La consistencia entre lo que se dice y lo que se hace es un atributo que la sociedad en general valora, pero que desafortunadamente escasea. No es fácil ser consistente. Esta reflexión nace a partir de una inserción efectuada en una de las redes sociales donde se afirma que “cuando exista una ley que obligue a los políticos a ser atendidos en los hospitales públicos, a partir de ese momento mejorará la salud en nuestro país”.

Quienes legislan, quienes nos gobiernan, quienes deciden respecto de los montos a destinarse al sistema de salud pública, así como sus características esenciales, en su gran mayoría, por no decir todos, cuando las circunstancias lo exigen, recurren al sistema de salud privada. No deja de ser una contradicción, una inconsistencia, y por lo mismo parece razonable la exigencia de que toda autoridad pública recurran a los centros de salud públicos existentes en el país. Para que vivan en carne propia la realidad que deben enfrentar y vivir las familias con escasos recursos que por problemas de salud deben atenderse en la red pública de salud.

No hace mucho, una diputada de la UDI (María José Hoffmann), se opuso al aumento del ingreso familiar de emergencia que inicialmente era de $ 65,000 por 3 meses, bajo el argumento de que “nosotros no queremos que la gente viva del Estado”. Y ella de qué vive? Hace cuántos años? Con qué facilidad se suben sus propias remuneraciones, pero a la hora de incrementar sueldos mínimos, ingresos familiares de emergencia, las dificultades son enormes. Estas son posturas insostenibles de las cuales el mundo político está plagado.

Vivimos en una sociedad dual, donde conviven dos mundos que solo se relacionan entre sí por necesidades imperiosas. El mundo de la abundancia, de la modernidad de una minoría, de donde proviene el grueso de quienes definen y deciden el país en que vivimos; y el mundo de los marginados, de los endeudados, de los subempleados, de quienes buscan escapar de la pobreza. Resulta paradojal que quienes no viven la realidad de la marginalidad son quienes formulan, implementan y evalúan las políticas para abordarla con prescindencia de quienes están afectados.

En tiempos de pandemia, luego de décadas de crecimiento que ha logrado reducir la pobreza a costa de endeudamiento, la desigualdad no decrece. Irrita la discriminación social, de trato, el discurso vacío de la meritocracia e igualdad de oportunidades. Los dos mundos persisten sin mayores espacios de interacción.

Quienes están definiendo qué hacer para enfrentar la crisis sanitaria, económica y social no la están viviendo, a lo más la están viendo, sobretodo quienes están más cerca, los alcaldes y concejales. De hecho no han perdido sus trabajos ni han visto disminuidos sus ingresos. No viven la incertidumbre en la magnitud de quienes la padecen.

Quizás sea hora de conectar estos dos mundos, tender puentes, vasos comunicantes bidireccionales con quienes están más implicados en los problemas, no con prescindencia de ellos. No solo eso, se hace imperativo acercarlos. Una convivencia pacífica de ambos mundos con sus características actuales, es insostenible en el largo plazo, salvo por la vías dictatoriales. Una democracia en plenitud no admite un distanciamiento tan severo entre sus distintos actores sociales como el que se está viviendo.

El día en que estos dos mundos se miren, abracen y confundan, ese día Gardel volverá a cantar.

 

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