La pantalla dejó de estar oscura y me increpó con esa imagen, algo me atravesó el pecho. Yo estaba en una videollamada de trabajo y, sin embargo, ese fondo de pantalla me enmudeció. Las voces que venían de otro dispositivo me preguntaron si estaba bien, dije que sí, que sólo me había distraído con algo y retomé lo que estaba diciendo, pero mentí. No estaba bien, tampoco mal, simplemente no estaba más ahí y creo que desde entonces estoy en ese otro lado, el de la mudez y el sobresalto. Resulta que el lugar geográfico más valioso e importante para mi familia materna y epicentro de la felicidad absoluta de mi biografía, se me apareció en forma de imagen aleatoria de un paisaje, en el protector de pantalla de Windows 10 creado para la entretención de los incautos y para alargarle la vida al monitor. La incredulidad. Por un instante dude de que esa fuera la imagen que estaba viendo y la registré con mi celular como si necesitara probármelo. Repasé la belleza imponderable de ese sitio, lo extrañé profundamente, recordé con amor a toda mi familia e identifiqué la percusión que, en mi pecho, sólo produce ese lugar. ¿Qué hacía La Piedra del Peñol ahí, en la pantalla de una computadora en una fría oficina del microcentro porteño?

Tuve el impulso frustrado de querer sacarla de ese pusilánime carrusel de imágenes azarosas y lejos de una emoción edulcorada de orgullo, lo que yo sentí fue rabia. Rabia por ver ese sitio precioso, mítico y originario expuesto por segundos, mostrado en un rectángulo plano, de un modo tan irrespetuoso como si se tratara de la exhibición de cualquier cartel, de cualquier lugar, sin relato, sin alma, siendo tratado en los hostiles términos que han impuesto el turismo, la gentrificación y la pasión por la ignorancia. Me pregunté cuántas personas habrán visto esa imagen en sus pantallas y me aterró imaginar una cifra. Pensé en la mezquindad en la que ha
devenido este mundo, lleno de cosas para ser vistas y no para ser tocadas.

Entonces recordé la textura de esa enorme piedra y la de todas que, siendo mucho más pequeñas, aparecen como ofrendas arrojadas desde el cielo, incrustadas en la tierra de toda esa región. Pensé en mis ojos, que son iguales a los de mi madre y a los de mi abuela, abiertos y desorbitados conociendo el deslumbramiento frente a esa colosal roca y su entorno, y me imaginé a mi bisabuela y a mi tatarabuela siendo niñas también ahí. Pensé en mis dedos creciendo mientras recolectaba moras y en mi abuelo, secando al sol la cosecha de café, sonriendo y sosteniendo un tabaco al mismo tiempo y llenándonos las manos, a todos sus nietos, con dulces de anís. Volví a la emoción más poderosa de mi niñez: la de la certeza del fin de la escuela en la ciudad y el inicio de los días más felices, ahí, en la finca. Corroboré mi registro intacto del viento frío, las mil montañas y el agua rodeándome. Mi infantil miedo nocturno en luna llena y el reflejo de la piedra y su flamante “GI” en el agua, incubándome el
vértigo. Fui, gracias a ese lugar, una niña encandilada por la abundancia y la voluptuosidad de este planeta.

También pensé en la sequía de finales de los 80 y principios de los 90 que ocasionó una crisis energética que para mí fue más un acto de justicia, porque secó toda el agua y nos permitió caminar con mi abuela por las desdibujadas calles que fueron las de su pueblo. El lugar en el que parió a sus hijos e hijas y en el que enterró a sus muertos, en el que se convirtió en abuela, en el que supo ser la mejor modista, el pueblo en el que construyó toda una vida y una enorme familia hasta que la miseria en nombre del progreso lo inundó y lo desapareció debajo de la que sería la primera gran hidroeléctrica y mayor embalse regulador de Colombia.

¿Son el lugar de arraigo y el cuerpo dos entidades completamente separadas? No. El amor escapa a cualquier materialidad, es imposible fotografiarlo. Ese lugar tan mío y de los míos me dio las pautas a partir de las cuales ver y descubrir el resto del mundo para siempre, y me permitió la promesa que habita cuando se crece entre montañas, la de inquietarse con lo que pueda haber del otro lado. Vengo de un linaje de mujeres extraordinarias que durante siglos hemos mirado con asombro esa piedra enigmática y preciosa, saber que mis ancestros están en esa tierra y debajo de su enorme espejo de agua me impulsa a la necesidad y el compromiso de narrarnos, para sacarnos de ese vacuo y deshabitado fondo de pantalla y de todas las fotos y selfies de gringos y turistas, para oponerme y tratar de hacer algo contra la
ruindad del consumo, para tratar de mitigar, por lo menos en una mínima parte, al escalofrío de la profanación.