El día que se detuvo el tiempo (el 16/06/55 que yo viví)

17.06.2020 - Ciudad de Buenos Aires, Argentina - Néstor Tato

El día que se detuvo el tiempo (el 16/06/55 que yo viví)
(Imagen de Daniel Santoro/Télam)

65 años han pasado. De manera extraña ayer se abrió mi memoria, quizás debido a la confusión que me provocó que fuera feriado cuando yo esperaba un día laboral. El tiempo es una función de las representaciones, de lo que imagino. Así que me dejé a la deriva por las notas que estaba preparando y empezó a aparecer que hoy “era” (ayer era, hoy ya no, es nomás) 16 de junio. Me pregunto si La Nación (el más gorila de nuestros diarios) publicará el hecho entre sus efemérides.

Los ciclos sociales parecen tan rigurosos en su repetición como los naturales. La semana laboral sigue al fin de semana y éste, a la semana laboral. Cada tanto un feriado interrumpe el ritmo para alivio y alegría de todos. (Eso que parece un regalo de la organización capitalista, siglos atrás era casi una normalidad. Casi o más de la mitad del año no se trabajaba, siguiendo el ritmo de las cosechas y el calendario de festividades religiosas, que actuaban el mito de la era cristiana, marcaban el paso del año con sus eventos de nacimiento, muerte y resurrección).

En 1955 la vida transcurría como hoy. Vivo en el centro de la ciudad, en la calle San Martín, que desemboca en la Plaza de Mayo, el centro nervioso (casi digo el corazón) de nuestro país porque alrededor están la Casa de Gobierno (la Rosada), el Ministerio de Economía, el Banco de la Nación, la Catedral y (entonces) la Intendencia municipal. Con Perón, la Plaza histórica cobró un nuevo valor y por unos años fue el corazón del régimen,  la Plaza del pueblo donde las multitudes acudían de tanto en tanto, convocadas por su líder y su icónica mujer, Evita, al principio. Después de la muerte de Ella, solo por Perón, actuando un régimen político que comenzaba a manifestar el peso de una burocracia partidaria y las tensiones con el poder económico, sobre todo extranjero.

Buenos Aires tiene algunos días nublados muy pesados por la pretormenta, con nubes bajas y pese al invierno incipiente, no recuerdo que hiciera mucho frío. Las calles no eran tan transitadas como hoy; el centro está lleno de los negocios principales (sobre todo entonces que la descentralización comercial hacia los barrios casi no existía). Lavalle, la calle que está en la esquina hacia la Plaza, ya era peatonal, como Florida, que es paralela a San Martín. A la vuelta hay una comisaría (la 1ª). Todavía no lo sabía, en la esquina de Corrientes, en un edificio de dos pisos con entrada por San Martín, estaba el local de la Alianza Nacionalista, una de las organizaciones que apoyaba al gobierno. Casi contiguo, por Corrientes, el Pedemonte, uno de los restoranes más bacanes de la ciudad. And so on.

Los días laborales la gente va y viene con sus ocupaciones; los autos circulaban entonces hacia la Plaza. No recuerdo ahora una línea de colectivos que sí circuló después y me llevaba al Colegio cuando la secundaria. Mi día se repartía entre mi casa, con mis tareas escolares y las historietas (cómics) que constituían mi alimento vital, y la escuela, que estaba en la otra cuadra, hacia la Plaza.

Como se ve, entonces la Plaza era una referencia vibrante.

Todo transcurría como cada día de semana. Volví de la escuela apurado para comer. Mamá me esperaba con lo único que yo aceptaba comer sin regañar, un jugoso bife con papas fritas. Papá había prometido venir a buscarme para ir a la Plaza porque iba a haber un acto multitudinario con un desfile de aviones. Fanático de los desfiles, no me lo podía perder y papá me llevaba siempre.

Se demoró por cuestiones laborales y me puse a leer una historieta, sentado en uno de mis sillones preferidos, con las piernas colgando de uno de los brazos, apoyado en el otro. Inquieto porque sentía que se hacía tarde para ir a la Plaza.

Curiosa morosidad la del tiempo, que parece remolonear en la espera como atascado. Me sentía electrificado por la tensión que crecía, poniéndome como un resorte listo para salir en cuanto papá entrara. La vida transcurría en la calle como siempre y algo extraordinario estaba por suceder en la Plaza. La gente andaba por la calle, ajena a ese evento aeronáutico que podía ser tan maravilloso.

