• Los últimos altercados en Turquía recuerdan que la celebración del Orgullo todavía es una prueba de obstáculos para la comunidad LGTB de muchos países
  • En casi ochenta países la homosexualidad es ilegal y una decena de ellos pena la relaciones entre el mismo sexo con la muerte

«Si una bala atraviesa mi cerebro, dejad que esa bala destruya las puertas de todos los armarios». Harvey Milk recibió cinco tiros en la cabeza por considerar la libertad de derechos y la orientación sexual un asunto de Estado. Este político de San Francisco logró convertir su manifestación en contra de la iniciativa Briggs -que obligaba a despedir a los profesores homosexuales porque cumplían el perfil de abusadores de niños- en toda una marcha por los derechos LGTB. No eran las primeras movilizaciones de la comunidad gay, pero aquel verano de 1978 fue el más multitudinario desde la primera celebración del Orgullo en Estados Unidos.

El asesinato de Milk se sumó a la crispación por la brutalidad policial en los disturbios de Stonewall y congregó cada vez a más personas al desfile orgulloso. Pero ambas tragedias, aunque contribuyeron a terminar con la persecución legal, estuvieron lejos de romper los armarios, como demostró la última masacre de Orlando. El mundo se ha vestido de luto y ha reivindicado más que nunca su fiesta internacional, incluso cuando implica desafiar lo políticamente correcto y afrontar una buena paliza por parte de las fuerzas de seguridad.

Turquía es el eslabón perdido entre los países secularizados que condenan la homosexualidad y una Europa más o menos tolerante. Las autoridades de Estambul defienden que es necesario amordazar a la comunidad LGTB por su propia seguridad frente a los islamistas radicales. Si hace un año estos argumentos perdían su validez mientras lanzaban un cañón de agua helada sobre los asistentes al Orgullo, este año las imágenes provocan un bochorno muy similar. Esta vez no se han andado con medias tintas y han contraatacado con pelotas de goma, gases lacrimógenos y noches en el calabozo.

La represión brutal que se manifiesta este día es solo el reflejo de la discriminación que sufren sus miembros durante todo el año. La homosexualidad sigue siendo delito en casi ochenta países y diez de ellos mantienen la pena de muerte, como Irán, donde el gobierno ha asesinado a más de 6.000 personas por esta razón. Muchos optan por cambiarse de sexo para evitar la horca y hacerse pasar por transgénero -que sí está permitido- antes que admitir su sexualidad. Sin embargo, la población LGTB iraní no ha sacrificado su celebración y han convocado varias manifestaciones clandestinas o, directamente, han trasladado su Orgullo a los países vecinos.

Otros han estrenado su derecho a ondear la bandera de siete colores desde hace bien poco, una forma de reivindicar el cese de la discriminaciones desde los poderes del Estado. Pero reconocen que aún queda mucho camino por recorrer.

India

Los indios homosexuales asistieron con estupor a la restauración de una ley previamente derogada que les considera criminales. Todos los que en 2009 se sintieron orgullosos de pertenecer a un país que no juzgaba las relaciones íntimas de sus habitantes, despertaron del sueño en diciembre de 2013. «Es como dar un salto 150 años hacia atrás. Al parecer, el Tribunal Supremo compró los argumentos y accedió a la presión de los grupos religiosos», decían los activistas.  El polémico artículo es una ley británica de la época victoriana que considera ilegales «las relaciones carnales contra el orden de la naturaleza» y las castiga con hasta 10 años de prisión.

Es cierto que los jueces del Supremo accedieron este febrero a revisar la legislación, pero el asunto se ha quedado hasta ahora en buenas intenciones. Algo que, por otra parte, no impidió que Bombay se vistiese de fiesta en su Queer Film Festival. Han pasado ocho años desde que Nueva Delhi acunase la primera congregación gay de un país de mil millones de habitantes. Sus apenas 500 asistentes recordaron a todos aquellos que optaron por el suicidio ante un sistema que les condena a casarse por compromiso con alguien heterosexual. « Gandu hu, gandu hu, garu se kaho» (soy maricón, soy maricón, y estoy orgulloso de serlo), entonaban pronunciando la palabra que en hindi les relega a la categoría de parias.

