Por Roberto Mayorga Lorca

¿Son los muertos del coronavirus meros números que se abandonan en los cementerios en total soledad? Cómo no recordar aquella estrofa de Becker cuándo clama: “La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos, la noche se entraba, el sol se había puesto, perdido en las sombras medité un momento: Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»

Cada día al anunciarse la cantidad de fallecimientos e ignorar quienes son, no logramos imaginar sus rostros, conocer sus nombres, identidades, saber si pudiesen ser cercanos a nosotros, familiares de algún amigo, excompañeros, vecinos, personas que pudieron haber influido en nuestras vidas, viejos profesores o maestros y carecemos entonces de la posibilidad de participar en sus despedidas y acompañar a sus sufrientes deudos.

Qué triste para el que se va, no sentir en su confinamiento, y en los últimos instantes de su vida, la mano cálida de un padre, una madre, un hijo o una hija, esposo o esposa, amigo o amiga a la cual poder aferrarse. ¿Qué pasará por sus mentes y que sentimientos latirán en sus corazones en esos postreros momentos de soledad, vacío y desamparo?

Y el virus, con esa especie de albur que no distingue entre pobres o ricos, nacionales o extranjeros, famosos y no famosos, incluso a veces, entre ancianos o jóvenes, junto al impacto social, nacional e internacional, está provocando una honda disrupción en tradiciones y rituales esenciales de nuestras culturas, como es, por ejemplo, la posibilidad de dar un último adiós a nuestros seres más queridos, acompañarlos con un ramo de flores, acariciarlos con sublimes cánticos corales y palabras emotivas de despedida.

Es probable que estemos experimentando una situación similar al de las guerras, cuando a muchos de los caídos en el campo de batalla no se les vuelve a encontrar a fin de rendirles una sepultación digna. Es también hondamente comprensible el sentimiento de desgarro de quienes amaron a aquel soldado desconocido, al familiar desaparecido por una causa noble y ahora a las víctimas de esta pandemia sin poder honrarlos con los rituales de la eterna paz.

Más tarde que nunca, habremos de honrarlos como lo hizo Pericles, -descrito por Tucídides- en su famoso discurso fúnebre en el Cementerio del Cerámico de Atenas, en uno de los más altos testimonios de cultura y de civismo que nos haya legado la Antigüedad, como nos recuerda Antonio Arbea en un ilustrado ensayo publicado por el CEP. El recuerdo de los inmolados en la guerra perdida contra Esparta, le dio ocasión al notable Pericles para explayarse sobre el profundo espíritu de la democracia ateniense y de los valores y virtudes que habían presidido la vida de sus conciudadanos explicando la grandeza de Atenas, contextualizando así la época y el marco en que se glorificaba a los sacrificados por su patria.

Tendrá que acaecer el momento en que hagamos lo mismo. No podemos dejarlos partir sin una palabra de honra, de recuerdo, de tristeza y también de culpabilidad o auto crítica por una sociedad obnubilada por el materialismo, la codicia y el lucro y que, al sucumbir a propósitos y fines banales, no ha sabido destinar sus mayores esfuerzos a prever científicamente los riesgos en que elementos de la naturaleza podían colocarla.

Como una palabra de consuelo para quienes sufren en el anonimato la partida de sus seres queridos, recordemos el clásico pero veraz decir de que no existe una real muerte mientras se tenga en el corazón el vivo recuerdo de quien nos deja, o cómo canta el poeta: “muertos no son los que en la tumba fría, la paz disfrutan de la dulce calma, muertos son los que viven todavía y tienen muerta el alma”. Confiemos también que en sus horas finales, en la soledad de sus confinamientos, la fe haya fortalecido a nuestras víctimas, como cuando aquel héroe filipino, José Rizal, en su solitaria cárcel, el día antes de ser ejecutado, al dar su último adiós, se despidió legándonos unos de los poemas sobre la fe y la muerte más sentidos y profundos jamás escritos, consciente de su próxima inmolación. He aquí uno de esos versos: “Y cuando ya mi tumba de todos olvidada, no tenga cruz ni piedra que marquen su lugar, deja que la are el hombre; la esparza con la asada; y mis cenizas, antes que vuelvan a la nada, en polvo de tu alfombra la vayan a formar; entonces nada importa me pongas en olvido, tu atmósfera, tu espacio, tus valles cruzaré; vibrante y limpia nota seré para tu oído, aroma, luz, colores, rumor, canto gemido, constante repitiendo, la esencia de mi fe. Adiós queridos seres, morir es descansar”.

 

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