En el Día Internacional de los y las Trabajadores, Sonia Lemos —Secretaria General del Sindicato de Tareferos— relata la vida, sentir y luchas de las y los cosechadores de yerba mate. Organizarse para exigir derechos, el rol de las mujeres y el rechazo a la burocracia sindical, las patronales y los gobiernos cómplices. La dignidad como sinónimo de tarefera.

Por Sonia Lemos, desde Montecarlo, Misiones. Agencia Tierra Viva

Me llamo Sonia Lemos, soy secretaria general del Sindicato de Tareferos de Montercarlo, Misiones. Tengo 41 años y nací en el barrio Cuatro Bocas de Montecarlo. No tuve una buena infancia. En ese tiempo no se llegaban los doctores y no teníamos los hospitales, así que nací en mi casa. Somos diez hermanos, cuatro guainas y seis varones. En ese tiempo llevábamos las cosas de la escuela en una bolsa de fideos e íbamos descalzos. Mi papá trabajaba en el secadero de la Cooperativa Agrícola Mixta de Montecarlo. Él era tarefero: recolectaba hojas de yerba mate. La cooperativa era el patrón acá, era dueña de las cuadrillas que iban a los yerbales y del secadero. Con el tiempo, la actividad comenzó a tercerizarse a contratistas. En esa época, principios de los año 90, mi papá empezó a tener ataques de epilepsia y yo con 12 años empecé a acompañarlo al yerbal. Dejé la escuela en segundo grado y me fui a trabajar con él porque cuando le agarraban los ataques yo tenía que acudir a los compañeros para ayudarlo. Entonces aprendí el trabajo de tarefera. Mi mamá y mi papá tomaban mucho, a veces se desconocían. Yo era la mayor de los hermanos, no teníamos cocina a gas ni a leña, tampoco luz eléctrica. Así fui creciendo.

A los 16 años me junté, tengo cuatro hijos: dos nenas y dos varones. Nunca dejé de trabajar, hasta el día de hoy. Cuando estaba embarazada no tarefeaba pero hacía cosas para vender, como empanadas o marineras. A eso lo vendía en la cooperativa, en el secadero. Nunca me quedé, siempre me gustó defenderme porque en ese tiempo ya veía cómo eran las cosas: eran tiempos muy machistas, la mujer en la casa, los hombres salían. Siempre tenía en mi mente que eso no tenía que ser así. Al tiempo conocí al compañero Rubén Ortíz, en una protesta por unas asignaciones que nos sacaron. Fue en una reunión en Montecarlo, me puse a hablar con él, me preguntó qué estaba haciendo. Y para mí fue algo increíble que un compañero docente se interese por la gente humilde, trabajadora, tarefera. Acá en la zona nadie se quería acercar a nosotros ni preguntar qué estaba pasando. Entonces admiro mucho a Rubén porque él dio peso, dio espalda y hasta ahora nunca abandonó la lucha.

Cada día me levanto a las 4 de la mañana, preparamos la matula, que es la vianda, y mi mate que llevo en el camioncito. En el camión tenemos bancos y ahí nos sentamos y tomamos nuestro mate. Los compañeros van cansados, se levantan siempre en el mismo horario. Vamos por la ruta porque no trabajamos solo en Montecarlo, tenemos diferentes lugares donde vamos a tarefear. Volvemos a las seis o siete de la tarde del trabajo y ahí ya uno viene cansado, se baña y come. A veces come, a veces no. Y ya me acuesto porque el trabajo agota. Pero bueno, es una obligación porque hay que sacar adelante a la familia. Yo le pedí disculpas a mis hijos porque muchas veces no estuve en los actos de la escuela, en esas cosas que como padre o madre uno debe estar. Una se queda con eso. En el yerbal pasamos frío, cuando hay heladas nos mojamos, eso va afectando el cuerpo. Hoy siento dolor de huesos pero sé que es por el trabajo, el único trabajo que sé hacer y por eso sigo.

