Cataluña desde un punto de vista filosófico: confusión conceptual, argumentación deficiente

10.07.2018 - Barcelona - Krystyna Schreiber

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Cataluña desde un punto de vista filosófico: confusión conceptual, argumentación deficiente

Thomas Sturm es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Mantiene una posición crítica frente al movimiento independentista catalán. Sturm cree que el progreso que ahora necesita Cataluña pasa por crear un nuevo consenso básico para la población que en estos momentos está dividida.

Krystyna Schreiber: ¿Qué cosas se dirimen en el conflicto catalán, básicamente?

Prof. Thomas Sturm: Muchas cosas, porque el conflicto tiene una compleja historia. Se puede explicar desde diferentes perspectivas, en función de qué momento y con qué problema se empieza, o cómo se interpretan las conexiones entre los distintos hechos históricos. Esto dificulta las discusiones y también agrava el conflicto: pues tanto los defensores como los que se oponen a la independencia argumentan dando pequeños saltos en su argumentación de este punto de vista a este otro; y porque rehúyen la confrontación argumentativa, para proteger de la crítica su opinión favorita, en lugar de someterlas a examen para ver si son correctas.

¿Desde un punto de vista filosófico, existe un posicionamiento claro sobre el conflicto?

No, ningún filósofo posee la piedra filosofal. Tengo estimados colegas con puntos de vista muy diferentes. Y es que, antes que nada, estamos participando en el debate como otros ciudadanos y ciudadanas. El eminente filósofo moral estadounidense John Rawls [1] habló en tales casos de un desacuerdo razonable: debido a que el tema tiene tantos matices, y los hechos son controvertidos, y dado que incluso las normas que deberíamos seguir no se han debatido lo suficiente, es posible que personas razonables puedan, al menos dentro de unos los límites, estar en desacuerdo entre ellas.

Sin embargo, es parte de la habilidad filosófica llegar al fondo de las disputas aparentemente intratables, identificar las raíces de los problemas y, en la medida de lo posible, resolverlos. A veces hay algunos errores de razonamiento que pueden tener consecuencias perjudiciales. También hay ejemplos de esto en el conflicto de Cataluña: el uso ambiguo de términos, con el fin de manipular el pensamiento, cuando no para destrozar al adversario; double-thinking orwelliano; falsas disyuntivas; dudosas predicciones. Al debate, a todo el discurso público en general, le falta una racionalidad más crítica, incluso autocrítica.

¿En qué ves las principales causas de la disputa?

Una cosa está clara: una parte quiere la independencia, la otra está en contra. Pero esto no es solo—como se presenta a menudo con una motivación ideológica—una disputa entre los catalanes y el resto de España. La grieta atraviesa también por entero la sociedad catalana. Por tanto, la pregunta correcta es: ¿de dónde viene el deseo de independencia de aproximadamente la mitad de los catalanes? En este momento veo tres causas principales: Primero, hay un orgullo nacional catalán herido, un deseo de reconocimiento y valoración de esta identidad nacional; luego un republicanismo radical, que aún se ve en lucha con el franquismo y la monarquía, y que une con la República Catalana que se propone una utopía solidaria anticapitalista; y, por último, un motivo económico, es decir, un deseo no precisamente solidario de pagar menos impuestos al Estado en su conjunto.

¿En qué ves una contribución filosófica a la resolución del conflicto?

Antes que nada, hay que hacerse la siguiente pregunta: ¿qué principios y criterios deben orientar a todas las partes? Existen diferentes sistemas normativos: el derecho, la moral, y también la teoría de la elección racional y de los juegos. En los debates, muchas personas se los pasan saltando de un lado a otro, considerando este o aquel punto como el argumento más seguro, o como el mejor, ignorando otras consideraciones, que no necesariamente se deben rechazar como irracionales. Por ejemplo, el cumplimiento de las leyes nacionales e internacionales, al que apela el Estado español. O la intuición moral, profundamente arraigada entre los catalanistas, de que el derecho humano a la autodeterminación hay que interpretarlo, necesariamente, de tal manera que todos los pueblos tienen derecho a su propio Estado. Por su parte, economistas como el exconsejero de Economía catalán Andreu Mas-Colell parecen considerar legítimo utilizar la amenaza de independencia como instrumento de presión en las negociaciones para conseguir una mayor autonomía financiera. Yo, aquí, sugeriría que únicamente deben llevarse a cabo aquellas acciones que, primero, respeten la ley, y en segundo lugar, que, desde una perspectiva moral, sean universalizables, en el sentido de Immanuel Kant. [3] Si se cumplen estas dos premisas, se pueden añadir también consideraciones de prudencia, o estrategias propias de la teoría de la elección racional y de los juegos; pero no si aquellas dos condiciones no se cumplen. Si todas las partes aceptaran estos puntos, se habría logrado mucho: ninguna de las partes podría someterse entonces a objeciones normativas fundamentales, o ignorar simplemente ciertos puntos de vista legítimos.

¿Que problema hay en ver la disputa como un juego de negociación racional?