Papá llegó. Ya no puedo precisar en qué momento porque entonces, en algún momento, oí el primer avión y corrí al balcón para verlo. No me lo quería perder. Yo digo que vivo en un cajón. Es un primer piso con balcón a la calle y una ventana en la oficina contigua. El sol da un ratito en invierno desde el noroeste y desde el oeste me cocina un par de horas en verano. Enfrente había (y siguen estando) un par de edificios que tapan casi todo el cielo, así que poco y nada veía, aún estirando mi cuerpo hacia afuera, en dirección de la Plaza. San Martín está flanqueada por edificios de no menos de cinco pisos por lo general y al fondo se adivina, más que se ve, la apertura del espacio de la Plaza.

Ya no recuerdo si la primera explosión siguió al primer vuelo rasante. ¿Bombas de estruendo? Sí recuerdo que todo se detuvo, al tiempo que mi corazón saltó hacia la garganta, como estrujado y desbocado. Papá y mamá acudieron, la gente se detuvo en la calle y subió un murmullo. Y hubo nuevos sonidos de aviones en picada y más explosiones seguidas del tableteo de las ametralladores, que más imagino que recuerdo porque a partir de ahí la sucesión de ruidos, el alboroto callejero, las sirenas de los patrulleros que salieron de la comisaría, todo se hace una mezcla confusa. Estuve pegado al balcón hasta que mis viejos me arrancaron y metieron para adentro, por las dudas. No cabían dudas de que estaban atacando la Plaza, intentando derrocar a Perón. Lejana figura para mí, que leía que en los diarios lo nombraban como PEN (Poder Ejecutivo Nacional) y no sabía bien cuál era su nombre. Mis todavía seis años de entonces no daban para tanto.

No podría decir cuánto duró ni en qué momento la calle empezó a tronar con bocinas de tránsito atascado, llena de gente de a pie, de colectivos y camiones con gente exaltada con banderas argentinas vivando a Perón, queriendo ir a la Plaza. Para ese entonces, había terminado el ataque y se oían las sirenas de las ambulancias. Militantes de la Alianza se paseaban tratando de poner cierto orden, recuerdo alguno con una Thompson (mi metra preferida), otro con un Máuser, algún otro con una PAM. El tiempo había dejado de correr, la vida se había desbordado irrespetuosamente, violentando el cauce que el ciclo solía imponer. Las nubes seguían bajas y la tormenta no se descargaba. El tránsito mismo se había atascado, como el tiempo. La gente gritaba con palos en la mano, componiendo un cuadro absurdo para mí: palos contra aviones.

Cuando concluyó, no sé cuánto había transcurrido, sentí que había pasado un día entero desde que había estado en el sillón leyendo la historieta. De pronto, la Historia había irrumpido como un vendaval, una mano invisible había parado la aguja del reloj y me sumergió en un presente infinito. Perdí la noción de duración. Aún después del ataque, la luz del día velada por las nubes, los gritos de los de abajo, el caos que se había desatado, parecía estirar el presente en una duración sin fin, él que siempre está tan apurado, corrido por las expectivas, como ansioso por ser recuerdo.

La trama social se recompuso y el evento concluyó. La calle se fue vaciando mientras la luz se iba. Llegó la penumbra del atardecer y una pesada tristeza se desplomó sobre la ciudad.

Pasaron los meses y Perón se fue para evitar un derramamiento de sangre cuando la insurrección militar –casi irrelevante en términos de la relación de fuerzas- en Córdoba, con el apoyo eclesial y empresario. Recuerdo la Plaza llena una vez más, esta vez con un mar de pañuelos blancos en las manos de gente bien vestida, vivando a los “libertadores”. Y fue quizás por ese entonces que vi las heridas que quedaron los edificios, los agujeros de la metralla que perduraron décadas como testigos de la barbarie.

Papá era un periodista famoso y bien relacionado en el gremio, lo que me redituaba ir gratis al cine (era cronista de cine). Yo era fanático de las películas de guerra. Así que, habrá sido por octubre o noviembre, un día me dijo que lo acompañara, como solía hacer, que tenía que ir las oficinas de Sucesos Argentinos, que era el noticiero que se transmitía en los cines por ese entonces.

