CRÓNICA

 

 

El primer recuerdo que tengo de esa noche de otoño fue una caída en la escalera del tren. Ya era pasada la medianoche en la estación central de Berlín, cuando el tren de Praga se acercó a la estación. No estaba seguro si ese tren era el que tenía que tomar para llegar a Frankfurt. Había comprado el billete por internet horas antes y no tenía ni idea de cómo funcionaban los trenes de larga distancia en Alemania. La madrugada empezaba fría y yo estaba allí, mirando ese gigante metálico de dos pisos con una mochila pesada y una maleta pequeña, gris, así como fueron todos esos primeros días. Mi chaqueta de fieltro hacía juego con el cielo.

Tropecé dos veces en las escaleras de entrada con prisa por subir al vagón, después de correr más de 200 metros de plataforma en busca del lugar correcto reservado en mi billete. Entré y salí de varios vagones y la numeración no coincidía con el número que me enviaron por correo electrónico. Revisaba una y otra vez el papel, pero no entendía dónde estaba el vagón 234, asiento 23a, pasillo de segunda clase, línea azul.

Si perdía el tren, no volvería a tiempo para tomar el avión que me regresaría a Brasil. Era mi vigésimo día en un maratón por algunas ciudades alemanas. Estuve hospedado en Bonn, en casa de amigos, y desde allí salí para Berlín. En la agenda, garabatos, el deleite con los grafitis de Kreuzberg, el tono grisáceo de lo que restó del muro, una estrella de la RDA comprada en Checkpoint Charlie y un quepi del uniforme alemán de la era soviética. Siempre he tenido el hábito de comprar pequeños recuerdos de los lugares que visito. Incluso una servilleta llena de garabatos sirve. Son fragmentos que me hacen recordar los días que pasé, las amistades que hice y las aventuras que viví. El billete de ese viaje también se incorporaría.

La carrera en la plataforma me hizo perder el aliento.

Ya estaba cansado de buscar y decidí dejar que la policía ferroviaria o alguien responsable de controlar los pasajeros me indicará el vagón correcto. Al menos pensé que alguien lo haría por mí, pero mi precario alemán no cooperó… eins… zwei… No lo conseguía.

¡Qué alivio! Un empleado de la estación. Yo sonreí. Él permaneció serio e impaciente.

El agente ferroviario miró mi billete, respiró hondo con cansancio y lo selló. Me lo devolvió sin comentar nada. Traté de preguntarle si estaba en el lugar correcto y se refunfuñó algo que entendí como «da lo mismo «o “usted verá». Era un tren polaco –dijo–, un desastre.

Como el sistema de trenes era tipo «da igual», había gente ocupando dos asientos, en medio del camino, equipajes por todas partes. Era la versión popular del Expreso de Oriente de los años 40, sin ningún encanto. Los pasajeros no se miraban entre sí, sus manos y ojos estaban ocupados con las computadoras portátiles y los teléfonos celulares. Rostros blancos miraban películas y fotos. El reflejo azul de las pantallas iluminaba sus rostros. Algunos se rían y sonreían-alto. Yo sólo quería dormir.

El tren abandonó lentamente la plataforma. A través de la gran ventana vi Berlín desaparecer en la oscuridad. Dentro del vagón, la luz seguía encendida. Parecía una farmacia de tan clara que estaba. Mi vecino de asiento empezó a roncar como un cerdo en el matadero. Miré a los demás pasajeros esperando alguna cara de desaprobación y descontento por los ronquidos, pero parece que todos esperaban cosas todavía peores de aquel viaje.

¿Qué querrán decir los alemanes con «el tren es polaco»? ¿Y qué significa segunda clase en un tren popular, barato, de madrugada? Era una especie de Greyhound sobre rieles, similar a los famosos autobuses interestatales norteamericanos, conocidos por su clientela de clase media baja. Yo, hijo de ferroviario de la Central del Brasil¹, parecía entender todo sin sorpresas. Al menos en el «Deodoro»² siempre hay alguien vendiendo dulces y botellitas de agua mineral. Ah, que nostalgias del tren llegando a la Central, yo corriendo para comprar un pastel y beber un guaraná.

Volviendo al expreso polaco…

Alrededor de las dos de la mañana, después de cambiar de posición como diez veces, decidí dejar de luchar contra la luz fuerte y probar los famosos coches restaurante que tanto había visto en las películas de Agatha Christie. ­ ¿Esperaba asientos de cuero, candelabros y camareros sonrientes? No, pero esperaba encontrar agua.

Siempre lo ví en las películas: los pasajeros se levantan de sus cómodos asientos y van a disfrutar de un amplio y encantador restaurante. Afuera, los árboles y los postes vuelan por la ventana a alta velocidad.

Pero en ese expreso de Varsovia que venía de Praga, no había nada. Sólo una sucesión de vagones atestados, con mucha gente comiendo sándwiches y bebiendo de sus termos.

Recorrí al menos diez vagones en busca de algo para beber. Mi garganta seca apenas podía preguntar a ningún a algún otro pasajero. Lo intenté y me respondieron en checo. Ni rezando al Niño Jesús de Praga creí que podría sobrevivir una hora más, sin acceso a una fuente de agua.

Una señora gorda sacó de su bolsa de plástico un pan seco con salame y un termo: mala señal, pensé. Este tren no tiene lugar para vender comida o bebida.

Yo, sediento, vagaba por el corredor polaco en aquel laberinto sobre rieles, sin poder salir. A las tres de la mañana, casi sin vida, sentí que el tren se detenía en un andén. Estábamos en algún pequeño pueblo alemán donde todos se conocen y mis ojos brillaron cuando vi una máquina de bebidas en la plataforma. Dejé mis maletas en un pequeño rincón y fui con algunas monedas a tratar de mojarme la garganta. Algunos pasajeros bajaron a fumar y pensé que no habría ningún riesgo si dejaba el tren para intentar comprar algo.

Un señor en la puerta del vagón me dijo algo en polaco.

Pensé que debía ser «puedes ir que yo sostengo la puerta», pero también podía ser «no salgas porque el tren sale disparado ni bien pongas el pie afuera». Lo pensé y decidí quedarme en la puerta, inmóvil, hipnotizado, mirando la máquina en la plataforma sin valor para salir, observándola como un perro hambriento mira una máquina de asar pollos en una casa de comidas. Seguí mirando la máquina en silencio. La botella de agua parecía llamarme, pero no pude evitar el miedo… ¿Si salgo y pierdo el tren? ¿Cómo hago sin mis maletas, dinero ni pasaporte? ¿Qué será de mi vida en una madrugada con tres grados en una estación de trenes en Europa Oriental? Resistí.

Desesperadamente fui al baño, donde pondría mi boca en el grifo y bebería litros de agua destinada a lavar las manos. Al lado del grifo había un aviso que prohibía beber agua y concluí que… sí, ellos deben reutilizar el agua. A esa altura, ya no estaba preocupado con nada más, sólo quería llegar al aeropuerto.

Finalmente, una gran ciudad se aproximaba, amanecía. Por fin, pensé, ¡llegué a Frankfurt! En la ventana, pequeña y congelada, un cartel de «Witamy Warszawie» pasó lentamente. Miré para todos lados. Bienvenido a Varsovia, decía.

Tomé el tren en la dirección contraria.


¹ Estación de trenes urbanos, del centro de Río de Janeiro
² Deodoro: línea de trenes metropolitanos de Rio de Janeiro

 

Traducido del portugués por Lianet Guerrero Scull