Por Ana Lucía Calderón
Colombia es famosa a nivel internacional por décadas de violencia y narcotráfico, bellos paisajes, café y exportación de mercenarios. Viviendo en el exterior también he sabido que la conocen por sus telenovelas y producciones donde el orgullo nacional resalta su historia y cultura ligadas al narcotráfico. Con famosos personajes como Pablo Escobar o el mayor asesino en serie de niños del mundo, Luis Alfredo Garavito, hoy nos presenta a otro que seguramente, si llega a ser Presidente, se pondrá a la altura de los anteriores: Abelardo, el destripador, también llamado “el abogado más delincuente de Colombia”.
Durante los últimos cuatro años del gobierno de Gustavo Petro, el país tuvo la sensación de marchar hacia otra dirección, aunque en lo concreto, mejor dicho, respecto a las condiciones de violencia, descomposición social y cultural realmente no tuvo un cambio significativo. Siempre que expresé dicha opinión ante mis familiares, amigos y conocidos fui increpada con acusaciones de estar hablando de lo que no sabía. Resultaba que el país al que conozco profundamente desde niña, por el que he viajado y estudiado con tal obsesión, era ajeno a mí por el solo hecho de no estar inmersa en la euforia “progresista”. Incluso me acusaron de que por no estar permanentemente allí, no podía darme cuenta de los cambios. Con humildad, me lo cuestioné, pues supe desde que partí que nunca volvería al mismo país del que me fui, por aquello de que nadie se baña en el mismo río dos veces. Con un matiz, y es que ni por un día dejé de seguir la gestión del gobierno, sus noticias, ni escuchar las opiniones de su gente.
El primer impacto que tuve en mi última visita al país fue no entender el idioma. No porque yo ya no hable español, sino porque la gente que pasaba por mi lado, los jóvenes, hablaban una especie de lenguaje vandálico entre español e inglés de canción de reguetón que me era ininteligible. Por supuesto, ya antes había notado que los niños hablaban con ese acento de las malas traducciones de películas de Walt Disney (mexicano gringo) y un lenguaje al que llamo tipo Netflix. Un conjunto de clichés y lugares comunes llenos de falsedad que se disfrazan de emotividad y sensibilidad.
Pero más grave aún, fue la sensación de inseguridad que toda la gente sentía de su entorno. Esto no sería extraño si no fuera porque eran los mismo lugares “inseguros” que toda la vida recorrí, con sus habitantes acostumbrados que me sorprendió verlos tan asustados. Consideré que seguramente en un mundo post-pandemia, la miseria se había incrementado a gran escala y por eso la drogadicción en las calles y parques se vivía sin vergüenza alguna. Lo que fue antes un mundo marginal había salido a la luz. Lo cual tampoco me extrañó pues está de moda el estilo “hobo chic” (o sea parecer un indigente de calle), desde las pasarelas más famosas de Europa a las de Nueva York.
Toda esta introducción necesaria para poder contextualizar por qué el candidato a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella, gana las elecciones en primera vuelta, dejándolo con un opción grande para ser el próximo Presidente. Inmediatamente después de las elecciones de este domingo, Gustavo Petro denunció un fraude, incluso participando abiertamente en política (lo que por ley está prohibido). Esta desesperación a mi modo de ver, es un error que le resta al candidato por el Pacto Histórico, Iván Cepeda, la posibilidad de convencer a la gente del centro de sumarse a él. Pues esta pequeña población que no gusta de extremos políticos (ultraderecha-izquierda), temen en gran medida, al no cumplimiento de las leyes y a que se rompa la división de poderes de un Estado que está por completo carcomido por la mafia y la corrupción.
Lo que aparentemente este enfrentamiento político deja ver, son las orillas de dos Colombias. Por un lado la representada por Abelardo, el destripador, quien orgullosamente ha prometido “destripar” a la izquierda y perseguir hasta el final a todo lo que se relacione con el gobierno de Petro o cualquier otro opositor a Uribe o a lo que éste ha representado en las últimas décadas para el país. Por el otro, la continuidad del gobierno de Petro en cabeza de Iván Cepeda, defensor de Derechos Humanos, heredero de las luchas de las víctimas de la violencia en el país para conseguir justicia, devolución de tierras, reparación y representante de ese llamado “progresismo” apoyado por el globalismo de las élites mundiales, aquel del “mundo basado en reglas”.
La amenaza de Abelardo, de querer destripar “a la izquierda”, se entiende más en concreto como “destripar” a los que tengan ideas de izquierda, y de eso sí que sabemos los colombianos que vivimos los años 80 y 90 en Colombia, que no es retórico, por más abogado que sea, el uso de la palabra “destripación” o sacar las tripas a sus enemigos.
Abelardo de la Espriella es un performans del mismo tipo que lo son Trump, Milei, Bukele o el mismo Zelensky. Se viste con el traje y el discurso que más pasión encienda a su pueblo, para que sus amos de la mafia supranacional corporativa no pierdan el alimento para seguir ostentando el poder en el continente y mucho más si es un territorio tan estratégico como lo es el colombiano.
Aunque tantos digan y repiten que Álvaro Uribe está acabado, que no tiene más poder, porque está “quemado”, consideran que ese poder se restringe al que tiene en el país, extensión de su finca. Pero lo que los conocedores de geopolítica saben es que Álvaro Uribe es una pieza fundamental de la mafia latinoamericana, que tiene nexos con Narquito Rubio y que todo el fenómeno de aumento de narcotráfico y violencia por el continente, tiene relación con su nombre, incluida la exportación de mercenarios a Ucrania.