Considerar el conflicto como un juego de negociación racional — en el que está permitido amenazar con la declaración unilateral de independencia, y además se puede violar la ley, como sucedió en septiembre y en octubre—me parece inmoral. Por cierto, también lo es para las muchas personas que defienden con convicción la independencia: en un juego así, lo único que se hace es explotar su entusiasmo; los políticos abandonarían la meta de la independencia tan pronto obtuvieran mayores ingresos fiscales.  De esta manera, se promete algo que realmente no se quiere cumplir, y en consecuencia, se generan una frustración permanente.

¿El gobierno de Madrid no cometió ningún error?

Retrato de Lluís Companys. (Foto: Wikipedia )

Sí. Desde la perspectiva de la teoría de juegos, el lado más fuerte siempre debería hacer ofertas, lanzar señales positivas. Los partidarios de la independencia de Cataluña aspiran a la dignidad y el reconocimiento. Un gobierno inteligente puede hacer muchas cosas al respecto, e incluso algunas con escaso coste. Todavía falta mucho por hacer en la reparación pública de los crímenes cometidos durante la época de Franco. El Rey podría venir a Barcelona y hacer una ofrenda floral en el monumento del presidente catalán Lluís Companys, asesinado en 1940 por el régimen franquista, incluso arrodillarse, como se arrodilló Willy Brandt frente al monumento conmemorativo de los judíos asesinados en Varsovia en 1970. [5]

Los actos simbólicos son importantes porque a las personas no solo las mueve el dinero, sino también el reconocimiento, por lo que estas cosas deberían producirse lo más pronto posible. El presidente Mariano Rajoy y el gobierno central en Madrid también podrían haber dicho: Bueno, vamos a hacer un referéndum, pero solo si como mínimo dos tercios de los catalanes se declaran por la independencia. Y solo si participa un número suficientemente elevado puede tener trascendencia.

Cuando se estaba a punto de producir la Declaración de Independencia, lanzaste un Manifiesto para la desescalada. ¿Qué significa exactamente la desescalada y, en tu opinión, cómo la aplicaría en el caso de Cataluña-España?

La desescalada es un método político que cobró una importancia existencial para la humanidad durante la Guerra Fría. A muchos estrategas militares el armamento nuclear les parecía un medio de disuasión de la guerra susceptible de ser controlado racionalmente. Pero esta estrategia de escalada no era, en verdad, suficientemente controlable y, debido a las armas de destrucción masiva, era demasiado arriesgada, como lo muestra un ejemplo histórico: en 1962, la crisis cubana casi condujo a una guerra nuclear — la Unión Soviética quería estacionar armas nucleares en Cuba; EE. UU. lo experimentó como una amenaza inmediata. La guerra se evitó solamente por una casualidad. La administración Kennedy creía que no había cabezas nucleares en los misiles en Cuba; esto es falso, como se sabe desde 1992. [6] Si el gobierno de los EE. UU. hubiera sabido esto en 1962, habría sido más probable una guerra, ya que el presidente John F. Kennedy podía dar largas —a quienes dentro de su gobierno lo criticaban— solo porque estos pensaban que las armas nucleares estaban aún por llegar. Los ”halcones” presionaban continuamente para atacar a Cuba. Es poco probable que la guerra se hubiera limitado entonces a ser una guerra entre EE. UU. y Cuba. Se sabe también desde 1992 que Fidel Castro instó a los líderes soviéticos a que, en tal caso, lanzaran los misiles nucleares desde Cuba, incluso al precio de destruir Cuba. Para Castro también se trataba de defender la dignidad de los cubanos frente a lo que él veía como imperialistas estadounidenses. Después de la crisis de los misiles en Cuba, empezó un cambio en la manera de pensar: la política de distensión, que en Alemania fue impulsada primero por Willy Brandt.

Me parece que hay en la historia una lección esencial que se aplica a cualquier conflicto político: que tendemos a escalar rápidamente. Desescalar es difícil, porque a menudo tienes que dejar de lado las emociones como la venganza, o el sentimiento de honor herido. Cuanto más duro y más emocional es el conflicto, tanto más se convierte la desescalada en un imperativo de la prudencia, así como de la moralidad. Desescalada significa aquí específicamente: Desarme en hechos y palabras. No utilizar un lenguaje que, aunque es adecuado para mantener a los propios seguidores movilizados — por ejemplo, hablar de “presos políticos”—, distorsiona nuestro pensamiento y no contribuye a la resolución de conflictos, al contrario. No dar ningún paso que pudiera provocar a la otra parte o hacer que reaccionara agresivamente; más bien, antes de cada paso, pensar en cómo avanzar para que el otro lado de pasos también hacia un compromiso. Esto debería ser estrictamente observado por los nuevos gobiernos en Madrid y Barcelona, que acaban de entrar en funciones. Es importante comprobar la seriedad con que cada parte se toma la disposición al diálogo.

La situación probablemente esté tan viciada que este desarme verbal puede resultar insuficiente. En una de las manifestaciones de las camisas blancas, es decir, sin ninguna orientación nacionalista, se cantó: “Terapia de pareja, Rajoy y Puigdemont!” ¡Esto es exactamente lo que se necesita!

