Esperar, mientras el cuerpo se inmola

21.12.2018 - Río Negro, Argentina - Gustavo Figueroa

Esperar, mientras el cuerpo se inmola
Jairo (el sobrino de Carlos) y Claudia (la hermana mayor de Carlos) durante uno de los rastrillajes realizados a orillas del río Negro, Allen (Río Negro).  (Imagen de Gustavo Figueroa)

Un análisis argumental sobre el padecimiento de los familiares de las víctimas, el ascenso social de los verdugos y la responsabilidad ética (ante este cuadro) del periodismo de investigación

Allen, Río Negro. A Carlos Painevil lo desaparecieron un 2 de junio, cuando tenía 32 años. El 18 de diciembre, Carlos cumplió 38 años. Su hermana Claudia me pidió por teléfono que escribiera algo para conmemorarlo. Pero la verdad es que yo no soy bueno conmemorando fechas. Luego de que falleció mi hermano, los cumpleaños, las fiestas y los días especiales tienen un dejo de tristeza indescriptible. Lo mejor que puedo hacer es escribir y estar; o mejor dicho, estar y luego escribir sobre cosas y hechos que vi dentro de la causa que me siguen llamando la atención. El día 18 de diciembre viajé hacia Allen para encontrarme con la familia Painevil. En la casa donde pasé su adolescencia Carlos me recibió su mamá (Nancy), su papá (Juan) y su hermana mayor Claudia. Casi al final de la charla llegó la hermana menor de Carlos, Anahí. Fue luego de verme con todos que comprendí cabalmente en qué situación se encontraba la familia (que es un reflejo, de alguna forma, de la situación en la que se encuentra la causa). El interrogante debería interpelar a todos y todas las periodistas de la región: si yo no estoy en el lugar, contemplando los hechos ¿de qué voy escribir? Éste resulta un principio ético indiscutible que pienso respetar y mantener. Volviendo a la familia Painevil, alguien (varios) curioso con el dolor creyó que era importante que Nancy y Juan pasarán las fiestas sin su hijo. Es meritorio, somos ingeniosos para experimentar con el dolor. Inventamos todo el tiempo múltiples formas de tortura. Y la verdad es que, ante eso, a mi no me sale escribir cosas amables, solemnes y esperanzadoras. Creo que lo último que tengo para decir son palabras esperanzadoras. Pero se que en la escritura existe un alivio (personal) para toda la bronca que se acumula; aunque hemos aprendido, esa bronca e indignación no puede quedar reducida y alojada en una esfera individual. Debe existir una responsabilidad política, social y colectiva. Escribo porque es la mejor cosa que se hacer. Escribo no para dar voz a alguien, sino porque me crié en silencio, con mi hermano que no hablaba. Escribo porque me crié observando todo y porque observar me permite entender, y fundamentalmente me permite comprender el rol que tengo yo como comunicador dentro de estos escenarios continuamente desfavorables (que defienden el silencio cómplice e impune) en donde los métodos para producir dolor y sometimiento se perfeccionan, se dosifican y se esparcen incontrolables. Escribo no para darle esperanza a nadie de nada, escribo sí, pensando que cada quien podrá ocupar el rol que le corresponda y que desde ahí cada uno pueda hacerle frente a la ausencia, la miseria y la desigualdad desprejuiciada que continuamente no sólo se olvida de los nombres de los desaparecidos, sino que además intenta borrarlos de la historia cercana y presente.