Por esa razón, es que se entiende que la jugada de Uribe le salió acertada, le apuntó a dos opciones sociales: la extrema, la caricaturesca más lumpen (candidato Abelardo) y a la de centro, de gente “divinamente”, de clase alta (candidata Paloma Valencia), que guarda algo de “pudor” como para identificarse con el personaje de la Espriella que en plena entrevista le pide a la chica periodista, que le mire su entrepierna para que verifique el tamaño de su miembro masculino. Escándalo que en las encuestas logró subirle la intención de voto. Pero por qué el asombro pienso yo, cuando todo un país repite en canciones y letras, en medios de comunicación, en pancartas publicitarias, en todas partes ese mal gusto y vulgaridad.
El candidato de “ultraderecha” como lo llaman, con lo cual difiero pues para eso tendría que profesar alguna ideología política y no comportarse como un mandril, un día aparece libertario, ateo, y al otro llora en las iglesias recibiendo a Cristo, y en general dice y se contradice, sí, ¿adivinen como quién? En efecto es el efecto Trump. Cualquiera puede decir cualquier cosa, incluso quedar grabado y luego dirá que no es verdad, que es “desinformación” y después es demandado y obligado a pagar.
Todos los periodistas que han investigado o denunciado a de la Espriella, han sido demandados por él. Porque el abogado tiene una forma infalible: los sorteos que se hacen para saber qué juez llevará los casos, caen siempre en Barranquilla, donde tiene a sus fichas para que juzguen a su favor. Más de 100 periodistas están demandados.
Quisiera analizar por qué esta figura o este personaje que encarna Abelardo, el próximo destripador de Colombia, es el indicado para reemplazar a Álvaro Uribe, el Matarife.
Colombia cambió sí, después de una pandemia que arruinó mucho y para peor la vida de la mayoría y enriqueció mucho más a los ricos, se inició un proceso de retorno de los campesinos a sus tierras, una mayor toma de conciencia nacional por nuestras riquezas naturales y un trabajo social con la masa juvenil que es muy alta en el país. Desde ese ámbito, Uribe que había representado al soñado capataz de la finca, la mano dura que la gleba pedía, de pronto quedó caduco. Porque ese país ya era otro. Y como me pasó a mi, que ya no entendí el idioma que hablaban en las calles los jóvenes, necesitaban otra figura que reuniera y significara a esa misma Colombia, la que un día añoró tener su propio Fujimori.
Ahí tenemos entonces la imagen perfecta del sueño juvenil de cierta clase colombiana: el que admira a Elon Musk por ser “tan avispado” y hacerse rico no importa que haya estafado o robado a su papá para hacer su empresa. Jóvenes admiradores de él, los tenemos por el mundo entero. También está ese muchachito cruel que le pone pólvora al gatillo para que explote por los aires, la historia que como algo gracioso le contó Aberlardo al “comediante” menos cómico en la televisión colombiana. Según Abelardo, lo hizo cuando “era niño e inocente”. Debe haber muchos de esos jóvenes identificados con ese tipo de inocencia y pilatunas de infancia de Abelardo, que entre otras cosas, tiene fusiles mandados a hacer en la propia fábrica de armas del Estado colombiano (INDUMIL), por aquello de su afición infantil a la pólvora.
Abelardo de la Espriella es un dandy, pero en las circunstancias colombianas, más parece un La Sape, o sea un dandy africano. Los que en medio de las condiciones infrahumanos de sus pueblos desfilan con ropa colorida y extraordinariamente cara, por calles despavimentadas, insalubres y miserables, para alardear ante su gente, ser envidiados y volverse un ejemplo. Y con eso generar un anhelo de querer alcanzar lo mismo a toda costa y sea como sea. Esta mezcla entre tinterillo-dandy que más se asemeja a proxeneta o padrote, término más apropiado para el lenguaje narco de Miami en el que de la Espriella se mueve, se identifica con los valores de una masa que en el mundo y no solo en Colombia aumenta de modo estrambótico. Por cierto, no olvidemos, que este señor también es ciudadano estadounidense, así que ha jurado servir a los intereses de EEUU.
Al describir a Abelardo de la Espriella de esa forma, veo al pueblo colombiano en una masa general, a ese hombre que no lee un libro y que por lo contrario le avergonzaría leer, que solo piensa en fútbol y mujeres, ese que piensa que no es pendejo y que “a papaya puesta, papaya partida”, la chica que no es prostituta aunque pase sus jornadas laborales frente a una cámara web masturbándose, la madre orgullosa que le pide a su hija que se consiga un mafioso para que le asegure una buena vejez. El ladrón que roba y apuñala a quien le ayuda en la calle y al ser preguntado de por qué lo hizo responde “pues porque ¡quién lo manda a sapo!”, castigando con eso la bondad o solidaridad humana.
Lo que no pudieron ver los seguidores de Petro en estos años, es que ese país no desaparecía. Que el masivo lumpen que un día salió a las calles para manifestar su ira, también puede salir por cualquier razón, de todos modos saldría, porque la ira sin sentido y el resentimiento no significan consciencia de clase. Porque se puede ser pobre pero no lumpen. Porque cuando continuaron patrocinando todas esas expresiones culturales decadentes de la cultura supranacional, imperial, no solucionaron ni crearon valores nuevos ni humanos. Los discursos no crean ética. Cuando uno escucha en los medios de comunicación “progresistas” a gente con el mismo mal gusto y mala educación al hablar, afirmándose en todo lo contrario a lo ético, orgulleciéndose de lo ordinario, de lo bajo, de lo sucio y de lo feo. ¿Dónde estaba el cambio entonces? ¿Dónde están las dos Colombias?
Yo solo veo a una Colombia, la que no me sorprende que vote por Abelardo el destripador, porque fue de esa Colombia de la que me fui.













