por Aram Aharonian

Las encuestas –no hay que creer demasiado en ellas– coinciden en que los dos candidatos que superarán la primera vuelta electoral serán el ultraconservador del Partido Social Liberal, misógeno, homofóbico y xenófobo excapitán del Ejército Jair Bolsonaro, y quien el ex presidente Luiz Ignacio Lula da Silva abanderó, desde la cárcel, como candidato del centroizquierdista Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad.

Ha sido una disputa turbulenta hasta el momento, pero dos frases marcaron la temperatura de las elecciones: Bolsonaro, tras tres semanas de hospitalización por recibir una cuchillada, dijo en televisión que en la primera vuelta de las elecciones del próximo domingo 7 de octubre no aceptará otro resultado que no sea la victoria y denunció  por anticipado, que cualquier otro resultado será prueba de fraude. Afirmó que en caso de que Haddad salga victorioso, las Fuerzas Armadas no impedirán que asuma el gobierno, pero advirtió que al primer error, intervendrán.

Pero, sorpresas da la vida, y por eso es necesario un análisis a fondo de la realidad de Brasil, un país-continente, con muchas particularidades regionales, que vive desde hace dos años su mayor crisis económica, social y política de todos los tiempos, con altísimas tasas de desempleo, con la profundización de su proceso de desindustrialización, mientras sus indicadores sociales, como la tasa de mortalidad infantil y la pobreza absoluta, subieron en forma alarmante.

Y hoy no es posible decir que el gran capital brasileño, industrial y/o bancario-financiero, esté con Jair Bolsonaro, aunque sí lo apoya una  sector de esa élite, así como sectores de las Fuerzas Armadas y de la prensa hegemónica, incluyendo los vaivenes de la oligopólica Red Globo, que amentó sus espacios de publicidad del candidato ultraderechista, muchísimo más allá de los pocos segundos que le corresponden por ley.

En estas elecciones no solo está en juego el nombre del próximo presidente, sino el futuro de los BRICS, las gigantescas reservas de petróleo del Presal, el proyecto de integración sudamericano, el respaldo a las iniciativas emancipadoras de la Unasur y Celac, la recomposición de las conquistas laborales y sociales.

El Observatorio en Comunicación y Democracia advirtió sobre los ingentes recursos destinados por Red Atlas (la internacional capitalista), la National Endowment For Democracy (NED), el Departamento de Estado, el International Republican Institute (IRI), el National Democratic Institute for International Affairs, la Open Society Fundation, de George Soros, para financiar  a todos aquellos que puedan descarrilar la locomotora del Partido de los Trabajadores.

Ya habían financiado las multitudinarias manifestaciones de 2013 y en 2016 el derrocamiento de la presidenta constitucional DilmaRousseff, alentadas por el Movimiento Brasil Libre (MBL), que se iniciaron como cyber guerrilleros de ultraderecha de la Red Atlas, y ahora son candidatos a cargos legislativos por el partido de Bolsonaro.

El gobierno de facto de Michel Temer aprobó el nuevo régimen fiscal, que congela el nivel del gasto federal por 20 años (incluidas las prestaciones sociales y excluido el servicio de la deuda pública), y cambios en la legislación laboral, que anularon todos las conquistas de años de lucha. El avance del proyecto del gran capital ha ocurrido en el margen, profundizando el foso entre el gobierno ilegítimo y la población.

Se suma a la económica la crisis social que sufre la población y la crisis política: a pesar del golpe, la oligarquía brasileña no consiguió recrear las condiciones de “normalidad democrática burguesa” para poder continuar su proyecto de reformas y de liquidación de lo que aún resta del patrimonio público y nacional en el país, señala Rosa Márques, expresidenta de la Asociación Brasileña de Economía Política.

Casi 13 millones de personas (14% de la población económicamente activa equivalente a toda la población de Grecia) está desempleaday esa es una de las grandes preocupaciones de los electores. Asimismo, en 2017 se registraron 110 homicidios de indígenas a mano de terratenientes, junto a otras miles de violaciones relacionadas con el derecho a la tierra.