Kiñe | Uno

Esperar, mientras el cuerpo se inmola

Cuando era niño vi muchas veces a mi hermano cerca de la muerte. Él era un joven niño con autismo y padecía ataques de epilepsia en cualquier momento, en cualquier lugar. No salía a muchos lados. Tratábamos con mi madre de contenerlo todo el tiempo que podíamos. Recuerdo, por ejemplo, tener diez años y hacer un esfuerzo para ayudarlo a tomar un vaso de agua porque él no lo podía hacer sólo. Un día se fue y por alguna razón su velorio estuvo lleno de personas. Yo no conocía a nadie. En mi corta vida no había visto nunca a ninguno de ellos o a casi ninguno. En ese momento tenía 12 años, y se incorporó en mi memoria colectiva y visual un sabor bastante amargo sobre las personas y el grado de sensibilidad que aparentaban profesar. En algún momento me contenté con pensar que esa gente había venido a acompañar a mi madre, pero la verdad es que las madres nunca se recuperan luego de la muerte de un hijo, sea de la manera que se produzca esa muerte. “Una no está preparada para enterrar a los hijos; son los hijos los que deben enterrarla a una”, repite mi madre cada vez que hablamos del tema. “¡Ese es el ciclo de la vida!”, insiste. Hay algo de toda esta vivencia personal que aún perdura. Hubo algo en todo ese cuadro vivencial de mi infancia que me acercó a la muerte de una forma particular, algo que me acercó y que no se fue nunca más, como no se ha ido nunca esa sospecha intransigente que siento por las personas en general. Creo en ellas, pero se que existe un manto de hipocresía incalculable, inimaginable en todos nosotros; un manto de hipocresía que es cultural, que deviene del proceso colonial, de la idea siempre presente de que somos otra cosa diferente a lo que somos. ¿Cómo ser coherente y sincero sin aún no sabemos ni quiénes somos? ¿Pero por qué hablar de mí cuando debo hablar de otra persona, de otro caso puntual y particular (que se ajusta a muchos casos de desaparición forzada que se han ejecutado en el país)? ¿Por qué ser autoreferencial para hablar de un caso de violencia institucional? Quizás toda esta introducción y rodeo me ayude a tomar envión y comenzar a hablar de Carlos, quizás me sirva para enfrentar la imagen que me queda cada vez que se cumple un nuevo aniversario de su desaparición (que es como cada cumpleaños de los desaparecidos y las desaparecidas de la región), en donde el acompañamiento es chiquito, pequeño, casi reducido. Quizás me sirva para acomodar el golpe, o para acomodar el cuerpo y dar, seguido a ello, una trompada certera. Derecho al mentón, al pecho, directo a sacudirte una lágrima de esos ojos que miran para otro lado, y que crean burdas excusas para no mirar.

¡Me crié con bronca! Eso sí puedo decir. Mastiqué la bronca y el silencio por mucho tiempo. Es por ello que he tenido que aprender muchas formas para escupir esa bronca que a veces me derriba y me deja sin argumentos. Porque no se trata esto de un velorio pasado, viejo, añejo y ya prácticamente reducido en el olvido. Todo lo contrario. Esa imagen del pasado se repite cada día, sobre distintas personas, bajo la forma de diferentes formas de violencias. La bronca, finalmente, se actualiza y se realimenta como una vieja canción. La misma cantinela, que suena y suena. En estos últimos años viviendo en Neuquén, he acumulado muchas imágenes de bronca. Las tengo grabadas en mi memoria y en la memoria de mi cámara. La vi, por ejemplo, cuando Gualberto Solano, unas semanas antes de morir, entró a la sala judicial donde juzgaban a los asesinos de su hijo, y fueron esos mismos asesinos los que se burlaron de él con un sonrisa pérfida, delante de todos, sin que nadie pudiera hacer nada. La misma sensación incómoda y amarga me sucedió cuando me enteré que Asunción Ávalos se levantaba todos los martes y jueves (durante casi cinco meses, que fue el tiempo que duró el juicio) a las tres de la mañana para viajar desde Picún Leufú hasta Neuquén, para más tarde salir nuevamente, llegar a las 9 de la mañana a la sala judicial de la ciudad mal llamada General Roca, y presenciar el juicio sobre la desaparición de un hijo que no era su hijo. Hace 14 años que Asunción espera que Sergio vuelva y toque la puerta de su casa. Mientras tanto en la causa no hay detenidos, ni acusados, mucho menos un juicio. “¿Por qué con la causa de Sergio no se llega a ésto?”, me pregunto un día Asunción en referencia al proceso que se estaba llevando adelante por la causa Solano. La bronca apareció nuevamente en los medios de comunicación regionales tratando de cruzar, casi a nado, el río Negro para mascullar, aunque sea, un poco de sangre para correr la primicia de que Carlos estaba enterrado en un descampado. Pero la verdad es que aún no sabemos si está ahí enterrado, fundamentalmente porque los análisis de los objetos probatorios encontrados (un cuchillo, una cuerda, un manojo de pelos que estaba dentro de una lata de gaseosa, un supuesto resto óseo) aún no han sido periciados. Bronca sentí al saber que después que Gualberto pidiera, durante una entrevista radial, ver aunque sea sólo un hueso de su hijo, luego, una madrugada, en Choele Choel, los verdugos del dolor fueron hasta el acampe (que permanece enfrente de la municipalidad) a tirar unos huesos, vaya a saber de qué animal, sobre una foto de Daniel. Todas esas imágenes vengo acumulando. Las escucho y las registro como una fotografía social de lo que somos finalmente, del gen asesino, corrupto y traidor que nos corroe y nos persigue cada día.

