relación comercial intensa puede disminuir el incentivo para la guerra y también crear dependencia; un puerto construido con financiamiento externo puede aumentar las exportaciones del receptor y, simultáneamente, otorgar influencia al acreedor; una red digital puede ampliar la conectividad y generar dependencia de proveedores, estándares y mantenimiento. El Tianxia contemporáneo de Zhao aspira teóricamente a un sistema donde nadie queda fuera; la dificultad consiste en demostrar que la inclusión no reproduce una jerarquía con Beijing en el centro. ¿Puede haber una china roja sin centralidad china? ¿Puede existir beneficio compartido cuando la mayor parte de la tecnología, el financiamiento y la capacidad constructiva proceden de un solo actor? ¿Hasta qué punto los países receptores participan en el diseño y no solo en la aceptación? Estas preguntas deben acompañar cada análisis de la Franja y la Ruta. El error occidental consiste en suponer que toda centralidad china es necesariamente colonial. El error chino supondría que toda infraestructura compartida produce por sí misma igualdad.
África: el continente donde la infraestructura dejó de ser una promesa
Durante décadas, gobiernos y organismos occidentales hablaron del desarrollo africano mediante programas de ajuste, ayuda condicionada, gobernanza y reformas institucionales. Muchos de esos temas eran reales. Pero un país no industrializa su economía con seminarios sobre gobernanza: necesita electricidad, carreteras, puertos, ferrocarriles, agua, telecomunicaciones, crédito y capacidad productiva. China entró en ese vacío, no porque estuviera libre de intereses, sino porque ofreció algo que numerosos países africanos necesitaban de manera inmediata: construcción.
La UNCTAD registró que la inversión china en África alcanzó alrededor de 42.000 millones de dólares y se diversificó más allá de los sectores extractivos hacia materiales de construcción, procesamiento de alimentos, farmacéutica y fabricación ligera; aproximadamente un tercio de los proyectos africanos vinculados a la Franja y la Ruta se orientaba ya a infraestructura social y energías renovables (UNCTAD, 2025). La relación sigue teniendo asimetrías: China requiere minerales, energía y mercados; África necesita infraestructura, industrialización y empleo. El resultado dependerá de la capacidad de cada Estado africano para negociar contenido local, transferencia de conocimiento, condiciones financieras, protección laboral, procesamiento nacional de materias primas y control sobre activos estratégicos. La presencia china no garantiza el desarrollo. Pero amplía las opciones — y la ampliación de opciones constituye poder para países que durante décadas negociaron con muy pocos acreedores. Aquí se revela el carácter político de la multipolaridad: no consiste solamente en que existan varias grandes potencias. Consiste en que un Estado menor pueda negociar entre ellas.
El peligro africano no es China: es volver a exportar sin transformar
Una interpretación seria no debería preguntar únicamente si China “se está quedando con África”. Debe preguntar si las nuevas relaciones permiten que los países africanos transformen su estructura económica. ¿Se exporta mineral en bruto o se procesa localmente? ¿El ferrocarril conecta comunidades y mercados, o exclusivamente una mina con un puerto? ¿Se forman ingenieros locales, se crean proveedores nacionales, las ganancias financieras, salud y educación? ¿El país receptor controla sus datos, su red eléctrica, sus puertos?
El problema histórico de África no ha sido solo la explotación extranjera: ha sido la especialización forzada en funciones de bajo valor dentro de la economía mundial. Si la relación con China reproduce esa estructura, cambia el socio, pero no el lugar del continente. Si permite industrialización, energía, conectividad y aprendizaje tecnológico, la relación adquiere otra naturaleza. El mismo proyecto puede contener ambas posibilidades.
América Latina: un mercado importante, una oportunidad desperdiciada
China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales de América Latina y en el principal mercado para varias economías sudamericanas. La CEPAL estimaba que en 2025 las exportaciones regionales hacia China aumentarían alrededor del 7%, impulsadas por carne, soja, cobre y otros minerales; Sin embargo, la inversión directa china representó apenas el 2% de la inversión extranjera recibida por la región en 2024, señal de que la relación sigue concentrada en comercio y proyectos específicos, no en transformación industrial (CEPAL, 2025).
América Latina enfrenta una contradicción. Posee litio, cobre, energía, alimentos, biodiversidad, agua y capacidad científica, pero continúa exportando una proporción excesiva de productos primarios e importando tecnología, maquinaria, vehículos y bienes de alto valor agregado. No basta con que China compre más: la pregunta es qué compra y qué deja instalado. Si la región exporta cobre y luego importa vehículos eléctricos, baterías, paneles y sistemas digitales, ha ingresado al nuevo orden en el mismo lugar subordinado que contratado en el anterior. El desafío latinoamericano no consiste en elegir entre China y Estados Unidos: consiste en dejar de negociar exclusivamente como
proveedor de materias primas. La relación con China debería usarse para exigir procesamiento local, investigación conjunta, fabricación de baterías, infraestructura ferroviaria, transferencia tecnológica, conectividad digital soberana y formación profesional. América Latina no carece de recursos. Carece de planificación regional: negociación fragmentada frente a actores que planifican continentalmente.
Qin Yaqing y el error latinoamericano de elegir amos
Desde la teoría relacional, la autonomía no exige ausencia de vínculos: la diversidad exige de relaciones. América Latina suele reducir su política exterior a una pregunta infantil —con quién estamos: con Washington, con Beijing, con Europa, con los BRICS?— cuando la pregunta madura sería otra: ¿qué red de relaciones permite aumentar nuestra capacidad propia? No se trata de cambiar una subordinación por otra, sino de usar cada relación para reducir dependencias: comerciar con China sin abandonar otros mercados, cooperar tecnológicamente con Europa, mantener vínculos con Estados Unidos, integrarse regionalmente, desarrollar instituciones propias. La soberanía no es aislamiento. Es capacidad para no quedar paralizado cuando una potencia cambia sus reglas.
Vietnam: la fábrica que ya no quiere ser solo fábrica
Vietnam ocupa una posición particularmente reveladora. En ciertos aspectos recuerda a la China de hace varias décadas —abundante fuerza laboral, industrialización exportadora, inversión extranjera, traslado de manufactura desde economías de mayores costos—; en otros, ingresa directamente en la etapa digital sin recorrer el mismo camino.
Se ha convertido en un centro relevante de electrónica, textiles, maquinaria y ensamblaje, beneficiado por empresas que buscan diversificar la producción fuera de China sin abandonar el ecosistema asiático. Pero no debe describirse como “la nueva China”: su escala es distinta, su mercado interno menor, su base científica menos profunda, su dependencia de empresas extranjeras considerable.
El Banco Mundial advierte que, si bien Vietnam avanza rápido hacia las manufacturas tecnológicas, buena parte del crecimiento exportador sigue dependiendo de volumen más que de valor agregado nacional; para alcanzar su meta de convertirse en economía de altos ingresos en 2045, tendría que sostener un crecimiento del PIB per cápita cercano al 6% anual y avanzar hacia manufactura y servicios de mayor complejidad (Banco Mundial, 2024). Y esa ambición requiere no solo graduados STEM en cantidad, sino una masa crítica de expertos capaces de dirigir laboratorios, producir investigación y convertir conocimiento en productos comercializables (Banco Mundial, 2025). Este es el punto decisivo: Vietnam no quiere limitarse a ensamblar productos diseñados en otros países. Busca subir en la cadena — formar investigadores, diseñar componentes, desarrollar semiconductores, crear proveedores nacionales. La ventaja vietnamita no es solamente salarial. Es política: existe una voluntad expresa de usar la etapa fabricante para construir capacidad propia.
Asia no es una cadena de países que imita a China
Hablar de “Asia en sintonía” no significa que la región sea homogénea. Japón, Corea del Sur, China, Vietnam, India, Singapur, Indonesia y Malasia poseen sistemas políticos, niveles de desarrollo y estrategias distintas; también compiten, disputan inversiones, protegen industrias y desconfían entre sí. Pero comparten una característica importante: una parte significativa de sus gobiernos consideran legítimo intervenir para desarrollar capacidades productivas. La política industrial no fue expulsada del lenguaje público con la misma intensidad que en Europa o América Latina. El Estado puede orientar crédito, crear zonas industriales, formar técnicos, proteger sectores, exigir desempeño, coordinar empresas e invertir en infraestructura antes de que exista rentabilidad inmediata. Esto no significa que todas las intervenciones funcionen. Significa que el desarrollo no se abandona por completo al mercado. En Europa, en cambio, la política industrial pasó décadas subordinada a reglas de competencia, disciplina fiscal y fragmentación nacional. Cuando decidió recuperarla, China ya había construido ecosistemas completos.
