El asesinato de los hermanos Vaisi y el precio de la identidad cultural en Irán

Mientras el tablero geopolítico de Oriente Medio acapara constantemente los titulares mundiales, en las provincias marginadas de Irán sigue desarrollándose una campaña interna silenciosa y letal. La mañana del jueves 28 de mayo de 2026 (7 de Khordad de 1405), las consecuencias de esta confrontación patrocinada por el Estado se tornaron fatales en la provincia occidental de Kermanshah. Durante una operación de seguridad selectiva, las fuerzas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (IRGC) rodearon una casa segura residencial en la aldea de Qaleh Kohneh, cerca del condado de Dalaho, y abrieron fuego intensamente sin previo aviso. La operación provocó la muerte inmediata de dos destacados activistas culturales kurdos y hermanos: Meysam Vaisi y Mojtaba Vaisi.

Más allá de una simple noticia de seguridad rutinaria, el asesinato selectivo de los hermanos Vaisi pone de manifiesto una inquietud institucional calculada hacia la preservación cultural de base y la identidad de las minorías. Los informes locales y los medios de comunicación kurdos independientes, entre ellos Paraw News y Risalat News, ofrecen una imagen vívida de las víctimas. Lejos de ser insurgentes armados, Meysam y Mojtaba eran figuras civiles muy respetadas en su comunidad. Fueron los fundadores de una biblioteca local en el distrito de Dere-Drij, en Kermanshah, y organizadores clave de las celebraciones públicas del Año Nuevo kurdo tradicional (Newroz), eventos que se han convertido cada vez más en escenarios de resistencia cultural implícita.

Además, los hermanos Vaisi pertenecían a la fe yarsaní (Ahl-e Haq), una minoría religiosa distintiva que ha sufrido décadas de discriminación sistémica, exclusión socioeconómica y privación de derechos legales bajo el marco teológico de Irán. Al crear centros culturales como bibliotecas y mantener vivas las tradiciones autóctonas, figuras como los hermanos Vaisi proporcionan a los jóvenes marginados un sentido de identidad que existe al margen del discurso ideológico monolítico del Estado. Es precisamente esta capacidad para movilizar e inspirar a las comunidades a nivel de base lo que convierte a los defensores de la cultura en «amenazas a la seguridad existencial» a ojos del Estado.

La violenta redada en Qaleh Kohneh no fue un incidente aislado, sino el punto álgido de una prolongada campaña de acoso judicial y físico. Ambos hermanos habían estado sometidos a una intensa vigilancia y presión por parte de los aparatos de seguridad tras su participación en protestas civiles generalizadas. Mojtaba Vaisi, por ejemplo, había sido detenido violentamente por las fuerzas de seguridad en marzo de 2024 (Esfand 1402) mientras se preparaba para una celebración del Newroz en el Parque Newroz de Kermanshah. Tras soportar 18 días de aislamiento y un intenso interrogatorio, fue trasladado a la tristemente célebre prisión de Dizel Abad antes de ser puesto en libertad provisional tras pagar una elevada fianza de 700 millones de tomans. Su hermano, Meysam, presentaba un perfil similar de persecución judicial debido a su inquebrantable defensa de los derechos civiles de los yarsaníes y los kurdos. Ante las inminentes y graves amenazas a sus vidas tras las recientes oleadas de disturbios, los hermanos se habían visto obligados a pasar a la clandestinidad, viviendo de forma oculta hasta que su refugio quedó comprometido.

La redada también pone de relieve las consecuencias colaterales, aún sin verificar, de estas operaciones estatales. Los informes indican que un compañero, identificado como Farshad Hatamipour, se encontraba presente en el lugar durante el ataque. Se desconoce por completo su paradero actual, lo que suscita una preocupación urgente entre los defensores de los derechos humanos ante la posibilidad de una detención secreta, una desaparición forzada o lesiones no reconocidas.

​Para los observadores internacionales, el asesinato de los hermanos Vaisi debe entenderse en el contexto histórico más amplio de cómo el Estado iraní gestiona sus regiones periféricas. Durante décadas, las provincias pobladas por minorías étnicas y religiosas —como Kurdistán, Kermanshah, Sistán y Baluchistán, y Juzestán— han sido tratadas desde una perspectiva estrictamente centrada en la seguridad. Con el pretexto de mantener la integridad nacional y combatir el separatismo, el Gobierno central recurre habitualmente al uso desproporcionado de la fuerza militar, a las detenciones masivas y a los bloqueos económicos contra estas regiones.

Cuando los organismos internacionales y los medios de comunicación occidentales critican a Irán, suelen centrarse exclusivamente en la dinámica política de Teherán o en la política exterior del país. Sin embargo, el verdadero barómetro de los derechos humanos en Irán se encuentra en los valles de Dalaho y en los barrios de Kermanshah. Al atacar a los agentes culturales —aquellos que recurren a los libros, la música y la organización comunitaria en lugar de a las armas—, el Estado pretende decapitar el liderazgo intelectual y social de las comunidades minoritarias.

En el momento de redactar este artículo, los medios de comunicación estatales iraníes y las autoridades han mantenido su característico silencio, sin ofrecer transparencia oficial ni una justificación jurídica detallada de la redada letal. La verificación independiente de los más mínimos detalles sigue siendo increíblemente difícil debido a las severas restricciones impuestas al periodismo independiente, los cortes de Internet localizados y un clima generalizado de miedo diseñado para silenciar a los testigos locales.

La tragedia de Kermanshah es un claro recordatorio para la comunidad internacional de que la defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva. La lucha por la autodeterminación, la supervivencia cultural y la dignidad humana básica de las poblaciones kurda y yarsani en Irán no debe quedar sepultada bajo el ruido de los estancamientos geopolíticos mundiales. Meysam y Mojtaba Vaisi fueron asesinados porque creían que una biblioteca y un festival tradicional podían servir de refugio para el alma de un pueblo. Enfrentarse a la maquinaria que los silenció es responsabilidad colectiva de cualquiera que afirme defender los derechos humanos universales.