Debería instalarse una mesa redonda, una comisión: no solo con representantes de las mayorías sobrerrepresentadas, es decir, más o menos todos los partidos en los parlamentos español y catalán, sino con expertos y expertas del ámbito de la investigación para la paz, psicología política, derecho, ética y teoría de la democracia. Creo que, al menos en gran parte, la Comisión debería ser internacional. Debería trabajar y desarrollar propuestas hasta que los exaltados y manipuladores de ambos lados finalmente aprendan cómo hacer políticas que sirvan a las personas.

Por cierto, reconozco que el expresidente Carles Puigdemont asumió la idea de desescalada en su discurso parlamentario a principios de octubre de 2017, en el que pospuso la declaración de independencia. Incluso usó la palabra “desescalar”, que no aparece en el diccionario oficial catalán y que, por lo tanto, no pudimos utilizar en nuestra declaración en su versión en catalán. Rajoy debería haber reaccionado de manera más positiva, podría haber dado alguna señal. En mi opinión, sin embargo, Puigdemont no fue lo suficientemente creíble.

¿Por qué no?

Kataloniens Präsident Carles Puigdemont. Foto Krystyna Schreiber

Carles Puigdemont en una manifestación por la liberación de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez. (Foto: Krystyna Schreiber).

El gobierno catalán—algo de lo que no se informó suficiente en los medios internacionales—forzó la aprobación, los días 6 y 7 de septiembre, de una legislación sobre el referéndum apoyada en una mayoría insuficiente en el parlamento catalán, y dejando masivamente de lado los derechos de la minoría en el parlamento. Puigdemont no ha hecho ningún gesto para revertir esta escalada. Podría haber convocado elecciones el 26 de octubre, lo que habría sido otro paso de desescalada, y habría impedido la aplicación del artículo 155 (administración forzosa del ente autonómico impuesta por el gobierno central español). Pero cambió de opinión en el último minuto, dejándose influir por las fuerzas del sector más radical, que no querían nuevas elecciones.

De manera algo cómica, Puigdemont afirmó—solo un día después de la aplicación del artículo 155—que ahora el movimiento catalán debía tomarse su tiempo. Por lo visto, la paciencia de repente ya no le parecía algo malo. ¿Por qué razón pues contribuyó antes a dramatizar la situación continuamente, y a practicar la escalada? No me queda otra explicación que suponer que pensó que la presión era necesaria, y sería también efectiva, para conseguir algo a su favor. Un intento de manipulación y un error de razonamiento, un caso clásico de lo que una escalada puede producir. Ahora tenemos un lío monumental. Muchos están encarcelados y están acusados, entre otras cosas, de “rebelión”, un término desafortunado históricamente —e incluso inaceptable—  que la ley española debería abandonar. Se ha prevaricado, tal vez se hayan malversado fondos públicos, y probablemente se haya violado la ley. Esto es grave. Pero, ¿rebelión? [8]

¿Tienen los pueblos derecho a su propio estado?

La idea del estado nacional es una invención de la época de la Revolución Francesa y las guerras de liberación del siglo XIX. Puede valer la pena señalar dos confusiones conceptuales populares que sirven para manipular la opinión. Por un lado, me refiero a la diferencia entre el derecho a la autodeterminación y el derecho a la secesión. Todas las personas, todos los pueblos tienen lo primero. Pero este derecho puede llevarse a la práctica de manera diferente.

El derecho de secesión para fundar un estado nación es otro asunto. Ambas cosas se mezclan constantemente. Por otro lado, y relacionado con ello, hay que distinguir entre un concepto de pueblo “horizontal” y otro “vertical”. Por un lado, desde la Revolución Francesa se habla del “pueblo” (o de la “nación”) en el sentido del pueblo llano, por oposición a las autoridades superiores. Por otro lado, se habla de “pueblo” en el sentido de una unidad que posee una identidad en virtud de la lengua, la cultura o la historia, una identidad que se sitúa por encima de las diferencias de clase y estrato social.

Si un pueblo en el primer sentido del término sufre bajo una autoridad opresiva, puede “alzarse”. Esta acción puede ser moralmente legítima. Pero aunque la democracia española tiene defectos no deja por ello de ser una democracia: todos tienen los mismos derechos de participación, activa y pasiva; los derechos básicos, así como otros derechos, están garantizados. En esta democracia, todos los ciudadanos españoles ejercen el derecho de autodeterminación, en tanto que población del Estado; y esto incluye a todos los catalanes. Los catalanistas—por ejemplo el expresidente Puigdemont cuando dice que hay “un solo pueblo catalán” que lucha por su identidad— intentan, a partir de la construcción de una identidad de Cataluña lingüística y cultural, ir más allá: a saber, convertir mágicamente el concepto vertical de pueblo en uno horizontal y étnico, para justificar así el alzamiento contra el gobierno español, supuestamente autoritario.

Se utiliza, pues, la idea de unidad popular étnica para de crear la sensación de que todos los catalanes están oprimidos por Madrid. Pero con ello se oculta que no existe “el” pueblo catalán en este sentido. La mitad de los catalanes mantiene una opinión fundamentalmente distinta al respecto. Y tienen el derecho de que ello sea respetado. En resumidas cuentas: por supuesto, todas las personas tienen un derecho a ser gobernadas democráticamente y conforme a un Estado de derecho, pero para el derecho a tener un Estado nacional propio… para este derecho no conozco ningún buen argumento.

