Por Ana Lucía Calderón

El discurso de Gustavo Petro en la ONU fue explosivo, histórico y conmovedor, si pensamos en la participación que Colombia ha tenido en la historia de este organismo internacional. Básicamente canta unas verdades que todos conocemos: que la lucha antidrogas es la gran farsa occidental, de EEUU, el mismo que mata a su gente con drogas sintéticas (y no con las importadas), que la DEA es un grupo de delincuentes que participa de ese negocio ilícito que dice que combate, que la sociedad norteamericana y capitalista en general, produce todos estos males sociales, como lo es la soledad, la angustia y la desesperanza, conduciendo a su población a refugiarse en las drogas, que los entretenimientos que ofrece en su mayoría son destructivos para la gente, que la selva amazónica la destruyen las mismas potencias que dicen que la quieren salvar… O sea, un discurso que todos queremos escuchar, claro está. Petro ha aprendido a ser un gran orador y nos hace saltar el corazón, incluso a los que sabemos que la figura de él sólo es eso, que más al fondo no hay un valiente revolucionario, aunque él sí sea un hombre valiente que ha sobrevivido, primero, y segundo, que ha persistido hasta lograr el objetivo de ser presidente de Colombia.

Aunque un poco trillado, debemos recordar el pasado guerrillero de Gustavo, pero no para utilizarlo como lo suele hacer la derecha colombiana, que es para desacreditarlo por «violento», «terrorista» o «delincuente», sino para aclararle al público qué clase de guerrilla fue el M-19. Dejando de lado el hecho de que su inicio fue la respuesta a un fraude electoral, que pretendía evitar que volviera a la presidencia Gustavo Rojas Pinilla, el único «dictador militar» que ha tenido Colombia, porque ella es «ejemplo» de democracia para el continente, quisiera decir que la guerrilla del M-19 tenía una ideología muy parecida a la del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Claramente no querían seguir una línea ni marxista, ni totalmente pro-soviética, ni castrista ni maoísta ni trotskista. Era un movimiento que convocaba mayorías porque no necesitaba de cuadros formados políticamente. Los resultados fueron obvios cuando en la historia reciente colombiana vimos a los «ex M», los que alguna vez tuvieron altos mandos, convertidos en los más uribistas, incluso defendiéndolo más que los propios miembros de partidos tradicionales como el liberal o el conservador. La mayoría de sus sobrevivientes, estuvieron del lado de los tiranos que masacraban a su propio pueblo, nos avergonzaban a todos los que un día nos motivamos con estos chicos simpáticos de acciones simbólicas y diferentes, «mamándoles gallo» a las autoridades criminales con sus actos tipo «Robin Hood», lejos de esa forma grave, seria, cuadriculada del comunista de los tiempos de la guerra fría (hoy no es que hayan cambiado mucho, porque ni sentido del humor suelen tener). Para mi pesar, Petro tampoco tiene gran sentido del humor, aunque es costeño y se diría «alegre» y extrovertido, extrañamos que hubiese aprendido algo del líder que fundó el M-19, el gran Jaime Bateman Cayón. Un ser humano fascinante, que ni siquiera sus ex-compañeros recuerdan, ni en sus ideas ni en sus frases y ni lo nombran. Él fue el ideólogo del M-19.

A veces me pregunto cuál será la intensión de querer olvidar al único de nuestros revolucionarios con sello colombiano. ¿Por qué lo recuerdo tanto yo, qué veo en esa figura que no pudo tomar mayor fuerza en la historia colombiana? Bateman tuvo una claridad magnífica del Antiimperialismo norteamericano. Él nació en Santa Marta, en la costa Atlántica colombiana, vivió alejado de la violencia que había tomado al país, en la zona Andina y los llanos Orientales, después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Creció en la zona de influencia de las grandes corporaciones norteamericanas que robaban nuestras riquezas, y que patrocinaban ejércitos para defenderse de los campesinos trabajadores y matarlos cada vez que se sublevaban, pues vivían como esclavos (como la masacre de las bananeras realizada por la United Fruit Company en 1928 y que García Márquez inmortalizó en Cien Años de Soledad, de lo contrario el mundo ni recordaría lo ocurrido). Fueron los tiempos que anticiparon el horror paramilitar en la región. Bateman sabía perfectamente que el enemigo de nuestro desarrollo y de nuestra historia eran el colonialismo, el saqueo y el imperialismo norteamericano y europeo. Pero además de tener formación e ideas propias, originales, para hacer una Revolución, para realizar cambios en Colombia, conocía la naturaleza de su pueblo, el humor, no concebía esos cambios sin la cultura y el reconocimiento de nuestra idiosincrasia. Era alegre, inteligente, brillante, encantador y carismático.

