El campo en la India está en ebullición desde noviembre del año pasado. En el sector agrario se convocó una huelga que secundaron más de 250 millones de agricultores y trabajadores del campo, a quienes se sumaron también otros sectores. En el foco de la ira están los cambios en la legislación agraria aprobada por el Gobierno. Además de los bloqueos en el acceso a la capital, sigue en marcha una huelga de hambre por turnos de los principales líderes sindicales del campo. Las negociaciones o entendimiento entre las organizaciones agrarias y el Gobierno están estancadas.

Este artículo será publicado en tres partes. Aquí va la entrega de la primera.

 

¿De dónde viene la mayor huelga de la Historia?

Desde noviembre de 2020, en la India más de 250 millones de trabajadores del campo están en huelga o en protesta, apoyados incluso por algunos grandes sindicatos industriales del país. La cifra merece una segunda lectura para entender de dónde viene. Nada tan masivo surge solo de las dos regiones agrarias más próximas a Nueva Delhi, como se vería en un análisis apresurado. Hay un proceso que explota en un conflicto con protestas de estas dimensiones.

La convocatoria fue seguida por al menos 250 millones de trabajador(e)s, por lo que puede que sea la más numerosa de la Historia. El origen de todo es el rechazo de la reforma del campo y del mercado agrario abanderada por el Primer Ministro Narendra Modi, del Partido Popular de la India. Los trabajadores asalariados del campo y agricultores creen tener fundadas razones para temer que las reformas ahoguen sus condiciones de vida, so pretexto de liberalizar y modernizar el campo.

Las protestas culminaron en una marcha de los agricultores sobre Nueva Delhi, llegando a ser cientos de miles los que bloquearon las entradas de la ciudad (3/dic/2020). Un buen número sigue acampado a las afueras de la ciudad con sus tractores y cortando periódicamente el tráfico. El Gobierno indio reprimió brutalmente las protestas, empleando cañones de agua, gases lacrimógenos y duras cargas policiales. Esta represión fue condenada internacionalmente, y destacan las palabras del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en defensa de los derechos de los trabajadores a manifestarse pacíficamente.

Esto empezó en noviembre del año pasado: un estallido de violencia en la que una minoría se enfrentó a pedradas contra la policía y fuerzas del orden público resultó en un muerto y numerosos heridos.

Las reuniones con representantes del Gobierno de momento han sido estériles. El Gobierno no cede, y los representantes del campo tampoco se conforman con las vagas promesas del primer ministro Modi. Algunas de las acciones previstas por los representantes de los huelguistas, para principios de febrero, se han desconvocado.

 

¿De dónde viene el conflicto?

En la India todo es grande, populoso, colorido y tiene una larga historia que hay que contemplar, aunque sea a grandes rasgos en todo análisis.

Desde 2014, en la India gobierna el Bharatiya Janata Party (BJP), o Partido Popular Indio, con mayoría absoluta. La alcanzó en las últimas elecciones de 2019 (303 de 542 escaños), y sigue un duro programa neoliberal, populista, en el que se exacerba el nacionalismo hindú. Lo hace en muchas de sus iniciativas más polémicas, sin debate parlamentario, mediante lo que en España serían decretos leyes.  Un modo de legislar que apenas pasa por el parlamento, donde poder modificar o consensuar las leyes.

En cifras, la India es un país con más de 1.360 millones de habitantes, donde casi la mitad de la población trabaja en el campo o subsiste en él, y entre el 45% y 80% de la población activa total trabaja en condiciones informales, sin amparo del derecho laboral.

En la India vive aproximadamente un tercio de los pobres del planeta, aunque su PIB es el tercero más grande del mundo, según el FMI. No obstante, ya no es la nación con el mayor porcentaje de personas en extrema pobreza, porque ese pódium se lo cedió a Nigeria.

El sector agrario es solo una quinta parte del PIB a pesar de la cantidad de población que vive de y en lo que llamamos el campo. La India es de hecho la cuarta potencia agrícola del mundo. Los principales cultivos son trigo, mijo, arroz, maíz, caña de azúcar, té, patata y algodón, siendo de algunos de estos el principal productor. También es el segundo mayor productor mundial de ganado bovino, el tercero en ovino y el cuarto en producción pesquera. Todos estos datos macroeconómicos y los 1.360 millones de consumidores indios hacen de la India una tajada económica interesante.