La aspiración a un Estado de base nacional es también algo que me preocupa del movimiento catalán: el patetismo de las emociones de identidad nacional e independencia, la promoción bien calculada de banderas, himnos y eslóganes. A menudo se puede ver a padres arrastrando a sus hijos a manifestaciones, que luego repiten como loros el “In-Inde-Independencia” de adultos que están exaltados emocionalmente. Esto es lo contrario a educar para un pensamiento independiente, para una autonomía genuina.

El tema de la votación sobre la independencia ha sido silenciado durante mucho tiempo, especialmente por parte de sus adversarios, razón por la que incluso muchos opositores catalanes finalmente se han sentido abandonados por el gobierno español. ¿En qué situación se encuentra la cultura de la discusión (es decir, el debate pragmático de pros y contras) en España en general, especialmente en la educación escolar? ¿La política promueve la idea de ciudadanos con un juicio autónomo?

Mariano Rajoy. (Foto: Antonio Cruz / Agência Brasil; CC BY 3.0 br)

Bien, en primer lugar: no está claro que el Partido Popular de Rajoy gane las próximas elecciones, después de las contundentes sentencias judiciales sobre casos de corrupción, y después del reciente cambio de gobierno. Pero respondiendo a su pregunta: lo que he dicho hace un momento es aplicable también, por supuesto, en toda España (y más allá). A menudo el nacionalismo español hace declaraciones de menosprecio contra los catalanes; esto es vergonzoso y tan merecedor de crítica severa como las repetidas declaraciones que hizo en el pasado el nuevo presidente regional Quim Torra, en que dijo cosas de muy mal gusto sobre los españoles. Se disculpó por ello, pero demasiado superficialmente y sin suficiente autocrítica honesta. Los ciudadanos pueden hacerlo mejor: pueden ayudar a sus hijos a formarse su propia opinión. Deben mostrarles pros y contras reales sin lemas ni banderas.

Un argumento es que la cultura y el idioma catalán no pueden sobrevivir sin un Estado propio.

Me parece exagerado. Sí, los idiomas pueden desaparecer. Mi madre nació en el sur de Prusia Oriental, donde se hablaba mucho la lengua masúrica — de hecho, sus padres también la hablaban. Dicha lengua era tolerada por parte de las autoridades alemanas, pero no era ni protegida ni promovida. Después de la expulsión al final de la Segunda Guerra Mundial, murió rápidamente. Mi madre dice que esto nunca fue un problema en su familia. ¿Por qué no? Bueno, una diferencia es que Franco prohibió hablar catalán en la calle. Esta fue una gran estupidez imperialista. Pero hoy la lengua catalana vive de modo más intenso que nunca, sí, continúa evolucionando, de lo que puedo dar un pequeño ejemplo más adelante. La lengua catalana está protegida y nadie suprime ninguna tradición cultural de Cataluña. El maravilloso filósofo catalán de la Edad Media, Ramón Llull, a quien Leibniz atribuyó sus ideas pioneras para el desarrollo de una calculadora, y que desarrolló ideas importantes sobre procesos electorales democráticos efectivos, se estudia intensamente en la actualidad. [9] Ningún gobierno español reprime esto. Para asegurar el idioma y la cultura no se necesita la independencia estatal de Cataluña.

¿Por qué entonces algunos separatistas se aferran tanto a ella?

Tal vez se deba a las confusiones —fáciles de hacer y fáciles de utilizar en provecho propio— entre autodeterminación y secesión y entre conceptos de pueblo o nación. Se tendría que investigar científicamente, en algún momento, el surgimiento y el modo de actuar de la tesis según la cual un pueblo sin un Estado propio no puede sobrevivir: ¿hasta qué punto fue la opresión pasada la que condujo a emociones negativas, luego a prejuicios endurecidos, y finalmente a conflictos sociales que son ya impermeables a cualquier argumentación racional? ¿O hasta qué punto ha sido la difusión organizada de opiniones falsas lo que mantiene viva la tesis? No es una tarea de investigación fácil, pero especialmente en tiempos de manipulación de hechos, resulta importante.

Anteriormente mencionaste una presencia más fuerte del nacionalismo español en este debate. ¿No parece notable que solo en 2006, Rajoy hubiera podido recoger más de 4 millones de firmas contra el Estatuto catalán, argumentando, entre otras cosas, que el preámbulo decía que Cataluña era una nación? En ese mismo momento, el nacionalismo catalán favorable a la independencia se situaba en un 10-14 por ciento (en ese momento había 14 diputados de los partidos proindependencia, hoy hay 70). ¿En qué medida fue la reacción catalana, tal vez, también una reacción negativa contra el nacionalismo español? Por cierto, los vascos acaban de lograr tras negociaciones presupuestarias que se pueda llamar al País Vasco “nación”.