Un día Jaime, se fue en una avioneta y se perdió en las selvas del Darién. Fin. Tenía 43 años, era 1984.

A los años, tuvimos una nueva oportunidad y apareció otro Jaime. Garzón, quien tenía un entendimiento similar de lo que ya alguna vez habría planteado Bateman. Jaime Garzón ha sido el más lúcido y talentoso humorista que ha tenido Colombia, gracias a él sobrevivimos a los años 90, muertos de risa, ante las masacres terroríficas, crueles y desgarradoras que constantemente afectaron el campo colombiano, cuando la gente buena y católica del país «no se daba cuenta» de nada, cómplices acusando a las víctimas de merecerlo porque eran guerrilleros, cuando todos estos actuales demócratas y pacifistas, volteaban las espaldas a ese pueblo de gente fea, (porque no son blanquitos como los ucranianos), de campesinos pobres a quienes usurparon su tierra y condenaron sin justicia. Jaime no le tenía miedo a nada ni a nadie, con su humor y su inteligencia fue capaz de reírse en la cara de toda la doble moral de semejante sociedad tan vergonzosa y poner en evidencia todos, sin excepción, oligarcas, gobernantes, burgueses, arribistas, a sus amigos de izquierda y a una guerrilla igual de inepta e incoherente que la sociedad que la originó. Descubrió el circo, advirtió del gran peligro que se cernía sobre Colombia si llegaba al poder Álvaro Uribe, fue más que profético de la debacle y la catástrofe que le esperaba a su país. No imagino a un Álvaro Uribe en el 2002, en la presidencia, soportando las ráfagas del humor de Jaime en plena franja de máxima audiencia en tv nacional, habría muerto de ataque de ira.

Cuando estaba Jaime Garzón procurando pactar acuerdos regionales de paz con las FARC, lo asesinaron (1999). Como no hubo ni un solo político ni estamento del poder del que Jaime no se hubiera burlado ni tocado con su humor, era demasiado amplio el círculo de enemigos, así que para el Estado colombiano fue la excusa ideal.

Nos ha quedado Petro.

Petro tuvo una actuación heroica y maravillosa como congresista. Fue él el valiente que destapó todo el escándalo vergonzoso del paramilitarismo. Él investigó, denunció y confrontó a esa mafia, a esos señores testaferros del narcotráfico y del despojo de tierras que durante años y años hicieron lo que quisieron con la gente de sus regiones y que estaban en el congreso legislando las leyes del país. Fue el único que se atrevió a confrontar al temible Uribe y a su círculo, que sin ninguna pena se saludaban como los nazis en sus reuniones y abiertamente se identificaban con las ideas fascistas.

Es por eso que dejamos pasar todas las cosas tan feas que pasaron en la Alcaldía de Bogotá, en las campañas presidenciales anteriores, y por supuesto, hicimos fuerza para que alcanzara la presidencia. Pero hoy a todos se les olvida que Petro llegó a la presidencia de Colombia, con el permiso del parlamento europeo y del lobby que hizo durante años en EEUU. Petro ha demostrado no ser un tipo peligroso para el gran poder. De pronto se asustan los del podercito miserable, ese de los pequeños ricos de la república bananera. Pero frente al gran monstruo poderoso que se traga al país, eso es insignificante.

Desde la alcaldía de Bogotá (en 2012), demostró que gobernaría según los mandamientos de las oficinas de la ONU, aplicando todas las estrategias en educación para la «libertad y diversidad sexual», y de acuerdo al Club de Roma, se impuso el concepto del «desarrollo sostenible» para todos los proyectos, cumpliendo al pie de la letra todo lo que el mundo evolucionado mandaba, en resumen, todo aquello que se conoce como el Gran Reseteo impuesto por estos Gigantes poderosos. Y debo resaltar que nadie aquí está en contra de sacar al país del subdesarrollo, de la inequidad, la gran injusticia y la ignorancia. Pero sabemos que esto es una gran farsa, que es mentira que a estos organismos, a los gobiernos o alguna corporación multi mega millonaria le importen los pobres o los miserables de la tierra.

