Esta es la segunda Vida dedicada del 2018;  el equipo de Pressenza en Ecuador continua con la serie de entrevistas a la que ha denominado Vidas Dedicadas. El objetivo de este esfuerzo es recuperar y difundir la experiencia de personas que, en nuestro país, han dedicado su vida a una lucha, una iniciativa, un quehacer que aporta a la construcción de un Ecuador no violento. Doce testimonios, doce ejemplos, doce señales de que el futuro está entre nosotros. Publicaremos estas entrevistas a lo largo del 2018 y esperamos, en este mismo año, recopilarlas en una publicación.

 

A Billy lo conocen y lo quieren muchas personas en Ecuador. Personas que reconocen en él un compañero, un defensor de derechos humanos comprometido y coherente. El se define de modo sencillo como un documentalista, como alguien que trata de armar piezas narrativas a partir de hechos pasados, que le gusta contar. Y fue así, queriendo contar cosas que suceden, que se vinculó al mundo de los derechos humanos ya desde que estaba en la secundaria.

Billy nació en la península, al ladito del Pacífico y llegó a Guayaquil para hacer su bachillerato. No conocía Guayaquil, cuenta que había ido algunas veces con su hermano mayor, a ver películas. Un día, al salir del colegio, ve una organización que trabajaba con niños callejizados que no tenían dónde dormir, que vivían en contextos muy duros. Decidió vincularse como voluntario.

Éramos pocos, dice Billy. Salíamos a hacer recorridos nocturnos para ver a los chicos, saber en qué situación estaban, organizarlos de alguna forma para su autodefensa y entonces iba monitoreando su situación. Así, poco a poco,, Billy se vinculó a la organización y se hizo cargo del área de comunicación, porque era lo que ya estaba estudiando en la universidad. Comenzó a hacer fotografía. Eran los ochenta y la situación en Ecuador era muy grave, había desapariciones forzadas, ejecuciones, grupos “de limpieza social” en Guayaquil. Billy se vinculó desde ese momento al Comité de Derechos Humanos, que estaba comprometido con estas luchas. Fue a partir del un Tribunal Permanente de los Pueblos, en los años noventa, que Billy se vinculó definitivamente al equipo del CDH en Guayaquil. Tenía 25 años.

Su primer trabajo documental, producido con dos compañeros más, se llamó “Mar de fuegos” y partía de un texto del mismo nombre escrito por Eduardo Galeano. El texto cuenta una leyenda colombiana en la que una persona de una tribu observa el planeta desde arriba y ve que somos un mar de fuegos. En el documental trataron de identificar “fuegos”, es decir, gente que enciende a otra gente.

Trabajar en derechos humanos es exponerse a la incertidumbre, al coraje, al amor de esas personas que llegan al CDH y me dan la oportunidad de conocerlas, dice Billy, quien siente que es una fortuna exponerse a esas vidas porque es ahí donde puedes percibir la complejidad humana, virtudes y horrores. Lo que más aprecio, nos dice, es ese primer contacto con las personas que llegan.

Billy continúa, “A mí me fascina la entrevista, ahí voy indagando, usualmente también me gusta que entre esa persona y yo haya una cámara, porque creo que hay una puesta en escena de ese individuo, me gusta la manera como se lo plantea porque usualmente hay las personas se reconocen como víctimas pero, en el diálogo, lo que busco es que este individuo se entienda como una persona con derechos no como víctima y ahí ya estamos avanzando en el proceso porque en el CDH no hay superhéroes, hay gente que acompaña a otra gente y si la persona no se reconoce como sujeto y parte de un proceso, no pasa nada. Es la persona la que se pone al frente. Ese diálogo es lo que me gusta, no es el testimonio de lo que el básicamente ha sufrido, eso no es lo principal. Lo principal es que se reconozca como protagonista, esa persona no puede delegar a nadie su rol, eso en cámara me parece que si resulta porque el se siente observado por un universo que no lo ve, que esta objetivizado en ese aparato, entonces se empodera también”.

Billy Navarrete. Vidas dedicadas 2018

Billy Navarrete. Vidas dedicadas 2018

Cuando le preguntamos de qué modo su trabajo en derechos humanos le ha hecho cambiar, Billy reconoce que ha aprendido la paciencia, la de escuchar y la de no cargarse con todo lo que escucha y hace. La capacidad de no angustiarse y dejar que las cosas tengan su momento. Temo a la prisa. Hay una temporalidad que el advierte porque la gente llega al CDH angustiada y tratando de contagiar su angustia y ahí la serenidad es necesaria. Su forcejeo personal es entre la serenidad y la urgencia.

El trabajo en derechos humanos te permite ganar en sensibilidad, pulir tu interior, sacando cosas que el sistema te ha metido adentro, dice Billy, quien está convencido de que las cosas hay que hacerla de cara a la gente, en el mundo. No creo que cambiemos metiéndonos en una burbuja.

Para él, la defensa de los derechos humanos es una opción de vida y te obliga a ser coherente y esa coherencia es dolorosa porque el sistema te rodea de otros encantos.