La sociedad brasileña está polarizada, entre los que quieren el retorno del pasado reciente, pues comparan la situación actual con la vivida en el período de los gobiernos de Lula y Dilma, y los que compraron el discurso del orden a cualquier costo, dado que imputan todos los problemas del país a la libertad que fue “concedida” a los movimientos sociales. Esto ha impedido el crecimiento de los candidatos que están más a la izquierda en el espectro político nacional, pero quizá no en las elecciones para diputados regionales.

Manifestación #EleNão, Piracicaba (SP), 29/09/2018. Foto Mídia Ninja

Masacre mediática

Hay una masacre comunicacional que va más allá de los medios hegemónicos y se sirve de la difusión de información falsa (fakenews) por las redes sociales digitales, que promueve la condolencia, el sentimentalismo y la consternación por el atentado sufrido por Bolsonaro una cuchillada en lleno acto), tratando de crearle en el imaginario colectivo la figura de salvador de la Patria, frente a la imposibilidad real de los que candidatos del poder fáctico, Geraldo Alckmin, Fernando Meirelles y Marina Silva, alcancen la segunda vuelta presidencial.

Bolsonaro, un ex capitán, fue retirado del Ejército por insubordinación e indisciplina, falta de lógica, racionalidad y de equilibrio. Su pasaje como parlamentario (desde 1991) fue intrascendente: nadie recuerda alguna propuesta suya. Su fuerte es un discurso de odio en contra de los movimientos populares, negros, homosexuales, indígenas, mujeres, migrantes y sin tierra y sin techo. O sea, contra las grandes mayorías, con un discurso “gorila” de violencia e intolerancia que, lamentablemente, encuentra eco en una parcela de la opinión brasileña.

Algunos quieren compararlo con Donald Trump, pero la diferencia es que no es nacionalista ni integra le ola populista global (de TheresaMay, Silvio Berlusconi o Emmanuel Macron), sino que es entreguista, liberal, privatizador, aperturista. Pero, al igual que el magnate estadounidense logra atrapar con su discurso a la gente insatisfecha con problemas reales, como la inflación, la corrupción o la inseguridad, decepcionadas con la situación política y económica del país.

El populismo ultraderechista ha instalado en Brasil un discurso político destructivo que emplea cualquier excusa para provocar un incendio social y cuyo blanco principal es el PT.  Llama la atención que Bolsonarosea equiparado por medios europeos con Trump o MatteoSalvini, pero eso es un error. “Es aún peor en el fondo y en las formas. En la campaña no solo ha defendido la dictadura militar brasileña (1964-1985), sino que ha propuesto que la policía tenga carta blanca para matar en un país donde se registran 60.000 homicidios anuales”, señaló un editorial del diario español El País.

El poder financiero

El poder financiero tiene cuatro candidatos en la pelea, y ninguno de ellos (Geraldo Alckmin, Marina Silva, Fernando Meirelles, Joao Amoêdo) representaría alguna contradicción con los intereses de la gran banca, los fondos buitres y Wall Street, pero están prácticamente fuera de la puja electoral, a no ser que, en el tiempo que resta para la primera vuelta se produzca un hecho nuevo que introduzca un cambio cualitativo en la situación política del país.

La publicidad de los grandes medios internacionales ha impuesto otra falsedad, la de Marina Silva, presentada como líder mundial, promotora de la “nueva política” para “un mundo diferente”.Financiada por la Fundación Ford viaja por el mundo dando conferencias sobre esa “Nueva política global” y el “desarrollo sostenible” y fue celebrada por Barack Obama, Hillary Clinton, Tony Blair, Gerhard Schroeder, Lionel Jospin, François Hollande, MatteoRenzi y el fascista israelí Ehud Barak. De los 22 millones de electores que logró en 2014, conserva muchísimos menos.