Foto Subcoop/Agencia Tierra Viva

Pago escaso, enfermedades laborales y esclavitud

Como tareferos sabemos lo que es el sufrimiento: pasar frío, lluvias, levantarnos a la madrugada y llegar tarde a la casa. Uno casi nunca está con los hijos, por el trabajo. Cuando mi hijo dejó los estudios me dolió mucho, no quería que él deje. Quería que estudie para que tenga un trabajo mejor que el nuestro, porque este trabajo te enferma. Pero bueno, él sigue tarefeando y ya tiene su familia, así que la nuestra es una familia tarefera. Mis hijos dejaron de estudiar porque nos sacaron las asignaciones familiares y en nuestro trabajo no se ganaba nada. Entonces era difícil hacerlos estudiar. No alcanzaba para comprar calzado para los cuatro, siempre para uno. Teníamos que pagar la luz, el agua.

Actualmente nos pagan 610 pesos por cada cien kilos que recolectamos. Sobre eso se hacen los descuentos para la jubilación y la obra social y ahí te quedan 450 pesos por cien kilos. Ahora con la sequía que tuvimos, como máximo llegamos a los 300 pesos porque hay poca yerba. Y acá el kilo de yerba lo estamos pagando 500 pesos. Con un raído (cien kilos) no ganás ni para comprar un paquete de yerba. Estamos en desacuerdo con cómo sube el precio del producto porque a eso lo establece gente que no conoce la yerba ni cómo es la vida en nuestra localidad. No saben lo que estamos padeciendo ni hay fuerza política para que eso cambie. No interesamos los trabajadores, porque si le interesáramos a alguien se haría algo con esto.

La primera enfermedad frecuente en los tareferos es la hernia de disco por levantar mucho peso. La segunda, por tanta tijera o serrucho, es el dolor o las rajaduras en las manos o en los dedos. Se te rajan las manos porque se te mojan y seguís serruchando. A eso lo curamos con la misma yerba, que la hervimos y la enfriamos y nos pasamos eso por la piel. Pero a veces hay que ir al médico porque el dolor es muy fuerte y no se puede aguantar. Tenemos una obra social pero es como no tenerla: es la Obra Social de los Trabajadores Rurales y Estibadores de la República Argentina, que nunca anda. Los compañeros y compañeras tenían accidentes, se golpeaban, agarraban hernias de disco y eso nunca se reconoció hasta el día de hoy.

En los yerbales hay mucho trabajo esclavo pero los compañeros que viven esa situación no quieren hablar. Me acerqué a ellos pero no quieren denunciar porque tienen miedo de que no los llamen más a trabajar. Hoy la situación está fea como para perder esa entrada en la casa entonces dicen que no les queda otra salida. Sobre esto no hay control, cuando llamamos al Ministerio de Trabajo nos dicen que son cinco o seis empleados y que no pueden estar en todos lados. Nos dicen que denunciemos pero nosotros no podemos hacer el trabajo de ellos, porque después no nos llevan a trabajar. Por ejemplo, la Cooperativa de Montecarlo hizo una lista roja de los que denuncian al patrón y el que denuncia al patrón no sube al camión del contratista. Es un apriete jodido. Ojalá que el Gobierno tome conciencia para que todo eso cambie. Ya estamos en 2022 y tiene que haber un cambio. Nosotros seguimos luchando y empujando desde acá.

También debería haber un control sobre el acceso a la tierra, que nunca hubo. Hoy la tierra es una oportunidad para los trabajadores, porque de eso plantamos para consumir y vender. Yo por lo menos tengo un pedazo de tierra donde planto verduras y mandioca. Eso consumo y vendo para poder seguir tirando, porque cuando se para la cosecha quedamos sin trabajo. Son seis meses de cosecha -por lo general, de marzo o abril hasta octubre- después quedamos todos en la nada. En nuestro caso el colono, es decir, el que planta la yerba, todavía no quiso empezar la recolección así que vamos a trabajar desde mayo. Hoy estamos desocupados. Mientras tanto, en los tiempos de verano cuando no se cosecha, se usan venenos en las plantaciones.