Interesa entender el mundo agrario allí y fuera de allí. En la India interesa porque tienen un desafío social enorme ligado a lo agrario.  El gobierno de Modi no parece enfocar el problema desde los intereses mayoritarios, ni tampoco desde una lógica superadora. Lo que el Partido Popular de la India legisla tiene detrás el espíritu de liberalizar los mercados para que estos asignen los recursos (beneficios) a los agentes más dinámicos.  Pero la realidad enseña que eso no funciona así. La afluencia de capital extranjero y la existencia de empresas grandes y medianas hacen que únicamente se formen unos circuitos en los que los pequeños y medianos agricultores quedarán secuestrados. El guion que le dictan sus expertos es que en el futuro la seguridad alimentaria de la India no puede depender de una agricultura minifundista o de subsistencia. Pero ¿eso quiere decir que la seguridad alimentaria de la India o del mundo pasa por ceder ante las presiones de las cuatro hermanas del oligopolio de las semillas a nivel mundial y de las demás corporaciones implicadas?

Por ello el gran hegemón neoliberal, en su forma de financiarización de toda actividad humana a escala planetaria, hace tiempo se fijó en la India para imponer en ella su teoría económica, su credo político y social y reducción al mínimo de las políticas públicas, bajo el mantra de ‘las virtudes del mercado y la libre competencia’. Desde los noventa que toda reforma tiene esta tendencia por centralidad y no el beneficio de la población.

En un mundo donde la globalización ultracapitalista ya ha puesto a cotizar todas las materias primas básicas para la vida, la India es por tanto un objetivo prioritario. Interesa como mercado productor y como mercado importador. Interesa que se vuelque y abrace el imperante modelo único de desarrollo, cosa que el Partido Popular Indio representa a la perfección.

El impacto en lo social de esta tendencia mundial en un país tan complejo y densamente poblado no es sencillo de describir.

Lo primero que salta a la vista es que es seis mil quinientas veces más grande que España (6.500). Su sociedad está muy fragmentada por clase, casta, religión, lengua y geografía, lo que dificulta el auge de discursos políticos progresistas claros y compartidos. Es como si en España hubieran sobrevivido todos los principales pueblos que, desde el neolítico hasta ahora, pasaron por la península. Como si hubieran sobrevivido también todas sus etnias, credos, lenguas y cosmovisiones. Ese es el mosaico comprable en términos más próximos a nosotros. Ante semejante fragmentación social, falta una oposición que ofrezca alternativas al programa oficial y canalice la solidaridad con los más marginados. Todo está fragmentado, salvo el miedo.

El miedo al futuro ─también allí─ aviva en esas tierras los movimientos totémicos o diferenciadores. Movimientos que ven lo suyo, como lo único. En este sentido, las castas, religiones, lenguas, etc., dificultan la empatía hacia los padecimientos de aquellos que se ve como «los otros» (o los no-yo). Este es el paisaje humano ideal para un gobierno como el del Bharatiya Janata Party y su primer ministro Mandi.

En el contexto de la huelga comentada, las estructuras legales y de costumbre existentes en la India y que han soportado el frágil equilibrio social hasta ahora estorban desde los años noventa a las corporaciones de la agroindustria mundial y los fondos de inversión mercenarios.

Las cifras macro del país obligan a andar con cautela dado el tamaño de la población y los desequilibrios sociales que esconden.

Casi 600 millones de indios dependen del campo y, a su vez, la mitad de ellos dependen de él directamente para una subsistencia alimentaria diaria, en pequeñas explotaciones personales o familiares. En estas miniexplotaciones la parte excedentaria ─si existe─ llega a los mercados locales para su comercialización directa o informal (economía sumergida y dinero negro). Allí, se trueca o vende al consumidor para cubrir las demás necesidades de los productores. No podría ser de otro modo porque poca gente tiene cuenta bancaria, tarjetas de crédito u modos de pago electrónicos. De hecho, la inmensa mayoría de trabajadores (86% según el Banco Mundial) reciben sus sueldos de modo informal y en efectivo.

So pretexto de la lucha contra la falsificación, el fraude fiscal y la economía sumergida, el primer ministro Mandi ordenó en 2016 desmonetizar la economía india, retirando de la noche a la mañana los billetes de quinientos y mil rupias (7 y 14 dólares, aproximadamente), sustituyéndolos por otros nuevos y provocando que los más pobres quedaran aún más desamparados. El sufrimiento humano fue indecible. La escasez de efectivo resultó en emergencias médicas y personales. Los periódicos se hicieron eco de ello. El predecesor de Modi, Manmohan Singh, lo calificó de «botín organizado y saqueo legalizado».

Según un informe de PWC «en una economía masivamente informal las personas más vulnerables no hacen pagos digitales. La desmonetización fue para ellos una operación mal pensada y cruel por los daños causados a la gente y a la economía india. Al cabo de dos años, los beneficios no parecen haber valido las enormes pérdidas financieras y el sufrimiento humano. Pese a los meses de angustia generalizada la población, no hubo disturbios importantes ni incidentes violentos». En resumen, incluso PriceWaterhouseCoopers, consultora que tiene prohibido realizar trabajos contables en India durante dos años por algunos de sus escándalos, viene a describir el fracaso de la medida o que el fin no justifica los medios.

