“Ahora y aquí y mientras viva
Tiendo palabras puentes hacia otros.

Hacia otros ojos van y no son mías
No solamente mías:
Las he tomado cómo he tomado el agua.
Cómo tome la leche de otro pecho.
Vinieron de otras bocas
Y aprenderlas fue un modo
De aprender a pisar, a sostenerse.”

Circe Maia

El cuerpo es un territorio inexplorado, incomprensible, mar y terreno fértil de fluidos y luchas. Es el espacio que ocupo en la fragilidad —inmensidad del tiempo que habitamos—. Mi piel son los límites que ese cuerpo impone en el lugar que pisamos, que caminan nuestros pies. Eterno compañero y constante punto de inflexión para la percepción de mente-cuerpo-vida. Ese contra espacio tan propio, pero siempre, también, tan público, tan visible, formado por las configuraciones sociales, opiniones ajenas, lo aprendido: cuerpo como territorio donde se manifiestan las luchas, que toman parte del mundo material y se expresan con su potencia. Cuerpo que se reconoce en sí mismo cuando es tocado por otro, cuando percibe esa comunicación. Dicen que el amor cumple la misma función que el espejo: devolver la imagen del cuerpo. El espejo donde nos miramos por las mañanas, nos devuelve una imagen inerte, pero mutable. Condenado rostro a sus rasgos de nacimiento, quiere devenir en cuerpos nuevos, habitar su propio territorio, reclamar el propio espacio.

¿Qué sucede en nuestras habitaciones de carne y hueso que nos permite nombrar con palabras aquello que nos incomoda, aquello que nos hace ruido, qué nos limita, que está tenso? Territorio en disputa, este cuerpo, que se desplaza junto a nosotros, en nosotros. La incomodidad, la vida, el movimiento, la señal, lo que sentimos, donde estamos, lo que vivimos, todo lo percibe. Todo, pareciera, que comienza y concluye en estos delicados pero sólidos límites materiales. ¿Qué es lo que sitúa a un cuerpo en un contexto determinado? ¿Qué une a mi cuerpo con una realidad? El lenguaje se convierte en una de las primeras posibles respuestas. Dentro de este primer territorio a explorar, la palabra y su capacidad de nombrar nos hace de brújula, de vehículo-puente para iniciar el recorrido de un “yo material” hasta el lugar donde habitamos, el barrio, la localidad, el país, nuestro territorio. La palabra se convierte en un recurso para entrelazar estos mundos, tan aparentemente distantes entre sí. Tiende puentes de comunión entre diferentes formas de percibir y concebir la realidad cotidiana que nos conforma.

A inicios del 1492, el colonialismo fue un proceso que se extendió gradualmente por diferentes regiones del mundo y asimiló muchas culturas originarias. Luego del periodo histórico que comprendió a las guerras mundiales, se comenzó a habitar el concepto de “descolonización”, para referirnos a procesos de independencia de pueblos y territorios que habían sido sometidos a la dominación colonial en lo político, económico, social y cultural. Sin embargo los Estados Nacionales, históricamente, se conformaron bajo la lógica de la cosmovisión occidental-europea. Relación que ha implicado una estructura de dominación y explotación atravesada por la raza, la clase, el patriarcado y el régimen de la heterosexualidad que se inició en el colonialismo pero que se extiende, hasta hoy, como su secuela. Y allá, en lo oculto, residen los vestigios de la cultura originaria, lejos de los museos y los medios de comunicación.

En el artículo: “Descolonizando el feminismo: una perspectiva desde América Latina y el Caribe” (2007), escrito por la activista feminista y antropóloga social, Ochy Curriel, se nos define como sujetos históricos orientados por las relaciones productivas en que nacimos, vivimos y trabajamos, pero también con la capacidad de reorientar las relaciones problemáticas históricas de violencia, conflictividad y de producción basada en la sobreexplotación de recursos y personas.

¿Cómo resistieron las narrativas latinoamericanas ante la lógica dominante occidental que tiende a negar la multiplicidad de mundos que existen en nuestro territorio? ¿Cómo podemos encontrar nuevas lógicas de significación social a través de las narrativas, o sea, a través de lo que nos contamos como cultura? El mundo mestizo no ha podido integrar lo femenino porque sobre la desvalorización femenina se alza la supremacía masculina y nuestra tragedia ronda entre nuestra incapacidad de reconciliar el pasado con el presente, por ende, apelamos a encontrar nuevas formas de codificar el pasado y explicar el presente. Las narrativas que nos creamos como sociedades tienen la dinámica del pensamiento y de la materia que los expresa: la lengua. En su misma esencia, los relatos construyen nuevas formas de simbolizarnos. ¿La experiencia crea la realidad o el lenguaje interpreta la experiencia y, por lo tanto, la crea? La escritora texana Gloria Anzaldúa en su libro “Luz en lo Oscuro” afirma que “la cosmovisión occidental dominante sostiene que existe una realidad externa objetiva independientemente del que la conoce, una realidad que la ciencia puede describir con exactitud” y señala que “para explorar la experiencia en un mundo indeterminado como el que habitamos, un mundo en el que cualquier cosa que puede ser imaginada puede ocurrir, necesitamos un modo diferente de contar historias, un modo que incluya los diferentes modelos de lo que pienso que es la realidad. Necesito una forma diferente de organizar la realidad”.