¿Qué es lo esencial, y qué es lo secundario? He ahí una cuestión que debiese ocupar a la convención constitucional. Para no darse vueltas en temas menores, perdiendo el tiempo en epifenómenos. La «democracia de las nimiedades» fue teorizada hace 80 años por Carl Becker, dice Luis Casado. Como fórmula para conservar ‘el modo de producción y de distribución’ sin tocar lo que realmente le importa a la ciudadanía. Becker lo teorizó, la costra política parasitaria lo llevó a la práctica.

Por Luis Casado

Puede que el nombre de Carl Becker no te diga nada y ya es una lástima. Becker, –historiador estadounidense nacido en Iowa en 1873, fallecido en New York en 1945 hacia el final de la II Guerra Mundial–, dejó tras de él una interesante obra caracterizada por una recurrente iconoclastia.

En una obra publicada en 1941, mucho antes de la irrupción del neoliberalismo en los años 1980, Becker plantea cuestiones de una sorprendente modernidad. Es probable que la Gran Depresión haya dejado una profunda huella en su pensamiento –como la dejó para siempre en el alma del pueblo estadounidense–, lo cierto es que el hombre se interroga con relación al sentido de la democracia y a su capacidad –o incapacidad– para resolver flagrantes contradicciones ya en esa época demasiado aparentes.

“En un país de potencial abundancia, millones carecen de todo. Obviamente la situación surge no de la falta de riqueza potencial, sino de algún defecto en el método de producir y distribuir la riqueza. Que el defecto es serio está claramente señalado por un hecho irónico: en un mundo en el que millones carecen de todo, se estima necesario, –y bajo el sistema de producción y distribución prevaleciente es aparentemente así–, limitar la producción que cubre las necesidades básicas a fin de evitar que la gente se muera de hambre.” (Carl Becker. El Dilema de la Democracia Moderna. 1941).

Como puede verse, el tema de la concentración de la riqueza y el empobrecimiento de miles de millones de seres humanos que nos ocupa en la actualidad no data de ayer. Sería cruel recordarle a quienes le entierran sistemáticamente cada año, que Karl Marx describió este fenómeno en el siglo XIX como una mecánica infernal, indetenible y consustancial al modo de producción capitalista.

Hace unos días el diputado galo Adrien Quatennens declaró que en el breve tiempo de la pandemia (enero 2020 – mayo 2021) las grandes fortunas francesas aumentaron en un 55%. Denis Robert, fundador y jefe de redacción del medio informativo Blast, tuvo que corregirle:

“El diputado Quatennens se equivoca. En ese periodo las grandes fortunas francesas crecieron en realidad en un 67%!”

Si aun viviese, Carl Becker se sorprendería al constatar que sus interrogaciones, formuladas hace ya 80 años, tienen una dolorosa vigencia y subrayan ominosamente la posibilidad de las alternativas que él mismo expuso, temiendo tener razón. Becker no se pierde en rodeos y va al meollo del tema desde el primer párrafo:

“Las democracias modernas están confrontadas a un problema fundamental que puede ser definido como sigue: ¿Cómo limitar la libertad del individuo en la economía empresarial suficientemente para hacer realidad el derecho de propiedad y de igualdad de oportunidades sin las cuales la democracia no es sino una fórmula hueca, y al mismo tiempo preservar la libertad del individuo en la vida intelectual y política sin la cual no puede existir?”

Carl Becker no elude la cuestión de fondo: la enfrenta. Por eso aclara:

“La cuestión puede ser expresada de otro modo: ¿Pueden las flagrantes desigualdades de propiedad y de oportunidades que ahora existen en las sociedades democráticas ser corregidas por un método democrático?”

Becker se refería al mundo del año 1941. Si analizamos la sociedad estadounidense del presente, la respuesta es no. The American democracy solo ha ampliado, profundizado y agudizado las desigualdades, haciendo de ellas una característica estructural del sistema. Intentar remediarlas equivale, quieras que no, a aserrar la rama en la que reposa el régimen político, económico, financiero y social yanqui.