En diciembre de 2019, en este caleidoscopio de religiones, etnias, matices culturales, y sus conflictos internos y externos, Modí promulga la Ley de Enmienda de la Ciudadanía. En esencia regula la concesión de la ciudadanía india a las personas que sufran persecución religiosa en tres países vecinos (Pakistán, Afganistán y Bangladesh). Excluyendo específicamente a los 200 millones de musulmanes que hay en India y apuntando a que sean consideradas ‘ilegales’ las personas que no puedan demostrar su origen en el país.

Hubo muertos y muchos centenares de heridos en las revueltas contra la controvertida ley que discrimina a la población musulmana minoritaria en el país, y que sintió en ello un arranque de una limpieza étnica. Pero el Partido Popular Indio, nacionalista hindú, perseveró en su impulso excluyente y racista promulgando una ley, en el estado de Uttar Pradesh, que castiga con penas de diez años de cárcel «los matrimonios interreligiosos cuya intención es cambiar la religión de la mujer». Pretende luchar contra la supuesta ‘yihad del amor’ de la minoría musulmana. Esta paranoica teoría conspirativa acusa a los hombres musulmanes de engañar y forzar a las hindúes para convertirlas al islam. Teoría que circula desde hace años entre el extremismo hindú, pero que el gobierno de Modi da carta de realidad combatiéndola en sus delirantes leyes. Los estados de Madhya Pradesh, Haryana o Karnataka ya han anunciado regulaciones parecidas.

 

¿Cómo están las cosas en India a día de hoy, en 2021?

El doce de enero de 2021 el Tribunal Supremo indio suspendió las leyes que provocaron las protestas de los campesinos.

Los jueces, con esta resolución, intentan desbloquear el país y las fallidas negociaciones entre manifestantes y gobierno. Unos piden, sin ceder, la derogación total de las tres leyes que consideran anticampesinas. A su vez, el gobierno ha pedido a la Justicia declarar ilegal las protestas que desde noviembre bloquean algunas de las entradas a la capital, y amenazan con recrudecer el conflicto al intervenir más duramente las fuerzas de orden público. Muy recientemente, la policía ha respondido muy duramente ante las acciones de los que acuden a Nueva Delhi para manifestarse. Del otro lado, alegan que ya no son protestas pacíficas.

La resolución judicial ordena crear un comité de expertos en materia agraria, encargados de dirimir las diferencias sobre el alcance de la legislación, y se obliga a escuchar a las partes implicadas para orientar a los jueces en su decisión final sobre las polémicas leyes. Pero los representantes de los manifestantes se niegan de momento a participar porque rechazan los expertos elegidos y consideran que todo está contrapesado a favor de la visión oficialista. No esperan nada bueno de ese comité. Por ello no interrumpen sus protestas y persisten en hacer una huelga de hambre.

Muchos otros temas deberían llegar al Supremo de la India. Excede estas líneas enumerarlos. Pero es evidente que tras los grandes conflictos económicos con impacto social, están los vientos que dominan la finanziarización de la vida en el planeta. Solo busca maximizar los beneficios y forjar un férreo control de todo lo vital en manos de unos pocos. Una corriente mental que no atiende a las necesidades humanas vistas en su conjunto, para avanzar en la mejora de las condiciones de vida y no solo desde la economía. Un proceder que no elimina los desequilibrios ─tampoco en la India, como se ha visto─ sino que arrasan como elefante en cacharrería, eliminando todo estorbo a lo que llaman ‘libre comercio’.

No se quiere hacer aquí una crónica en negro de la India. Las cosas están mejor ahora que en tiempos de los ingleses. La India ha oscilado entre crecimiento social y desarrollo económico durante los últimos setenta años, aunque siempre ganaron las consideraciones económicas a las sociales.

Una vez independizada, en 1947, el gobierno de Nehru impuso un guion político socialdemócrata con una fuerte planificación central. La India pasó a ser país democrático regido por unas reglas económicas estrictas, un gobierno rígido centralizado, un mercado y distribución controladas y con barreras para la entrada de empresas y capitales extranjeros. Para algunos analistas, esta fue la línea seguida hasta poco antes de los años noventa. Este primer periodo trajo mejoras en aspectos sociales tales como educación, salud y una pequeña mejora de las infraestructuras. Inglaterra hasta la independencia solo había construido infraestructuras para la explotación de sus recursos y el dominio del territorio colonial. Parecido a lo que hace China ahora en África y Sudamérica cuando invierte en aquellas zonas del mundo.

