Todos tenemos algo Sagrado

16.01.2015 - Pía Figueroa

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Todos tenemos algo Sagrado
Organizaciones religiosas tomaron las calles de las mayores ciudades de Pakistán para protestar contra el semanario francés "Charlie Hebdo" y sus caricaturas del profeta Mahoma, las cuales consideran ofensivas. (Imagen de Deutsche Welle)

Para unos se trata de su Dios, para otros es la Democracia, hay quienes consideran irrenunciables los Derechos Humanos y para varios lo más Sagrado radica en la interioridad humana. Sin duda lo que no se puede transar, ni vender, ni olvidar, aquello que da Sentido a la vida y la proyecta más allá de la propia existencia, toma un carácter muy especial. Los hijos son sagrados para sus madres, el amor para los enamorados, los grandes ideales para los militantes. Hay ciertos lugares que no pueden ser blasfemados porque en ellos se realiza esa tan especial comunión entre lo humano y aquello Innombrable que lo trasciende. Para muchas sociedades es la Libertad, para los pueblos andinos el Buen Vivir o la Pacha Mama. Cualquiera sea el objeto considerado Sagrado, hay de seguro una regla común para tratarlo: no puedes burlarte de ello, no puedes ironizar porque al hacerlo, desprecias a quien tiene allí sus creencias más arraigadas.

Basta que imaginemos qué haríamos si nos tocan aquello por lo que nos jugamos la vida, para poder entender porqué salieron hoy a las calles de Pakistán, Jerusalén, Argelia, Níger y Jordania miles de manifestantes reclamando contra la edición de esta semana de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, que reproduce nuevamente – luego del atentado sufrido en París – caricaturas del profeta Mahoma.

Las marchas han sido convocadas por partidos islamistas y en más de un caso han terminado mal. En Níger hubo cuatro muertos. En la ciudad paquistaní de Karachi tres personas resultaron heridas. El primer ministro del país señaló que «la libertad de prensa no debería ser usada para herir los sentimientos religiosos». En Argelia se marchó tras el lema “Todos somos Mahoma”, mientras algunos de los participantes vitoreaban a los atacantes de París y otros los llamaban «mártires». En Jerusalén salieron a la calle varios cientos de palestinos para reunirse en la Explanada de las Mezquitas. «La libertad de expresión no significa ofender nuestras creencias» decían los carteles de la marcha en Jordania. Según varias agencias internacionales (Reuters, Deutsche Welle) en Níger, país de mayoría musulmana, cientos de personas marcharon tras la oración del viernes hacia un centro cultural francés en la ciudad de Zinder y le prendieron fuego. También fueron incendiadas casas cercanas y tres iglesias -una católica y dos protestantes- fueron saqueadas. Un policía murió en los disturbios, mientras que varios manifestantes resultaron heridos. La gente incendió ruedas de autos. La policía empleó gas lacrimógeno. En varios carteles de protesta se podía leer: «Soy Mahoma, no Charlie».

Mientras tanto el Papa Francisco, que llegó hoy a Las Filipinas, señaló: “Hay un límite a la libertad de expresión” y sostuvo que tanto la libertad religiosa como la de expresión “son derechos humanos fundamentales” y consideró una «aberración» matar en nombre de Dios. «No se puede ofender, o hacer la guerra, o asesinar en nombre de la propia religión o en nombre de Dios», afirmó.

Por cierto que los últimos acontecimientos han reforzado las ya grandes desconfianzas, el choque entre culturas y en el clima de temor recíproco se levantan alertas respecto a un creciente número de células supuestamente terroristas dispuestas a atacar en varios lugares de Europa, mientras el escenario hace propicio el avance de los acuerdos entre USA y Gran Bretaña de mayor seguridad y control de las redes sociales así como de internet.

¿Y si simplemente pusiéramos en práctica ese Principio formulado por Silo que dice: “En tanto no perjudiques a nadie, puedes hacer lo que quieras con libertad”? Si asumiéramos que lo que para otros tiene carácter de Sagrado resulta inviolable, es irrenunciable y no podemos nosotros tocarlo sin urticar. Si reconociéramos el derecho de los demás a discrepar de lo que para uno es el máximo valor y no tratáramos de imponer nuestras propias creencias ni menos uniformarlas. Si solamente intentáramos convivir buscando lo común que tenemos, converger desde tantas diversidades, tal vez cada uno crecería como ser humano y se acercaría más a aquello que justamente considera de carácter Sagrado.

Categorías: Derechos Humanos, Humanismo y Espiritualidad, Opiniones
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