Robotización: China no compite solo con trabajo barato
La imagen de China como fábrica basada en salarios bajos está atrasada décadas. En 2024, China instaló aproximadamente 295.000 robots industriales: el 54% de todas las instalaciones mundiales y su máximo histórico. Su parque operativo superó los dos millones de unidades, unas cuatro veces y media el de Japón, segundo país por existencias; y por primera vez, los fabricantes chinos vendieron más robots que los proveedores extranjeros dentro de su propio mercado, con una cuota doméstica que trepó al 57% (IFR, 2025).
Una precisión metodológica ilustra, de paso, la dificultad de medir el fenómeno chino: la IFR había reportado para 2023 una densidad de 470 robots por cada 10.000 trabajadores manufactureros, cifra que situaba a China por encima de Alemania y Japón; con los datos laborales actualizados del Buró Nacional de Estadísticas chino, la propia federación corrigió esa densidad a 166 unidades — porque el denominador, la fuerza laboral manufacturera china, resultó ser mucho mayor de lo estimado (IFR, 2026). La corrección no debilita el argumento: lo precisa. China no es todavía la economía más densamente automatizada del mundo; es la economía que automatiza a mayor velocidad y escala absoluta, sobre la fuerza fabricante más grande del planeta.
La consecuencia es estratégica. China puede mantener una escala productiva mientras reduce la dependencia de mano de obra barata, combinando robots, trabajadores cualificados, inteligencia artificial, visión computacional, redes 5G, logística automatizada, proveedores cercanos y grandes volúmenes. La automatización no está reemplazando a la industria china: está elevando su capacidad. Mientras las empresas occidentales discutían si trasladar la producción hacia países de menores salarios, China comenzó a neutralizar la ventaja salarial de esos competidores mediante la automatización. El costo del trabajo importa menos cuando la fábrica funciona con robots, sensores, control algorítmico y logística integrada. La competencia futura no será China contra mano de obra barata. Será el ecosistema fabricante chino automatizado contra países que todavía esperan atraer fábricas ofreciendo únicamente salarios bajos.
Europa: excelencia sin escala
Europa no carece de ciencia, ni de ingenieros, ni de empresas excepcionales: posee ASML, Airbus, Siemens, SAP, Schneider Electric, ABB, centros de investigación y universidades de primer nivel. La dificultad está en transformar esas capacidades dispersas en soberanía sistémica. El informe Draghi fue inequívoco: la Unión Europea enfrenta una brecha persistente de productividad, innovación e inversión respecto de Estados Unidos y China, y necesitaría movilizar inversiones adicionales del orden de 750.000 a 800.000 millones de euros anuales para evitar un deterioro mayor (Draghi, 2024). La propia Comisión reconoce que las cargas administrativas y las inconsistencias regulatorias dificultan la innovación y la expansión de las startups digitales.
Aquí conviene ser exactos. El problema europeo no es que regular: toda sociedad debe regular sistemas capaces de discriminar, vigilar, manipular o causar daños. El problema es regular sin poseer. Europa establece reglas para plataformas estadounidenses, chips asiáticos, nubes extranjeras y modelos desarrollados en otros territorios. La regulación puede proteger derechos; no sustituye una política de capacidades. Si una startup europea debe superar mercados nacionales fragmentados, financiamiento insuficiente, costos energéticos elevados, trámites múltiples y acceso limitado a cómputo, llegará tarde incluso si su tecnología es brillante. El talento existe. La escala no.
Protección y patinaje
Europa y Estados Unidos responden a la pérdida de competitividad mediante aranceles, controles de exportación, requisitos de contenido local, subsidios y restricciones. Algunas de estas medidas pueden ser necesarias para reconstruir la capacidad industrial: el libre comercio nunca fue completamente libre, y China tampoco abrió todos sus sectores sin condiciones. Pero existe una diferencia entre proteger una industria para desarrollarla y protegerla para evitar admisión que quedó rezagada. El proteccionismo productivo compra tiempo para invertir, formar, innovar y escalar. El proteccionismo defensivo compra tiempo sin saber qué hacer con él.
Europa corre ese riesgo. Puede limitar los vehículos eléctricos chinos, investigar subsidios, imponer requisitos de seguridad. Pero si no consigue producir automóviles comparables en precio, software, batería, autonomía y velocidad de renovación, la restricción no resolverá la brecha: solo encarecerá la transición para sus consumidores y prolongará la vida de empresas que no se transformarán en un tiempo. El patinaje consiste en producir movimiento administrativo sin desplazamiento estratégico: nuevas comisiones, nuevos marcos, nuevas consultas, nuevos documentos. Mientras tanto, otro país construye la fábrica.
Wang Huning: la capacidad del sistema para producir resultados
Wang observó en Estados Unidos una extraordinaria potencia social no reducible al gobierno central —universidades, empresas, asociaciones, comunidades—, pero se preguntó qué ocurriría cuando las instituciones dejaran de producir cohesión y resultados compartidos. Esa pregunta debe dirigirse hoy a Europa. ¿De qué sirve poseer normas sofisticadas si no se construyen viviendas? ¿De qué sirve proclamar autonomía estratégica si los datos, los chips, las plataformas y los sistemas militares dependen de terceros? ¿De qué sirven excelentes universidades si sus mejores investigadores emigran o venden sus empresas antes de alcanzar escala?
La legitimidad de un sistema no depende únicamente de sus principios: depende también de su capacidad para ejecutar. China no reconocimiento solo por su discurso: lo obtiene cuando construye un ferrocarril que funciona, una red eléctrica, un puerto obtiene, una fábrica, una ciudad. Eso no vuelve legítimas todas sus decisiones. Pero obliga a reconocer que la eficacia material es una forma de poder político.
Las nuevas mallas curriculares: formar para un mundo que ya existe
China no está tratando la inteligencia artificial como una especialidad reservada a programadores. En abril de 2026 presentó un sistema nacional de alfabetización en IA que contempla su incorporación desde la educación básica hasta la universidad y la formación profesional: las universidades deberán convertir la IA en curso público básico, desarrollar manuales por disciplina y programas crear interdisciplinarios, y la educación técnica deberá integrarla en las carreras industriales tradicionales para formar trabajadores capaces de desenvolverse en plantas transformadas por la automatización (Consejo de Estado de China, 2026).
Este punto es mucho más importante de lo que parece. Una revolución tecnológica no se consolida cuando unas pocas empresas desarrollan herramientas: se consolida cuando una sociedad modifica la formación de millones de personas — trabajadores de mantenimiento que entienden sensores, médicos que comprenden sistemas algorítmicos, técnicos que operan robots, docentes que utilizan y cuestionan modelos. La ventaja no estará solo en quién posee el mejor algoritmo. Estará en qué población sabe incorporarlo a la producción. Europa discute todavía qué usos deben prohibirse y qué riesgos son aceptables – preguntas legítimas. Pero Asia está respondiendo simultáneamente otra: cómo formar a toda la población para utilizar estas tecnologías. Una sociedad puede protegerse de un peligro y, al mismo tiempo, quedar fuera de la capacidad que intenta regular.
La eficiencia china no es magia ni es gratuita
La velocidad de ejecución china produce admiración y, a veces, idealización; debe ser analizada críticamente. La coordinación estatal puede acelerar las obras y reducir la deliberación pública; la estandarización puede disminuir costos e ignorar particularidades locales; la rapidez puede implicar desplazamientos, impactos ambientales o endeudamiento; la disciplina laboral puede aumentar la productividad y producir agotamiento; la digitalización puede optimizar los servicios y ampliar la vigilancia. La eficiencia no es neutral: toda capacidad para ejecutar contiene una política sobre quién decide, quién paga y quién puede oponerse.
Pero reconocer estos costos no autoriza a negar el resultado material. El análisis occidental suele cometer una operación cómoda: atribuye los logros chinos al autoritarismo y sus fracasos al sistema chino. Eso evita estudiar las capacidades reales. No todos los Estados autoritarios construyen ferrocarriles eficientes, ni producen innovación, ni forman ingenieros. La explicación exige más que una etiqueta política: China combina planificación, competencia empresarial, inversión pública, escala de mercado, disciplina institucional, aprendizaje tecnológico y una cultura administrativa orientada al cumplimiento de objetivos.
La carrera espacial: dos formas de imaginar la frontera
La carrera espacial actual tampoco reproduce la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Estados Unidos articula su programa lunar mediante la NASA, el programa Artemis, empresas privadas y socios internacionales, con una arquitectura que busca establecer presencia humana sostenible en la Luna como paso hacia Marte; mantiene como objetivo un nuevo alunizaje tripulado hacia comienzos de 2028 e incorpora sistemas comerciales de aterrizaje, movilidad robótica y energía nuclear de superficie (NASA, 2025). China avanza mediante una planificación estatal secuencial iniciada formalmente con el programa Chang’e en 2004, tras investigaciones preparatorias anunciadas desde 2000; su programa integra exploración lunar, vehículos de lanzamiento, estación espacial, navegación BeiDou y futuras misiones tripuladas, y el XV Plan Quinquenal incluye cohetes reutilizables de carga pesada y nuevas misiones lunares entre sus grandes proyectos tecnológicos. En julio de 2026, la agencia espacial china informó que el cohete de la misión Chang’e 7 había llegado al centro de lanzamiento de Wenchang para su ensamblaje y pruebas; la misión estudiará el polo sur lunar, región considerada estratégica por la posible existencia de hielo y recursos utilizables (CNSA, 2026).