Mi función, entonces, entiendo yo, es la de articular los mundos visuales y literarios que me rodean. Lo tomo como un trabajo de tiempo completo. No existe un día que no me sirva de ellos y que no reciba estímulos para producirlos. Me aislo y me refugio en esos dos mundos incesantes. Los expongo dentro de una crónica, un ensayo, una poesía. Como ya dije, me ayudan a escupir la bronca, a dirigir el golpe. Pero… y los familiares de las y los jóvenes desaparecidos ¿a qué práctica discursiva recurren durante las noches de dolor? A Asunción, por ejemplo, le gusta desde joven la fotografía. Anda con su cámara Canon Reflex analógica para todos lados. Por otro lado Nancy, la mamá de Carlos, comenzó hace cuatro meses a trabajar la madera. Mientras estuve en su casa me mostró todos sus trabajos. Un reloj de pared, un barco con terminaciones excelentes, un porta llaves, un porta lámparas. Nancy comenzó en agosto y ya tiene una producción prolífica. Pero es su cuerpo el que está cediendo. Ni bien entré en su casa, la vi moverse incómoda, caminar mal. “Tengo artrosis severa”, me contó. “No puedo comer azúcar, y corro riesgo de sufrir un ACV”, me aclaró después mientras tomábamos unos mates. “Es en éste último tiempo que he estado triste”, me confiesa mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Pero la situación de Juan no es diferente. Sus piernas están también afectadas. Primero vi una curita que le cubría la parte de atrás de la pierna derecha. Luego él me mostró las heridas que tenía en la parte de adelante de la pierna derecha. “Tengo varices”, me aclaró. Juan también se tiene que cuidar del azúcar, los ACV y las broncas. ¿Cómo se cuida uno de las broncas? ¿Cómo tomarse con calma que tu hijo sigue desaparecido? Las piernas de la madre y el padre de Carlos dicen mucho. Las veo y pienso que ellos ya no quieren avanzar más; en este momento están cediendo, se aflojan. Su cuerpo lo expresa. “Puedo hacer las cosas, pero sentada. Igualmente me canso y no puedo seguir”, concluye Nancy en referencia a su labor con la madera. Otro tanto es Claudia. Recuerdo cuando me dijo que si un día se cansaba realmente de todo se iba a prender fuego dentro del poder judicial. Sin embargo es su cuerpo el que viene implosionando por dentro. ¿Cuánto tiempo más puede aguantar su cuerpo? ¿Cuánto tiempo va a soportar Nancy? ¿Y Juan? Y es que el opresor especula con ello, con el tiempo, con que el cuerpo de los familiares de las víctimas ceda, se carcoma, desaparezca de tristeza (como desapareció la mamá de Sergio Ávalos). El opresor tiene el tiempo, el dinero y el apoyo judicial y estatal necesario para sobrevivir, incluso para ascender en el escalafón jerárquico de la muerte (como ascendió uno de los policías más comprometidos en el caso Ávalos y el cabo Pintos, que asesinó por la espalda a Rafael Nahuel). El opresor y los verdugos juegan a que un día la sociedad se olvide el nombre de los desaparecidos. Es por ello que escribo, es por eso que me tomo el trabajo de escribir crónicas detalladas, en donde describo la meticulosidad de la vida cotidiana de las víctimas. Mientras el opresor y los verdugos se encargan, a través de diferentes recursos (judiciales, comunicacionales y estratégicos militares) de borrar todo tipo de huellas probatorias que permitan contar la historia de los desaparecidos que ellos mismos producen, yo me encargo de detallar meticulosamente las líneas azules de los juguetes de madera que pintó Nancy, la madre de un desaparecido que era bombero y taxista que tiene, este último, dos lunares negros en el rostro (cerca de la boca), el mismo hombre que tiene dos hijos que se parecen a él, como se parece su sobrino Jairo, que un día me dijo que su tío amaba a su auto, que lo cuidaba y no dejaba que nadie fumara dentro, pero que sin embargo, cuando fue hallado el auto sin Carlos había dentro del mismo una colilla de cigarro, y que a pesar de que se recolectó esa colilla como prueba, el auto permaneció cuatro años tirado en la intemperie de un patio interno de la agencia de taxis donde trabajaba Carlos. Escribo cada detalle del caso, porque entiendo que no existe otra forma de hacer periodismo que no sea estando en el lugar, contando los hechos con la mayor exactitud y minuciosidad posible, como si verdaderamente anduviera yo con un lupa (que es mi cámara) en la mano. Escribo, porque entiendo también, que no existe un sólo medio en la región del Alto Valle preocupado por escribir una crónica decente sobre los casos de los desaparecidos que el opresor produce sin atisbos y remordimientos. Escribo detalladamente porque entiendo que con estar y luego sacar un comunicado de dos párrafos no se está cumpliendo con el rol de un periodista. Escribo meticulosamente porque entiendo que no existe un sólo espacio de periodismo de investigación en la región que se comprometa a juzgar al opresor (en este punto es relevante, sí, prestar atención a la labor periodística que está realizando Santiago Rey para “En estos días”); porque entiendo que el periodismo tiene una responsabilidad concreta con los casos en donde se vean vulnerados los derechos humanos y que, desde el otro lado, los familiares de los desaparecidos no tienen que agradecerles porque estos periodistas les den un “espacio” en sus páginas y en sus sitios web, manteniendo “vivos” los casos (como a estos periodistas le gusta ufanarse). ¡Es su responsabilidad informar sobre la realidad que ocurre en la calle! Es su responsabilidad informar y no priorizar las órdenes de silencio cómplice que les proponen los directivos, como si los primeros fueran empleados de un empresa (en donde los conocimientos y los derechos como un profesional de la comunicación no tuvieran ningún tipo de valor). Y si realmente no creen ser empleados y empleadas serviles de los intereses acaparadores de un empresa, salgan a la calle a dignificar sus derechos, a exigir no sólo el % 40 de zona (que es legítimo), sino también a exigir la posibilidad de escribir notas dignas, que realmente expresen la realidad de una época presente que transcurre dentro de uno de los escenarios (extractivo) más complejos del país, y entiendo yo de Latinoamérica. “Si no sos capaz de escribir tres putas páginas tenés que dedicarte a otra cosa”, escupió un día Zito Lema dentro del aula donde yo cursaba la carrera de comunicación social en Buenos Aires. Y prosiguió, “¿miedo a qué van a tener? ¿Ahora? ¡Nosotros tuvimos miedo cuando tuvimos que salir a enfrentar una dictadura!”.