Mientras él hacía no supe qué, pidió que me pasaran lo que se había filmado el 16 de junio, que no se había mostrado en los cines. No sé cuánto tiempo estuve solo en el microcine por ese extraño privilegio. Casi diría que no quiero revivirlo. Todavía no entendía qué fue lo que veía, pero sabía que era horrible ver colectivos ardiendo, los aviones ametrallando, las bombas estallando, las tropas de infantería de marina a pocas cuadras de la Plaza. No era una película de guerra. Ni siquiera era una guerra. Era un ejercicio aéreo de tiro al blanco contra la gente que se había agolpado para escuchar a su líder. Fue un pelotón de imágenes que me arrinconaron en la butaca y pude ordenar más o menos muchos años después, cuando Pino Solanas las reflotó para componer su “La hora de los hornos”. Es notable cómo podían disfrazarse las masacres antes del advenimiento de los celulares. Como sucedió a fines de 1907 en Santa María de Iquique en Chile, y tan bien relata Rivera Letelier en su “Santa María de las Flores Negras”.

Mi generación creció en un país que era “el más pacífico del mundo” aún después del 16 de junio. Donde el progrom de 1919 fue prolijamente escondido por los medios y la historia oficial detrás de la revuelta obrera bautizada como la “Semana Trágica”. Recién se vino a desempolvar en toda su dimensión hace un par de décadas, sin que los mismos judíos le hayan dado todavía todo el vuelo que merece semejante horror, todavía desconocida la dimensión de su tragedia. El rol preponderante que jugaron los “niños bien” que se juntaron para salir a matar, en el Centro Naval (a tres cuadras de casa), también fue prolijamente ocultado. Salieron a “cazar maximalistas” o sea practicar tiro al blanco con los “rusos”, judíos civiles desarmados.

El relato que advino con la “revolución libertadora” para explicar el ataque, pretendió que perseguía matar a Perón, aún cuando supieron que no estaba. Las huellas dejaron muy claro que el edificio de la Casa de Gobierno fue un blanco secundario. Los hijos del Mal (aquí no puedo mencionar a las putas porque no tienen nada que ver) habían apuntado deliberadamente contra la multitud. Esa gente que tanto odiaban por ser “cabezas negras” (el mote que los oligarcas ponen a nuestros mestizos), esos peronistas irredimibles que sólo podían tener un destino: ser ametrallados.

El ataque a la Plaza de Mayo debe haber sido uno de los actos de crueldad más inicuos y absurdos de la historia humana. Apenas comparable por su semejanza con el bombardeo de Guernica, que tuvo menos muertos que los de la Plaza. Fue pensado para sembrar el terror y preparar las condiciones para el golpe posterior.

Pero también fue la manifestación más clara del odio al pueblo que tienen los que están del otro lado de lo que llaman “la grieta”. A lo largo de la historia argentina, los liberales extranjerizantes masacraron al pueblo cuando les pareció necesario. Fueron los de mi generación quienes “inexplicablemente” seducidos por las barbas de la sierra cubana, se lanzaron a organizar la lucha armada. Los que tuvimos entre cuatro y diez años en 1955, a los 18 nos comenzamos a organizar para tomar las calles, lanzando la lucha por la vuelta de Perón. Y ahí nomás, empezaron a entrenarse. Por suerte, pude bajarme de ese tren en la primera estación, cuando el responsable de la célula del Comando Camilo Torres, planteó que teníamos que empezar a entrenarnos con armas. Estaba demasiado liado con mi mundo personal y un embarazo me llevaba a romper con todo lo que me había sostenido hasta entonces. Uno de mis más queridos amigos de entonces se quedó en el camino temprano, después de secuestrar a Aramburu, inaugurando las acciones de los Montoneros.

Yo, ya los leía en los diarios, pero no pude escaparme de los efectos devastadores de la tormenta. La convergencia de las intenciones construyen la misma trama de la Historia, y la sumatoria de accidentes, de hechos no previstos, trazan a veces distintos rumbos dentro de esa trama. Una de esas corrientes me tomó y me llevó en una dirección de muy poca prensa entonces, lejanamente influenciado por mi madre, que me transmitía los ideales de un flaquito que armado de un bastón, supo liderar a su pueblo hacia la independencia del colonialismo, Gandhi.

Hoy, son imágenes, nada más que imágenes. Aunque sean las imágenes del horror que puede producir el antihumanismo. Son esos hechos que no pueden tener perdón ni olvido, y cuesta reconciliar.

Categorías: Cultura y Medios, Sudamérica
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