Las muertes y desapariciones de migrantes en la ruta canaria continuan, cada vez más fuera de un foco mediático que siembra dudas sobre si las vidas negras importan.

Por Sara Babiker/El Salto diario

Pongamos que usted se llama Pedro Cabanillas y es natural de Teruel. Pongamos que viaja en un velero por el río Casamance con un par de turistas italianos. Si usted desaparece junto a sus compañeros, no faltarán quienes se activen para buscarle, su nombre incluso aparecerá en algún rincón de las noticias: “desaparece un turolense en Senegal”. Se movilizará la embajada española. Su familia podrá reconstruir algunos detalles importantes. Usted no será un ser humano anónimo extraviado en la indiferencia.

Los tweets de Helena Maleno traen consigo un abismo: la activista por los derechos migrantes e integrante del colectivo Caminando Fronteras mantiene el recuento de aquellas personas que no tienen nombre, perdidas en el océano, a las que sus familias buscarán sin el apoyo de consulados ni el escrutinio de periodistas. El pasado 1 de octubre se hacía eco de la última tragedia: 57 personas muertas en su ruta al archipiélago. 57 vidas perdidas.

El 2021 está siendo un año especialmente mortal para quienes han intentado acceder a Europa por sus islas africanas. El pasado 24 de septiembre la OIM daba la voz de alarma, cifrando en 785 personas —incluyendo a 50 menores— las fallecidas o desaparecidas entre enero y septiembre, casi la mitad de ellas en el mes de agosto. Unos números que duplican los registrados en el mismo periodo del año pasado. De hecho, las 850 muertes contabilizadas en 2020 por la organización hacen de este el año más mortífero desde que comenzara a monitorear la ruta canaria en 2014, un terrible record que el 2021 superará con creces. Por su parte Caminando Fronteras, denunciaba en su informe del primer semestre de este año la pérdida de 1.922 vidas, una cifra muy superior a la señalada por la OIM.

Finales de agosto e inicios de septiembre son meses en los que se intensifica el tránsito de la ruta canaria, explica Juan Carlos Lorenzo, coordinador territorial de Cear en Canarias. A un año de las imágenes del muelle de Arguineguín que ocuparon durante semanas la agenda mediática, los intentos por llegar a las costas canarias se han incrementado pero ya no conquistan titulares. “Mi sensación es que terminas normalizando el drama, de la misma manera que normalizas la desesperación, o que normalizas la vulneración de derechos o la falta de dignidad de las condiciones de acogida”, lamenta Lorenzo.

Trincheras contra el olvido

“Decía Walter Benjamin que el mayor dominio es el olvido y con esto se juega para naturalizar las situaciones que son las muertes evitables”, explica Koldobí Velasco, integrante de la Red canaria en defensa los derechos de las personas migrantes (Redescann). Muertes que, considera son una suerte de asesinatos, en cuanto que son consecuencia de políticas que se pueden cambiar. “Desde Redescann y Caminando Fronteras intentamos siempre mantener espacios de duelo y de denunciar cada vez que las personas son asesinadas en las fronteras, sobretodo en Canarias, son espacios que intentamos mantener como lugares trinchera contra el olvido, y para sentirnos realmente parte de la solución y no cómplices del sistema”.

Se trata, explica la activista, de desactivar ese proceso de deshumanización que convierte al otro en enemigo, en individuos “ajenos, despersonalizadas, anonimizadas culpabilizados”, un mecanismo necesario para que se de una dejación de responsabilidad, como si la muerte no nos incumbieran. Frente a esos mecanismos Velasco propone personalizar, poner nombre, identidad, pero también señalar a quienes “salen beneficiados por esta masacre por este genocidio, por esta guerra de fronteras”

“La mentalidad del desapego”

El documentalista Javier Ríos llegó a Tenerife hace siete meses. Lo hizo con su compañera, canaria, para alejarse de un Madrid desalentador e interrumpir un proceso también desalentador, el de trabajar en documentales hechos sin recursos y dejándose toda la energía. La intención de dejar el mundo de los documentales no duró mucho: primero se les cruzó el conflicto del Sahara —una pugna íntimamente relacionada con los cayucos, recuerda Ríos. Luego, la realidad de la ciudad donde se habían mudado.

