Las protestas europeas contra la gestión de la pandemia, aunque lideradas por las derechas, no tienen una única lectura: existe una base material para el descontento

Por Nuria Alabao

Después de los confinamientos más duros del 2020 que encerraron en casa a la mayoría de europeos, empezaron a producirse una serie de protestas contra las medidas anticovid. Las de los últimos meses han desencadenado fuertes disturbios en lugares como Italia, Bélgica, Países Bajos o Italia. En este último país, una de las convocatorias contra el pasaporte covid –que es obligatorio para trabajar– acabó con el asalto a un sindicato, de manera que la lectura más extendida es que este movimiento se identifica únicamente con la extrema derecha. Es innegable que son las derechas –extremas o no– las que están explotando el descontento contra la gestión de la pandemia en la mayoría de Europa, sobre todo porque apenas existen críticas desde otros sectores. Las izquierdas no están disputando en absoluto el sentido de las movilizaciones.

Es evidente que en España, donde apenas ha habido críticas no derechistas a la restricción de derechos fundamentales, que se han producido para combatir la pandemia –como el de reunión y manifestación–. No hay críticas incluso cuando ya hay evidencia científica de que algunas de estas medidas, como la prohibición de las actividades al aire libre o el propio pasaporte covid para entrar a bares, son poco efectivas para detener la propagación del virus. Parece que en nuestro país la posición de la mayoría de las izquierdas ha sido de “responsabilidad”, identificando esta con el acatamiento a las posiciones gubernamentales. Los índices de vacunación de nuestro país son, de hecho, extremadamente altos en relación con los del entorno y las protestas hasta ahora han tenido un perfil más bajo que en otros lugares.

Desde una aparentemente pacificada España, resulta complicado entender las manifestaciones en otros países europeos o descubrir sus matices. Sobre todo en medio del ruido imperante, la paranoia antivacunas y las teorías de la conspiración que dificultan destramar esos otros contenidos que podrían apuntar a un descontento más amplio. La tentación es desecharlas por “fascistas”. Pero quizás quepa preguntarse si no estamos asistiendo al tipo de protestas que no encajan en los marcos políticos tradicionales, como sucedió en su día con los chalecos amarillos; si acaso no están asumiendo la textura ambigua o impura de las manifestaciones que sin duda veremos más asiduamente en el futuro.

Los desempleados, los inactivos, los trabajadores temporales o hiperprecarios y las personas en riesgo de pobreza empiezan a ser mayoría en varios países europeos

¿A qué sujetos podrían corresponder estos nuevos repertorios políticos bastardos? Lo cierto es que los desempleados, los inactivos, los trabajadores temporales o hiperprecarios y las personas en riesgo de pobreza, sumados todos, empiezan a ser mayoría en varios de los países europeos. En Francia, estos segmentos sociales con escasa seguridad vital suponen ya el 51 %, el 59 % en Portugal y España, casi el 68 % en Grecia, y el 69 % en Irlanda. Esta “mayoría invisible”, como le llaman los investigadores Emanuele Ferragina y Alessandro Arrigoni, crece además de forma significativa en toda Europa –ha pasado de representar un 35% de la población europea en edad de trabajar en 2002 a un 49% en 2016–, también en países centrales como Holanda e Inglaterra –ambos con un 49,6 %–. Según estos investigadores, este grupo que ellos delimitan son invisibles porque no están representados plenamente por el sistema político. Es cierto que entre esas categorías que Ferragina y Arrigoni contabilizan juntas se encuentran realidades de partida muy diferentes: alguien con un contrato temporal puede tener seguridad si posee, por ejemplo, rentas inmobiliarias y no es lo mismo encadenar contratos temporales en sectores bien retribuidos y con consideración social que hacerlo en el ámbito de los cuidados o en el sector servicios. Aunque sí es evidente, desde hace tiempo, que la sociedad se dualiza entre los trabajadores con contratos fijos y derechos, con acceso a crédito y cierta tranquilidad vital y aquellos temporales, falsos autónomos, o desempleados de larga duración que tienen más difícil proyectarse en el futuro. Así, agrupar estas categorías pretende dar cuenta de una textura afectiva de desafección e inseguridad vital que empieza a ser mayoría o casi mayoría en nuestras sociedades y que está asociada a transformaciones relativamente recientes.

Los invisibles se han ido convirtiendo en un fenómeno generalizado a partir de la crisis del 2008, y también sus consecuencias: el aumento del desempleo, la pobreza –incluso de muchos que sí trabajan–, la precarización del empleo y el desmantelamiento progresivo del Estado del bienestar –sustituido por la iniciativa privada financiarizada en forma de seguros de salud, fondos de pensiones, etc.–. Esta tendencia es estructural y, como explican Ferragina y Arrigoni, acabará afectando “a la mayoría de la población, a menos que los mecanismos neoliberales de regulación se desaceleren o reviertan”.

Estos nuevos sectores no parecen regirse ya por las viejas lógicas de la estratificación de clase –François Dubet habla de una “transformación del régimen de desigualdades” que da lugar a una política de la frustración y el resentimiento–. Crecen alimentados en parte por las clases medias en lenta decadencia que hasta ahora eran mayoría y que son el principal estabilizador social. La máquina de integración social que sostiene el funcionamiento de la democracia representativa está gripada. De las grietas que se van formando van a brotar esos fenómenos políticos difíciles de interpretar mediante viejas claves.