Es el único día en el que los hijra, el colectivo travestido del país, pueden vestir sus saris sin recibir ataques policiales y protestar junto al resto de la comunidad LGTB. Los miembros de este «tercer sexo» fueron reconocidos en 2014 por el mismo tribunal que criminaliza la homosexualidad. Un paso que se reconoce como histórico pero que abre interrogantes sobre la necesidad de pasar por el quirófano para ser legitimado. 

Namibia 

Una mirada hacia el África no magrebí muestra la peor cara de la moneda de los países homofóbos.  Uganda es el ejemplo más cruento, pero no es el único sistema con leyes activamente pensadas para reprimir a los LGTB y que condenan su exhibición a varios niveles. Los más mediáticos son los castigos políticos, que pasan por palos, prisión o muerte, pero los más inhumanos son los sociales. En Sudáfrica, único país donde la homosexualidad no es un delito y la ciudadanía está supuestamente más abierta a la diversidad, cada mes muere una lesbiana víctima de las «violaciones correctivas». Un castigo social que  se repite como un dominó en casi toda África.

Namibia decidió romper su silencio en 2013 y celebrar el primer desfile del Orgullo gay en la ciudad de Windhoek. A pesar de que el país condena la sodomía y es el argumento más utilizado para perseguir a las parejas de hombres, su población es una de las más tolerantes del continente. Sin embargo, entre los peores censores se encuentran los medios de comunicación, que tildan las marchas de «abominación» y «bestialidad» en los diarios y apelan a condenas bíblicas.

Rusia

El principal desafío del país radica en los grupos ultraderechistas y en la iglesia ortodoxa, «que acuden a las manifestaciones a reventarlas, en el sentido literal», nos contaba Mario de la Torre, director del documental Primavera rosa en Moscú.

Además, los chicos y chicas homosexuales se han visto obligados a tomar clases de entrenamiento personal contra armas blancas. «Si alguien se entera de que los gimnasios forman al colectivo LGTB, el gobierno podría llegar a cerrar estos negocios amparándose en sus estatutos homófobos». De la Torre se refería a la Ley contra la propaganda homosexual, que se justifica en la protección de los niños ante las «relaciones sexuales no convencionales», como les gusta calificarlas. El punto maquiavélico de este eufemismo es que engloba desde la homosexualidad hasta la pederastia.

El Gobierno de Putin prohibió en 2012 el día del Orgullo durante 100 años, que desde entonces no se ha dejado de celebrar envuelta en incidentes violentos. Durante la última marcha, l os policías cargaron en cuanto los activistas desplegaron sus pancartas y ondearon las banderas arcoiris ante la sede de la Duma, la Cámara Baja del Parlamento ruso. En el ataque también participaron radicales cristianos ortodoxos, como se puede observar en la fotografía de arriba. Aunque los miembros de las ONG han denunciado en innumerables ocasiones ante el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, se podrían contar con los dedos de la mano los casos que se han resuelto felizmente.

México

«Habría que colgar a los afeminados y a los maricones», ataca una mujer vestida de blanco impoluto a la salida de una iglesia del DF. Las palabras de esta católica son ley en México, país que ocupa el segundo puesto en la tasa de homicidios cometidos contra el colectivo LGTBI. Los datos que llegan desde el otro lado del Atlántico son escalofriantes: el 68% de los familiares de los asesinados no reclaman su cuerpo por vergüenza, así que las cunetas del país amanecen repletas de homosexuales y transexuales decapitados o torturados.

México es el paradigma de la contradicción. Por un lado están aprobando un amplio paquete de leyes en defensa del colectivo, pero los noticieros evidencian que no es más que palabrería jurídica. El peligro en este caso, además, trasciende al ámbito político. «Hay una purga muy selectiva», denuncia el colectivo. No es solo una forma de esquilmar a la población activista LGTB, sino también una manera de dar una llamada de atención desde los puestos de poder.

A pesar de esta realidad, la marcha del Orgullo de México es una de las más concurridas de América Latina. Celebrada el pasado domingo, la manifestación sumó este año 200.000 personas y presumió de ser la primera capital latina en reconocer el matrimonio homosexual. Pero detrás de esa imagen abierta y positiva se esconde una realidad muy cruel. Cada 48 horas es asesinado un miembro de la comunidad LGTB y el 70% de los casos quedan impunes.

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