Tantas veces he escuchado la frase “para no pelear, no se hable de fútbol, política ni de religión”, que ya forma parte del diario vivir e inevitable e inconscientemente uno evita abordar estos temas, para no provocar una acalorada discusión. Nos han enseñado a callar en vez de desarrollar la capacidad de procesar nuestras diferencias.

Enfrentamos una elección importante en la que se eligen Presidente, congresistas y consejeros regionales, mientras estamos en plena actividad la Convención Constitucional. Tenemos una final de campeonato de fútbol donde el primer lugar se definiría en la última fecha y donde las clasificatorias para el Mundial de Qatar están muy competitivas para la mitad de nuestros países sudamericanos. Y en religión, los abusos y delitos sexuales en la Iglesia Católica siguen generando controversia. ¿Por qué no tenemos la capacidad de conversar, intercambiar pasiones y posiciones sin llegar a pelear o indisponernos con otras personas?

Pero no se trata solo de fútbol, política y religión. Son, además, todos aquellos temas que van moviendo la frontera hacia una sociedad de mayor igualdad en derechos y dignidad. “No son nuestras diferencias las que nos dividen. Es nuestra incapacidad para reconocer, aceptar y celebrar esas diferencias”, nos dice Audre Lorde, quien dedicó su vida a confrontar y abordar las injusticias del racismo, sexismo, clasismo y homofobia.

La capacidad de niñas, niños y jóvenes para valorar y celebrar la diversidad no se desarrolla en grupos endogámicos o comúnmente conocidos como ghettos. Chile es una sociedad fracturada en grupos que no se conocen ni reconocen, no conversan ni conviven entre sí. En Fundación Semilla tenemos la convicción de que la diversidad es un valor en sí mismo y que convivir en diversidad es aprender unos de otros. Postulamos que el sistema de educación, a través del Currículum Nacional y sus programas, es el encargado de derribar prejuicios y promover la socialización.

La libertad de enseñanza y el derecho de las madres y padres a educar a sus hijos llega hasta el punto en que el Estado tiene la obligación de garantizar que la educación no discrimine, sea inclusiva, respete los derechos humanos y los derechos de niñas y niños. Más aún, el Estado, a través del Ministerio de Educación, es quien establece los objetivos fundamentales y contenidos mínimos para todos y cada uno de los establecimientos educacionales del país.

Si bien el desarrollo del pensamiento crítico es un objetivo oficialmente declarado y la convivencia y ciudadanía están definidas como áreas transversales que deben ser abordadas por la educación, aún no cobran la relevancia que debieran tener dentro del contexto educacional, porque el paradigma actual de la educación es lograr éxito laboral y económico y no ser mejores personas.

Lamentablemente, resulta más fácil medir conocimiento e ingresos económicos que medir realización personal, autoestima, socialización, capacidad de pensamiento crítico y felicidad. Estoy seguro de que, si desarrollamos las competencias para reconocer, aceptar y celebrar nuestras diferencias, seremos capaces de hablar de fútbol, política y religión, así como de tantos otros temas que hoy nos dividen.