Justo por esos tiempos en que Petro fuera alcalde, (antes de que el procurador del uribismo lo sacara, con miles de montajes y mentiras, hay que decirlo), se hacían encuestas y preguntas a los niños de los colegios distritales en donde se estaban aplicando esos parámetros de educación de Naciones Unidas. Había niñas de seis años que contestaron cosas como: «yo quiero darle besos en la boca a mi compañera, porque es mi Derecho». Nadie tiene prejuicio aquí frente a las prácticas sexuales, pero la niña no responde bajo la lógica respuesta infantil: «yo quiero besar a mi amiga porque yo quiero», sino porque «tengo Derecho». Todo está tergiversado, sesgado y eso se llama Proselitismo.

Con eso mismo se impusieron los novedosos lenguajes «inclusivos», en un pueblo donde la gente ni siquiera sabe escribir ni hablar bien en su idioma, ni tienen el mínimo conocimiento de la ortografía, de la gramática, de qué es un sustantivo, un adjetivo, un verbo, analfabetas que si saben leer no saben entender lo que leen. O sea, todo, todo mal.

Las calles capitalinas se llenaron de indigentes, como consecuencia de que la represión cesó, y Bogotá vio en sus propios ojos (y nariz), la realidad de la drogadicción. Todos los parques echando humaredas con olor a marihuana, la calle principal del centro de la capital, que en un tiempo fue el clásico paseo dominguero porque tenía un especial «mercado de las pulgas», que sacaba antigüedades y objetos interesantes, de pronto se volvió 24 horas y convirtió en una gran caravana de mugre y cosas viejas, andrajos, tornillos, basura; en pleno centro de Bogotá las personas inyectándose frente a los niños, estudiantes de las universidades, a la luz del día, las chicas en las calles más concurridas bajándose los pantalones para cagar, porque todos nos sentíamos de verdad, en una ciudad llena, abarrotada de libertad. Se empezó a dar como tratamiento contra el bazuco, una terapia de reemplazo a la marihuana, que empíricamente se concibió, pero sin sustento de los profesionales científicos. Y respecto a la cultura y el arte, de lo que para estos tecnócratas son las expresiones culturales, ni siquiera quiero hablar, porque es mi tema personal, me extendería demasiado y merece otro artículo.

Nosotros entendíamos que ante la emergencia social que se vivía, se ponían pañitos de agua fría, para sobrellevarla, pero eso no justificaba que tanta gente que había apoyado a la izquierda siempre, no tuviera ni un espacio en el gobierno distrital, si no era igual de arrastrado que los demás, que sin el mínimo compromiso político sólo buscaban hacerse de un puesto burocrático. La mayoría en dicha alcaldía, a excepción de su círculo muy cercano, fueron los mismos de siempre, los funcionarios del propio ex-alcalde Peñaloza y sus antecesores.

Hoy tal fórmula, vuelve a repetirla.

Para mí no es una sorpresa. Quiero decir que esto es como cuando uno critica a alguien de la familia, a alguien que uno quiere, que no permite que venga otro extraño a decirle nada de su ser amado, pero tú sí puedes y tienes no sólo el derecho, sino la obligación. Porque estoy de acuerdo con Silvio Rodríguez cuando dice que sólo hay dos clases de críticas, las de quien nos quiere y las de quien no nos quiere. Simple.

Bueno, pues yo que conozco de toda la vida a los que han aguantado la agresión, la amenaza, la persecución, a esas víctimas que los asesinos dejaron sin padres, sin hermanos, sin tierra, en un país donde uno debe estar de acuerdo con los medios de comunicación, con lo que diga la mayoría, como entes, sin cuestionar nada, sin utilizar otro lenguaje, sin hablar diferente, admiro y reconozco que es muy valioso haber sobrevivido a esos tiempos difíciles. Pero éstos que llegan hoy a mandar en el país no están marcando una diferencia más que a nivel formal, de estilo. Y el fondo, la esencia de su lucha por cambiar algo no es profunda, porque solo se queda en el discurso. Como si la cuestión del género fuera tan fundamental como para cambiar las relaciones humanas o amorosas de una sociedad tan violenta, como si por tomar con lupa los números para repartir los ministerios: este para mujer, este para hombre, este para mujer, este de hombre-medio-mujer, generara reales cambios, como si el ejemplo vergonzoso de un planeta donde cada día salen más sádicas, mujeres, según parecen, en los más altísimos cargos del mundo, no nos estuviese llevando a la misma destrucción nuclear, que si hubieran estado en estos puestos, el señor o le señore. ¡Qué grandes cambios! ¿Cambió cuando tuvieron un negro de presidente en EEUU, fue menos asesino? Y qué me dicen de la mujer negra Condolezza Rice, a quien seguro Hitler le habría tenido miedo…

Y todo es así en el gobierno de Petro. Palabras muy bonitas, como las de un Don Juan, que le jura amores a Colombia y por detrás ya tiene la Amazonía palabreada con los gringos para «salvarla de los incendios».