Las consecuencias de esa descomposición ya las estamos viviendo en el aumento del apoyo a las extremas derechas y de la desafección política –dos fenómenos relacionados–. Según Ferragina y Arrigoni, los invisibles tienen menos confianza en las instituciones de la democracia representativa, en los sindicatos y en toda Europa votan menos a los partidos mayoritarios que el resto de la población. Muchos de ellos son también migrantes del sur global o segundas generaciones y buena parte han sido excluidos ya de partida de la representación política.

La máquina de integración social que sostiene la democracia representativa está gripada. De las grietas van a brotar esos fenómenos políticos difíciles de interpretar

En algunos países, además, comparten la falta de fe en el sistema con otros segmentos sociales más integrados. Es decir, la desafección política no es solo consecuencia de caminar sobre el alambre, sino de la propia amenaza de caer. Después del 2008, muchas personas que se consideraban de clase media se han dado cuenta de que lo que pensaban que eran sus seguridades vitales están amenazadas. Lo ven claramente en la dificultad de reproducirse como clase en sus propios hijos que tienen más difícil alcanzar el nivel de vida de sus padres–sobre todo por la precariedad en el empleo pero también, en lugares como España, por la carestía de la vivienda–.

En España, un 54 % cree que el sistema político necesita una reforma completa y el 32 % cambios importantes

En nuestro país, las tendencias antipolíticas, la falta de fe en los representantes políticos y los partidos todavía es muy acusada y resurge encuesta tras encuesta. Debajo de la aparente tranquilidad, el descontento permanece. En España, un 54 % cree que el sistema político necesita una reforma completa y el 32 % cambios importantes –en total un 86 %–, según una encuesta del New Research. De hecho, las teorías de la conspiración se alimentan también de esta desafección política. Menor fe en el sistema –en la ciencia, la academia o la política– implica búsqueda de respuestas en grupos de afines, redes sociales o internet. No es difícil ver la relación entre el conspiracionismo y el apoyo a la extrema derecha que confirman algunos estudios

De hecho, Vox ha tratado tanto de encabezar las movilizaciones contra las medidas anticovid como, paradójicamente, de representar institucionalmente la desconfianza en la política en un sentido amplio –como lo hizo el primer Podemos–. Dicen ser una alternativa a los partidos tradicionales: “Están todos los partidos, y luego Vox en contra de todos”. “¿Un ciudadano normal y corriente siente que está en el gobierno de las cosas? No, y ¿por qué? Porque los partidos políticos han creado una red, en virtud de la cual todas las decisiones importantes las toman ellos”, dice su portavoz, Jorge Buxadé.

Y mientras la extrema derecha se dirige en parte a esos invisibles con sus falsas soluciones basadas en la tradición, el soberanismo o la nación –otra cosa es que les funcione–, la izquierda institucional más “radical” de Yolanda Díaz dice trabajar “para la sociedad en su conjunto” o enuncia de nuevo el “gobernar para todos”. ¿Es un mensaje capaz de llegar a esas crecientes masas descontentas o excluidas que ya no se sienten representadas por el sistema político?

Quizás en vez de desechar de partida estas movilizaciones impuras por venir podamos estar atentas para tratar de entenderlas

La crisis política latente va a continuar y será larga. La inflación está estimulando la demanda de ortodoxia económica en los centros del poder económico y los niveles de endeudamiento público actual –parte de los fondos son préstamos– podrían acabar en un ajuste austericida al nivel del 2008. Con este panorama político ¿a qué escenarios puede llevarnos esta descomposición en un futuro? ¿Cuánta paz social queda?

Volviendo a las manifestaciones europeas contra las medidas anticovid, es evidente que aunque resulte casi más tranquilizador echarle la culpa a la extrema derecha, es evidente que existe una base material para el descontento, quizás no tienen una lectura unívoca. Como hemos visto, el aumento de los invisibles, de los que quedan al margen, impulsa el crecimiento de la desconfianza en el sistema, de la extrema derecha, la polarización, el nacimiento de las teorías conspirativas y probablemente la desmovilización electoral.

Y si el mapa político no es el mismo, no podemos esperar los mismos repertorios de protesta. Como dicen los escritores italianos Wu Ming, “los levantamientos del futuro serán siempre más impuros y sorprendentes, al menos en sus primeras etapas. Ya lo vimos en 2018, con ocasión de las protestas de los Chalecos Amarillos en Francia, y lo serán cada vez más a medida que el capital, en una aceleración vertiginosa de su subsunción real, devore cada vez más existencias, precarizando incluso la vida de estratos sociales que antes tenían una situación garantizada. Estos levantamientos se inician en la impureza porque las personas que los protagonizarán no tienen el bagaje de partida que nos gustaría que tuvieran: la memoria de las luchas obreras y los movimientos sociales, una conciencia de clase, una tradición familiar de conflicto social, etc”. Quizás en vez de desechar de partida estas movilizaciones impuras por venir podamos estar atentas para tratar de entenderlas o incluso apoyar los potenciales hilos emancipatorios que se produzcan en ellas.

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