Pero la diferencia no está solamente en las misiones: está en el modelo. Estados Unidos utiliza una arquitectura público-privada donde empresas comerciales cumplen funciones que antes pertenecían a la NASA; China, una arquitectura estatal integrada que abre progresivamente espacio a empresas comerciales bajo orientación nacional. Estados Unidos enfatiza liderazgo, alianzas y capacidad empresarial; China combina soberanía tecnológica con un discurso de cooperación multilateral: su administración espacial sostiene que la exploración debe desarrollarse bajo marcos abiertos con la ONU como núcleo de gobernanza, y ha criticado la formación de bloques espaciales excluyentes (CNSA, 2022). El discurso debe contrastarse con la práctica. Pero expresa una disputa real: ¿será el espacio una extensión de las alianzas geopolíticas terrestres, un mercado comercial, un patrimonio compartido, una zona de extracción? ¿Quién definirá las reglas?
Espacio y rutas son el mismo problema
A primera vista, un ferrocarril africano y una misión lunar parecen aviones completamente distintos. No lo son: ambos tratan de acceso: a territorios, a recursos, a información, a comunicaciones, a posiciones estratégicas. Los satélites son rutas invisibles: transportan datos, señales de navegación, imágenes, comunicaciones financieras e inteligencia militar. Una economía sin acceso espacial autónomo depende de las constelaciones de otros; una fuerza armada sin satélites pierde orientación, comunicación y vigilancia; una agricultura sin observación terrestre pierde capacidad de planificación. La carrera espacial es la extensión vertical de la lucha por las rutas.
Yan Xuetong: el liderazgo se demuestra en la capacidad de ofrecer
El realismo moral permite formular una pregunta decisiva: ¿qué potencia ofrece a terceros un proyecto más atractivo? Estados Unidos ofrece seguridad, acceso financiero, innovación, universidades y alianzas; China ofrece infraestructura, comercio, manufactura, financiamiento y la promesa de no condicionar formalmente la cooperación a reformas políticas. Ninguna oferta es desinteresada, pero no son iguales. Un país africano puede necesitar un ferrocarril más urgentemente que una declaración sobre democracia; otro puede temer endeudarse con China y preferir instituciones occidentales; un gobierno latinoamericano puede necesitar mercado para su cobre y, a la vez, tecnología para dejar de exportarlo sin procesar.
La competencia por el liderazgo no se resolverá mediante propaganda. Se resolverá en la experiencia concreta de los países receptores: ¿la carretera funciona?, ¿la deuda es sostenible?, ¿se generan empleos?, ¿se transfiere tecnología?, ¿se respeta la soberanía?, ¿el socio mantiene su palabra? El liderazgo mundial se construirá menos en las cumbres que en la memoria acumulada de estas relaciones.
El gran contraste: construir capacidad o administrar el rezago
China planifica nuevas vías, robots, alfabetización en inteligencia artificial, cohetes reutilizables, reactores de fusión, sistemas 6G y ciudades integradas. Vietnam intenta subir desde el ensamblaje hacia la innovación. India amplía la fabricación, los servicios digitales y las capacidades espaciales. Corea del Sur y Japón conservan fortalezas decisivas en semiconductores, robótica y materiales. Europa, mientras tanto, produce diagnósticos extraordinariamente lúcidos sobre su pérdida de competitividad.
Ahí reside la ironía: Europa comprende con creciente exactitud lo que le ocurre, pero diagnosticar no equivale a actuar. El informe Draghi identificó lo que había que hacer, la Comisión adoptó iniciativas, y existen importantes en supercomputación, chips y baterías. Pero el tiempo estratégico no se mide por la calidad del documento: se mide por la distancia recorrida por los demás mientras el documento se implementa. Europa no está rezagada porque caresca de talento. Está rezagada porque ha permitido que sus capacidades individuales vivan dentro de un sistema que no logra escalarlas.
Competitividad contra proteccionismo no es la verdadera disyuntiva
La discusión pública suele enfrentarse a un mercado abierto y proteccionismo. Es una falsa dicotomía: todas las potencias protegen los sectores que consideran estratégicos. Estados Unidos subsidia chips y energía; China protege y orienta industrias; Europa establece normas, subsidios y barreras. La cuestión no es si se protege. Es qué se hace durante la protección: ¿se utiliza el tiempo para innovar, formar trabajadores, construir fábricas y desarrollar proveedores, o para conservar empresas incapaces de competir?
El proteccionismo sin política productiva es una muralla alrededor del estancamiento. La apertura sin capacidad propia es una vía rápida hacia la dependencia. La estrategia eficaz combina competencia, protección temporal, inversión, aprendizaje y disciplina de resultados. China no protegió simplemente a sus empresas: les exigió crecer, exportar, bajar costos y competir. Europa corre el riesgo de proteger rentas sin exigir transformación.
El centro del mundo será donde se integran las capacidades.
La potencia futura no será necesariamente el país con el mejor laboratorio, el mayor mercado o el ejército más grande considerado por separado. Será quien consiga integrar investigación, educación, energía, fabricación, logística, financiamiento, datos, infraestructura, mercados y capacidad espacial. China está intentando construir esa integración. Estados Unidos conserva una combinación formidable de ciencia, capital, empresas, poder militar y alianzas. Europa conserva piezas extraordinarias, pero no una arquitectura equivalente. Asia en conjunto no forma un bloque único, pero reúne cada vez más partes decisivas del sistema productivo mundial.
Por eso el desplazamiento hacia Asia no consiste simplemente en que China tenga un PIB mayor. Consiste en que allí se concentra una proporción creciente de la capacidad para convertir ideas en objetos, objetos en redes y redes en poder.
La pregunta final no es quién construye más rápido.
La velocidad china impresiona, pero el análisis debe ir más lejos. ¿Quién decide qué se construye, para quién, con qué consecuencias sociales, bajo qué forma de propiedad, con qué derecho de participación? ¿Puede la eficiencia coexistir con libertad, diversidad y control público? ¿Puede Europa recuperar capacidad sin abandonar derechos? ¿Puede América Latina industrializarse sin reproducir extractivismo? ¿Puede África utilizar la competencia entre potencias para construir autonomía? ¿Puede Vietnam ascender sin quedar atrapado entre China y Estados Unidos? Estas son las preguntas del nuevo orden.
La infraestructura no es automáticamente emancipadora. Pero sin infraestructura, la emancipación se vuelve retórica: una sociedad sin energía, ferrocarriles, conocimiento, industria y capacidad digital puede poseer elecciones formales y continuar dependiendo de decisiones extranjeras para cada aspecto material de su existencia. El poder del siglo XXI será el poder de hacer circular el mundo. De decidir qué se mueve, por dónde, a qué velocidad, bajo qué normas — y quién queda detenido cuando las rutas se cierran.
CAPÍTULO VI. EL GENOCIDIO DOCUMENTADO
Gaza, Líbano y la muerte jurídica del orden de 1945
El acontecimiento que el orden no puede procesar
Los capítulos anteriores sostuvieron que el orden internacional nacido en 1945 atraviesa una crisis de legitimidad. Hasta aquí, esa afirmación funciona como hipótesis. Gaza la convierte en registro.
Porque lo que ocurre en Gaza no es solamente una catástrofe humanitaria. Es un experimento involuntario sobre la capacidad del sistema internacional para nombrar, juzgar y detener el crimen que ese mismo sistema definió como el más grave de todos. La Convención de 1948 fue la promesa fundacional del orden de posguerra: nunca más un exterminio ante los ojos del mundo. Ochenta años después, el sistema produjo la documentación más exhaustiva de un genocidio en curso jamás reunida en tiempo real — y demostró, simultáneamente, su incapacidad para interrumpirlo. Esa es la paradoja que este capítulo examina. No la ausencia de la palabra, sino su presencia inútil. El 16 de septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado concluyó que Israel ha cometido genocidio contra los palestinos de Gaza, que altos funcionarios israelíes —incluidos Netanyahu, Gallant y Herzog— incitaron esos actos, y que se han configurado cuatro de los cinco actos constitutivos definidos por la Convención de 1948 (Comisión de Investigación de la ONU, 2025). El genocidio ha sido reconocido además por un comité especial de Naciones Unidas, por la Asociación Internacional de Estudios del Genocidio y por numerosos especialistas en derecho internacional. La ONU, a través de sus órganos mandatados, finalmente llamó al crimen por su nombre. El lenguaje ya no es el problema. El problema es que el nombre no detuvo nada.