Escribir meticulosamente los detalles que se producen y existen dentro de los casos de desapariciones forzadas, dentro del Alto Valle de Neuquén y Río Negro, no responde a un mero capricho literario, romántico y poético. Describir con detalles meticulosos los casos de desapariciones forzadas que se producen en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, es una forma de responder al vacío histórico y comunicacional que intenta producir el opresor con apoyo de los verdugos y que a su vez es el mismo vacío que dejan los medios masivos de la región, preocupados solamente por publicar titulares estimulantes capaces de vender grandes volúmenes de ediciones de papel. ¿Qué carajo les puede importar a los directores (y a los periodistas) del diario “Río Negro” y “La mañana” que durante uno de los allanamientos en busca de Carlos uno de los perros rastreadores viajara como una flecha cerca de tres kilómetros, hasta ingresar a una chacra, meterse a una casa, luego a una habitación repleta de muebles viejos y húmedos, y sacar de una bolsa negra una bala calibre 22 y un par de monedas? ¿Qué carajo les puedo importar a los directores (y a los periodistas) de los diarios “Río Negro” y “La mañana” que cuando el perro llegó a la chacra encontramos en la entrada un alambrado repleto de bombachas colgadas como si fueran trofeos recién obtenidas de múltiples víctimas jóvenes y niñas?