Como sugerí antes, la historia de las acciones y reacciones nacionalistas es compleja y puede contarse al revés de modo casi arbitrario. Si la reacción de los catalanistas fue una contra-reacción, conozco a muchos que dicen que Cataluña recibió más apoyo financiero que otros durante algún tiempo, por la influencia que tenía el partido de Pujol como pieza clave en la formación de gobiernos españoles en las últimas décadas. Todo esto es difícil de precisar de manera objetiva; más bien, es necesario estudiarlo a fondo en lugar de repetir consignas. Pero para variar un poco, también deberíamos preguntarnos: ¿cómo sería la política si quitásemos a todos los nacionalismos de en medio, y nos tuviéramos que concentrar en aquellas preguntas que afectan realmente a la vida de los ciudadanos y ciudadanas? Intente Usted imaginar esto. Puede ser mentalmente liberador. Y se ganaría mucho tiempo y energía para dedicar a cosas más importantes.

¿España es reformable en su contexto político actual?

Max Weber. (Foto: dominio público)

El sociólogo Max Weber afirmó que la política es un “lento perforar de duras tablas”. Observe cómo el sistema de partidos ha cambiado en una o dos legislaturas. Y cómo hace unos días hubo un cambio de gobierno. La constelación es cambiante. Además a España hoy le está yendo mejor económicamente que en el momento de la profunda crisis económica que empezó en 2007 y 2008. Recuerde además, por ejemplo, que España, bajo José Luís Zapatero, avanzó más rápido con la igualdad de derechos completa para gais y lesbianas que Alemania. A veces se necesita paciencia. Pero no es justo exigir que Cataluña se independice si ciertos desarrollos no le parecen a uno lo suficientemente rápidos. Esta no es una posición que pueda universalizarse y, por lo tanto, no se corresponde con ninguna regla política legítima.

¿Los estados nacionales todavía tienen un futuro?

Los proyectos de estado-nación se orientaron principalmente a comunidades lingüísticas (con excepciones como Suiza, que se ha definido a sí misma como una “nación basada en la voluntad”). A veces, el argumento de la lengua se complementó con vagas apelaciones a la identidad cultural de los pueblos. Johann Gottfried Herder [11] popularizó estas ideas contra Kant; por cierto, los primeros nacionalistas catalanes se inspiraron en las ideas de Herder, e incluso Jordi Pujol [12] se se ha descrito a sí mismo como un seguidor de Herder. Para mí, la idea del estado nación es anticuada; el nacionalismo actual en el mundo me parece una batalla perdida, al menos en el largo plazo. Comparto la visión —quizás utópica— de Kant de que la humanidad se está moviendo hacia una especie de gobierno mundial, incluso si la ONU todavía es débil hoy en día. Pero se está haciendo mucho, por así decir, desde abajo, desde grupos de Estados como NAFTA, la Unión Africana, y por supuesto, la UE.

La UE es un experimento histórico para superar la fijación en las identidades nacionales. Kant dijo que hay que tener paciencia, tal vez miles de años; pero puede que el progreso técnico nos obligue a unirnos más rápido. Todos los estados necesitan socios, no solo para la prevención de la guerra y la protección climática global. Queremos viajar, trabajar y vivir lo más libremente posible. Estamos sintiendo el sufrimiento de otros, por ejemplo en Siria, más que nunca; y los habitantes de países pobres a veces tienen acceso a Internet a través smartphones antes que un suministro de agua de calidad. Quieren un sistema económico más justo, estándares sociales mínimos, la superación de la pobreza. Todo esto no es posible sin una cooperación internacional profunda. El nacionalismo solo busca aportar beneficios a sus propios habitantes, o crea eslóganes culpando a la otra parte de su propia desgracia. La idea pura del estado nacional me parece además irrealizable.

¿Qué hay de problemático en ella?

Aquí es preciso de nuevo argumentar moralmente: ¿es posible que todos quieran lo que yo quiero? En toda Europa tenemos 33 Estados, pero 87 lenguas, y en el mundo, más de 6,500 comunidades lingüísticas. ¿Deberían todas tener un Estado? ¿Tiene la humanidad tiempo para construir sus Estados de una forma estrictamente nacional, evitando además el riesgo de conflictos y violencia que ello generaría? ¿Cómo se gobernaría la UE — que en su constitución actual todavía depende significativamente del consentimiento de todos los miembros— si tuviera 40 o 50 Estados miembros? La UE es un experimento. Y puede fracasar. Si la UE se encontrara ya en un estado estable de democracia transnacional, con poderes ejecutivos y legislativos separados, se podría ver tal vez con más calma nuevas divisiones internas de los Estados miembros. Pero hoy “todavía” es el Consejo Europeo, la representación de todos los Estados miembros, quien tiene el poder de decisión más fuerte. Muchos grupos en la UE quieren que esto cambie; pero no es fácil.

Por otra parte, no sugiero que todas las fronteras nacionales deberían eliminarse inmediatamente, ahora. Esto solo crearía nuevos problemas, probablemente también guerras. Aquí soy pragmático: las fronteras han surgido históricamente y por lo tanto no son sacrosantas; pero no se deberían poner en riesgo a la ligera, especialmente si ya se vive en una democracia representativa. Entonces, hay que luchar en favor de reformas dentro de la democracia.

Eres muy crítico con el movimiento independentista catalán. ¿No tiene nada de positivo?

