Es muy triste que, en Colombia, una vez más, no haya ganado la paz

Por culpa de las y los estúpidos. Sí, la culpa de que en Colombia no nos hayamos despertado pudiendo gritar “Cepeda presidente” y de que no vayamos a tener un gobernante decente los próximos cuatro años es de aquellas personas que, como decía Cipolla, son tan tontas que perjudican a las demás fastidiándose a sí mismas.

En Colombia, los estúpidos son los que sin ser abelardistas (si es que ese término existe y ojalá nunca llegara a existir) han votado o por miedo (legítimo por otra parte), sin pensar que el verdadero temor es el que durante la campaña ha promovido y propuesto el ´puto tigre`, o por no darle el voto a quien señalaban como un ´guerrillero comunista`, demostrando su estulticia porque ni siquiera saben qué significan esos términos.

Nada más lejos de la realidad que tildar a Cepeda así. Un filósofo pacífico, tal vez demasiado de ambos, que pone la paz, la vida y el diálogo por encima de cualquier otra cosa. Es más bien como ese maestro que, cuando se marcha, nos deja el alma en una nube y el cuerpo como un lamento. Aun así, no ha sido suficiente.

Y nada más cerca que las amenazas del otro, que destripará, como hacía con los gatos, a la gente que no le siga. Cuando nos destripen por pensar, sentir o actuar diferente la culpa será de ustedes. De las estúpidas personas que le votaron y también de los pasotas que no fueron a votar. Otra vez, como en el plebiscito de 2016 y en la primera vuelta de estas elecciones, ha ganado la abstención. Algo más de quince millones de colombianas y colombianos han dejado al pairo el destino de sus vidas y de su país.

Ojalá me equivoque, pero el horizonte se presenta, además de incierto, más oscuro y tenebroso. En cuatro años las cosas pueden empeorar mucho, porque destruir es más fácil y rápido que construir.

No pudo ser porque la ignorancia le ganó la partida al sentido común y el odio, en cualquiera de sus estadios, ha matado al amor y a la vida. La dignidad tendrá que esperar una nueva oportunidad y la esperanza seguirá escondida, para no perderse, en el envés de esas hojas en las que el verde es de todos los colores.

La suerte está echada, hemos cruzado el Rubicón y, tras jugarnos la vida al azar, nos ganó la violencia. Que la paz, en Colombia y en el mundo, esté con todas vosotras y en todos nuestros espíritus.

No se olviden de Gaza, ni de Cuba, ni del Líbano. Y tampoco de Colombia.