Albanese: la documentación como método
Si este libro dialoga con Wang, Yan, Zhao y Qin para pensar el orden, necesita una interlocutora equivalente para pensar su derrumbe jurídico. Esa interlocutora es Francesca Albanese, Relatora Especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en el territorio palestino ocupado desde 1967.
Su obra como relatora no es un informe: es un corpus con arquitectura propia, y conviene leerlo como se leyó aquí la planificación china — como trayectoria acumulativa, no como documentos sueltos. Anatomía de un genocidio (A/HRC/55/73, marzo de 2024) desarrolló el fundamento jurídico: la existencia de indicios razonables de que se ha alcanzado el umbral de intención genocida. Genocide as Colonial Erasure (A/79/384, octubre de 2024) inscribió ese crimen en una lógica histórica de borradura colonial, desplazando el análisis del episodio hacia la estructura. De la economía de ocupación a la economía del genocidio (A/HRC/59/23, julio de 2025) dio el paso que ningún órgano internacional había dado: nombrar el circuito económico corporativo que sostiene y rentabiliza la destrucción. Y Tortura y Genocidio (A/HRC/61/71, marzo de 2026) documentó cómo el sistema penitenciario israelí degeneró en un régimen de humillación, dolor y degradación organizados, sancionado en los más altos niveles políticos. Al presentarlo ante el Consejo de Derechos Humanos, Albanese sostuvo que la tortura se ha convertido efectivamente en política de Estado, y que los gobiernos del mundo, al permitirlo, han otorgado a Israel una licencia para torturar (Albanese, 2026). Anatomía, estructura, economía, cuerpo. Cuatro informes, un solo argumento: el genocidio no es un exceso de la guerra. Es un sistema.
La economía del genocidio: donde Gaza se encuentra con el Capítulo IV
Aquí el corpus de Albanese conecta con la columna vertebral de este libro. El Capítulo IV sostuvo que la estructura contemporánea de la guerra es militar, industrial, financiera, tecnológica, logística y comunicacional, y que la tensión permanente puede constituir el punto de máxima rentabilidad. From Economy of Occupation to Economy of Genocide es la verificación empírica de esa hipótesis en su caso extremo: el informe identifica el entramado de fabricantes de armas, empresas tecnológicas, maquinaria pesada, gestores de activos e instituciones financieras cuya rentabilidad quedó asociada a la ocupación primero ya la destrucción después (Albanese, 2025).
La conclusión es simétrica a la del capítulo europeo, y por eso más inquietante. En Europa, la amenaza se convirtió en producto financiero. En Gaza, la destrucción misma se convirtió en producto financiero. Son dos estaciones de la misma economía política del miedo: una vende la preparación para la guerra futura; la otra ya cobra por la guerra presente.
Ninguna de las dos necesita conspiración. Basta la convergencia de incentivos que el Capítulo IV describió: cuando un sistema entero se beneficia de que la violencia continúe, la violencia encuentra siempre nuevas razones para continuar.
El “alto el fuego” como signo vacío
El 10 de octubre de 2025 entró en vigor un alto el fuego negociado bajo mediación estadounidense. Conviene examinar qué designa realmente esa expresión, porque pocas veces la distancia entre el signo y su referente ha sido tan medible. Según el registro de Al Jazeera, Israel atacó Gaza en 252 de los primeros 279 días del alto el fuego: hubo solo 27 días sin ataques, muertos o heridos reportados. Desde su entrada en vigor, los ataques israelíes mataron al menos a 1.123 palestinos e hirieron a 3.616. Del total de camiones de ayuda contemplados ingresó apenas el 35%, con bloqueo israelí de alimentos esenciales —carne, lácteos, verduras— mientras se permitía el ingreso de golosinas y bebidas gaseosas. El recuento total desde octubre de 2023 alcanzaba, a mediados de julio de 2026, al menos 73.246 personas muertas, incluidos 21.500 niños (Al Jazeera, 2026b).
Y mientras la palabra “alto el fuego” circulaba por las cancillerías, el territorio cambiaba de manos. Al comenzar la tregua, el ejército israelí controlaba alrededor de la mitad de Gaza; nueve meses después controla cerca del 70%, tras designar en marzo —mientras la atención mundial estaba puesta en la guerra contra Irán— una nueva “zona naranja” bajo su control. Netanyahu describió públicamente la expansión como un plan por etapas: ante una audiencia que le exigía el control total, respondió que primero el 70%, que era por eso (NPR, 2026).
Para una investigación que se declara semiótica desde su introducción, este es el hallazgo central del capítulo: “alto el fuego” ya no describe una conducta militar. Describe un régimen narrativo. Es la palabra que permite que la comunidad internacional dé el asunto por administrado mientras la aniquilación continúa a menor intensidad y el mapa se redibuja. Analistas consultados por Al Jazeera advierten que los ataques diarios contra policías, médicos, funcionarios e intelectuales no son operaciones aisladas, sino un patrón calculado para descarrilar cualquier Gaza futura gobernable — y que Israel ha condicionado a la comunidad internacional a aceptar las violaciones diarias como la nueva normalidad (Al Jazeera, 2026b). El Capítulo IV lo formuló para Europa: la forma más eficaz de una narrativa no es convencer, sino incorporarse en cemento, deuda y leyes. Gaza agrega la variante terminal: la narrativa más eficaz es la que se incorpora en escombros.
La justicia con calendario a 2029
Este libro dedicó un capítulo a las temporalidades: Occidente piensa en ciclos cortos, China en trayectorias largas. Gaza revela una tercera temporalidad, la más corrosiva: la temporalidad institucional que se estira exactamente en proporción inversa a la urgencia del crimen que debe juzgar.
La causa de Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia, iniciada en diciembre de 2023, produjo tres órdenes de medidas provisionales jurídicamente vinculantes. Israel presentó su contramemoria recién en marzo de 2026, tras dos prórrogas, y objetó en ella la jurisdicción de la Corte; el 21 de mayo de 2026, la CIJ fijó el 22 de noviembre de 2027 como plazo para la réplica sudafricana y el 22 de mayo de 2029 para la duplicada israelí (CIJ, 2026). La respuesta de la presidencia sudafricana se condensa en pocas palabras lo que miles de páginas procesales se diluyen: la legítima defensa no es una defensa frente al genocidio —porque no existe ninguna.
Lease el contraste sin anestesia. La documentación del crimen avanza en tiempo real: informes de relatoría, comisiones de investigación, recuentos diarios. La justicia sobre el crimen avanza en tiempo geológico: dúplicas a 2029, audiencias después, sentencia quién sabe. Entre ambas temporalidades no hay un desfase técnico. Hay una decisión estructural del orden de 1945: sus instituciones fueron diseñadas para juzgar genocidios concluidos, no para detener genocidios en curso. Bosnia lo aprendió con una sentencia dictada en 2007 por hechos de 1995. Gaza lo aprende ahora, en directo.
Sancionar a la testigo
Hay un episodio que ningún análisis de la crisis institucional puede omitir, porque funciona como su alegoría exacta. En 2025, Estados Unidos —potencia fundadora del sistema de Naciones Unidas y redactora principal de su arquitectura jurídica— impuso sanciones a la propia Relatora Especial encargada de documentar las violaciones en el territorio ocupado. Las sanciones contra Albanese solo fueron levantadas en mayo de 2026, una semana después de que un juez federal estadounidense que la administración había buscado regularmente el discurso de la experta de la ONU debido a la idea o mensaje expresado — y en el marco de una política que incluyó sanciones ay jueces fiscales de la Corte Penal Internacional por las órdenes de arresto contra Netanyahu y Gallant.
El dato merece la formulación más seca posible: el Estado que construyó el orden basado en reglas sancionó a la funcionaria del orden por aplicar las reglas. No hace falta retórica. El hecho es la tesis.
Líbano: la guerra que volvió
La guerra libanesa no es un teatro paralelo: es la extensión del mismo proceso. Desde el 2 de marzo de 2026 se desarrolla en Líbano una guerra entre Israel y Hezbollah, con invasión israelí de partes del país, más de 4.000 muertos por ataques israelíes y más de un millón de desplazados forzados. Hezbolá lanzó sus ataques en respuesta a la guerra que Israel y Estados Unidos iniciaron contra Irán —su principal respaldo— y al asesinato del líder supremo iraní. La secuencia importante: la guerra libanesa de 2026 es hija directa de la guerra contra Irán de febrero, que el próximo capítulo examina. Los frentes no se suman: se encadenan.