No es casual: Marina sería la candidata ideal para profundizar el liberalismo, destruir todavía más el Estado, entregar la Amazonia a los intereses trasnacionales y someter a Brasil a las grandes potencias. Se la presenta ahora como alternativa a la polarización entre derechas e izquierdas, a los dos partidos tradicionales PSDB y PT, pero lo mismo podría aplicaría a Bolsonaro y Ciro Gomes

El favorito del establishmet y del golpista Michel Temer es Geraldo Alckmin, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), la agrupación del expresidengte neoliberal Fernando Henrique Cardoso, partido que perdió las últimas cuatro elecciones presidenciales (2002, 2006, 2010 y 2016) ante Lula y Dilma. Su equipo económico está formado empresarios y  exdirectivos del ministerio de Hacienda, Banco Central y Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes) durante la era Cardoso. Su meta inmediata es desalojar a Bolsonaro en la segunda vuelta.

Otros dos candidatos liberales conservadores, sin posibilidades de alcanzar el 8% de los votos entre ambos, son dos banqueros: Henrique Meirelles (del MDB) y João Amoêdo (del Partido Novo). Meirelles fue presidente internacional del Bank of Boston y, entre 2003 y 2010,en el gobierno de Lula, dirigió el Banco Central. Tras la caída de Dilma, aceptó ser ministro de Hacienda de Temer. Amoêdo es candidato del banco privado Itaú-Unibanco, el mayor del país, quien trabajó en el Citibank… y fue triatleta.

Se presentan cuatro escenarios posible: a) que el candidato del mercado, Geraldo Alckmin desplace a Bolsonaro y se enfrente al candidato de Lula, Fernando Haddad; b) que el excapitán del ejército logre sostenerse y llegue a la segunda ronda frente a un candidato de la centroizquierda (Haddad o Ciro Gómes); c) que se mantenga y vaya a la segunda vuelta contra un derechista (Alckmin o Marina, lo que solucionaría el inmenso problema de eliminar al PT y al PSDB juntos); y d) que no haya elecciones, como amenazan sectores militares.

Un gran problema para la élite brasileña sería que Ciro Gomes, pase a la segunda vuelta. Fue alcalde, gobernador de Ceará y ministro de Hacienda de Itamar Franco y de la Integración Nacional con Lula. Representa al Partido Trabalhista (PTB) de Leonel Brizola, y asume un discurso en defensa del desarrollismo y del nacionalismo. Sugiere anular las medidas aplicadas por Temer, en relación a las políticas sociales, de gastos públicos y de desnacionalización de pozos petroleros, centrales eléctricas y la empresa de aviación.

Un sector de la izquierda justifica que un banquero trasnacional como Meirelles haya sido presidente del Banco Central de Lula por ocho años y no haga el mismo esfuerzo para interpretar la presencia de Katia Abreu, una exponente del agronegocio, como vice de Ciro, quien marcha en tercer lugar en las encuestas, detrás de Bolsonaro y Haddad,  presentándose como posible salida para la polarización.

Los sondeos a unos días de las primarias, sugiere que la sociedad brasileña podrá ser conducida, por séptima vez seguida desde 1994, al chantaje de elegir obligatoriamente entre el neoliberalismo del PSDB y la socialdemocracia del PT. El otro escenario quizá sería aún peor: entre Bolsonaro y el PT.

Manifestación #EleNão, São Paulo (SP), 29/09/2018. Foto Mídia Ninja

Los gorilas

En el nerviosismo por la falta de progreso en las encuestas, el entorno de Bolsonaro apeló una vez más a la tormenta de noticias falsas (fakenews) diseminadas en las redes sociales vinculando a Manuela D´Avila, candidata a vice en la fórmula encabezada por Fernando Haddad, de estar conectada con Adelio Bispo de Oliveira, el autor de la cuchillada.