Mientras escupo sangre en el baño me preguntó cuántas historias oscuras acompañan la desaparición de Carlos Painevil. Mientras tiro la cadena del baño que se lleva la sangre que escupo porque no tengo una obra social que me cubra un tratamiento que necesito hacer, pienso que los malestares corporales (que padecemos los familiares de las víctimas y yo) también son parte de un documento digno de registrar. El contexto estructural del periodista que escribe sobre los familiares de víctimas de desapariciones forzadas, también resulta un documento que permitirá retratar y entender, en un futuro próximo, que mientras los familiares de las víctimas literalmente se siguen inmolado por dentro, paralelamente los mecanismos de tortura del verdugo se siguen ejecutando con total impunidad, amparados por el silencio de los medios hegemónicos locales, preocupados sólo por diseñar diarios con notas breves, lo más breves posibles, para que haya más espacio para publicar más publicidades que le genere, a estas empresas mercenarias cómplices del silencio, más rédito y ganancias. Entiendo que resulta un documento de época contar que mientras los familiares de las víctimas de desapariciones forzadas perecían sin que se comprendieran bien en detalle y profundidad sus causas, no hubo personas dentro de los medios locales que ocuparan esa ausencia comunicacional, que le era y le sigue siendo funcional al opresor y a los verdugos que se mueven cómodos y a gusto en el silencio y el anónimato de las ciudades extractivas y postapocalípticas de la mal llamada patagonia argentina.  “Nosotros los familiares no podemos contar lo que nos pasa, y ser detallistas con lo que sucede en las causas. Por eso es importante el trabajo que haces vos, fundamentalmente porque no lo hace nadie. Si vos no escribieras sobre nosotros es como que casi no existiéramos”, me advierte Claudia antes de irme. Recuerdo esta frase y entiendo que, mientras escupo sangre otra vez, ocupo el lugar que debo ocupar. Y que esto no se trata de hacer una pedagogía de la tortura o una filosofía del padecimiento y el martirio. Yo trabajo comunicacionalmente porque los casos de desapariciones forzadas sean visibilizados, pero también trabajo para dignificar mi profesión, que entiendo es una de las más bastardeadas entre las profesiones actuales; trabajo comunicacionalmente no sólo para que un día pueda llegar a tener acceso a un sueldo, una obra social y el bendito % 40 de zona, sino que también trabajo para escribir tres (mínimas) putas páginas, y que esas tres putas páginas se publiquen, sin que me corten párrafos, me supriman frases “comprometedoras” y “jugadas” o me cambien el título por uno más amable y respetuoso. Escribo para que, quizás, las personas que me lean tomen aliento un día, se sienten en una silla y escriban en un papel en blanco los detalles de las situaciones que padecen; escribo para que un día, quizás, las personas comprometidas con la comunicación tomen la decisión política de escribir aunque sea tres putas páginas en donde describan los detalles de los signos visuales que no se cuentan y que benefician al silencio cómplice del verdugo. Es, como ya dije, un trabajo de tiempo completo, mal pago y bastardeado, pero yo cumplo. Y seguiré cumpliendo (con los familiares de las víctimas). Aquí están las tres putas páginas (y un poco más) que, para los que ya me han leído, saben que no es habitual en mis crónicas.

Categorías: Derechos Humanos, Sudamérica
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