Una vez más el análisis de Karl Marx se verifica en la realidad empírica: la mecánica infernal no puede ser detenida, ni modificada, ni siquiera atenuada: solo puede ser ampliada. Acaparar capitales, concentrar la riqueza, es la condición sine-qua-non del modo de producción, su condición de posibilidad. Puede que Becker lo haya intuído –o bien haya leído a Marx– la cuestión es que expuso claramente el riesgo al que se exponía la sociedad desigualitaria:

“Si no pueden ser corregidas por el método democrático, el descontento y la confusión resultantes se harán realidad tarde o temprano, resultando en una dictadura revolucionaria o militar. Este es pues el dilema al que se ven confrontadas las sociedades democráticas: resolver sus problemas económicos mediante un método democrático o dejar de ser sociedades democráticas.”

Agudas como son las interrogaciones de Carl Becker, omiten una posibilidad que la presente realidad exhibe ante nuestros ojos y que otros analistas dan por realizada: la reducción de la democracia y de los métodos democráticos a las nimiedades, a lo ancilario, imponiendo al mismo tiempo una dictadura económico-financiera que es lo que realmente le interesa a la minoría que ejerce el poder.

Si para conservar el modo de producción y de distribución, –y por consiguiente seguir concentrando la propiedad de la riqueza creada, los mecanismos del poder, la prensa y la televisión, las riquezas básicas, los negocios de la Salud, la Educación, la Previsión y el agua, así como el control de la fuerza pública que en ‘democracia’ ejerce el monopolio de la violencia–, es preciso incorporar el lenguaje inclusivo… ¡Adelante con el lenguaje inclusivo! Y con él, el derecho al aborto, el matrimonio homosexual, el reconocimiento de los pueblos originarios, las reivindicaciones feministas, las lenguas y culturas regionales y lo que haga falta.

Lejos de mí la idea que tales reivindicaciones carecen de importancia. En diferentes países quienes ejercen el poder estimulan las ‘reivindicaciones societales’, identitarias, de sexo y aun otras, y en no pocos de esos países los avances son significativos. ¡Tanto mejor! No obstante, ninguna de ellas cuestiona lo que Carl Becker llama “el método de producir y distribuir la riqueza”.

Lo esencial queda a salvo.

Lo de ‘la democracia de las nimiedades’ –como recurso para conservar el poder– fue teorizado por el propio Carl Becker en su libro ya mencionado:

“En líneas generales el principio (democrático) funciona bastante bien, al menos en países en los que la tradición democrática está enraizada, mientras las cuestiones a decidir no incluyan aquellos intereses por los que algunos lucharán siempre sin rendirse.”

“Un gobierno democrático, que gobierna por medio del debate y el voto mayoritario, funciona mejor cuando no hay nada de importancia que debatir, cuando el programa del partido rival toca aspectos superficiales en vez de la estructura fundamental del sistema social y cuando la minoría acepta de buena gana ser derrotada en las elecciones, visto que así no necesita mirar las decisiones como una permanente, o como una fatal, renuncia a sus intereses vitales.”

“Cuando estas felices condiciones ya no prevalecen, el modo de vida democrático está siempre en peligro.”

En Chile, durante treinta y un años, quienes han ejercido el poder, y ‘el partido rival’ de turno, han tocado solo ‘aspectos superficiales en vez de la estructura fundamental del sistema social’. Es lo que alguna vez llamé el cogobierno –o cohabitación– de la Concertación y la derecha pinochetista, y que ahora –gracias a Becker– podemos calificar de ‘democracia de las nimiedades’.

El ‘consenso’ que favorece a los privilegiados y a los herederos de la dictadura ha sido motejado de ‘estabilidad política’. Fatalmente, sin embargo, Becker tenía razón: cuando las tremendas desigualdades y las insoportables injusticias socioeconómicas no son resueltas por los métodos de la ‘democracia’ (o sea la rutinaria payasada de elecciones que deciden sobre nimiedades), el descontento y la confusión descarrilan tan bello montaje.

Contrariamente a lo que supone Becker, la dictadura revolucionaria o militar no es imprescindible, aunque lo fue para imponer el sistema actual. El pueblo de Chile encontró una forma de acción política que le permite demostrar pacificamente su fuerza y su voluntad en las calles. La violencia, no me canso de decirlo, vino de la fuerza policial y militar, por instrucción de los cohabitantes.

En un poco razonable arranque de optimismo me digo que la convención constitucional dejará de ocuparse de nimiedades. Que se transformará en Asamblea Constituyente, para ofrecernos a todos una Constitución y un país en el que la estabilidad se asiente en la justicia social.

Los nimios y sus nimiedades, o dicho de otro modo la costra política parasitaria, desaparecerá sin dejar huella para devenir un mal recuerdo sin importancia. Una nimiedad.

Amén.