El desenlace diplomático confirma el patrón gazatí de acuerdos que administran la violencia en lugar de terminarla. El 26 de junio de 2026, Líbano, Israel y Estados Unidos firmaron en Washington un acuerdo marco trilateral hacia una “paz y seguridad integral”, que incluye el compromiso de cesar acciones hostiles incluso en foros políticos y jurídicos internacionales —es decir, el desistimiento de la vía legal— mientras Hezbollah, actor principal del conflicto, no fue signatario. Su secretario general, Naim Qassem, declaró nulo el acuerdo, calificándolo de humillante, vergonzoso y una rendición de soberanía, mientras los ministros israelíes sugerían públicamente que Israel permanecería en territorio libanés incluso después de un eventual desarme de Hezbollah, y el ministro de Defensa instruía a sus fuerzas a prepararse para una estadía prolongada en la “zona de seguridad” ocupada (Security Council Report, 2026). A esto se agrega un detalle que sella el argumento institucional del capítulo: UNIFIL, la misión de paz de la ONU presente en el sur del Líbano durante décadas, fue terminada en 2025 por el Consejo de Seguridad bajo presión de Israel y Estados Unidos; su mandato expira el 31 de diciembre de 2026. En el momento de mayor necesidad de interposición internacional, el orden internacional se retira del terreno.
El acuerdo que administra la próxima guerra
El análisis más lúcido del acuerdo trilateral no proviene de las cancillerías atlánticas. Un análisis publicado por Al Jazeera sostiene que el documento es irrealizable como está escrito, políticamente explosivo y constitucionalmente sospechoso, porque exige al Estado libanés actuar como soberano precisamente donde sus capacidades soberanas son más débiles: controlar actores armados que no puede derrotar, negociar con un enemigo que no puede disuadir y aceptar obligaciones cuya ejecución depende de potencias externas. Israel, recuerda el análisis, comprende desde Oslo el valor de los arreglos interinos de redacción laxa y las preguntas diferidas; y el verdadero acuerdo no se decide en Beirut, sino en la pista regional entre Washington, Teherán y los mediadores (Al Jazeera, 2026a).
La teoría relacional de Qin Yaqing se encuentra aquí su caso límite. Si las relaciones producen a los actores, la destrucción sistemática de relaciones produce actores incapacitados. A Gaza se le destruyeron las relaciones con el mundo: comercio, movimiento, educación, hasta el cable eléctrico. Al Líbano se le exige ejercer una soberanía cuyas condiciones relacionales —economía funcional, ejército financiero, cohesión política— fueron erosionadas durante décadas. En ambos casos el resultado es el mismo: entidades formalmente reconocidas y materialmente imposibilitadas. La soberanía como cáscara. El Capítulo V lo dijo para el Sur Global en clave económica; Gaza y Líbano lo muestran en clave existencial.
Zhao Tingyang: el orden que necesita un afuera
El Tianxia de Zhao propone medir todo orden por una vara: ¿deja a alguien fuera? Un sistema mundial digno de ese nombre no puede tener exterioridad, porque toda exterioridad es una guerra aplazada.
Aplicada a Gaza, la vara produce un veredicto devastador para el “orden basado en reglas”. Gaza no es una anomalía del orden: es su afuera constitutivo, el lugar donde el orden demuestra qué está dispuesto a tolerar cuando el infractor es parte de su núcleo de alianzas. Las reglas existen; los informes existen; las medidas provisionales existen; el nombre del crimen existe. Lo que no existe es la voluntad del centro de aplicar las reglas a sí mismo ya los suyos. Un orden así no está siendo desafiado desde afuera por potencias revisionistas, como repite la literatura atlántica. Está siendo vaciado desde adentro por sus propias garantías.
Esa es la conexión profunda entre este capítulo y el desplazamiento hacia Asia descrito en los anteriores: la pérdida de centralidad occidental no es solo industrial y tecnológica. Es moral y jurídica. Y en el realismo moral de Yan Xuetong, esa pérdida es la más cara de todas, porque el liderazgo que ya no puede ofrecer ni siquiera la vigencia de sus propias reglas solo puede ofrecer miedo.
Advertencias metodológicas: lo que nombrar no borra
La disciplina intelectual de este libro obliga a la precisión también aquí. El 7 de octubre de 2023, el ataque dirigido por Hamas mató a 1.195 personas en Israel y tomó 251 rehenes. Ese crimen es real, sus víctimas son reales, y ninguna palabra de este capítulo lo relativiza. Pero la investigación seria debe rechazar la operación narrativa que convierte ese hecho en licencia perpetua: la determinación de genocidio realizada por los órganos internacionales competentes no depende de negar el 7 de octubre, sino de constatar que la respuesta lo excedió en naturaleza, no solo en grado — que dejó de ser guerra para convertirse en destrucción de un grupo como tal, con incitación documentada en la cúspide política. La legítima defensa no es una defensa frente al genocidio. No porque lo diga la propaganda de nadie: porque lo dice la estructura misma de la Convención de 1948.
Y una precisión final sobre el lenguaje, que en este libro nunca es ornamental: el vocabulario de la “guerra”, el “conflicto” y los “enfrentamientos” —el que dominó la cobertura occidental durante dos años— no fue una descripción imperfecta. Fue una tecnología narrativa que retrasó el nombre correcto todo el tiempo que el nombre correcto habría obligado a actuar. La manipulación mediática no consistió en mentir sobre los hechos. Consistió en administrar la categoría.
El próximo capítulo sigue la cadena hacia sus otros eslabones: la guerra contra Irán que incrementó la región en febrero de 2026, y Ucrania, donde la otra gran narrativa del bloque atlántico encuentra su empantanamiento. Allí hablarán las fuentes que Occidente rara vez deja hablar en versión original: Beijing y Moscú, citados de sus propios documentos.
CAPÍTULO VII. DOS GUERRAS, UNA LECCIÓN
Irán, Ucrania y la agotación estratégica de la fuerza
Febrero de 2026: el mes en que la negociación fue bombardeada
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán. La operación se produjo en medio de negociaciones en curso entre Washington y Teherán, e incluyó el asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei. En las siguientes semanas, el conflicto se derramó sobre toda la región: bases estadounidenses atacadas en países del Golfo y Jordania, el Estrecho de Ormuz cerrado, Beirut y Teherán bombardeadas simultáneamente, y la guerra libanesa examinada en el capítulo anterior encendida como consecuencia directa.
Para este libro, el dato decisivo no es militar. Es semiótico y jurídico, y conviene registrarlo en la voz de quien lo formuló. La cancillería china fijó posición en fuente primaria: los ataques carecían de autorización del Consejo de Seguridad y violaban el derecho internacional, y el asesinato del líder supremo constituía una grave violación de la soberanía iraní que pisoteaba los propósitos y principios de la Carta de la ONU. El portavoz Mao Ning añadió un detalle que las cancillerías occidentales preferirían olvidable: China no fue notificada previamente de las operaciones militares estadounidenses (MFA de China, 2026a). Una potencia con asiento permanente en el Consejo de Seguridad, socia
estratégica del país atacado, enterándose por la prensa. Esa escena vale un tratado sobre el estado real del multilateralismo.
Observa la secuencia completa desde la perspectiva del orden jurídico que este libro viene autopsiando. En Gaza, el crimen fue designado por los órganos competentes y continuó. En Irán, el crimen fundacional del sistema —la agresión, el uso de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad, agravado con el asesinato de un jefe de Estado en funciones durante una negociación— fue cometido por el propio arquitecto del sistema. El Organismo Internacional de Energía Atómica, a través de su director Rafael Grossi, había señalado que no se observaba un programa estructurado iraní para fabricar armas nucleares, y que las evaluaciones de algunos países podían responder a consideraciones políticas. Se atacó, entonces, no una capacidad demostrada, sino una narrativa. El Capítulo IV describió ese mecanismo para Europa: la amenaza como check en blanco. Irán es su ejecución una escalada de guerra regional.
La guerra contra el estrecho: la tesis de este libro, en acto
Si el Capítulo V sostuvo que el poder del siglo XXI es el poder de hacer circular el mundo, la guerra de Irán fue su demostración de laboratorio. El Estrecho de Ormuz —por donde transita una porción decisiva del petróleo y el gas del planeta— se convirtió en el verdadero campo de batalla. Irán lo cerró; lo reabrió durante la tregua libanesa de abril como gesto negociador; volvió a restringirlo cuando Estados Unidos se negó a levantar su bloqueo naval. El estrecho dejó de ser geografía para convertirse en argumento.