Durante tres semanas las usinas bolsonaristas se esforzaron en vincular el hecho a una imaginaria conspiración de la cual es culpable la izquierda, con “dólares venidos desde el exterior” para pagarle al agresor, una falsedad desmentida por la propia Policía Federal. Para el general Hamilton Mourao, vice de Bolsonaro, “no cabe la menor duda” de que fue un atentado orquestado por el PT de Haddad y Lula.

Bolsonaro desautorizó a su compañero de fórmula, por haber propuesto acabar con el pago extra de Navidad y de vacaciones (aguinaldo) a los trabajadores. “El  salario 13 del trabajador está previsto en el artículo 7 de la Constitución (…) quien lo critica, además de ofender a quien trabaja, confiesa desconocer la Constitución”, sostuvo Bolsonaro en Twitter.

Dado que Bolsonaroestá hospitalizado recuperándose de una puñalada recibida en un acto proselitista, Mourao aumentó la presencia en actos de campaña, ofreciendo declaraciones que causaron alarma entre los asesores del candidato. Luego del apuñalamiento, dijo que “Si quieren utilizar la violencia, los profesionales de la violencia somos nosotros”.

La semana pasada, Mourao dijo que las familias sin figura paterna, en las que los hijos son criados por madres o por abuelas, son “una fábrica de desajustados”. Algo similar sucedió con Paulo Guedes, el posible ministro de Economía, quien propuso crear un impuesto sobre las transacciones financieras similar al extinguido en 2007. “Eso es una distorsión, tan solo está estudiando alternativas, todo tendrá que pasar por mi criba”, aseguró Bolsonaro en una entrevista al diario Folha de Sao Paulo.

El 13 de septiembre, Mourão declaró al mismo diario que expertos legales deberían redactar una nueva Constitución, más restrictiva, que se ratifique a través de un plebiscito y no una asamblea constituyente, y calificó de error el hecho de que parlamentarios electos hayan redactado la carta magna de 1988. Esto ha generado dudas sobre el compromiso del candidato presidencial con la Constitución brasileña.

Bolsonaro , en una entrevista concedida en 1999, aseguró que no se puede cambiar nada en Brasil con un voto democrático, sino solo a través de la guerra civil y las ejecuciones. A medida que ha subido la temperatura de la carrera presidencial, el candidato ha suavizado un poco su discurso. Mourão, por el contrario, aseveró en una entrevista televisada el 7 de septiembre que el gobierno teóricamente podría promulgar un autogolpe, con las fuerzas armadas obligadas a actuar en una situación de anarquía, continuando con su apoyo a una intervención militar.

El sacerdote Leonardo Boff señala que Bolsonaro -quien se muestra con todas las características del nazifascismo, explota la búsqueda del orden a cualquier precio, incluso con la militarización del gobierno. En caso de ganar –que los cielos nos libren de ello- colocará en los ministerios llave a generales, en general en situación de retiro, pero con una mentalidad francamente derechista y autoritaria. Declaró, dice, que no le importa ser comparado con Hitler.

#LulaLivre, Manifestación en São Paulo. Foto Brasil de Fato

Gobernabilidad

Las palabras del Comandante del Ejército, Eduardo Villas Boas, sobre la inestabilidad política, la intolerancia creciente, la débil gobernabilidad e, incluso, la posibilidad de cuestionarse la legitimidad del futuro elegido, son una amenaza a una democracia devaluada donde –anticonstitucionalmente- los mandos expresan opiniones políticas.

El economista y poklitólogo Luciano Wexell Severo, advierten que la sociedad brasileña podría entrar en una falsa polarización entre Jair Bolsonaro, un liberal de la derecha más rabiosa, tosca y rudimentaria, y Fernando Haddad, en un enfrentamiento bizarro entre el mal y el bien, entre la oscuridad y la luz. Parece imprevisible lo que podría pasar en una segunda vuelta en términos de conflictividad, aunque sea razonable prever que Haddad vencería la contienda con poco margen, como explican los sondeos.