Foto Subcoop/Agencia Tierra Viva

Aprender a luchar por los derechos

En 2009 formamos el Sindicato de Tareferos de Montecarlo y eso me ayudó muchísimo, aprendí a leer y sé lo que figura en mi recibo de sueldo, qué es el porcentaje y todas esas cosas. Aprendimos nuestros derechos y no nos callamos más. Ahora alzamos la voz. Antes no podías reclamar porque había mayoría de hombres y el patrón decía cosas que nosotros no entendíamos y nos callábamos. Pero ahora hablamos más que el patrón.

Un año después de la conformación del sindicato, en 2010, empezamos a reclamar la ropa de trabajo. Antes cargábamos la yerba con la mano. Con el sindicato logramos la sacadora, el enganchador y el cargador. Antes se sacaba todo con la espalda. En ese sentido hubo mucho cambio.

Hoy en día no hay menores en la zafra; eso se prohibió pero antes sí: todos trabajábamos. Empezamos temprano, desde los 13 o 15 años. Por eso estamos pidiendo que haya una escuela nocturna para terminar el secundario y la primaria. Pero las escuelas tienen que estar en las colonias porque las que hay nos quedan bastante lejos. Hay que ir en colectivo y los colectivos no entran a nuestra colonia.

Hoy queremos tener un trabajo digno, bien pago, que haya controles. La Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre) nos hace los descuentos, recauda y ¿adónde va esa plata? Uatre supuestamente tiene que representarnos, pero nunca estuvo presente. Por eso formamos otro sindicato. Falta mucho, pero la vamos remando y no vamos a parar acá. Vamos a seguir luchando por trabajo y sueldo digno para que todos nos beneficiemos. A través del Sindicato de Montecarlo hubo muchos logros, no todo lo que queríamos pero seguimos luchando.

Tareferas, mujeres cosechadoras

En los yerbales aprendí mucho de mis compañeras tareferas porque compartíamos la vianda, nos sentábamos a tomar mate y nos hacíamos confidentes. Nos contábamos nuestros problemas, lo que pasaba en nuestras casas, qué les faltaba a nuestros hijos, qué nos faltaba a nosotras. Yo iba escuchando y había mujeres que también eran violentadas. Para mí fue un ejemplo grande porque a través de todo lo que yo viví y escuché de las compañeras aprendí a ver más allá. Tomé la decisión de seguir en el sindicato, sin mirar atrás y luchando por nuestros reclamos. Sabemos que no es fácil pero los ejemplos de esas madres me dan fuerza para seguir. Hablo de madres solteras, con diez hijos, que salieron adelante y para mí son un ejemplo. En ese tiempo no era fácil, ahora hay psicólogos, hay contención. Antes solo teníamos que trabajar, pero hoy una compañera que está embarazada ya tiene su asignación universal por hijo.

Nosotras cargábamos igual que los varones, sacábamos la yerba en carretillas. Hoy pienso “mirá las compañeras cómo aguantaron”. En esos tiempos en las cuadrillas había situaciones de acoso y esas cosas se aguantaban porque no sabíamos cómo tomar eso y cómo reclamar. Pero hoy en día alzamos la voz y es diferente, ya no permitimos esas cosas.

Pasamos de todo. Mucho apriete hubo. En dos ocasiones fuimos a dos yerbales y me dicen “mirá Sonia que el colono no quiere mujeres acá por el tema de que están en sus días de menstruación y secan las plantas”. Y yo, para que los compañeros sigan trabajando, les dije: “Bueno, no trabajo pero pagame mi jornal igual”. Antes nos quedábamos calladas, nos quedábamos ahí sentadas sin decir nada. Ahora ya no más. Sabemos nuestros derechos y nos no callamos más.

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