Y aquí el comportamiento chino resulta más revelador que cualquier discurso. Mientras Washington bombardeaba, Beijing presionaba —pero no a favor de la escalada de su socio, sino a favor de la circulación: la cancillería china instó públicamente a mantener seguras las rutas del Estrecho de Ormuz ya evitar mayores impactos sobre la economía mundial, y según informes de prensa financiera presionó a los propios funcionarios iraníes para que no interrumpieran los envíos de gas catarí. La potencia cuyo poder descansa en la conectividad defendió la conectividad incluso contra el interés táctico de su aliado. No por altruismo: por coherencia estructural. Es exactamente la asimetría de incentivos que el Capítulo IV formuló — Estados Unidos puede extraer cohesión estratégica de la interrupción; China extrae su rentabilidad de que las cosas siguen circulando.
La diplomacia china durante la guerra siguió al mismo patrón. Xi Jinping formuló cuatro proposiciones para la paz y la estabilidad en Medio Oriente; Wang Yi celebró más de treinta llamadas y reuniones con sus contrapartes, incluidas Teherán y Tel Aviv; China y Pakistán emitieron conjuntamente una iniciativa de cinco puntos para restaurar la paz en el Golfo, y el enviado especial chino realizó diplomacia itinerante por la región (MFA de China y MFA de Pakistán, 2026). Cuando en junio Estados Unidos e Irán firmaron el memorándum de entendimiento de primera etapa —reapertura de Ormuz, alivio de sanciones petroleras, sesenta días de negociación nuclear y cese de hostilidades en Líbano—, Beijing lo celebró con una fórmula que condensa toda su gramática estratégica: la fuerza no es solución; la negociación en pie de igualdad es la elección correcta (MFA de China, 2026b).
Nada de esto exige idealizar a China, y este libro no lo hará. La misma guerra reveló los límites y las ambigüedades de su posición: empresas chinas sancionadas por procesar crudo iraní, acusaciones estadounidenses sobre transferencias de tecnología de doble uso, desmentidos de la cancillería, y la orden del Ministerio de Comercio chino a sus empresas de desacatar las sanciones estadounidenses por considerar las violaciones del derecho internacional. China no fue un espectador neutral: fue un actor que protegió sus intereses. Pero la naturaleza de esos intereses es el punto analítico: eran intereses de circulación, no de conquista. El realismo moral de Yan Xuetong permite leer el saldo: mientras una potencia ofreció a la región una guerra sin autorización legal, la otra ofreció mediación, iniciativas conjuntas con países del Sur y defensa de las rutas comunes. En la memoria acumulada de los países receptores —esa donde, según Yan, se construye el liderazgo— febrero de 2026 quedará archivado con dos columnas muy distintas.
Ucrania: la guerra que ya no produce nada
Del otro extremo de Eurasia, la guerra de Ucrania llegó a su quinto año convertida en la refutación empírica de todos los relatos que la administran —incluidos los dos que se disputan su sentido.
Los números primero, porque son elocuentes hasta la crueldad. Hacia mediados de 2026, los pronósticos occidentales informados situaban las bajas militares rusas en torno al millón entre muertos y heridos, y las ucranianas entre 250.000 y 300.000. En cuatro semanas de junio y julio de 2026, las fuerzas rusas lograron una ganancia neta de 31 millas cuadradas, apenas mayor que la isla de Manhattan, tras más de cuatro años de guerra total. La tasa de bajas rusas superó a la de reclutamiento en marzo de 2026, mientras los drones ucranianos han dañado alrededor del 20% de la capacidad de refinación rusa desde 2024 y llegaron a paralizar el 40% de su capacidad de exportación petrolera. Y el dato que ninguna propaganda puede digerir: el 64% de los rusos apoya negociaciones de paz, y el 66% de los ucranianos cree que su gobierno debe buscar negociar el fin de la guerra lo antes posible (Russia Matters, 2026). Las sociedades quieren terminar. Los aparatos no pueden. Esa es la anatomía del empantanamiento, y confirma la advertencia del Capítulo IV: cuando una estructura entera —presupuestaria, industrial, narrativa— se organiza alrededor de la guerra, la guerra adquiere una inercia independiente de su rendimiento estratégico e incluso de la voluntad de las poblaciones que la sufren.
Moscú en sus propias palabras
Este libro se comprometió a leer a cada actor desde su propia racionalidad, y Rusia no será la excepción — —precisamente porque su racionalidad declarada es el material que ambas propagandas manipulan, cada una a su modo.
Los objetivos rusos no requieren interpretación: están dichos. Putin los fijó en su discurso de junio de 2024, y su canciller los reiteró en julio de 2026: retirada ucraniana completa de las regiones de Lugansk, Donetsk, Zaporiyia y Jersón —incluido el territorio que Ucrania aún controla— y renuncia a la aspiración de ingresar a la OTAN, como condiciones previas a cualquier alto el fuego. El marco conceptual profundo también es público: en su ensayo de julio de 2021 sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos, Putin sostuvo que no existe base histórica para la idea de un pueblo ucraniano como nación separada de los rusos (Putin, 2021). El Kremlin rechaza además las garantías de seguridad occidentales para Ucrania y busca eliminar a los europeos de las negociaciones.
Citado en fuente directa, el proyecto ruso se explica solo, y explica también por qué la guerra no termina: Moscú exige como precondición lo que no ha podido obtener militarmente en cuatro años. Es la temporalidad invertida del capítulo sobre China: donde Beijing subordina el corto plazo a una trayectoria de décadas de construcción, Moscú subordina su futuro de décadas a una reivindicación territorial que su presente militar no alcanza a sostener. Una potencia que planifica infraestructura a 2035 y una potencia que sangra un millón de bajas por 31 millas cuadradas no habitan el mismo siglo estratégico.
Pero la honestidad analítica obliga al espejo completo, y aquí este libro sostiene lo dicho en su Capítulo IV sin retroceder: que los objetivos de Putin sean maximalistas no valida la narrativa atlántica de la Rusia capaz de conquistar Europa, ni convierte el 5% del PIB en deducción lógica, ni transforma cada crítica al rearme en colaboracionismo. Ambas cosas son ciertas simultáneamente: Rusia comete una agresión con objetivos declarados inaceptables para cualquier orden jurídico, y el bloque atlántico explota esa agresión como justificación de una reorganización económico-militar que la excede. Distinguir intención de resultado, exigir examen a todo beneficiario poderoso: el método no cambia según el acusado.
Las dos guerras se explican mutuamente
Puestas una junto a otra, Irán y Ucrania dejan de ser noticias separadas y se revelan como los dos ensayos generales del mismo examen: ¿qué todavía puede conseguir la fuerza militar pura en el sistema internacional del siglo XXI?
La respuesta empírica es humillante para sus practicantes. Estados Unidos e Israel, con superioridad tecnológica absoluta, obtuvieron en Irán un memorándum de entendimiento — es decir, la negociación que existía antes de los bombardeos, ahora con decenas de millas de muertos, una guerra libanesa, un estrecho convertido en rehén y el prestigio jurídico occidental en ruinas. Rusia, con disposición ilimitada al sacrificio humano, obtiene en Ucrania kilómetros que se miden en islas de Manhattan mientras su industria energética arde. En ambos casos, la fuerza demostró capacidad de destruir e incapacidad de construir el resultado político buscado. Y en ambos casos, las negociaciones quedaron empantanadas o degradadas — las conversaciones sobre Ucrania, de hecho, se estancaron a la sombra de la propia guerra de Irán, confirmando que los frentes no se suman: se encadenan.
Mientras tanto, la potencia que no disparó fue la única que terminó el semestre con su posición mejorada: mediadora reconocida en el Golfo, defensora de las rutas comunes, autora de iniciativas de paz junto a países del Sur, y con su tesis de fondo —la conectividad rinde más que la interrupción— demostrada por sus adversarios a costa de ellos mismos. Zhao Tingyang lo formularía así: en 2026, el orden occidental produjo dos demostraciones más de que un sistema sostenido en la contención de enemigos fabrica las guerras que dice prevenir, mientras el candidato a orden alternativa acumuló evidencia de que volver más costosa la ruptura que la pertenencia es, además de una filosofía, una estrategia rentable.
Queda la pregunta que las conclusiones deben encarar: si la fuerza ya no produce orden, y las instituciones de 1945 ya no producen justicia, ¿qué producirá el orden que viene — y quién está escribiendo, ahora mismo, su gramática?
CAPÍTULO VIII. LA GUERRA DEL OBJETO MÁS PEQUEÑO
El semiconductor, las tierras raras y la disputa por la infraestructura de la inteligencia
El objeto más político jamás fabricado
Este libro sostiene que el poder del siglo XXI es el poder de hacer circular el mundo. Falta examinar el objeto donde esa tesis se concentra hasta la incandescencia: el semiconductor avanzado, la cosa más compleja que la especie humana fabrica, y hoy la más política.