Sí, el movimiento también tiene aspectos positivos: en su gran mayoría, los catalanistas son pacíficos, han luchado con enorme compromiso por su ideal de una sociedad mejor, y se ven a sí mismos como demócratas consecuentes y europeos. Esto los hace muy diferentes de los nacionalistas antieuropeos como el UKIP británico y Marine Le Pen en Francia.

Lo que sería bueno es que se luchase con tanta dedicación, con manifestaciones de cientos de miles de personas, por políticas medioambientales efectivas, o por los derechos de las mujeres, o por mejoras en la Constitución y las leyes españolas. Pero aunque a los académicos como yo nos gustaría que fuese así, no es fácil. La gente suele mostrar entusiasmo por la política solo cuando hay ocasiones dramáticas y líderes adecuados. Pero hay buenos ejemplos actuales, como en EE.UU el movimiento de los jóvenes contra las leyes de armas excesivamente laxas. En este movimiento se pudieron observar cosas impresionantes, que podrían tener consecuencias en las próximas elecciones. Aquí, en nuestro país, los líderes políticos, pero también los ciudadanos de a pie, deberían preguntarse qué es lo que puede motivar a sus conciudadanos.

La gente de aquí ha depositado su confianza durante mucho tiempo en la política: primero en la del Estado, luego en la catalana y ahora parece que incluso esta, para muchos, no funciona. ¿Acaso los políticos deberían confiar más en los ciudadanos, y no tanto al revés?

No es tan fácil. Hay políticos honestos. Una vez más: la política es un difícil negocio, una ardua tarea. Eso es algo que muchas personas subestiman. Todos los ciudadanos deberían familiarizarse mucho más con la práctica diaria del trabajo político. Las escuelas deberían mostrar, como ejemplos, cómo se lograron ciertos compromisos, grandes o pequeños, tales como el difícil pacto constitucional después del fin de la dictadura de Franco, o leyes más concretas como las de seguro médico, o medidas para desarrollar infraestructuras.

Algunas personas piensan que la política es solo eso, un negocio, y que ese es uno de los principales problemas …

Bueno, renuncio a la metáfora. Lo que quiero decir es que a menudo no estamos lo suficientemente informados para tomar decisiones bien fundamentadas. Pregunte al azar a cualquier partidario u opositor de la independencia dos cosas: 1. ¿Qué opina del recorte del Estatuto de Autonomía por parte del Tribunal Constitucional en 2010? 2. ¿Cuál de los 14 artículos rechazados o restringidos puede nombrar, y por qué el tribunal dictó la sentencia  del modo en que lo hizo? Se lo he preguntado a muchas personas con buena formación y comprometidas políticamente. La mayoría tiene una posición clara sobre la primera pregunta, pero las respuestas a la segunda pregunta fueron pobres. Y eso pese a que una reflexión razonable requiere pensar en la Pregunta 2, al menos un poco, ¡antes de tratar con la pregunta 1! En general, solo se conoce la disputa sobre la cuestión de si Cataluña puede llamarse a sí misma una “nación”.

La democracia necesita ciudadanos mucho mejor informados e independientes. Lo que experimentamos hoy con la elección de Trump, con el Brexit, o con el crecimiento de los movimientos populistas, siempre tiene que ver con ofrecer a las personas respuestas simples que se ajusten a sus patrones de pensamiento. Esto funciona porque la mayoría de la gente no tiene tiempo para involucrarse realmente en política. Pero podemos y debemos cambiar esto si queremos que nuestras democracias sobrevivan. Podemos comenzar en las escuelas. Y todos tendremos, en el futuro, más tiempo, debido a la creciente automatización del mundo del trabajo. Tiempo para pasarlo viendo vídeos de gatos, o adquiriendo más educación política. Los medios de comunicación tienen aquí una obligación moral.

Los Estados miran hacia Cataluña. ¿Qué lecciones a largo plazo van a extraer?

Guerra Fría. Guerra Fría. (Foto: Carlos3653, trabajo propio, Wikipedia, CC BY-SA 4.0)

Esta es una cuestión que permanece abierta, en parte porque el conflicto no está resuelto, en parte porque no son tanto los Estados como las personas quienes extraen lecciones. Hoy a menudo decimos, por ejemplo, que “Alemania” ha extraído algunas lecciones de los crímenes de la era nazi, como, por ejemplo, no suprimir el recuerdo de los crímenes. Pero eso es solo una manera abreviada de decir que la gran mayoría de los alemanes han aprendido esta lección. Desafortunadamente, esto no necesariamente será así para siempre, igual que se olvidan ahora de nuevo las lecciones sobre la deescalación en la Guerra Fría.

Solo puedo expresar un doble deseo: en primer lugar, que los políticos se tomen en serio el riesgo que entraña utilizar sentimientos populistas, pues estos adquieren fácilmente una dinámica propia. Hay personas que, aunque se comportan pacíficamente, tienen mentes radicalizadas, y se miran unas a otras solo a través de estereotipos, y ya no pueden trabajar juntas. Y en segundo lugar, que la política enfoque seriamente sus escasos recursos a las cuestiones más importantes, como el medio ambiente, o las guerras civiles como las de Siria o Libia. El nacionalismo de hoy en Europa es una reacción ridícula a tales problemas. No ayuda para nada.

