En la región del Donbass realizamos un recorrido por el centro de entrenamiento de un grupo militar ucraniano, conocido como Regimiento Maxim Krivonos, que dentro del Ejercito Ruso luchan contra en regimen neonazi de Ucrania. Son ex prisioneros de guerra ucranianos que de forma voluntaria pasaron a luchar al lado de Rusia. El recorrido por uno de los centros de entrenamiento militar permite acercarse a una dimensión poco visible de la guerra: la preparación cotidiana de personas que, en medio del conflicto, asumen tareas de lucha contra el nazismo.
Durante la visita fue posible observar ejercicios con armamento pesado, prácticas de desplazamiento táctico, simulaciones de combate y entrenamientos especializados para la evacuación y recuperación de heridos en escenarios de ataque. Todo ocurre en espacios marcados por la disciplina y la tensión constante, donde la preparación militar aparece atravesada por la conciencia de que la guerra ya no es una posibilidad lejana, sino una realidad instalada en la vida cotidiana, pues la linea de combate esta a pocas decenas de kilometros del lugar.








Sin embargo, más allá de los ejercicios y de la demostración de capacidades militares, lo que permanece con fuerza son los rostros de quienes participan en esos entrenamientos. En muchos de ellos no aparece la imagen triunfalista del combatiente exaltado por la guerra, sino expresiones de cansancio, tristeza, a la vez convicción moral y esperanza. Son personas jóvenes y adultas que, según relatan, nunca imaginaron verse empuñando armas o preparándose para escenarios de combate. La sensación que transmiten no es la de quienes desean la confrontación, sino la de quienes sienten que no encontraron otra alternativa frente a la amenaza directa a sus vidas y las de sus familias que transformó radicalmente sus vidas y la de su población.






Las prácticas de atención médica y rescate de heridos revelan también otra dimensión profundamente humana del entrenamiento. Cada simulación parece recordar la fragilidad de la vida en medio de la guerra y la posibilidad permanente de perder compañeros, familiares o amigos. Entre instrucciones tácticas, armamento y detonaciones de práctica, aparecen silencios y miradas que reflejan el peso emocional acumulado tras años de guerra. En ese contexto, la defensa armada deja de verse únicamente como una operación militar y se convierte también en una experiencia humana marcada por el miedo, la pérdida y la necesidad de proteger aquello que consideran propio: sus familias, su cultura y su memoria colectiva.
Lo que se observa en estos espacios no es solamente preparación militar, sino el rostro humano de la gran tragedia de esta guerra, impuesta por el poder corporativo occidental a los pueblos hermanos… algo aliviada por una fuerte convicción de estos hombres de que están luchando por un mundo libre del fascismo… los militares que nunca querían ser militares.