Un chip de última generación condensa la circulación planetaria entera en unos centímetros: diseño estadounidense o británico, software de diseño estadounidense, litografía holandesa que solo una empresa del mundo —ASML— sabe fabricar, componentes alemanes y japoneses, fabricación taiwanesa o surcoreana, químicos y consumibles chinos y japoneses, tierras raras procesadas casi monopólicamente en China, ensamblaje en el sudeste asiático, y un destino final que es, cada vez más, un solo tipo de edificio: el centro de datos donde se entrena y ejecuta la inteligencia. artificial. Ningún país del planeta —ninguno— puede producir un chip avanzado solo. El semiconductor es la interdependencia hecha materia. Y por eso mismo se convirtió en el campo de batalla perfecto: quien controla un solo eslabón de esa cadena puede detener la circulación completa.
Aquí la teoría tiene nombre, y es occidental — este libro cita a los críticos del propio sistema cuando aciertan: Henry Farrell y Abraham Newman llamaron «interdependencia armada» al fenómeno por el cual las redes que la globalización construyó para conectar se transforman en instrumentos de coerción, porque sus nodos centrales pueden ser usados como puntos de estrangulamiento (Farrell y Newman, 2019). La guerra de los chips es la demostración a escala 1:1 de esa tesis. Y su desarrollo entre 2022 y 2026 permite observar, como en un laboratorio, el choque de las dos gramáticas que este libro viene contrastando: la de la interrupción y la de la circulación.
Octubre de 2022: la interrupción como doctrina
En octubre de 2022, Estados Unidos inauguró un régimen de controles de exportación sin precedente en la historia del comercio tecnológico: prohibió la venta a China no solo de chips avanzados, sino de los equipos, el software y hasta el personal estadounidense necesario para fabricarlos, y mediante la regla del producto directo extranjero extendió su extensión a cualquier chip fabricado en cualquier país del mundo con tecnología estadounidense. La escalada posterior arrastró a los aliados: Países Bajos restringió las máquinas de ASML, Japón sus equipos y químicos. El objetivo declarado fue mantener a China «tan atrás como sea posible» en la computación avanzada — es decir, en la infraestructura material de la inteligencia artificial.
Conviene leer esa decisión con las categorías de este libro. No fue una sanción por una conducta: fue el intento de congelar la posición relativa de una civilización en la tecnología definitoria de la época. El orden que se describe a sí mismo como «basado en reglas» y en el «libre mercado» suspendió ambos principios sin ceremonia cuando la jerarquía tecnológica parecía amenazada — exactamente como el Capítulo IV mostró que las reglas fiscales europeas se suspendieron cuando el destino del gasto fue militar. La doctrina profunda es la misma: las reglas rigen mientras el centro gana con ellas.
La respuesta china: no autarquía, sino redundancia
La predicción implícita de los controles era que China quedaría detenida. Ocurrió otra cosa, y este libro la había anticipado en su lógica: ante la interrupción, la respuesta china fue la de siempre — construir redundancia. Fondos nacionales masivos para la industria del chip; aceleración de SMIC hacia nodos avanzados por vías alternativas a la litografía prohibida; el regreso de Huawei con chips propios que Washington daba por imposibles; sustitución progresiva de equipos y componentes; y la reorganización de todo el ecosistema alrededor de un objetivo que los propios controles se convirtieron en consenso nacional.
La teoría relacional de Qin Yaqing explica lo que el diseño de los controles no previó: si las relaciones producen a los actores, la ruptura de relaciones también los produce, pero no necesariamente más débiles. El embargo no encontró a una industria china de chips: la creó, en el sentido fuerte del verbo. Antes de 2022, a las empresas chinas les resultaba más barato comprar que desarrollar, y el incentivo estructural favorecía la dependencia; los controles invirtieron el incentivo de la noche a la mañana e hicieron de la sustitución una cuestión de supervivencia. Washington quiso administrar el rezago chino y fabricó, en cambio, la demanda garantizada que ninguna política industrial china había logrado producir por sí sola. La interrupción, aplicada a un actor con capacidad de aprendizaje, funciona como subsidio del adversario.
Tierras raras: China descubre su propio estrangulamiento
Pero la simetría completa llegó por el otro extremo de la cadena. Si Occidente controla el eslabón del diseño y la litografía, China controla el eslabón de la materia: el procesamiento de tierras raras y minerales críticos, donde su posición es cuasi monopólica. Y en 2025 decidió usarlo con una sofisticación que constituye, para este libro, el dato más revelador de toda la guerra tecnológica.
En abril de 2025, Beijing impuso controles a siete minerales críticos. En octubre, ejecutó lo que los analistas describieron como una actualización mayor de todo su régimen: licencias caso a caso para tierras raras destinadas al diseño y producción de semiconductores avanzados —lógica de 14 nanómetros o menos, memoria de 256 capas o más— y, sobre todo, una regla de minimis del 0,1%: cualquier producto fabricado en cualquier país del mundo que contenga tierras raras de origen chino por encima de ese umbral requiere licencia china para ser reexportado. Léase con atención: es el espejo exacto, cláusula por cláusula, de la regla extraterritorial estadounidense del producto directo extranjero. China no denunció el arma de la interdependencia. La copia, la invirtió y el punto de vuelta. El alumno del régimen de controles resultó ser su clon — con el agravante, para Occidente, de que la fabricación taiwanesa de chips avanzados depende de consumibles chinos en una proporción que los analistas de la propia industria estiman en torno al 30% para los nodos de 7 nanómetros o menos.
El desenlace inmediato confirma la tesis de fondo. Tras la cumbre entre Xi y Trump de fines de 2025, China suspendió por un año la aplicación de sus controles y Estados Unidos aflojó los suyos: se autorizaron ventas de chips de Nvidia y AMD a China —con la condición extraordinaria de que el gobierno estadounidense recibiera el 15% de los ingresos, el libre mercado convertido en peaje estatal sin que nadie se sonrojara—, y hacia 2026 el régimen entero quedó convertido en lo que es realmente: no una política de seguridad, sino una ficha de negociación que se tensa y se afloja al ritmo de las cumbres, con empresas y países terceros como rehenes de la incertidumbre. La seguridad nacional, invocada como absoluta en 2022, resultó ser negociable por porcentajes en 2025. El Capítulo IV lo formuló para el rearme: la amenaza como check en blanco. Los chips agregan el endoso: el cheque, además, se transa.
El verdadero premio: la infraestructura de la inteligencia
Todo este ajedrez tiene un solo tablero final, y es el que el título de este libro anuncia. Los chips que ambas potencias se disputan no son componentes genéricos: son la infraestructura material de la inteligencia artificial — el sustrato físico sobre el cual se entrena y opera la primera tecnología de la historia que no automatiza el músculo sino la cognición. La IA no es una industria más dentro de la competencia: es la meta-industria que redefine la productividad de todos los demás, la investigación científica, la guerra, la administración y la educación. Por eso la disputa por el semiconductor es cualitativamente distinta de las guerras comerciales del pasado: no se pelea por un mercado. Se pelea por la velocidad relativa a la que cada civilización podrá pensar.
Y aquí las dos estrategias vuelven a divergir según el patrón que este libro ya conoce. Estados Unidos concentra: los modelos más avanzados, el cómputo más denso, el capital más profundo, y una política exterior orientada a negar esos insumos al rival. China difunde: sin acceso pleno al cómputo de frontera, apostó por modelos abiertos y eficientes, por la integración de la IA en la manufactura, la logística y los servicios, y —como documentó el Capítulo V— por la alfabetización de toda su población en la tecnología, desde la educación básica hasta la formación técnica. Una estrategia busca el monopolio de la inteligencia de frontera; la otra, la capilaridad de la inteligencia disponible. Es demasiado pronto para saber cuál prevalecerá, y este libro no lo decidirá por decreto. Pero la historia industrial ofrece un precedente incómodo para el monopolista: las tecnologías de propósito general —la electricidad, el motor, la computación— terminaron premiando siempre a quien mejor las difundió, no a quien mejor las acaparó.
Yan, Zhao y el chip
Los interlocutores de este libro permiten cerrar el capítulo con las preguntas correctas. Desde el realismo moral de Yan Xuetong, la guerra de los chips es un episodio de liderazgo negativo: una potencia que ejerce su ventaja negando —negando máquinas, negando chips, negando estudiantes— puede conservar la delantera técnica y, simultáneamente, dilapidar la confianza de los terceros que observan; cada país que vio sus fábricas paralizadas por decisiones tomadas en Washington o en Beijing aprendió la misma lección, y la lección no favorece a ninguno de los dos: favorece la redundancia, la diversificación, el desarrollo de capacidad propia. La armada de interdependencia, usada por ambos bandos, está produciendo un mundo que desconfía de toda dependencia; es decir, está acelerando precisamente la multipolaridad que cada bando quería evitar en su favor.