A Petro tampoco le gusta el dictador Daniel Ortega y luego del reclamo y la presión unánime porque no se pronunció «como debía y tenía que», en la OEA, semejante respetable organización cómplice de golpes de estado, entonces optó por mandar al canciller a decir que «Ortega es un violador de Derechos Humanos», incumpliendo sus promesas de no interferencia en la política de ningún otro Estado, y además generando una ruptura con Nicaragua, que cabe destacar, está muy cercana a Rusia y hoy se posiciona como un lugar geoestratégico en el continente, cerquita a los EEUU. ¿Por qué hizo eso Petro? ¿Por irreverente y rebelde? ¿Esa es la actitud revolucionaria antiimperialista?

Por otro lado, Petro hizo hasta lo imposible para tratar de desvincularse de alguna simpatía que tuviera con el Partido de los ex FARC «Comunes», o con el partido Comunista o cualquier cosa parecida que a eso sonara, pero la inmensa masa de jóvenes tiene una clara identidad con las figuras de izquierda, fueron quienes lo votaron. Entendimos su actitud, sin sectarismos, viendo que era una forma diplomática para no provocar más a la Derecha uribista. Pero de nada sirve no provocar a la Derecha ni a los medios de comunicación, si sus funcionarios salen con un chorro de babas en las ruedas de prensa, ignorando los temas que tratan, drogados o borrachos en eventos públicos, si él mismo minimiza las borracheritas que se pega, y si quienes conocemos su círculo de poder y las cosas personales de la figura pública, no entendemos cómo no puede contenerse y dejar para después, sus gozos. O es que va a contestar también como la ministra de Finlandia «es que tengo derecho, yo estaba aburrida y muy estresada, es mi vida y soy como cualquier otro ser humano que tiene derecho a hacer orgías, en su casa, etc», la casa de gobierno. No es un juicio de la moralidad. Es una exigencia ética, no puede ser que un gobernante incumpla citas o no pueda hacer su trabajo porque está de farra. No puede, desde ningún punto de vista. Gobierna para agradar a sus enemigos y no importa lo que haga siempre será culpable para ellos. Al pueblo, por su lado, tampoco le parece grave que ande de parrandero, mucho menos cuando la mayoría de sus electores son «libres pensantes y libertarios».

Pero existimos algunos, que consideramos que las acciones éticas, no dependen de si otro me mira, ni de a quien agrado, son intrínsecas en cada uno de nosotros. Basta con que yo mismo sepa que eso es incorrecto. No imagino a Fidel Castro, con su inmenso atractivo como hombre, echado a cumplirle los sueños eróticos de todas las mujeres de Cuba y del Continente. Puede ser que lo haya hecho, pero no lo vimos, no debió ser un inmaculado ser, debió tomarse sus tragos y alguna vez animarse, pero no en medio de una crisis de misiles porque estaba muy estresado. Tenemos ejemplos incontables en la historia, de quienes aprender su rectitud y su estoicismo para lograr sus objetivos. Debemos tener referentes de alto nivel humano, y no buscar en la decadencia la justificación para actuar de la misma forma… Un hombre en el poder debe ser fuerte, para dominarse a sí mismo, a eso que es tener tanto poder y creer que se tiene derecho a tomar todo lo que quiera, y sin límite, porque puede. ¿Es bastante idealista mi postura?, porque qué más ha de esperarse si siempre que ha hablado Petro de desarrollo o civilización, de ejemplos, nos nombra el milagro de desarrollo de Corea del Sur, o la vida de Francia, Canadá o los países Escandinavos, ¡para aplicarse en Colombia! Un país que de nada tiene parecidos, ni en clima, ni en cultura, ni en historia, ni en nada de nada, a esos lugares. En este momento no concibo a un sólo revolucionario poniendo de ejemplo nada de lo que venga propuesto de la cuna misma de este perverso sistema, tendría que convertirse en algo que provoque pudor, mientras vemos ante nuestros ojos el gran fracaso que es esa economía y el derrumbamiento social y cultural que de ahí proviene.

De pronto todo el país se volvió petrista. Todos son los más interesados en los cambios, todos repiten el cuento de los «nadies», que propongo al menos, para que suene menos plagiado de Galeano, tomando en cuenta que la mayoría de quienes lo utilizan ni saben quién es Eduardo Galeano ni qué carajos escribió, les digamos muy a la colombiana «los NAIDES».