¿Es la democracia parlamentaria una opción de futuro, o necesitamos encontrar nuevos métodos para garantizar la participación ciudadana en la globalización?

Necesitamos tanto lo uno como lo otro. En cuanto a los nuevos métodos, deberían contener obligatoriamente que los gobiernos que convocan referéndums sobre ciertos temas informaran previamente al electorado sobre los supuestos y las (probables) consecuencias de las diferentes opciones a decidir. Así es como se hace en Suiza; allí se recibe un “folleto de votación” informativo para los referéndums. Fue inadmisible, incluso incompatible con el Código de Venecia [13] , que el Gobierno catalán adoptara una postura tan unilateral en el referéndum del 1 de octubre. Esta no es la manera de propiciar que la gente tome decisiones autónomas y basadas en argumentos.

¿Qué periódicos lees?

ElPais, Ara, Elpuntavui, Lavanguardia, La Razón, El Diario, El Nacional, New York Times, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Der Spiegel, estos y algunos más. Por supuesto, no todos los días. Mezclo sistemática y trato además de leer con regularidad aquellos periódicos cuyas opiniones no me gustan, como en mi caso Ara o Elpuntavui o, para darles otro ejemplo, Russia Today. Por otra parte, no solo recomendaría periódicos. Internet ofrece mucho más. Investigaciones históricas, tanto escritas como en vídeo, fuentes documentales (por ejemplo, leyes políticas, constituciones o tratados internacionales), estadísticas económicas o análisis sociológicos. Esto a menudo aporta más que leer un periódico primero de arriba abajo y luego del derecho y del revés.

¿Qué te hizo estudiar filosofía?

Ya de joven me interesaban las preguntas filosóficas, ante todo la racionalidad de los juicios morales. Comencé a estudiar en Göttingen a finales de los años 80, que entonces era casi el único lugar en Alemania en que se enseñaba la filosofía analítica: una corriente que no está comprometida con una visión particular del mundo, sino que intenta, en la medida de lo posible, resolver cada problema objetivamente, por medio del análisis conceptual y con claridad y rigor en los argumentos. El filósofo recientemente fallecido Günther Patzig [14] era allí en aquel momento el líder destacado. Desde los años 50, él fue uno de los primeros en reconstruir la tradición analítica, que había sido expulsada de Alemania por los nazis. Me causó una impresión profunda. Sobre todo, su trato con nosotros los estudiantes fue ejemplar. Nos formó en el mejor sentido de la palabra.

¿Para ti, qué significa el progreso?

Este es un gran concepto, capaz de suscitar muchas expectativas. No tengo una definición. Pero me parece que hay buenos ejemplos: la reconciliación franco-alemana después de la Segunda Guerra Mundial, que ayudó a superar un odio secular. Tanto es así que hoy nos parece obvio lo que en el pasado parecía un milagro. La actitud de Nelson Mandela hacia sus opresores — esta actitud fue casi sobrehumana. Pero permitió un cambio que otorgó a millones de personas el derecho a voto y la libertad política.

El progreso que Cataluña necesita ahora, creo, debe ser crear un nuevo consenso básico entre la población dividida. En Quebec, Canadá, que sufrió una división similar hace mucho tiempo, el tiempo ha curado las heridas. Desde entonces, los jóvenes se preguntan cada vez más: ¿qué sentido tuvo toda aquella discusión? Al igual que en Alemania y Francia, fue solo después de la Segunda Guerra Mundial que quedó claro que las guerras eran sangrientas tonterías. La pregunta para nosotros es: ¿queremos perder más tiempo en Cataluña con unas tablas entre dos frentes endurecidos? ¿O queremos todos recuperar activamente la convivencia? También usaría la comisión mencionada para esto. Debería aclarar los hechos, promover el entendimiento mutuo, y construir valores comunes. Cada lado debería hacer un poco de autocrítica; solo entonces es posible animar a otros a dar pasos. Creo que si somos nosotros mismos quienes creamos progreso y cambio, en lugar de esperar a que los tiempos cambien, el daño creado se reduciría.

¿Cómo motivas a tus estudiantes?

En la puerta de mi despacho tengo colgada una viñeta humorística: en el “Día de Orientación Profesional”, se les pregunta a unos niños en la escuela qué profesión quieren ejercer de mayores. Un niño con gafas dice: “Quiero ser filósofo. Cuando sea mayor, todos los demás trabajos los harán computadoras y máquinas”. La moraleja es la siguiente: el filosofar ayuda a liberarse de los prejuicios, y en su lugar, a pensar de forma autónoma, es decir, someter a examen —de manera crítica y racional— opiniones recibidas, valores y reglas; incluso, ayuda a crear nuevos valores y normas susceptibles de ser compartidos por todos. Las máquinas no pueden hacer esto.

En los seminarios de filosofía se entrena el pensamiento independiente sobre temas tales como el libre albedrío, la justificación de las afirmaciones de conocimiento, o incluso problemas más abstractos. Pero la competencia técnica adquirida puede aplicarse a casi todos los demás problemas. Los jóvenes, a menudo, tienen ideales, y la política necesita ideales y un poco de entusiasmo. Pero ello no es suficiente. Es crucial tener claras las reglas del propio pensar y actuar, y exponer estas a la crítica más dura. Nada es enteramente sacrosanto; pero toda crítica debe ser también, en última instancia, concreta y libre de dogmas.