Y desde el Tianxia de Zhao —leído con la advertencia de Callahan incorporada—, la guerra del objeto más pequeño es la refutación más elegante del orden existente: un sistema donde la tecnología que definirá el siglo se administra mediante estrangulamientos cruzados no es un orden mundial; es un empate de vetos. La pregunta que Zhao obliga a hacer no es quién ganará el estrangulamiento, sino si es posible una arquitectura donde la infraestructura de la inteligencia no tenga un afuera — donde el acceso al sustrato de la cognición artificial no reproduzca, con materiales nuevos, la vieja geografía del centro y sus periferias. Nada en 2026 indica que esa arquitectura está cerca. Todo indica que será una de las disputas constitutivas del orden que viene.
Porque si el poder del siglo pasado se midió en barriles y el de este se mide en flujos, el objeto donde ambos se encuentran ya existe, cabe en una mano, y ningún país sabe fabricarlo solo. Esa última frase es, quizás, la única buena noticia de este capítulo.
CONCLUSIONES. EL NOMBRE DEL MUNDO QUE VIENE
Este libro comenzó con una sospecha: que no estamos viviendo una acumulación de crisis, sino el reemplazo del sistema que les daba significado. Siete capítulos después, la sospecha puede formularse como hallazgo — con la prudencia de quien sabe que escribe dentro del proceso que describe, no después de él.
El primer hallazgo es estructural. El centro del mundo nunca fue un lugar: fue la capacidad de concentrar simultáneamente producción, conocimiento, finanzas, poder militar y la facultad de definir reglas aceptadas por los demás. Medido con esa vara, el desplazamiento hacia Asia deja de ser una hipótesis discutible y se convierte en un inventario: allí se concentra una proporción creciente de la capacidad para convertir ideas en objetos, objetos en redes y redes en poder. Los ferrocarriles, los robots, las mallas curriculares, los cohetes y los corredores del Capítulo V no son anécdotas del desarrollo chino. Son la evidencia material de que una de las cinco capacidades —la producción, y con ella una parte creciente del conocimiento aplicado— ya cambió de hemisferio. Las otras resisten en el Atlántico, pero resisten: ese es el verbo exacto, y no es el verbo de los centros.
El segundo hallazgo es más incómodo, porque no habla de los que suben sino de los que bajan. Frente a la pérdida de centralidad productiva, el bloque atlántico no respondió con un proyecto de reconstrucción de capacidades: respondió con una economía política del miedo. El 5% del PIB comprometido en La Haya, los 800.000 millones del ReArm Europe, el 55% del gasto militar mundial concentrado en la OTAN — todo eso no es una política de defensa: es la reorganización de un modelo de acumulación alrededor de la amenaza. Y ese modelo tiene una característica que este libro documentó en dos escenarios distintos, Europa y Gaza, y que constituye quizás su aporte más específico: cuando la seguridad se convierte en producto financiero, la tensión permanente se vuelve el punto de máxima rentabilidad. La paz cierra contratos; la guerra total destruye mercados; la inseguridad administrada rinde. Nadie necesita conspirar para que ese sistema funcione. Basta la convergencia de incentivos — y la convergencia está a la vista, cotiza en bolsa y publica sus perspectivas de inversión.
El tercer hallazgo es jurídico, y es el más grave. La orden de 1945 no está siendo derribada por sus adversarios: está siendo vaciada por sus garantías. La secuencia de 2024-2026 admite una lectura unificada que ninguna crónica fragmentaria permite ver. Los órganos mandatados de la ONU nombraron el genocidio en Gaza, y el genocidio continuó bajo la palabra “alto el fuego” mientras el territorio cambiaba de manos. La justicia internacional fijó su calendario a 2029 para un crimen que ocurre en tiempo real. La potencia fundadora del sistema sancionó a la relatora que aplicaba las reglas del sistema, bombardeó a un país en plena negociación sin autorización del Consejo de Seguridad y asesinó a su jefe de Estado. La misión de paz más antigua del Líbano fue disuelta en la víspera de la guerra que debía prevenir.
Ninguno de estos hechos es una anomalía: juntos son un patrón, y el patrón tiene nombre. Las instituciones fueron diseñadas para juzgar los crímenes de los vencidos, no para detener los crímenes del centro. Cuando el centro se volvió infractor, la orden reveló que nunca tuvo un plan para ese caso, porque ese caso era su punto ciego constitutivo.
El cuarto hallazgo pertenece al terreno donde este libro eligió a sus interlocutores. Las categorías chinas no fueron aquí un ejercicio de exotismo teórico: fueron instrumentos que produjeron resultados analíticos verificables. La teoría relacional de Qin Yaqing explicó por qué fragmentar las relaciones de Europa equivale a reorganizar a Europa, y por qué la destrucción de las condiciones relacionales de Gaza y Líbano produce soberanías-cáscara. El realismo moral de Yan Xuetong permitió medir lo que las métricas materiales no capturan: que un liderazgo que necesita producir enemigos es un liderazgo en declive, y que la memoria acumulada de los países receptores —funciona la carretera?, ¿mantiene su palabra el socio?— pesará más que todas las cumbres. El Tianxia de Zhao Tingyang aportó la vara definitiva: un orden se mide por lo que deja afuera, y Gaza es el afuera constitutivo del orden que se dice basado en reglas. Y Wang Huning, escribiendo en 1991 sobre Estados Unidos, formuló la pregunta que en 2026 se volvió profética para todo el bloque atlántico: si el sistema de valores colapsa, ¿cómo puede sostenerse el sistema social? La respuesta provisional de este libro es sombría: se sostiene monetizando su propio colapso — vendiendo la inseguridad como clase de activo.
El quinto hallazgo es el que las dos guerras de 2026 escribieron por su cuenta. Y la guerra silenciosa del Capítulo VIII agregó el corolario: ni siquiera la interrupción tecnológica, el arma más sofisticada del arsenal occidental, logró detener lo que pretendía — solo logró acelerar la redundancia del adversario y la desconfianza de los terceros.
La fuerza militar pura demostró, en Irán y en Ucrania simultáneamente, que conserva intacta su capacidad de destruir y que perdió su capacidad de construir resultados políticos. Un millón de bajas por un territorio del tamaño de Manhattan; una superpotencia bombardeando para obtener el memorándum que la negociación ya ofrece. Mientras tanto, la potencia que no terminó el semestre como mediadora, con sus rutas defendidas y su tesis demostrada por sus adversarios. Esto no consagra moralmente a China — este libro documentó sus ambigüedades, sus coerciones posibles y la pregunta abierta de si puede existir una china roja sin centralidad china. Pero establece un hecho histórico: en la transición en curso, la gramática de la conectividad está derrotando a la gramática de la interrupción. No en los discursos. En los resultados. Queda entonces la pregunta del título. Si el centro fue una capacidad y esa capacidad se dispersa, ¿qué viene: un nuevo centro o el fin de los centros? La honestidad obliga a responder que este libro no lo sabe, ya desconfiar de quien diga saberlo. Lo que sí puede afirmarse es dónde se decidirá. No se decidirá en las cumbres, sino en la experiencia acumulada del Sur Global, que por primera vez en siglos puede negociar entre varios oferentes — y cuya pregunta madura ya no es “¿con quién estamos?” sino “¿qué red de relaciones aumenta nuestra capacidad propia?”. Se decidirá en si América Latina deja de negociar fragmentada, en si África logra transformarse en vez de solo exportar, en si Vietnam sube la cadena sin quedar atrapada, en si Europa recuerda que la regulación no sustituye a la capacidad. Y se decidirá, cada vez más, en un terreno que ninguna transición hegemónica anterior conoció: el de las inteligencias no humanas que una civilización está incorporando a la formación de toda su población mientras la otra debate, con razones legítimas pero con el reloj corriendo, qué debe prohibirse primero.
Las preguntas finales de este libro no son retóricas, y conviene dejar las armadas para el trabajo que sigue. ¿Puede la eficiencia coexistir con libertad, diversidad y control público? ¿Puede haber orden sin un afuera sacrificable — un Tianxia real, no una jerarquía con otro centro? ¿Puede el derecho internacional sobrevivir a la evidencia de que sus garantías fueron sus infractores, o habrá que construir su sucesor desde otras manos? ¿Y puede el periodismo —este oficio— seguir llamando “alto el fuego” a lo que mata, “defensa” a lo que rentabiliza y “orden” a lo que excluye, sin volverse parte de la maquinaria que describe?
La infraestructura no es automáticamente emancipadora, escribimos en el Capítulo V. Tampoco lo es la multipolaridad. Pero ambas amplían las opciones — y la ampliación de opciones es la definición más honesta de poder que este recorrido encontró. El poder del siglo XXI será el poder de hacer circular el mundo. La política del siglo XXI será la disputa por que esa circulación no reproduzca, con nuevas banderas, la vieja arquitectura del centro y sus afueras. Ese es el trabajo pendiente. Este libro quiso, al menos, dibujar el mapa verdadero sobre el cual habrá que hacerlo.
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