Desde los ochenta y noventa todo cambió mucho. El FMI y las otras fuerzas del capital internacional obligaron a la India a abrirse. Muchas industrias que ya no eran tolerables en Occidente, por su impacto ambiental y la salud humana, acabaron en el Tercer Mundo. También en la India deseosa de crecer. Volvieron los capitales a invertir en infraestructuras para la exportación y el transporte de lo que India aporta al mundo o necesita de él.

Se hace necesario recordar aquí, respecto a este tipo de desarrollismo, el desastre de Bhopal en 1984. Un insuficiente mantenimiento y limpieza provocado por la corrupción en los organismos de inspección y seguridad causó una gran fuga de isocianato de metilo en una planta de plaguicidas propiedad ─a medias─ de la estadounidense Union Carbide y del propio gobierno de la India. Entre 60.000 y 80.000 personas murieron en la primera semana tras el escape tóxico. Al menos otras 12.000 fallecieron posteriormente a consecuencia directa. En total, más de 600.000 personas fueron afectadas, además de los miles de cabezas de ganado y animales domésticos que perecieron. El medioambiente quedó seriamente contaminado por las sustancias tóxicas y metales pesados vertidos, que tardarán muchos años en desaparecer del todo. No hay modo de abarcar semejante armagedón, aunque fuera un accidente. Este es el mundo de los mercaderes de la muerte visto desde la India. También lo vemos ahora a fuego lento en nuestros océanos, en el aire, tierras y los acuíferos.  Dónde queda esa gran mentira de que el mercado se regula él solo y que favorece a los más aptos y eficaces.

Lo que pasa en los campos de la India y sus hombres y mujeres es resumible en una frase: angustia porque ven que la evolución que les sirve a cucharones el gobierno y las multinacionales los va a dejar en la cuneta. Los primeros que han sentido la alarma son las gentes de las regiones del Punjab y Haryana, de donde son la mayoría de los manifestantes que se han movilizado.

La población urbana se siente aun alejada del problema. No sabe si estar con ellos o con el gobierno. En Nueva Delhi se vive como una incomodidad a los agricultores acampados a las afueras desde noviembre. Sus tractores estorbando provocarán las iras de muchos. Pero esta indiferencia es imprudente. ¿Qué pasará si vemos migraciones masivas dentro de la India? ¿Qué pasará con la vida en las ciudades, si unos doscientos millones de indios de todas las regiones eminentemente agrícolas acaban migrando masivamente a las zonas industrializadas del país? ¿Les tratarán como invasores o como indocumentados y los repatriarán?  Pero si ya están en su patria, lo único es que los indios más ricos les habrán robado su vida. Nosotros también emigraríamos a las ciudades como ellos. En España sucedió en los años sesenta y setenta. Solo que aquí no somos un país con más de 1.300 millones de habitantes.

La India no queda tan lejos ni nos es ajena.  Nuestro campo y nuestra industria han sufrido una evolución parecida. Jamás hubo una verdadera reconversión industrial o agraria en nuestro país. Aquí la liberalización ha traído sobre todo concentración y oligopolios que no nos han modernizado. Ni siquiera eso, que es el eslogan principal de sus partidarios. El Estado es cada vez más inoperante a la hora de defender los intereses estratégicos o el bien común. Cosa difícil cuando del otro lado hay empresas y fondos con más poder económico que nuestro propio Estado. Hemos pasado a ser un país exportador de productos del campo, de servicios y de sol y turismo. No parece probable que tampoco el gobierno de la India encarrile el conflicto en favor de su pueblo. Lo más probable es que la élite gobernante y los intereses que representa entregue la India al mercado a cambio de un rédito a corto plazo.

Los manifestantes de la huelga más grande de la historia han desconvocado hace unos días la marcha hacia el Parlamento que tenían prevista para la primera semana de febrero. Los  incidentes violentos y enfrentamientos con la policía de una minoría desgajada de los huelguistas dejaron una persona muerta y cientos de heridos.  Para dejar claro que reniegan de la violencia y que no es su camino, desconvocaron la marcha sobre el Parlamento que se quería hacer firme y multitudinaria, pero pacífica.

 

Fuentes:

https://www.icesi.edu.co/india/contenido/pdfs/ponencias/Crecimiento%20y%20Desarrollo%20Economico%20de%20la%20India%20-%20Hernan%20Betancur.pdf

https://www.eldiario.es/economia/supremo-indio-suspende-leyes-desataron-protestas-campesinos_1_6744982.html

https://ideas.pwc.es/archivos/20181219/que-paso-en-la-india-despues-de-eliminar-el-dinero-en-efectivo/

http://www.cipi.cu/articuloproceso-de-desmonetizacion-de-la-economia-india-repercusiones

https://santandertrade.com/es/portal/analizar-mercados/india/politica-y-economia