La realidad del PT y la izquierda

Algunos analistas señalan que el PT, pese a los avances sociales entre 2003 y 2015, no representa una amenaza real a los intereses estadounidenses, a las transnacionales, al sector financiero, a las petroleras, a los bancos o a la oligarquía brasileña, lo que no depende de la figura de Haddad, un intelectual, un político y un ser humano de altísimo nivel.

Hablan, también, de una baja probabilidad de que el PT pudiera gobernar en un eventual escenario de victoria en segunda vuelta, sea contra quien sea, en un momento “especial” del país, tras un golpe de Estado, con un poder judicial, medios de comunicación, Fuerzas Armadas, parlamento, atados al lawfare y las discrecionalidades de un gobierno de facto afín a los intereses del establishment y de las políticas de Washington.

El grado de tensión, de conflictividad y de polarización de la sociedad brasileña es altísimo, y el grado de insatisfacción y desilusión con el PT también, lo que quedó plasmado en la dura derrota en las elecciones municipales de 2016. La apuesta de la dirigencia del PT por la desmovilización social, la despolitización y la pasteurización del discurso y las acciones para atenuar las diferencias con la derecha, pagó sus consecuencias.

Durante 14 años de gobierno, el PT no formó cuadros políticos, gerenciales ni administrativos, no se esforzó por politizar a la ciudadanía, para que acompañara desde sus lugares de trabajo o estudio la transformación económica y social. No supo informar (y mucho menos formar) a la ciudadanía, dejando el tema estratégico de la comunicación en manos del enemigo (la Red Globo, por ejemplo). Dos de los sectores más beneficiados en los gobiernos del PT -los llamados pobres de derecha y la clase media mal-agradecida- hoy atribuyen su éxito a Dios, cualquiera que sea, pero no al PT.

El gran problema es que el PT sintetiza una “izquierda” gaseosa, humanista y liberal, que no asimila el nacionalismo popular, antiimperialista y latinoamericanista, y carece de un proyecto nacional. Sin duda, con Lula se dio una reorientación hacia el mercado interno, incorporando a millones de personas al consumo. El número de pobres se desplomó, las fuentes de trabajo crecieron, los bancos públicos ampliaron sus créditos.

Pero prevaleció una suerte de keynesianismo tímido y la política macroeconómica ortodoxa con las tasas de interés más altas del planeta, para supuestamente controlar la inflación; con tasas de cambio sueltas, “flotantes” y sobrevaluadas y con el “control” del gasto público. Lo cierto es que la ola de desnacionalizaciones de empresas brasileñas no disminuyó con Lula y Dilma, cuando continuaron los remates de estructuras públicas (puertos, aeropuertos, carreteras, centrales eléctricas).

La izquierda real –lo que el establishment llama radical- puede desempeñar un papel fundamental en estas elecciones, de cara al futuro: retomando las calles (como lo hicieron las mujeres el sábado 29 de setiembre), trabando un combate sin cuartel contra el fascismo y su candidatura de extrema derecha, denunciando al golpe, a los golpistas y a sus cómplices; agitando la bandera de la revocación de las reformas antipopulares.

O presentándose como alternativa anticapitalista y ecosocialista (como los candidatos de la alianza del Partido Socialismo e Liberdade, del Partido Comunista do Brasil y de algunos movimientos sociales, representativos de la lucha indígena y por la vivienda), levantando temas que ninguna otra candidatura osa poner en el escenario, apartir de las plataformas de los movimientos sociales, ecológicos, socioambientales, feministas, LGBTs, de derechos humanos, entre otros, dice Rosa Márques.

Gane quien gane las elecciones, la única certeza es que la crisis política no podrá resolverse: se profundizará, abriendo un período de intenso conflicto, en el cual los partidos de izquierda más consecuentes y los movimientos sociales son los llamados a ponerse al frente de las movilizaciones y de las luchas.  En 2002, en la primera campaña de Lula, una canción advertía que una cosa es el gobierno y otra la toma del poder. Hoy, ante la posibilidad de no lograr el poder por los votos, la ultraderecha también amenaza hacerlo por las botas.

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