Vivimos un momento histórico en el que la violencia ha vuelto a ocupar un lugar central como método de resolución de conflictos. En distintas regiones del mundo se multiplican las guerras, las intervenciones militares, las crisis humanitarias y los discursos de odio que buscan justificar la destrucción en nombre de la seguridad, la estabilidad política y económica o la defensa de intereses nacionales. Mientras tanto, las poblaciones civiles pagan el costo más alto: genocidios, desplazamientos forzados, hambre, destrucción de ciudades enteras y, además del dolor físico, un sufrimiento psicológico que atraviesa generaciones.

Aunque se produzcan momentos de tregua o interrupciones temporales de los enfrentamientos, la lógica de la guerra continúa generando profundas consecuencias en los grupos humanos afectados e impactos económicos a escala mundial. El cobarde bombardeo de potencias militares contra personas indefensas, el intento de exterminio de la población palestina en Gaza y las agresiones injustificadas contra Irán revelan un modus operandi: el sistema imperialista estadounidense recurre desde hace décadas a guerras, invasiones e intimidaciones económicas para alcanzar sus objetivos, sin el más mínimo respeto por el derecho internacional.

Es necesario comprender que las guerras no surgen de una única causa aislada, sino de la convergencia de múltiples factores. En el caso específico de las tensiones que involucran a Irán, entre las causas que condujeron a la guerra sionista-estadounidense contra el mundo persa (o sino-persa), se encuentran: las disputas por el mantenimiento de la hegemonía económica mundial, en contraste con la inevitable reorganización del orden internacional hacia una configuración multipolar; los conflictos en torno a las rutas energéticas y al petróleo; la carrera tecnológica y científica; la disputa por minerales estratégicos; y también elementos psicosociales, como los nacionalismos exacerbados, los radicalismos ideológicos y los procesos de deshumanización del otro.

Al mismo tiempo que esta multiplicidad de factores opera en el plano internacional, siempre ha existido, en el horizonte de los mejores propósitos humanos, el objetivo de erradicar la violencia y construir la posibilidad de la paz mundial. La superación de los conflictos exige medidas objetivas: el cese inmediato de los ataques, la retirada de las tropas de los territorios ocupados, la eliminación de las amenazas y de la retórica belicista, el respeto al derecho internacional, el fortalecimiento de los organismos internacionales de mediación, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para un verdadero seguimiento público de los acuerdos establecidos, y un compromiso efectivo con la reconstrucción material y humana de las poblaciones afectadas.

No se trata solamente de detener los bombardeos; se trata también de reconstruir vidas. Reconstruir escuelas, hospitales y ciudades, pero también brindar apoyo a las víctimas, afrontar los traumas colectivos y buscar reparar los daños humanos y ambientales, muchas veces irreversibles.

Es urgente construir la paz y hacer efectivo el desarme bélico. También es necesario despertar la conciencia de la No Violencia Activa, que rechaza tanto la violencia física de la guerra como las violencias económica, racial, política, religiosa, psicológica, de género y moral, que ponen en riesgo la vida y la cotidianidad de individuos y pueblos.

El Humanismo Universalista, desde sus orígenes, se ha posicionado históricamente contra las guerras y rechaza toda forma de violencia y discriminación. La guerra representa una de las máximas expresiones de deshumanización, al transformar a los seres humanos en instrumentos de muerte subordinados a intereses económicos, estratégicos o ideológicos.

La superación de la violencia constituye uno de los principios fundamentales del Humanismo Universalista, ya que la violencia impide que el ser humano sea colocado como valor y preocupación central. No será posible construir sociedades basadas en la igualdad de oportunidades mientras persista la violencia, que perpetúa la prehistoria humana.

Desde esta perspectiva, la transformación necesaria no puede limitarse a una reorganización superficial de las instituciones políticas, económicas o militares. Debe avanzar hacia la transmutación de las estructuras mentales que producen la violencia, la discriminación y la intolerancia. Es necesario fortalecer prácticas educativas orientadas a la deconstrucción del racismo, la xenofobia, la islamofobia, la violencia de género y otras formas de prejuicio y discriminación que alimentan la representación del otro como enemigo y legitiman la agresión.

La crisis actual no es simplemente una suma de crisis aisladas. Observamos la expresión de una crisis más amplia, marcada por la concentración económica, la desigualdad y el uso recurrente de la violencia como mecanismo de poder.

Ante ello, se hace necesario exigir:

  1. El desarme nuclear a nivel mundial;

  2. La retirada inmediata de las tropas invasoras de los territorios ocupados;

  3. La reducción progresiva y proporcional de los armamentos convencionales;

  4. La firma de tratados de no agresión entre los países;

  5. La renuncia de los gobiernos a utilizar las guerras como medio para resolver conflictos;

  6. La reforma y el fortalecimiento de la ONU.

En un momento histórico marcado por guerras, discursos de odio y crecientes amenazas a la convivencia humana, afirmar la paz y la no violencia deja de ser solamente una posición política: se convierte en una necesidad histórica.

Brasil, mayo de 2026

Centro de Estudios Humanistas Pindorama

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