“Llegamos a Tenerife, aún no me había dado tiempo a subir las cajas al piso, cuando escuché a algunos de mis vecinos, ocho o nueve personas super colapsadas hablando en el balcón sobre los problemas de asilo que tiene los migrantes, lo desbordados que estaban los campamentos”. Ríos relata cómo se sentó con este grupo con la idea de aportar. Meses antes había filmado en un Madrid confinado, de la mano de Yayo Herrero, el documental 180 grados en el que se señalaba el ecofascismo. “Sentí que aquello era como vivir de primera mano, en la frontera Sur, esa denuncia: cómo el propio capitalismo va esquinando, dejando de lado cada vez a más y más personas”. Ríos estuvo en los campamentos, en las comisarías, acompañando a una ciudadanía implicada en romper con la indiferencia, y se decidió a grabar el documental Aquí estamos, en el que refleja esta puja contra la deshumanización: “es el pueblo canario organizado y solidario que intenta cubrir las necesidades de los migrantes donde no llegan las instituciones”.

Las retratadas por Ríos son resistencias que combaten la normalización de las muertes en frontera, de la vulneración de derechos de quienes llegan, el “desapego” como una “mentalidad que ya está ahí, que los medios de comunicación van dejando en el pensamiento. Es inhumano que todo el pueblo canario o todo el estado español no esté indignado y de luto constante por todas las muertes diarias”, considera.

Para Velasco hay dos principios clave a rescatar contra este desapego: “El principio de incumbencia” desarrolla, “nada de lo humano me es ajeno. Y el principio de esperanza de que esto se puede transformar porque está hecho por personas y lo tendríamos que transformar para que realmente, como dice Judith Butler, todas las vidas tengan dignidad para ser lloradas”.

Comprender para empatizar

Pero hay un objetivo que se pone por encima de las personas, un principio transversal a ideologías y gobiernos que deviene sentido común. “Desde hace 20 años o más el discurso es que tenemos que impedir que la gente llegue, que la gente pueda gozar de un bienestar o una seguridad de la que pueda gozar cualquier ciudadano o ciudadana de la Unión Europea”, denuncia Lorenzo. “Hay gobiernos que son más progresistas y otros menos, pero estos gobiernos progresistas reproducen el discurso y el relato dominante”.

Los esfuerzos para que no lleguen, para impedir la movilidad humana, se traducen en un descomunal negociado de la securitización y la externalización de las fronteras. Hace 16 años, el 3 de octubre de 2005, se crearía la agencia Frontex, un controvertido actor acusado de no respetar los derechos humanos y cuyo presupuesto se ha multiplicado vertiginosamente en estos años. Por otro lado, los viajes a países del sur para asegurarse políticas de retención de los flujos migratorios y expulsión de quienes consiguen llegar, son una actividad a la que el gobierno se dedica con perseverancia en coherencia con las políticas migratorias europeas fijadas en el Pacto Europeo de Migraciones ratificado por los países miembros en septiembre del año pasado.

Mientras, “las noticias pasan con una rapidez centelleante y también sucede con este tipo de tragedia —aunque es inadmisible y no podemos permitir que estas cosas pasen— que al final acabas adaptándote y conviviendo con ellas, y eso es super duro. Cada muerte, cada desaparición, debería empujarnos a rebelarnos”, apunta Lorenzo. Para el coordinador de CEAR es fundamental no perder de vista un objetivo, un cambio factible, la creación de vías seguras y legales. “No estamos hablando de un mantra que queda bien, estamos hablando desde un punto de vista no solo ideológico sino práctico: hay cosas que podemos hacer, hay cosas que están en nuestra mano”.

Para Lorenzo es solo una cuestión de voluntad política, pero una voluntad política que no está: “pero no solo en España, no está dentro de esa visión de las realidades migratorias que tienen el contexto europeo que sigue siendo un contexto muy de securitización, de externalizar fronteras, reforzarlas y extenderlas desde un punto de vista de la seguridad”.

Para evitar la normalización de la muerte y la vulneración de derechos que se dan en la frontera es necesario “un cambio de narrativas” contra la deshumanización, que permita entender los porqués, considera Lorenzo: “Solo desde la comprensión podemos desarrollar cierto proceso empático, respecto a esa realidad que estamos viviendo o que nos rodea”, un proceso necesario para tomar esa vía de responsabilización que habilita la acción.

Empatizar y actuar para frenar peligrosas derivas, apuesta por su parte Ríos, como la deriva ecofascista por la que “gran parte de la sociedad asume una pérdida de derechos y libertades con tal de mantenerse en una minoría privilegiada. En las Islas Canarias están muriendo personas todos los días, no importa porque son negras, nada más. Esto es lo triste, esto es lo que no se puede consentir”.

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