Prof. Dr. Thomas Sturm es profesor de investigación ICREA en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Su trabajo se centra en la filosofía de Kant, las teorías de la racionalidad en la intersección de la filosofía con las ciencias sociales, y la relación entre la filosofía y la historia de la ciencia. Publicaciones principales: Kant und die Wissenschaften vom Menschen (2009); How Reason Almost Lost Its Mind: The Strange Career of Cold War Rationality (Coautor junto con L. Daston, M. Gordin, P. Erickson, J. Klein y R. Lemov, 2013).


[1] John Rawls (1921-2002) fue un filósofo estadounidense que enseñó como profesor en la Universidad de Harvard. Su obra principal A Theory of Justice se considera una de las obras más influyentes de la filosofía política del siglo XX.

[2] Andreu Mas-Colell es economista español-catalán, profesor de la Universidad de Pompeu Fabra y exconsejero de Economía y Ciencia de la Comunidad Autónoma de Cataluña.

[3] Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo alemán de la Ilustración. Es uno de los representantes más importantes de la filosofía occidental. Su obra Crítica de la Razón Pura marca un punto de inflexión en la historia de la filosofía y el comienzo de la filosofía moderna.

[4] Jairo Gomez / Gunther Sosna: España y la sombra de la dictadura. Publicado en Nuevo debate el 16.03.2016.

[5] La genuflexión de Willy Brandt el 7 de diciembre de 1970 en el monumento a los muertos del gueto de Varsovia fue un gesto de humildad en el contexto de la política de Brandt y su gobierno hacia los países del Este, y una petición de perdón por los crímenes alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

[6] La crisis de los misiles cubanos en octubre de 1962 fue un enfrentamiento entre los Estados Unidos de América y la URSS. Se desarrolló a partir del despliegue de misiles estadounidenses de rango medio de Júpiter en una base de la OTAN en Turquía y el subsiguiente emplazamiento de misiles soviéticos de mediano alcance en Cuba. Durante el transporte de los cohetes a Cuba, el gobierno estadounidense, bajo el presidente John F. Kennedy, amenazó con usar armas nucleares si era necesario para evitar su despliegue. La verdadera crisis duró 13 días y terminó con un acuerdo: la Unión Soviética retiraría sus misiles de Cuba; por su parte, los EE. UU. declararon que no emprenderían más invasiones militares de Cuba y, como acordaron en secreto, que también retirarían los cohetes Júpiter de Turquía. Con la crisis de los misiles en Cuba, la Guerra Fría alcanzó una nueva dimensión. Las dos superpotencias, EE. UU. y la URSS, estuvieron durante la crisis al borde de una confrontación militar directa. Los peligros de una posible guerra nuclear se hicieron patentes a un público amplio.

[7] Artículo 155 de la Constitución española: (1) Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general. 2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.

www.verfassungen.eu/es/verf78-index.htm [recuperado el 08.06.2018].

[8] Blickpunktkatalonien del 23/03/2018: 13 líderes catalanes acusados de rebelión acusados, 25 políticos en total en el banquillo. En http://blickpunktkatalonien.com [ obtenido el 08.06.2018]

[9] Ramon Llull (ca. 1232 —1316) fue un filósofo, lógico, gramático y teólogo franciscano mallorquín. Debido a su visión de Cristo, estuvo activo como misionero en todo el Mediterráneo y también enseñó en las universidades de París y Montpellier. Llull fue influido por la cultura cristiana, islámica y judía. Escribió la mayoría de sus obras en latín y catalán. Por esta razón, Llull es considerado el fundador de la literatura catalana.

[10] José Luís Zapatero fue Presidente del Gobierno de España desde el 17 de abril de 2004 hasta el 20 de diciembre de 2011 y Presidente del PSOE (Partido Socialista Obrero Español: Partido Socialista Obrero Español) de julio de 2000 a febrero de 2012.

[11] Johann Gottfried Herder (1744-1803) fue un poeta, traductor, teólogo alemán e historiador y filósofo de la cultura de la época del Clasicismo de Weimar. Fue nombrado caballero en 1802.

[12] Jordi Pujol es un político español. Fue presidente de la Generalitat de Cataluña desde 1980 hasta 2003, y hasta 2003 presidente del partido Convergència i Unió.

[13] La Comisión de Venecia (Comisión Europea para la Democracia a través del Derecho) es un órgano del Consejo de Europa que asesora a los Estados en asuntos constitucionales. Entre otras actividades, la Comisión emite recomendaciones sobre borradores nacionales de Constitución. La Comisión de Venecia y el Consejo para Elecciones Democráticas han adoptado principios electorales y redactado un código de conducta para las elecciones. Enlace a la página de inicio: www.venice.coe.int [ obtenido el 08.06.2018]

[14] Günther Patzig (1926-2018) fue un filósofo alemán y experto en filosofía griega, en lógica e historia de la lógica, filosofía de las humanidades y ética (con especial énfasis en bioética y ética médica).

 

Traducción.- Josep Clusa

Categorías: Entrevistas, Europa
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